Dedicado especialmente a Beckett-Castle-Alba. Rated M, aviso.

¡Felices Fiestas a Todos!

Capítulo 2

"Nada es lo que parece."

Las semanas pasaron y los días seguían su curso, y Castle llegó ha alcanzar un estado en el que ni él mismo se reconocía, en el que los malos pensamientos gobernaban su mente, haciendo que se convirtiera en un ser distante y reservado para los suyos.


Fueron días tensos para la pareja y un continuo vaivén de emociones para la detective.

Estuvo tan absorta en los problemas que de por sí ya tenía ella, que ni se percató de la actitud de su novio.

No quería decirle nada, y tampoco quería aceptarlo. Sabía que estando con él ese día llegaría, pero lo veía lejano, muy lejano y con un poco de suerte casi inexistente. Aún no estoy preparada, pensó. Creía que lo afrontaría y que podría superarlo, pero se equivocaba. Por alguna extraña razón que desconocía su mente se negaba a lo inevitable, llegando a causarle una ansiedad innecesaria.

El ordenador estaba encendido, pero no supo darle más utilidad que como una distracción que al fin y al cabo no le servía. Miraba la animación de la pantalla de bloqueo, parpadeante, moverse por todas las esquinas y los lados de la pantalla. Y más que distracción le sirvió para darse cuenta de que era un símil del estado en el que se encontraba. Una metáfora de su vida.

Suspiró.

Y por primera vez en semanas, más por instinto que por propia voluntad, se giró para encarar a la persona que siempre ocupaba la silla estacionada a un lado de su escritorio. Pero nadie estaba allí. Y fue entonces cuando se dio cuenta que llevaba vacía varios días.

Aquello le intrigó, pero no quiso darle más importancia de la que tenía, o de la que ella quería que tuviera, si no estaba, sus motivos tenía, y ya lo averiguaría, ahora su cabeza sólo se concentraba en lo que le sucedía desde hacía semanas.

Estaba embaraza. Y estaba sumamente aterrorizada.
Volvió a mirar hacia el sitio vacío. Se levantó de inmediato y fue directa hacia el ascensor. No podía guardar el secreto más, necesitaba de alguien que la aconsejara. Y sabía perfectamente a quien acudir.


El olor a desinfectante mezclado con algo que no pudo deducir, le hicieron que por unos segundos se mareara y tambaleara. Las náuseas le revolvieron el estómago, y estuvo tentada a ir al baño. Hizo el intento de calmarse y respirar hondo, pero no lo consiguió. El casi desayuno- la única taza de café que se había tomado aquella mañana- empezó a subir por su garganta, quemándola. Y sintió más asco que de por sí traía. Se tapó la boca para evitar vomitar allí mismo y corrió más que nunca hacía el baño.

Abrió la puerta brutamente, sin importarle quien hubiera en el baño, vislumbró una cabina libre y allí se dirigió. En pocos segundos, el café que la mantuvo con fuerzas las primeras horas de la mañana se perdía por el desagüe.

- ¿Kate?- escuchó en su espalda.

Lo sabía, sabía que su día empeoraría. No quería que se enterara así. Porque de aquel modo no tendría ninguna posibilidad de salir ilesa de aquel embrollo que había aceptado afrontar. Porque, aunque había recobrado las fuerzas necesarias para hablarlo con alguien, con su amiga, tenía la poca esperanza de que al fin y al cabo, de aquella conversación no se hablara de ese tema.

- ¿Kate, eres tú? ¿Te encuentras bien?.

La mano de su amiga se posó en su hombro. Instantes anteriores su postura era rígida y serena. Fuerte. Después de aquello, sus rodillas se doblaron y soltó allí mismo toda la tensión, el miedo y la preocupación que no había podido desaparecer de su cuerpo en las últimas semanas.


- Vaya...- fue lo único que dijo la doctora cuando, con un nudo en la garganta, la detective le había contado toda la verdad- ¿Y estás segura?- la pregunta le pareció absurda nada más pronunciarla.

- Cada mañana, antes de que suene la alarma me levanto, y cada mañana me hago la prueba. Y cada día sale positivo.

- ¿Y qué harás?

- Pues es eso lo que no sé, no...no estoy preparada para ser madre, no en estos momentos. No llevamos ni cuatro meses...y lo encuentro distante...
Agachó la cabeza cuando dijo eso, era irónico cómo sólo en ese momento se percató de la actitud del escritor.

- Y no dormimos juntos desde hace dos semanas- dijo en un susurro casi inaudible, más para ella misma que para su amiga, pero ese "casi" no impidió que Lanie lo escuchara.

Algo hizo clic en el cerebro de Kate, percatándose de algo que no se había dado cuenta, o no quiso hacerlo, en aquellos días.

- Entonces, ¿Aún no se lo has dicho?.

Por toda respuesta la mujer negó, las lágrimas empezaron a brotar en sus ojos, y una se pudo escapar, deslizándose por la mejilla derecha de la inspectora, para al fin aterrizar en el pantalón gris oscuro de ésta.

Dejándole un círculo oscuro en la prenda. Su vista se quedó fija en ese punto.

- ¿Es que no lo quieres tener?

No obtuvo respuesta.

El corazón de la doctora empezó a acelerar, temiéndose la respuesta, descubriendo un lado de la detective que ni en sus años de amistad pudo conocer.

- ¿De verdad que...que has pensado en abortar?

El llanto de la mujer inundó toda la estancia. La doctora quiso moverse de allí y consolarla, pero por algo que desconocía, su cuerpo ni se inmutó.

- Yo...yo no he dicho eso...- gimoteó.

- Pero lo has pensado...- una lágrima se le escapó a la doctora cuando vio a su hija tan abatida, derruida.- Yo te apoyaría, de verdad, pero sólo si estás segura y...si lo haces piensa primero por lo menos en las consecuencias, y si aún así quieres seguir adelante...te apoyaré- dijo cuando todo en su mente se había esclarecido. Posando en el hombro de su amiga una mano, signo de su apoyo incondicional.

El sentimiento de angustia y desesperación la invadió, demoledor.

- Es que no...no quiero abortar...- maldecía el comportarse así, se veía tan vulnerable y tan estúpida. Sacudió la cabeza, ignorando todo lo que en ella se formaba o en lo que pensaba.- No, no quiero - negó, con firmeza.

- Bien...vale, entonces ¿Qué es lo que te preocupa? ¿Tan insegura estás como para haber pensado en eso?

La mirada suplicante de su amiga lo dijo todo.

- Tengo miedo de que nada de esto salga bien yo...

Miró al suelo, jugando con el anillo que colgaba de su cuello.

- ¿Sabes qué...? tienes razón...necesito hablarlo con él- aceptó.


Miraba por la ventana como pasaban la vida de los demás ante sus ojos. Como los niños iban cogidos de la mano de sus madres, o como una pareja paseaba abrazados por la acera.

Se terminó el resto de bourbon de un trago. Su madre lo miraba desconcertada.

- Hay veces en las que no te entiendo hijo. ¿Por qué no me cuenta no que te pasa? ¿Qué problema has tenido con Katherine...?

Posó el vaso en la mesita que tenía al lado, haciendo un ruido seco y hueco al instante. Y se permitió perderse por aquel sonido que hizo eco en su mente.

Martha Rogers suspiró, asumiendo la derrota de aquella batalla.

- Como quieras...- y negando para sí, salió del despacho dejando a su hijo solo. Escucho cómo la puerta de la entrada se abría y se cerraba, Martha se había ido.

Algo en él había cambiado, y de eso estaba segura. No sabía aún los detalles, pero algo le dijo que ese cambio no era bueno.

A la botella aún le quedaba un sorbo de bourbon y sin pensarlo, directamente de la botella, se lo terminó.

No supo lo que hacía, y parecía nuevo ante los sentimientos que estaba experimentando. Hace apenas unas semanas que había decidido apartarse. Alejarse de ella. Y es en aquel momento, cuando una lágrima vuelve a caer de sus ojos, cuando se replantea si fue la decisión correcta.

Ni llamadas ni mensajes ni nada de nada. Ni un signo de ella, de saber si él estaba bien, y eso lo llenó de rabia.

Se dio la vuelta en un intento de alejarse del mundo y obligarse a parar de pensar, quería beber y beber, quería olvidar, pero poco le sirvió todo el alcohol que tenía en su casa.

Tiró el vaso al suelo de la frustración, lleno de rabia y tristeza. Los cristales salieron esparcidos por todo el suelo acompañados por algunas gotitas de lo que pudo haber quedado en el vaso. Miró aquel panorama y su mente voló más allá de allí. Se sintió mareado. Posó su mano en la cabecera de cuero de su sofá en un intento de no perder el equilibrio y caer. Sintió náuseas. Todo a su alrededor se volvió borroso y tuvo que obligarse a sentarse. Puso la espalda en el respaldo y eso lo calmó por unos segundos, segundos que duró el frescor del contacto entre pieles.

Volvió a sentir su cabeza estallar. Con los ojos fuertemente cerrados, echó la cabeza hacia atrás. Cerraba y abría ambas manos, intentando controlarse.

Sintió su peso volverse contra él, aplastándolo. Se sentía raro. No lo relacionaba con la bebida ni con nada de lo que se le pasó por la mente.
Sin hacer nada, todo a su alrededor se volvió negro. Y su mente desconectó al instante. Dejándole solo.

Exhaló un gran suspiro.

Si por un momento creía que se largaba de una vez de allí, no supo a ciencia cierta si lo había logrado de verdad. Aún sentía su cuerpo pesado.

No quiso, aún, abrir lo ojos que hasta en ese momento permanecían cerrados. Pero unos golpes en la puerta consiguieron que los abriera de golpe.

Y todo a su alrededor le pareció surreal.

Se llevó una mano a la cabeza, que le dolía como si un martillo le hubiera golpeado hasta la saciedad.

Aún veía las cosas un tanto borrosa y eso dificultó el recorrido hacia la puerta. Suspiró de alivio cuando su mano se extendió a lo largo del pomo, y abrió la puerta, encontrándose con algo que lo desarmó más que todo lo vivido anteriormente. Y volvió a llenarse de ira.

- ¿Qué haces aquí?- dijo violento, seco, sorprendiéndose a sí mismo por la brusquedad de sus palabras.

Aquello dejó sin habla a la detective, que abría y cerraba la boca, intentando que las palabras saliesen de ella. Sin éxito.

- ¿Qué quieres?- volvió a preguntar, esta vez, con un poco más de tacto, aunque no se podía decir que dejaba de sonar amenazador.

- ¿Puedo pasar?- dijo, temerosa de su respuesta.

Por más que se esperó una negación, o una contestación en el mismo tono en que había comenzado aquello, no llegó. El escritor le hizo una seña con la cabeza, frío, dejándole entrar.

Contempló lo que en el suelo había y giró su rostro, enfrentando la mirada del hombre, preguntándose lo que habría pasado para que el vaso terminara así en el suelo. Pero en vez de buscar respuesta, lo que sintió fue una oleada helada recorrerle la columna, de abajo a arriba.

Los ojos de él habían perdido aquel brillo característico suyo, aquel que te calmaba y te llenaba de serenidad.

Ahora había oscuridad en sus ojos, y sintió miedo ante ello. Preguntándose si no se había equivocado en ir.

Porque definitivamente, en ese momento, Richard Castle no se encontraba en la casa. La versión más fría y aterradora de él lo había suplantado.

Aquello la desarmó. La garganta se le secó y dio marcha atrás para salir de allí. Pero sus mismas palabras y la conversación que minutos antes había tenido con su amiga retumbaron en su cabeza.

Y eso la armó de las fuerzas que necesitaba.

Subió la mirada y lo volvió a encarar, él seguía con la mirada fija en ella.

- Tenemos que hablar- dijo, sin que se le temblara la voz.

Aquello le sonó a chiste, y de él salió una carcajada un tanto escalofriante.
Pero ella se mantuvo firme y no dudó.

- ¿Qué es lo que te ha hecho tanta gracia?

Sin respuesta, el escritor, con la mirada oscura se acercó a ella, puso su mano en la mejilla de ella y se la acarició. Suavemente.

- Te he echado de menos- dijo, haciendo que las fuerzas de la detective flaquearan. Desconcertándola.

No estaba dispuesto a que hablasen, porque si hablaban pelearían, y si discutían aquello no iba a salir bien, y a lo mejor perjudicaría en su relación, seguramente. Los temores a perderla le invadieron, y negó ante aquella posibilidad, si podía quitarle de la cabeza aquella estúpida idea de hablar, lo haría.

- Tanto...tanto- dijo en un susurro, sexy.

Y la garganta de la detective se secó de inmediato. En el estado en el que estaba y teniendo enfrente a quien tenía, se le hizo casi imposible resistirse a esos labios que se acercaban peligrosamente hacia los suyos.

Hambrienta, y con las hormonas a flor de pie, acortó la distancia que aún le quedaba al escritor por recorrer.

Y un gemido salió de su boca. Sabía que no podía dejar aquella conversación pendiente, pero se le hizo imposible parar, y más cuando sintió las manos del escritor en su culo, aplastándolo, llevándole a estar más pegada a él, sintiendo la fricción de sus intimidades.

Y volvió a gemir cuando la lengua del escritor empezó a jugar con la suya. Se le iba de las manos y quiso llevar la situación. Llevó una de sus manos a la virilidad del escritor. Pero éste se lo impidió, llevándose la mano hacia su boca, succionando uno de los dedos de ella. Arrebatándole un suspiro de sus labios.

El escritor negó, dándole a entender que era él quien llevaría la situación. Y así se lo hizo saber.

Fue el turno de él, quien llevó una de sus manos a la zona sensible de la mujer, tocándole ahí donde era más vulnerable. Y sin previo aviso hundió uno de sus dedos en ella. Robándole millones de suspiros, gemidos por cada segundo. Salvaje, rápido. El orgasmo la invadió más fuerte de lo que ella hubiera creído. Dejándola sin aliento. Gritando el nombre del escritor que resonó en toda la casa.

Y éste sonrió triunfante. Sin más, saltó, y se agarró a la cintura de él con sus largas piernas. El truco de volverla loca le estaba funcionando, pensó él, y volvió a sonreír triunfante.

Le besó con ímpetu, siendo ella la que jugaba con la lengua de él, haciéndolo gruñir. Y ella también sonrió.
Con esfuerzos y algún trompicón que otro, llegaron a la habitación, donde, con cuidado pero con un pelín de brusquedad, dejó caer a la detective encima de la cama.

Le bajó inmediatamente el pantalón, junto con sus bragas, y contempló por un rato las vistas. Sin hacer nada de momento ahí, empezó de nuevo a besarla, hambriento. Le acarició los pechos por encima de la ropa, creando un sin fin de sensaciones en Kate. Y ésta se retorcía de placer, apretando loos puños, agarrando las sábanas desesperada, alzando las caderas en un intento de sentir mayor fricción entre ella y la erección del escritor. Le quitó la camisa y el sujetador en segundos. Y no esperó más y tan rápido como se bajó los pantalones y los bóxer, y sin que ella se lo esperara, la penetró, haciéndola gritar más que nunca. Los gemidos se perdían en las bocas de ambos, las embestida cada vez eran más rápidas, más fuertes, más necesitadas. Queriendo crear aún más placer, el escritor llevó una de sus manos allí donde ambos cuerpo se unían, rozándolo, tocándolo, creando una sensación inexplicable. Indescriptible.

Llevó su boca a uno de sus pechos, chupando, succionando. Mientras que con la mano libre se encargaba del otro, pellizcando.

Aquello fue lo que la desarmó por completo, sintiendo algo que nunca antes había sentido. No aguantó más, y en pocos segundos, se dejó llevar por el orgasmo, gritando con mayor fuerza que antes el nombre del escritor. Y pocos después, el escritor también se liberaba, derramándose dentro de ella. Gruñendo, gritando también su nombre.

Sus respiraciones eran aceleradas, agitadas. Se miraron, satisfechos. Ella sonrió y él la imitó. Sin fuerzas, y sin poder evitarlo, los ojos de la detective se hicieron más pesados, y se durmió.

Él se giró para contemplarla, por lo menos aquello había funcionado, pensó. No peleas, no discusiones, no abandonos.

Pero aquello no le tranquilizó, si no que le preocupó más aún. Porque ella se levantaría y seguiría con la misma idea de hablar.

Y entonces sus pesadillas se harán realidad. Maldijo aquello.

Tampoco iba a huir siempre de ello, se dijo. Si había pelea y terminaba mal, ya se encargaría él de que no se fuera, de que no le dejara. Y lo prometió allí mismo.

Y, en ese momento, contemplando uno de los mayores tesoros que pudiera tener, se dejó llevar por Morfeo. Quien poco a poco iba acunándolo entre sus brazos, haciéndolo dormir mucho mejor que en los días anteriores.

Y una sonrisa permaneció en su rostro