DISCLAIMER.- LOS PERSONAJES PERTENECEN A S. MEYER Y LA TRAMA ES UNA ADAPTACIÓN DE DULCE LOCURA DE ANNA CASANOVAS.

Prólogo

Edward Cullen nació una lluviosa tarde de septiembre en una de las más prestigiosas clínicas de Londres, hacía exactamente treinta y cuatro años. Su madre, Esme Platt, había pasado toda la semana descansando en la mansión que la familia tenía en las afueras de la ciudad. Los dos hermanos mayores de Edward, Marco y Jane, estaban con su niñera, la señora Potts, esperando ansiosos la llegada de lo que creían que iba a ser un nuevo juguete para ellos. Su padre, Carlisle Cullen, seguía en Londres, dirigiendo el prestigioso bufete de abogados que había creado su bisabuelo, hacía casi cien años.

La familia Cullen gozaba de un enorme prestigio y poder, y todos sus miembros eran perfectos. Carlisle Cullen tenía en esa época cuarenta años, pero aparentaba treinta; su bufete se había convertido en el más respetado de la ciudad y su cuenta bancaria era sin duda una de las más envidiadas del banco. Su esposa Esme había estudiado bellas artes en Inglaterra, pero había vivido unos meses en Italia, lo que le daba una sofisticación y savoir faire envidiables. Tenía treinta y seis años, aunque aparentaba diez menos, provenía de una familia adinerada y de buena reputación y era la anfitriona perfecta. Y si su marido tenía una amante, sabía mirar hacia otro lado. Los dos hijos que por entonces tenían en común también eran la envidia de todo el mundo. Marco tenía cuatro años, era rubio de ojos azules y a esa temprana edad ya se adivinaba que iba a ser igual de listo que su padre. Jane tenía sólo dos años, también era rubia, de ojos azules, y se veía que iba a ser toda una belleza. Era delicada y grácil como su madre, y seguro que también iba a saber utilizar sus encantos. Todos eran perfectos, hasta que llegó Edward.

«Es mi maldito cumpleaños», pensó Edward, vaciando la que era su segunda copa de whisky. Estaba solo en su apartamento, sentado en el sofá, con la corbata todavía puesta a pesar de que se la había aflojado, y con los dos botones del cuello de la camisa desabrochados. Ese día era su cumpleaños, cumplía treinta y cuatro años, y ni sus padres ni sus hermanos lo habían llamado. La señora Potts sí que lo había hecho, esa misma mañana, a eso de las ocho y media, cuando él todavía fingía que no se acordaba de qué día era, y lo había felicitado con aquella voz tan dulce que era uno de los pocos buenos recuerdos que él tenía de su infancia. Margaret, la señora Potts, lo había reñido por llevar tanto tiempo sin ir a verla y se había despedido con un beso. Después de ducharse y tomarse una taza de café se dirigió al trabajo, aunque era todavía muy pronto, y se concentró en repasar los planos del último proyecto en el que estaba trabajando. Llevaba un par de horas en su despacho cuando le sonó el móvil. Recordó la conversación y bebió otro sorbo. Seguro que sus amigos no le perdonarían que no se hubiera presentado a su propia celebración...

—No trates de decirme que no es tu cumpleaños —le dijo Emmett antes de que Edward tuviera tiempo de nada—. Felicidades.

—Gracias —respondió resignado—, pero ya sabes que no me gusta celebrarlo.

—Lo sé, aunque nunca me has contado por qué. Alice y Jasper tienen varias teorías al respecto.

—Diles a esos dos que no pierdan el tiempo pensando tonterías, ¿no se supone que siempre tenéis tanto trabajo en la revista? —se defendió Edward, aunque levantó la comisura del labio con lo que podría considerarse una sonrisa.

—Muchísimo, así que cualquier excusa es buena para relajarnos un poco. ¿Te va bien quedar esta noche para tomar algo?

—No.

—Vamos, no seas aguafiestas.

—¿Cómo van las cosas con Rosalie? —Edward sabía que su mejor amigo estaba enamorado, aunque el propio Emmet se negara a reconocerlo—. ¿Has visto ya la luz o sigues comportándote como un idiota?

—Ven esta noche y dejaré que me insultes todo el rato. Rosalie también vendrá, y ya sabes que Jasper y Alice te llamarán cada hora hasta convencerte.

—Está bien. Iré.

—Perfecto. Nos vemos a las siete en ese antro que tanto te gusta.

—No es ningún antro.

—Lo que tú digas. Nos vemos. —Y colgó antes de que a Edward se le ocurriera alguna excusa para no ir.

Edward se sirvió otra copa. Cuando colgó después de hablar con Emmett creía de verdad que iría a tomar algo con sus amigos, pero a medida que fue pasando el día se fue deprimiendo cada vez más, hasta que, al llegar las siete, decidió que no se veía capaz de estar con ellos y seguir fingiendo que lo único que pasaba era que no le gustaba cumplir años. Se quedó en el despacho hasta las ocho y media, ignorando los mensajes que recibió de Emmett y de Jasper en el móvil, y luego se fue a su casa.

Miró el reloj que tenía colgado en la pared de la cocina y vio que pasaban unos minutos de las doce. Por fin. Sabía que el miedo y la tristeza que lo invadían cada 7 de septiembre no tenían sentido, pero no podía evitarlo. Al fin y al cabo, se dijo a sí mismo bebiendo un poco más, era el único día que se permitía recordar que ni siquiera sus padres confiaban en él.

A la mañana siguiente, Edward se despertó un poco más tarde de lo habitual y con un más que considerable dolor de cabeza. Nada raro, a juzgar por la botella medio vacía de whisky que había tumbada en el suelo. Se duchó y se tomó un café antes de dirigirse al trabajo. En el metro, escuchó los mensajes que había ignorado la noche anterior; los dos primeros, los de Emmett y Jasper, dejaban claro lo enfadados que estaban por haberles dado plantón; el tercero, de Alice, era más de preocupación que de otra cosa. Tan pronto como salió del túnel, le escribió un par de líneas a su amiga para pedirle perdón, prometiéndole que la llamaría más tarde. También escuchó un mensaje que Rosalie le había dejado en el buzón de voz. Igual que los demás, estaba preocupada por él y le decía, sin ningún rodeo, que ya que la estaba ayudando tanto con el terco de Emmett, ella estaba dispuesta a hacer lo mismo con él, fuera cual fuese la causa de su malestar. Más tarde la llamaría y le daría la misma excusa que a los demás.

Entró en el despacho, y no llevaba allí ni cinco minutos cuando su jefe asomó por la puerta.

—Edward, me alegra ver que ya estás aquí —lo saludó el señor Volturi, un prestigioso arquitecto de unos sesenta años—. ¿Te importaría venir un momento? Me gustaría comentarte algo.

—Enseguida —respondió él, dejando sus cosas encima de la mesa y colgando el abrigo antes de seguir al hombre hacia la sala de reuniones. Al entrar, vio que allí estaban también los otros dos socios del despacho—. Buenos días —los saludó.

—Supongo que te extrañará que te hayamos traído aquí sin avisar —empezó Aro Volturi—, íbamos a decírtelo más tarde, pero te he visto entrar y he pensado que lo mejor sería ponerte al día de todo cuanto antes.

—¿Al día? —Edward se sentó en la silla que había vacía en uno de los extremos de la mesa.

—Sí, como sabrás, hace semanas que andamos detrás del proyecto Marítim.

El proyecto Marítim consistía en dos edificios, uno de oficinas y otro de viviendas, en Barcelona, justo frente al mar, en una zona que la ciudad española había tratado de reformar a raíz del Fórum que se celebró allí en 2004.

—Sí, señor, estoy al corriente. —Todos los arquitectos del despacho lo estaban.

—Pues bien, aparte de nosotros tres —Volturi señaló a sus dos socios—, eres el primero en saber que lo hemos conseguido. La constructora Mediterránea nos ha elegido para llevar a cabo la obra.

—Felicidades —dijo él, sincero—. Es un gran proyecto.

—Lo es, y por eso hemos pensado en ti. —Aro Volturi lo miró a los ojos y esperó a que Edward reaccionara.

—¿En mí? Pero si en la sucursal de Barcelona...

—En la sucursal de Barcelona hay gente muy preparada, pero necesitamos a alguien como tú allí, Edward. Necesitamos a alguien que conozca bien nuestro modo de operar y de pensar, y el señor Alcázar, el gerente de Barcelona, coincide con nosotros en que el cliente es demasiado importante como para que una sola persona esté al frente de la dirección.

Edward recordó brevemente al señor Alcázar, al que conoció dos años atrás, cuando éste visitó Inglaterra. Era un hombre amable, de mirada inteligente, y que debía de rondar los cuarenta años. Sin duda, uno de los mejores arquitectos que había conocido nunca.

—Edward, queremos que te traslades a Barcelona y que te encargues de todo. Ya te hiciste cargo del edificio de la City, y los resultados fueron espectaculares.

—Era un único edificio, y fue mérito de todo el equipo. No habría podido hacer nada sin ellos —dijo con sinceridad.

—Cierto, pero sin tus planos y tu dirección habría sido muy distinto. —Aro hizo una pausa—. ¿Hay algún motivo por el que no quieras ir a Barcelona?

—Ninguno, señor. —Edward soltó el aliento que estaba conteniendo—. Es una oportunidad magnífica. ¿Cuándo tendría que irme?

Aro Volturi se levantó y los otros dos caballeros, el señor Larson y el señor Smith, hicieron lo mismo.

—Los detalles los hablaremos esta tarde. —Le tendió la mano—. Mi secretaria se pondrá en contacto con la sede de Barcelona para que te busquen piso y todo lo demás. Creo que con que llegues allí el lunes habrá más que suficiente. —Estaban a jueves—. ¿Qué te parece?

—Me parece que tengo que ir a hacer las maletas, señor. —Edward le estrechó la mano y luego repitió el gesto con los demás socios—. Gracias por pensar en mí.

Segundos más tarde, entró en su despacho, cerró la puerta tras él, apoyó los pies encima de la mesa —un vicio de su época universitaria que nunca había conseguido erradicar—, respiró hondo y cerró los ojos. Iba a trasladarse a Barcelona. A él no le gustaban los cambios, pero tal vez había llegado el momento de hacer uno y no estaría mal eso de ver el sol más a menudo que dos o tres veces al mes. Sabía hablar español bastante bien, gracias a la prima andaluza de la señora Potts, que siempre iba a pasar un mes a Inglaterra, y a la insistencia de Emmett, que en su época estudiantil le amargó la vida hasta que se apuntó a clases de ese idioma. La teoría de Emmett era que si él había sido capaz de aprender inglés desde pequeño, su mejor amigo de esas tierras bien podía aprender español. Y Edward lo hizo, a pesar de que seguía teniendo mucho acento y jamás había logrado pronunciar bien la letra «j». No, no le gustaban los cambios, pero sabía perfectamente que no podía rechazar la oferta que le habían hecho sus jefes, no si quería seguir trabajando allí. Abrió los ojos y decidió que lo mejor sería que se concentrara en todo lo que había dejado pendiente el día anterior, de nada le serviría seguir dándole vueltas al tema.

Por la tarde, el señor Volturi volvió a pedirle que se reuniera con él, aunque esta vez en su despacho, y le confirmó que su eficiente secretaria ya se había puesto en contacto con la delegación de Barcelona, donde lo esperaban con los brazos abiertos, y que le habían encontrado un piso donde vivir. En principio, le dijo el señor Volturi, que se quedaría en España durante un año, hasta que el proyecto estuviera en su fase final. Por supuesto, la empresa se haría cargo de los gastos del traslado y del piso, y también pondrían a su disposición dos billetes de ida y vuelta cada mes entre Londres y Barcelona, así Edward podría ir a visitar a su familia. Al escuchar esa última parte de la explicación, Edward no corrigió al señor Volturi, y se limitó a darle las gracias por tan generosas condiciones. Aprovecharía esos billetes para ver a sus amigos.

Esa misma tarde, al salir del trabajo, llamó a Emmett para contárselo, y para disculparse por el plantón de la noche anterior. Gracias a la noticia de su inminente traslado a Barcelona, tanto Jasper como Alice le perdonaron enseguida no haber ido a celebrar su cumpleaños con ellos, y Rosalie hizo lo mismo. Todos dieron por hecho que dicho plantón había sido causado por ese fantástico proyecto que iba a llevarse a su amigo a la ciudad española, y se olvidaron del tema para concentrarse en organizar una cena de despedida el sábado siguiente y un calendario de visitas. Cualquiera diría que se iba como cooperante a Bagdad.

Edward estuvo los dos días siguientes preparándolo todo para su partida. En el trabajo, pasó los temas que tenía pendientes a dos de sus colegas, con los que quedó en mantenerse en contacto vía e-mail para cualquier duda. En lo personal, se planteó hacérselo saber a sus padres, pero enseguida descartó la idea; a la que sí llamó fue a la señora Potts, y su antigua niñera lo felicitó por el éxito, le exigió que la llamara de vez en cuando, y le recordó que fuera valiente y que no se dejara intimidar por nada. Como si eso fuera posible, pensó él al recordar la conversación el domingo por la mañana, mientras lo repasaba todo por enésima vez para asegurarse de que no se dejaba nada. Su vuelo salía de Heathrow al cabo de tres horas y Alice se había ofrecido voluntaria para acompañarlo. Durante el trayecto, hablaron de banalidades, pero al llegar a la terminal su amiga no pudo más y lo abrazó emocionada. Edward, que no tenía demasiada experiencia en lo que a recibir muestras de afecto se refería, le devolvió el abrazo con torpeza y la consoló lo mejor que pudo.

—Vamos, Alice, Barcelona está aquí al lado —le dijo.

—Lo sé, pero todos te echaremos mucho de menos —le respondió ella—. Piensa que te esperamos dentro de cinco semanas, y esta vez no se te ocurra dejarnos plantados.

—No lo haré —le prometió, soltándola—. Será mejor que me vaya, tengo que facturar y pasar el control de pasaportes.

—De acuerdo. —Alice lo abrazó una última vez—. Llámanos, no te pido que escribas porque sé lo poco que te gusta —añadió.

—Te llamaré tanto que te aburrirás de mí, piensa que no tengo amigos en Barcelona, así que algo tendré que hacer para pasar las horas que me queden libres.

—No digas tonterías, seguro que no tardarás en estar ocupadísimo.

—Lo dudo.

—Yo no. Vamos, vete antes de que me ponga tonta otra vez.

—Está bien. Gracias por acompañarme y por aceptar quedarte con una copia de las llaves del apartamento.

—Ni lo menciones, aprovecharé para ir a curiosear entre tus cosas.

—Tú verás, pero creo que te llevarás una gran decepción. En serio, gracias.

—De nada.

Los dos se dieron un abrazo y, cuando se separaron, Edward se dirigió hacia el mostrador para sacar la tarjeta de embarque y facturar sus pesadas maletas.