I
Una nueva vida
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Rashell suspiró lentamente queriendo recuperar algo de la poca calma que le quedaba. Alzó los ojos al cielo para dejarse llevar un instante por el verdor de Yggdrasil que con sus gigantescas ramas como torres y follaje tan denso como una selva virgen creciendo por encima de nubes cubría por completo a la ciudad. Su apariencia juvenil, de cabellos rubios como el sol con una partidura en medio de la cabeza y unos levantados mechones sobre la frente, piel levemente bronceada por la vida bajo el implacable sol del campo de batalla que contrastaba con la imagen de un adolescente travieso luchando con la madurez que brillaba en los ojos del inmortal einjergar que a simple vista no sobrepasaría los diecisiete a diecinueve años de edad. Se le veía realmente hastiado por la terquedad del obeso mercader elfo con el que discutía.
—Ya se lo he dicho, mi joven señor einjergar, que no puedo vendérsela a un menor precio, podría dejarme en la ruina si acepto sus condiciones, lo lamento pero ésta será mi última oferta —dijo el mercader.
"¡Geez!, qué grandísimo idiota", pensó antes de perder la poca calma que acababa de recuperar.
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Asgard, el país de los dioses, la nación dirigida por sus gobernantes los Aesirs se encontraba rodeada por gigantescos muros blancos y torres de glamorosa arquitectura construida por manos de gigantes sobre las montañas que rodeaban el valle sagrado. Al interior de los muros que la defienden de sus sobrenaturales enemigos, existía una tierra fértil de verdes praderas y mantos de flores que ojo mortal jamás vio en su natural esplendor, únicas en este mundo e inspiradoras de leyendas perdidas por siglos entre los mortales. Tras una nueva línea de picos nevados, última defensa natural, se hallaba la ciudad del Valhalla, capital de Asgard. Tras otra circunferencia formada por nuevos y blancos muros de hermosas terminaciones en piedra cuyos cimientos parecían ser uno con las esculturas de ejércitos que componían toda la base del muro, comenzaba la más grandiosa ciudad que los humanos nunca podrían imaginar de no conocerla por sí mismos, con una tendencia arquitectónica muy similar al del Medievo mortal a simple vista, era en profundidad una ciudad de gigantescos castillos y mansiones que mezclaban distintos estilos del mundo de los humanos. Grandes avenidas que impactaban por la majestuosidad de estatuas de valquirias aladas y dioses, mezclada con sus fuentes y jardines. Se encontraba habitada por cientos de seres de distintas razas y procedencias que conformaban la vida que alimentaba a la ciudad, todos ellos sirvientes o esclavos de los señores Aesirs.
En el centro de la ciudad se encontraba Yggdrasil, el fresno sagrado, árbol de la vida que cubría con su gigantesca copa a casi toda la ciudad del Valhalla, con su tronco de dimensiones excelsas como una columna que se elevaba hasta el mismo cielo en medio de la capital, parecía darle una especial vida y mágico resplandor a todo el ambiente.
Bajo aquella sombra también se encontraba el mercado de Asgard, la avenida principal dividida por jardines de flores y una hilera de estatuas que se perdían de la vista en el horizonte, cubierta a sus bordes por los cientos de puestos de mercaderes elfos, hadas, enanos y aun seres desconocidos para muchos que llegaban a la ciudad para intercambiaban sus mercancías. Se rumoreaba que los más famosos mercaderes comerciaban incluso con los dioses, cosa sorprendente pues normalmente ellos veían la vida de la ciudad desde una posición elevada, como algo sin importancia, como un hombre que todos los días ve moverse a los insectos en su jardín.
Méril, que acompañaba a Rashell aquella mañana, aparentaba mayor juventud que su compañero de armas, siendo apenas para los ojos mortales un sencillo adolescente de no más de quince o dieciséis años muy tímido y amable, demasiado quizás para portar el uniforme, emblema y las armas de los Dragones Rojos. El cabello castaño un poco más largo que el de su amigo y bastante más desordenado le rozaba los hombros cuando no danzaba caprichosamente bajo las órdenes de la brisa, poseía unos ojos grandes y oscuros de mirada soñadora, tez blanca y facciones algo refinadas de notoria ascendencia occidental escandinava, siendo un poco más bajo de estatura cosa que aumentaba la presencia infantil que lo envolvía. Estaba evidentemente más preocupado de las personas que los rodeaban que de la discusión entre Rashell y el gordo comerciante elfo.
— ¡Cómo!, ¿pretendes robarle a tu mejor cliente? Eres un traidor, rastrero y poco leal amigo, ¡pues yo no pienso ofrecerte más que lo justo, elfo usurero! —Rashell alzó la voz impacientemente.
Pero en vez de amedrentar al mercader únicamente consiguió endurecerlo, el elfo arrugó el ceño y se cruzó de brazos bufando como un toro.
— ¡Entonces no tendrás nada de mí, mocoso einjergar!
—No me hagas reír, geez, ¿acaso de verdad crees que haya alguien dispuesto a pagar semejante fortuna?
Méril se encogió de hombros al notar que ellos seguían discutiendo sin llegar a ninguna parte. Después de otro rato de gritos sin sentido y mutuas recriminaciones el joven notó incómodo la manera en que comenzaban a llamar la atención reuniéndose un grupo mayor de transeúntes a su derredor.
—Rashell, ¿por qué no le das lo que pide de una vez? —dijo cansado.
Rashell al ser interrumpido por su compañero se detuvo un momento para luego dirigirse a Méril como justificando la rabia que sentía en aquel momento.
— ¡Geez!, ¿acaso te volviste loco, Méril?, permitir que este avaro, traicionero, embustero...
El gordo mercader elfo de brazos cruzados comenzó a encoger los hombros continuamente como si fuera golpeado por cada ofensa que salía de los labios de Rashell.
—… estafador, ladrón, mentiroso...
Al mercader le empezó a temblar una ceja.
—… gordo, sinvergüenza, bribón...
Luego el resto del cuerpo.
—… chantajista, abusador, mal nacido...
Su gordo rostro ya se ponía al rojo vivo de la cólera.
—… cicatero, mezquino, sórdido, mal amigo...
— ¡SILENCIO!— estalló el elfo que ya no soportó más burlas del joven, especialmente cuando ya tenían un amplio público que se reía por lo que estaban presenciando—, ¡deja de ofenderme, einjergar, si no pagas no hay trato, es todo!
Rashell estaba a punto de decir algo, pero se quedó en silencio al notar la mirada de Méril y de la gente a su alrededor.
—Está bien... — arrastró las palabras casi como un doloroso quejido —, ¡tú ganas!
El joven buscó entre los pliegos de la ropa por debajo de la capa hasta sacar una pequeña bolsa de cuero atada por una cinta del mismo material, dándole una última mirada en su palma la arrojó con ira a las manos del ahora sonriente mercader.
— ¿Méril?
Al llamado frío de Rashell, Méril tomó una botella del puesto del elfo, pero antes de poder levantarla el gordo puso la mano encima de ésta impidiéndoselo.
— ¿Qué quieres ahora?— preguntó Rashell indignado.
— ¿Acaso pasa algo malo?— agregó Méril. El gordo Elfo soltó la botella para abrir la bolsa y dar una rápida mirada a su contenido, un pequeño puñado de gemas de extraño resplandor azul verdoso.
— ¡Deja de jugar conmigo einjergar, esto es apenas la mitad de lo que te pedí!— exclamó el mercader.
Méril observó a su amigo con sorpresa, pero Rashell estaba sonriendo, totalmente contrario a su anterior estado de ánimo.
— ¡Geez!, vaya inconformista —respondió finalmente ante la impaciencia del elfo—, esto es lo que dije que te pagaría desde un principio y es mucho más de lo que mereces.
— ¿Acaso no acabamos de discutir eso?— reclamó el mercader.
Pero después de un minuto de tenso silencio Méril dejó escapar un suspiro. "No de nuevo", pensó dando una rápida mirada de súplica a su amigo.
—Me das el resto o no habrá trato— dijo el mercader furioso —. ¡No estoy para tus tontos juegos todo el día, einjergar!
Rashell sólo le sonrió como respuesta.
"¡Demasiado tarde, aquí vamos de nuevo!", pensó Méril mirando en otra dirección despreocupadamente.
— ¿Acaso ahora te haces el sordo?´—insistió el elfo.
Rashell comenzó a sonreír.
"¡No quiero ver esto!", pensó Méril dando una extraña mirada de lástima al pobre mercader cuando adivinó que su amigo se traía algo entre manos.
— ¿Acaso no fui lo suficientemente claro?— insistió el mercader.
Pero la tranquila risa de Rashell lo descolocó completamente.
—Mi querido Otr, cómo puedes ser tan desconfiado tratándose de mi socio predilecto de hace tantos años...
—Soy el único mercader que se atreve a tratar contigo en años— lo interrumpió.
— ¡Geez¡ ¡lo que sea! —continuó Rashell algo molesto de ser interrumpido—. Pero como te decía, por ser yo también un negociante te haré una última oferta.
El mercader lo miró de manera insegura, algo en el brillo de los ojos del joven lo hizo temer.
—Digamos que... — Rashell se sonrió antes de seguir —, tú me das lo que quiero y yo te doy estas joyas.
El mercader elfo estaba a punto de volver a reclamar, pero Rashell alzó la mano en un gesto para que callara y siguiera escuchando, pues aún no terminaba.
—Y, además, para hacerlo justo, como un agregado a la paga...
Entonces al mercader le brillaron los ojos, esas eran las palabras que estaba esperando, pero Méril no parecía igual de convencido.
—Prometo guardar absoluto silencio de todos tus negocios ilegales en Asgard.
Méril se llevó una mano a su frente sin dejar de mover la cabeza, el mercader sólo palideció antes de poder animarse a hablar.
—Tú... digo, usted, ¿de qué habla?, no entiendo a que se refiere, señor einjergar— respondió notoriamente alterado.
Pero Rashell continuó sonriendo al ver la reacción del comerciante.
— ¿Ah qué no?... ¡Geez!, pero que tipo más descarado —sonrió con ironía—. ¿Acaso crees que los señores Aesirs estarán muy contentos de saber sobre tu tráfico de artículos ilegales de Midgard?, ¿o de tus negocios con los yotes?, o peor aún... —se acercó levemente al mercader como queriendo susurrarle algo al su oído, pero lo dijo en un tono lo suficientemente fuerte como para que el resto de la gente que desde hacía varios minutos se entretenía con la discusión lo escuchara.
—Qué me dices de tus tratos con... como decirlo— Rashell no paraba de sonreír mientras buscaba el gesto de mayor hipocresía moral que tuviera en ese momento—, ¿tus tratos con esclavas hadas?
La exclamación general de los presentes fue inmediata, todos miraron con una real indignación al pálido mercader.
—Claro que sin pruebas nadie podría culparte de nada —dijo Rashell—, pruebas como las que yo tengo.
Después de unos largos minutos Méril tomó la botella al notar que el obeso mercader ya ni siquiera hablaba y únicamente se limitaba a asentir de forma automática a todo lo que Rashell le decía.
—Pero, viéndolo desde otro punto de vista— Rashell sonrió más que antes al verse al lado de su amigo, haciendo un gesto que se retiraba pero que se detenía a medio camino para regresar a encarar al agotado mercader —. ¡Geez! creo que acaba de cambiar el precio...
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Rashell caminaba por las calles del Valhalla de regreso al cuartel, a su lado Méril cargaba la botella en sus manos con una pensativa mirada perdida en el horizonte de edificios que los rodeaban.
— ¿Pasa algo, Méril? —preguntó calmadamente.
— ¿Cómo lo hiciste para saber que hacía esas cosas? —preguntó algo avergonzado. El recordar que aquel elfo practicaba actos tan viles era una vergüenza en Asgard, más para un alma tan noble como la suya.
—Elemental, amigo mío —respondió Rashell—, no lo sabía.
— ¿Lo inventaste?
Méril no podía creer lo que escuchaba de su amigo.
— ¡Geez! Pues claro que sí, pero lo mejor de todo, ¡fue que acerté! ¿Acaso no viste la cara que puso cuando lo acusé de tráfico de hadas?, con eso confirmé al instante que había dado en el clavo, ese pobre miserable se lo tiene bien merecido.
Entonces comenzó a reír otra vez de una forma tan relajada que tenía confundido a su joven amigo Méril, quien aún no podía entenderlo del todo. Mientras que Rashell seguía jugando con la bolsa de cuero en sus manos, más llena que al principio de sus queridas gemas.
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Continuará
