Wow

Wow. No puedo explicar lo agradecida que estoy. ¡Qué generosos fueron! Gracias por darle una oportunidad a mi fic, estoy muy contenta con el recibimiento.
No puedo decir más que gracias a todos los que me dejaron un rr: Fanny, Jazmín-Black, umi, Hatsuan, laditomi, Zelani, LiNiTaPoTtEr, monse evans, merodeadores4ever y a ale!!
De verdad muchas gracias, me hicieron ilusionar mucho
También quería agradecer a todos aquellos que se tomaron su tiempo de leer o agregaron mi fic a alerts/favorites.
En serio, muchas gracias. ¡Hasta me dio miedo continuarlo! Tenía miedo de desilusionar a más de uno.

II

Oyó un gruñido a su espalda y ni siquiera se molestó en voltear. Bufó, pues sabía de quien se trataba. Y ese que parecía simplemente un perro callejero le mordió el brazo, y le jaló el cabello.
Harry se deshizo de su posición, molesto y lo apartó de un manotazo. Sabía que sus ojos se encontraban dilatados y se sentía más idiota que lo que había logrado sentirse ese día –que ya era decir mucho-.

El can pareció ablandarse y aulló suavemente, apoyando el hocico sobre la espalda de su ahijado.
Le jaló los dedos sin fuerza, instándolo para regresar. Y pese a que no quería hacerlo, a que se sentía terriblemente estúpido y a que no quería estar con nadie más que con Sirius, se puso en pie y comenzó a andar, como si el animal ejerciera algún tipo de poder sobre él que imposibilitara su voluntad.

Nuevamente el parque se hizo visible, y con él, la casa número doce, ahora sí la veía. Con sus ventanas rotas y negras, la escalinata empolvada y aquella puerta arañada y tétrica, cuya aldaba era nada más ni nada menos que una serpiente encorvada.

Harry creyó ver al perro haciendo una mueca, pero sólo fue un segundo. Cuando entraron, Sirius volvió a transformarse y le indicó que hiciera silencio, lo siguió a través de las escaleras, hasta llegar a la que parecía ser la habitación de Sirius.

–Esta siempre fue mi habitación. –murmuró con una leve sonrisa, y cuando entraron, Harry se fijó que el color escarlata predominaba en la estancia, al contrario, en el resto de la casa, parecían predominar colores fríos, gris, negro y verde.
También había una vieja foto –entre muchas otras, mágicas o no, de motos y mujeres con poca ropa- de su padrino con sus compañeros de escuela, sus amigos: Estaba un Remus Lupin mucho más joven, con su misma pinta de persona débil; Peter, el traidor que había vendido a sus padres; el mismo Sirius, increíblemente apuesto y radiante; una Lily pelirroja que sonreía y saludaba a la cámara y un James Potter de mirada brillante, que casualmente era el mismo que se encontraba en algún lugar de aquella espectral casa, y francamente, a Harry no le importaba dónde. O sí, pero no estaba listo para admitirlo.

Siempre había imaginado tener a sus padres consigo, pero desde siempre había tenido la idea incorporada de que ellos no regresarían jamás. Resignado, lo aceptaba.
Y de un día para el otro, tras unas semanas horribles, unas tortuosas pesadillas y de estar al margen de toda posible situación que no fuera las noticias sobre la escasez de agua, pasa a conocer la existencia de una casa donde están todas aquellas personas que estima, sin él, y su padre. Ese que está muerto.

– ¿La Orden ya había utilizado este lugar de cuartel? –preguntó el muchacho, recordando el nombre que Dumbledore había utilizado para reconocer a toda aquella gente.

–No, oh, pero tú no lo sabes. Esta, ser indigno, es La Noble y Ancestral Casa de los Black. –murmuró con amargura, y falsa altanería.
Harry abrió ligeramente los labios.

–Si, esta era mi casa antes… ¿Bonita, eh? Y esa que grita –hizo una pausa y en el silencio inconcluso en el cual se vieron sumidos, Harry notó que, efectivamente, el retrato de aquella mujer volvía a rugir –es mi queridísima madre. Un encanto.

Harry asintió, sin saber que decir.

–Uno no elige a sus padres. –murmuró casualmente Sirius. Y Harry temió que aquel no fuera un comentario tan casual e inocente como Sirius quería hacer aparentar.

–Lo sé. –gruñó el muchacho. –Y…Sirius… ¿Realmente es él? ¿Están seguros? ¿No es broma? ¿Cómo pudo ser?

–Si. Él volvió. James volvió. Y durante todo este tiempo sólo ha hablado de ti. Estaba muy nervioso por conocerte, y debo admitir que tu reacción…bueno, sobrevivirá. Supongo. –agregó con amargura, medio en broma. Y Harry sonrió de lado.

–Dumbledore ya había habilitado el cuartel, o sea, mi casa, cuando James se apareció en Hosmeade, pretendiendo penetrar en Hogwarts. Supongo que antes debió pasar por el Valle Godric. Las cosas estuvieron muy ajetreadas de un tiempo a esta parte. Para James fue increíblemente duro, créeme. Todavía no asimila lo de Lily.

Harry no dijo nada, pero se limitó a asentir. Se sentó en una de las tres camas que a duras penas, entraban en aquella habitación.

La puerta se abrió ligeramente y por ella apareció James, quien miró a ambos ocupantes y dudó en entrar o no. Su vista estaba fija en Harry, quien a su vez, se sabía incapaz de apartar la suya de su padre.

– ¿Puedo pasar? –preguntó. Y Harry asintió tras pensárselo un poco. Su yo mayor -pues era increíble el parecido entre ambos- se adentró en la habitación y cerró la puerta tras de sí. Entonces Harry comprendió de quienes eran esas tres camas.

–Voy a alimentar a Buckbeack, mejor. –murmuró Sirius guiñándoles un ojo a ambos. –Cualquier dilema, ya saben dónde hallar al mejor padrino del mundo. Pero no te asustes Harry, siempre fue así de feo. Es normal.

–No, pasa que Canuto siempre me tuvo envidia. Sobre todo ahora, que yo permanezco joven y él se ha vuelto un viejo cascarrabias. Te sentó mal Azkaban, ¿eh?
–La tierra lo puso gracioso. –gruñó el hombre y sin más, se marchó.

Entonces Harry notó que era cierto: James parecía mucho más joven que Sirius y Remus. Luego le preguntaría a Dumbledore.

Ambos quedaron sumidos en un silencio casi incómodo.

–Si hay algo que lamento más que la muerte de tu madre, Harry, son todos estos años sin ti. No fueron fáciles, ¿cierto?
–No.

–Pero…Dumbledore dice que estás en buenas manos. La hermana de Lily siempre fue un poco especial, pero no era mala mujer. ¿Puedo sentarme y hablar…?

El menor asintió.

–No imaginas lo terrible que fue despertar. Hacía frío, no sabía dónde estaba. Y no había rastros de Lily…o de ti. Pero…creciste mucho desde la última vez que nos vimos. Estás…enorme. Y tienes sus ojos.

Nuevamente los ojos verdes de Harry se dilataron. No, no iba a llorar. No podía.

–Si me dejas, te prometo que repondremos todos estos años, Harry. Sé que quizás estés enfadado…o…no lo sé. Pero…

–Si te dejo…Y lamento lo que sucedió abajo…

James asintió.

–Me tenías preocupado. Remus dijo que estarías bien con Sirius, pero la calle no es segura. No según Dumbledore.

Nuevamente se hizo el silencio. Harry tenía un nudo en la garganta, que sostenía un nudo más grande en medio de su estómago. Y aunque hubiera podido, no hubiera sabido qué decir.

–Remus me contó que fue tu profesor. Y que tienes mi vieja capa ¿es cierto? ¿y el mapa, lo encontraste? ¿te portas bien en la escuela? Tus amigos son encantadores.

–Dumbledore me dio la capa, en primer año; y el mapa me lo dieron los gemelos Weasley en tercero. –sonrió Harry, más animado ahora que la conversación se encaminaba para otro lado.

–Esos chicos son unos genios. –declaró James. –Me dijeron que les prestaste dinero, eso quiere decir que tienes la llave de nuestra cámara en Gringotts.

Harry asintió, no estaba faltando a la verdad, sólo…ocultándola un poco. No sabía si su padre estaba al tanto o no del Torneo de los Tres magos. Fuera como fuera, hablar de ello sería como volver a recordar a Cedric.

–El aguafiestas de Lunático insiste en que está la comida. –murmuró Sirius, interrumpiendo de pronto la conversación. Harry arqueó una ceja, divertido.
– ¿Estaban escuchando?

–Pues…si. –admitió Sirius.

–Yo no. –se apresuró a excusarse Lupin.

–Pues vamos, Harry, todos quieren verte.-lo animó Sirius. Remus lo reprendió con la mirada y Harry se paró en seco.

–No tengo mucha hambre…creo…creo que mejor será que vaya a dormir temprano.

–Tienes que cenar. Molly tiene razón, estás muy delgado. –opinó James.

Remus y Sirius intercambiaron miradas antes de comenzar a carcajearse y Harry se sonrojó.

–Cornamenta…tienes que verte. –rió Sirius. Definitivamente estaba mucho mejor de la última vez que Harry lo había visto.

El aludido pareció ofendido.

–Vamos Harry. –murmuró James, dándole un empujoncito en la espalda.

–Pero…

–Oh, vamos. –lo animó Sirius.

–No quiero ir. Es que…comí mucho en casa de mis tíos. Mi Tía Petunia insistió. Su comida es…eh…exquisita. Sin dudas, la mejor del mundo. –se apresuró a mentir de forma no muy convincente. Le dirigió una mirada a Remus, que al parecer conocía bien por dónde iba la historia con sus tíos. Aunque Sirius también sabía que no estaba del todo a gusto con ellos. –Enserio. -se apresuró a agregar. -¿Dónde creen que pueda…? –preguntó apenado.

– ¡Aquí! –exclamaron Sirius y James al mismo tiempo. Harry se apresuró a mirar a su antiguo profesor en un intento desesperado por escapar.

–Tus cosas están por aquí, ven. –lo guió Lupin. Sirius y James se perdieron en el camino, ante la mirada de Remus de "váyanse. Ya."

–Espero que tu tía cocine mejor de lo que te cuida. –murmuró el licano. Harry desvió la mirada.

–Sólo no quería ir…y ellos no iban a dejarme no hacerlo. –puntualizó. Y de pronto se dio cuenta de que a partir de ese momento, no solo Dumbledore controlaría su vida. Y no supo como reaccionar. Siempre había querido importarle a alguien, y de pronto sentía que su escasa libertad iba a terminar. ¿Qué pensaría su padre de él? Definitivamente estaría decepcionado por su…cobarde huída.

–Profesor…

–Dime Remus, Harry, ya no soy profesor tuyo.

–Bien, pro…Remus. ¿Podría…qué es lo que sabe él sobre mí?

Remus sonrió de lado.

– ¿Por qué preguntas?

–Yo solo…

–Pues no sabe nada. Bueno, excepto que perdonaste a Peter. Creo que ya te había dicho antes que en definitiva, eso hubiera sido lo que él hubiera hecho. Hoy puedes comprobarlo. Adelante.

Harry asintió.

Llegaron hasta una puerta que estaba cerrada y Remus la abrió simplemente girando el picaporte. Harry comprobó que tanto Hedwig, su blanca lechuza arrogante, como su baúl estaban allí. Remus se despidió y cerró la puerta tras de sí.
Pero Harry no durmió esa noche, incluso cuando Ron regresó después de la cena y él fingió estar dormido para no hablar con él, o cuando James apareció por la puerta casi a media noche y tras cinco minutos contemplándolo desde el umbral, se marchó.

Un remolino de sensaciones y sentimientos se había formado en el medio de su pecho. Se sentía traicionado por sus amigos, extrañado por la aparición de su padre, desolado por saberse fuera de algo realmente importante, subestimado y minimizado. E idiota, se sentía sumamente idiota y resentido.

Cuando consiguió dormir, ya era muy entrada la noche, por lo tanto, no pudo dormir mucho. Disfrutó de pasar las cinco de la mañana de largo, pues el despertador no había sonado y El Profeta jamás había llegado hasta el número 12 de Grinmauld Place.

Ron lo despertó temprano por la mañana, o relativamente temprano, pero a Harry se le hizo sumamente pronto para despojarse de las sábanas.
Llegó hasta la cocina, un poco desorientado aún en esa casa tan grande. El movimiento y los continuos cuchicheos alegres consiguieron despertarlo un poco más. Sintió cómo alguien le apretaba un poco los hombros y al ladear la cabeza se encontró con su padrino. Le sonrió. Tras de él venía su padre, asintió con la cabeza en señal de saludo y éste pareció un poco decepcionado.

–Nuestra charla está pendiente, Harry. –lo saludaron los gemelos al mismo tiempo.

–Déjenlo en paz, Harry, amor, te ves pálido ¿no dormiste bien? Oh, y estás muy delgado, por cierto. –lo examinó la señora Weasley antes de dejar sobre la mesa una gran tarta de calabaza y jugo. –Come, cielo. –le aconsejó.

Tonks y el Señor Weasley cruzaron el umbral de la puerta a toda velocidad. Harry se percató de que no lo había visto la noche anterior y se preguntó sino se debería a que estaba trabajando en el Ministerio.

– ¿Y bien?
–Nada –murmuró Tonks cansinamente, dejando un periódico sobre la mesa, Harry se apresuró a tomarlo y ojear la primera página. Y como de costumbre, no había ninguna noticia relevante sobre el Innombrable.

Decepcionado, regresó el periódico sobre la mesa.

Tonks se sentó entre Hermione y Ginny, que charlaban animadamente. Y pronto ocurrió algo realmente curioso, el cabello de Tonks cambió de color, a un rosa chicle, cuando derramó el jugo sobre la mesa.

Ella se disculpó y nadie pareció inmutarse por el repentino cambio de aspecto.

–Es una metamorfomaga. –aclaró Ron en su oído.

– ¿Una qué? –inquirió el muchacho.

–Metamorfomaga, una persona que puede cambiar su aspecto como le plazca. –murmuró el pelirrojo, señalando con disimulo los ojos de Tonks, que al parecer habían cambiado de color junto con su cabello.
–Aah…

El señor Weasley se detuvo para estrecharle la mano y exclamar algo así como "¡Cuánto tiempo sin vernos, qué gusto, Harry!" y finalmente se despidió de todos, para ir a trabajar.

–Hay mucho por hacer hoy. –informó Molly Weasley, y Harry no tuvo siquiera la menor idea sobre a qué podría estar refiriéndose.

–Nos hará limpiar otra vez. –se quejó Ron.

– ¿Hace cuánto están aquí? –preguntó de forma casual.

–Dos semanas.

–Oh, gracias por avisarme. Al menos podría haberles ayudado a limpiar. –murmuró amargamente.

Ron lo miró ofendido.

–Quisimos decírtelo, Harry. –interrumpió Hermione, frente a él, en un susurro, pero fue en vano, porque más de una persona estaba atenta a aquella conversación.
–Si, supongo que estaría mejor encerrado en Privet Drive con mis tíos muggles que aquí, no fuera a ser que un armario intentara asesinarme, ¿verdad? Porque claro, Voldemort – ¡No digas ese nombre! Exclamó Ron –no se atrevería nunca a asesinar a mis tíos muggles. Es decir, ¿cómo podría contra todas las alarmas y medidas de seguridad de mi tío Vernon? –gruñó de mala gana.
Últimamente se sentía furioso con el mundo, la idea de que ello fuera una forma de descargar la culpabilidad que sentía por la muerte de Cedric, se le había cruzado varias veces por la cabeza.

–Harry, cariño…-interrumpió Molly cuando el muchacho de ojos verdes se puso en pie, dado por terminado su desayuno; pero Harry no la escuchó, pues para entonces ya había abandonado la cocina.
Sirius se puso en pie, pero James fue más rápido y salió tras su hijo.

– ¡Harry, espera! –lo llamó, al pie de las escaleras, mientras que el menor ya estaba casi perdiéndose de vista.

No dijo nada, pero aguardó hasta que el hombre lo alcanzara.

–No los culpes. Dumbledore insistió. Yo mismo hubiera ido por ti. Además, quería agradecerle a Petunia…

–No es justo. ¡No es justo que me dejen afuera cuando fui yo y no ellos quienes se enfrentaron a Voldemort cuatro veces! ¡No es justo que…

– ¿Qué dijiste? –preguntó James, pálido, con los ojos desorbitados.

–Nada. –se apresuró a negar Harry.

–Cuéntame eso.-

Se oyó una pequeña carcajada. A los pies de las escaleras, Sirius observaba la escena. James se veía fastidiado y Harry estaba nervioso.

–Estas en problemas, ¿eh, Harry? Pero es normal. Al fin y al cabo, James no sabe nada de ti. No sabe nada sobre tu patronus. –observó Sirius.

–O que hablas parsel. –sonrió Remus, quien tenía la misma mirada divertida que su padrino.

–Tampoco sabe sobre la cámara de los secretos.

–Ni el troll que derrotaste en primero.

–O la piedra filosofal.
–O que ganaste el torneo de los tres magos.

–Los dragones.

–Basiliscos.

–Sirenas.

–Mortífagos…

–Gracias –los cortó Harry en seco.

–Como tampoco sabe que te convertiste en el buscador más joven de Gryffindor en los últimos cien años. –concluyó felizmente Sirius. -¡Debes verlo volar, James!

Los fulminó a ambos con la mirada: Lo estaban haciendo a propósito. Mientras tanto, James se limitaba a balbucear frases inconclusas como "¿Parsel…? ¿Troll…cuál…¿Dijo Cámara de…¿Qué diantre es una piedra filosofal?"

–Creo que tú y yo tenemos muchas cosas sobre las cuales hablar. –murmuró seriamente James, y Harry, quien no contaba con mucha experiencia sobre padres, supo que las cosas no irían muy bien y no podría escapar de eso.

Y sin más, ambos se perdieron por las escaleras.

– ¿Qué? Algún día nos lo agradecerá. –respondió Sirius ante la culpable y acusadora mirada de su amigo, –Además no fui yo quien dijo que habla parsel, nombró al basilisco, al troll, a los mortífagos o al torneo de los tres magos. –se defendió.

Para Hermione, Sirius y el resto de los Weasley la tarde se limitó a limpiar la sala, tirando cosas viejas o peligrosas, quitando el polvo, o deshaciéndose de criaturas que no deberían convivir con ellos. Nadie vio a Dumbledore en el transcurrir de las horas y Remus estaba imperturbable en la biblioteca, pues era el más responsable para manejar ese tipo de libros.
Por el contrario, para Harry y James, la tarde transcurrió en los relatos del primero sobre sus cuatro años en Hogwarts.

– ¿De verdad hablas parsel? –preguntó James, aun asombrado. Su hijo asintió con la cabeza. –Wow. Y yo creía que mis años en Hogwarts habían sido extraños…Pero… ¿un basilisco? ¿Sabes? Yo también fui buscador en Hogwarts.
–Sí, ya me lo habían dicho…

– ¿Puedes hacer un patronus?

–Si…al menos sí pude la noche en la que encontramos a Sirius.

– ¿…uno corpóreo?

El muchacho asintió nuevamente.

–Y dime, Harry… ¿Qué forma tiene?

–Bueno…es un…ciervo.

Los ojos de James brillaron extrañamente durante un momento y pronto Harry se vio estrechado entre dos brazos fuertes, que toda su vida había querido sentir. Y se dio cuenta que toda la ira que había sentido por la mañana, se había ido disipando a medida que el tiempo transcurría.

–Harry…Voy a recompensarte por todos estos años perdidos. Lo prometo. Todo será mejor.

-Papá…-susurró el muchacho. Y de pronto sintió como si una gran carga pesada se le quitara de encima. La palabra en sí sonaba idiota, pero siempre había anhelado, en sus sueños, que cuando la dijera en voz alta, él le respondiera. Y ahí estaba él, y podía hacerlo.

-Harry, hijo. Mi niño.
Y el muchacho no pudo más que sonreír ampliamente, y olvidarse de los Dursley y todos sus años con ellos. Olvidó a Voldemort, por primera vez desde que lo conocía y todo lo que representaba. Evitó pensar en lo que vendría y lo que pasó. Le dijo no a Cedric y su muerte. Dijo "ya basta" y su cicatriz y todos sus sueños pasados y venideros se desvanecieron en el aire como si fueran humo plateado. Dijo papá por vez primera. Y por vez primera, alguien le respondía.

-Te eché tanto de menos…Siempre quise…yo siempre…y ahora estás aquí. Y siento cómo me comporté desde que vine…es que…
Quien conociera a Harry, definitivamente hubiera creído que era un impostor y no él, el verdadero Harry Potter, hablando tan abiertamente sobre sus sentimientos.

-No importa…Aún así, creo que Ron y Hermione merecen una disculpa…Y Molly también. Me han contado que esos Weasley te han cuidado mucho. Y les estoy muy agradecido.

Harry lo miró fijamente, clavando sus ojos verdes esmeralda en los de su progenitor, almendrados. Y con una mano vacilante le sujetó el hombro. Era real. Allí estaba.

-Fuimos al mundial de Quidditch el año pasado…- murmuró, aun pensando en los Weasley. –Y me rescataron de Privet Drive en las vacaciones de segundo curso.
-Creí que te gustaba vivir con Petunia, hasta creí que no querrías venir aquí…La casa de Canuto es un poco…especial.

-Si, por supuesto –sonrió nervioso. Había tantas, tantas cosas que quería hablar con su padre; y entre ellas, definitivamente, no estaban los Dursley, porque ahora que él había regresado, ya no tendría que volver a verlos nunca.
-¿Seguro?

-Si, si, claro.

James asintió, un poco inconforme con la respuesta, pero ya averiguaría luego por su cuenta. Es decir, le preguntaría a Sirius y a Remus, porque para algunas cosas, Albus no era de fiar.

Hablaron de todo y un poco más también. A Harry aún se le dificultaba mantener la conversación, es decir, no todos los días revive tu padre, al que no viste en 14 años. Para él, James era un desconocido.