Advertencias: Arthur dice algunas groserías, pero fuera de eso, nada.

Disclaimer: Ninguna de estas creaciones son mias, lamentalemente. El anime es de Himaruya y el libro de Cassie. Esto es solo una adaptación, solo por diversión.

Sin nada más que decir, aquí les va el capítulo, el primero. Nos leemos abajo.


Seis semanas después…

Capítulo 1: Primeros cambios.

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Más allá de este lugar de lágrimas e ira

Yacen los Horrores de la sombra.

—Willian Ernest Henley, "Invicto"

.

-A las hermanas les gustaría verla en su sala, Señor Kirkland.

No pudo evitar temblar un poco con esas palabras.

Era lo mismo de siempre. No quería ir, por nada del mundo quería acercarse a esos monstruos de nuevo. Aunque terminaría allí de todas maneras, fuera por su voluntad o no. Tan solo había dos opciones, que se levantara sutilmente y fuera a ese horrendo lugar tranquilamente, o se rehúse y fuera obligado a ir allí de todas maneras. Suspiró intentando calmarse. No podría ser tan malo, ¿verdad?

…¿Verdad?

De todas maneras, si no iba por su cuenta, pasaría prácticamente esto: Él no quería acercarse a las Hermanas Oscuras. Emil intentaría cada cierto tiempo que él baje. Si se resistía, Emil le arrastraría sin piedad hasta ese sucio y oscuro lugar donde estaban las Hermanas, mientras el gritaba por ayuda. Después de un tiempo se dio cuenta de que no importa cuánto grite, no servía de nada, solo servía para gastar energía. Energía que podía gastar escribiendo cartas. Cartas para Peter, intentando mantener la esperanza de poder entregárselas algún día. Aún sabiendo que ese día nunca llegaría. Pero aún así seguía escribiendo, mientras escondía las cartas en lugares que esperaba que las Hermanas no encontraran nunca.

Y así pasaron seis semanas. Seis putas semanas. Cada vez que el gritaba, deseando que alguien le escuchara, que alguien se preocupe de él. Pero cuando lo pensaba, era estúpido. No tenía a absolutamente nadie. Nadie le importaba si él seguía con vida o no.

Si nadie se preocupa en lo absoluto de ti, ¿realmente existes?

-PorsupuestoEmil.- dijo apresuradamente, dándose cuenta que había dejado un gran vacío en la "conversación"- En un momento estoy allí.- Se levantó de su sucia cama para dirigirse con una falsa sonrisa a la puerta donde aguardaba Emil. Antes de pasar por esta, miró a la habitación donde era prisionero, dirigiendo su mirada a un espejo repleto de polvo, pero que aún reflejaba. Soy un asco, y un golpe sordo fue la única respuesta.

Se acercó a Emil, intentando fingir una sonrisa. Comenzó a avanzar por las escaleras, siguiendo a este. Arthur pensaba en qué edad tenía Emil. ¿Diecinueve? ¿Veinticuatro? ¿Veinte? No se veía tan mayor, pero tampoco tan joven. Comenzó a exasperarse de nuevo, y como reflejo tocó su ángel mecánico, como cada vez que hacía cuando era forzado a ir donde ellos.

Tan distraído y asustado estaba que cerró los ojos, intentando calmarse, para que después sin querer tropezara, golpeándose fuertemente con los peldaños. Al llegar a tocar el suelo, ya había pasado bastante. ¿Por qué mierda tenían que haber tantas escaleras en este lugar? Comenzó poco a poco intentar moverse. Al sacudir un poco su muñeca, se dio cuenta del punzante dolor en esta, al parecer se rompió algo en esta. Cada vez que se atrevía a mover esta aunque sea un poco, sentía como si cada articulación se estuviera tensando, para después llegar a cortarse. El dolor era insoportable. Pero de todas maneras, intentó aguantar todo ese dolor, porque por nada del mundo le daría el placer de que observaran las Hermanas su dolor. No dejaría que esos imbéciles se rieran de su sufrimiento. Aparte de eso, solo tenía unas raspaduras y golpes en su cuerpo que luego serían tan solo unos cuantos moretones. Emil llegó un poco después, ya que él había bajado las escaleras con la mayor tranquilidad posible.

-¿Puedes caminar? Si es así levántate. Ya estás atrasado.- Y siguió caminando con una calma que llegaba a dar miedo. Rápidamente intentó fingir que no sentía ningún dolor y observó el lugar por donde Emil caminaba. La habitación de las hermanas era un lugar repleto de humedad y basura, pero que al parecer a ellos no les importaba. Emil atravesó un angosto pasillo para quedar frente a frente con el Sr. Fin y el Sr. Nor. Arthur no quería ir, pero tenía que hacerlo si no quería que lo obligaran a ir en el estado en que estaba.

Esa habitación era el peor lugar del mundo. Realmente la odiaba.

Siempre estaba caliente. Húmeda. Como un pantano. Las Hermanas estaban ahí, siempre con sus guantes, sentados detrás del enorme escritorio. Al llegar a ellos, aguantando el dolor, el Sr. Fin solo pronunció:

-Puedes retirarte, Emil.- Junto con una sonrisa. No, esas sonrisas ya no le engañaban. Por más que sonreía, era falso. El Sr. Nor comenzó a dar vuelta a un globo terráqueo. Según Arthur, nada de lo había estaba en el correcto orden, en especial Europa, aunque nunca puede estar a su alcance para observarlo detenidamente.- Y ciérrala puerta tras de ti.

El Sr. Fin ladeó su cabeza.- Ven aquí, querida.- dijo con una sonrisa.- Y toma esto.- Le mostró un trozo de tela rosa atorada en un lazo, como la cinta de pelo de una niña.

Siempre era lo mismo. Cosas de otras personas… Alfileres de corbatas, relojes, joyas de luto y juguetes. En otra ocasión fue unos cordones y otra vez solo un pendiente, manchado con sangre.

-Toma esto y cambia.- Arthur tomó el lazo, ya con miedo. Recordó cuando en los libros los personajes son juzgados, de pie temblando en los banquillos de Old Bailey(1) y rezando por que no sean culpables. A veces se sentía así, que estaba siendo juzgado por esos lobos con piel de oveja, aún sin saber por qué.

Recordó la primera vez que las Hermanas le tendieron un objeto y le habían dicho que cambiara. Eran unos guantes de mujer, con botones de perlas en las muñecas. Arthur no entendió, le abofetearon y sacudieron, por más que él les dijera que no sabía de qué hablaban, que no sabía lo que le estaban pidiendo.

Pero Arthur no lloró. Por más daño que le hicieran no lo hizo. Solo había dos personas frente a las que podía llorar, una está muerta y la otra está prisionera. Las Hermanas le dijeron que tenían a Peter, comprobándolo con el anillo de este manchado de sangre. Desde entonces ha hecho todo lo que esos demonios le han pedido.

Había bebido todas las pociones que le habían dado, hecho las horas de agonizantes ejercicios, obligándose a sí mismo a pensar en la forma en que ellas querían que lo hiciera.

Le enseñaron—En realidad, le habían obligado a saber cómo cambiar. Tomar el espíritu de quien había sido el dueño de los objetos y cambiar como si fuera de arcilla. Bastante loco, ¿no? Eso tomó semanas. La primera vez que había Cambiado fue un dolor tan cegadoramente fuerte, que había vomitado para luego desmayarse. Al despertar, el Sr. Fin se había acercado y le había dicho:

-Muy bien… Muy bien, querida.- Esa misma noche volviendo a su habitación encontró dos regalos. Dos libros, Grandes Expectaciones y, otro que no recuerda.

Desde entonces, todo era más fácil. El cambiar. No sabía exactamente qué era eso, qué demonios era su cuerpo, pero ya se sabía todos los pasos para llegar a cambiar.

Solo dejó que todo fluyera. La sensación era horrorosa, se escuchaba el eco de una voz gritando. El dolor de su mano rota aumentaba cada vez más, siendo agonizante. Todo poco a poco se desmoronaba, hasta el calor que sentía. Su piel ardía y se sentía como hormigueaba, al igual que pequeños piñizcos. Ahora venía la peor parte, las primeras veces estaba convencido que se estaba muriendo. Cada vez que pasaba, el ángel mecánico hacía tic-tac más rápido. La presión se hacía más y más grande. Hasta que desaparecía.

Había terminado.

Abrió los ojos, los cuales no supo cuando había cerrado, parpadeando repetidas veces. Se sentía como si le tiraran un balde de agua fría. Ya no sentía ningún dolor sobre su mano derecha. Se observó a sí mismo, encontrándose que estaba vestido con un abrigo rojo y unos guantes negros, unas botas oscuras y un pequeño sombrero en su cabeza. En el abrigo había un pequeño broche. Que tipo más extravagante.

-¿Cuál es tu nombre?- dijo cortante como siempre el Sr. Nor. Arthur no tenía que contestar, el chico que estaba en él lo haría. Hablando como las personas lo hacen a través de los médiums, pero de una manera mucho más íntima y espantosa que eso.

-Andrei.- dijo una voz distinta a la propia.- Andrei Pâunescu, señor.

-¿Quién eres, Andrei Pâunescu?

La voz habló, replicó, trayendo miles de imágenes a la mente de Arthur.

Nacido en Rumania, era parte de una familia de seis hijos. Al morir su padre, la madre lo trajo junto a sus hermanos a Inglaterra para tener una mejor oportunidad. Su madre solo era una obrera. Andrei tuvo desde pequeño aprender a sobrevivir por su cuenta. Trabajó en muchísimas partes hasta terminar cosiendo telas para tener algo de comida. A veces, la vela se apagaba o gastaba, teniendo que salir a la calle para buscar iluminación…

-¿Eso hacías la noche que falleciste, Andrei Pâunescu?- dijo el Sr. Fin.

Sintió como su boca se encorvaba, involuntariamente para Arthur.

Vio lo que pasó esa noche. Estaba oscuro, había una espesa niebla y apenas se podía ver con el farol. Un paso apagado se escuchaba, pero no podía ver nada. Comenzaron a arrastrarlo en la oscuridad, cayéndose el lazo en el camino. Una voz ronca gritó, enfadada. La hoja del cuchillo se podía apreciar, como rebanaba la piel, extrayendo su sangre. Dolor que llegaba a quemar, sentía un terror que solo él podría haber conocido. Golpeó a quien lo sostenía, quitándole la daga; la tomó y corrió lo más lejos que pudo. Tropezó mientras poco a poco se debilitaba. Estaba perdiendo mucha sangre. En un callejón, no pudo más y se cayó. Sabía que lo estaban siguiendo. Solo deseaba morir antes de que lo alcanzaran…

El Cambio se destrozó como un cristal. Con un grito, Arthur cayó de rodillas, el lazo que ya estaba destrozado, cayó dolorosamente de su mano. Si, era su destrozada mano de nuevo. Andrei se había ido, como una piel desechada. Arthur estaba solo en su mente nuevamente.

-¿Arthur? ¿Dónde está Andrei?- Exigió el Sr. Fin.

-Está muerto. Se desangró hasta morir.- susurró. No vives la muerte todos los días…

-Bien.- dijo el Sr. Nor.

-Muy bien, Arthur.-dijo el Sr. Fin "alegremente".- Buen trabajo. Ahora su ropa tenía sangre. Genial. Cerró los ojos, se sentía un poco mareado, no se iba a desmayar.

-Deberíamos hacer esto más a menudo. ¡Es muy divertido! Me molestaba mucho el asunto del chico Pâunescu.- dijo el Sr. Fin con una sonrisa brillante, pero tétrica.

-No sabía que él estuviera a la altura. Recuerda lo que pasó a esa chica… ¿Cómo se llamaba?

-Hm… Adams.

Arthur sabía de lo que hablaban. Hace unas semanas Cambió en esa persona. Se sentía angustiada, al parecer. Solo sintió como le dispararon y él volvió a su forma original, gritando.

-Ha avanzado desde entonces maravillosamente, ¿no, hermana?- Dijo el Sr. Fin.

-Tino, sabes que nos llaman así, pero no es necesario que nos llamemos entre nosotros "hermanas".- El nombrado solo hizo un sonido de desilusión.- Bueno, de todas maneras, comenzamos desde el principio, ni si quiera sabía lo que era.

- ¡De todas maneras! ¡Tiene que conocer al Magister esta misma noche!

-¿No es muy pronto?

-¡Para nada! ¡Tiene que ser hoy! ¡No puede tardar más!

-Pero tiene que estar presentable. Sé que quieres que nos recompensen por toda esta…- miró despreciativamente a Arthur.- mierda. Pero, tenemos que estar seguros que al Magister le llegue a gustar.

Emil entró sin expresión alguna a la habitación, como siempre.- ¿Qué necesitan, hermanas?

-Prepáralo. Busca en la habitación "varten muutos" (2)-Dijo el finlandés felizmente. No entendió una mierda, pero sabía que algo malo tenía que ocurrir. Emil al parecer si lo comprendió, a la diferencia de él.- Intenta que se vea lo más hermoso que pueda, aunque no creo que puedas hacer mucho con esa mierda….- La mirada parecía alegre mientras sonreía, pero se notaba la amargura en esta.

Solo quería salir de allí. Antes de que Emil me señale y acompañe al lugar donde se supone que tendría que ir, yo ya había salido de la habitación.

-Señor Kirkland, espere. No tenemos que ir a su habitación, yo le guiaré al lugar correcto.- dijo vacíamente, mientras tomaba el brazo del inglés provocando un fuerte dolor. Comenzó a caminar en otra dirección, arrastrando a Arthur.

Al llegar a la habitación se encontró con trajes finos y cosas de lujo.

-Tengo que prepararte para el maestro.

-Emil… ¿podrías decirme quién mierda es el maestro?

-…Creo que podría decirse que es un "buen" hombre.

-¿Y eso que tiene que ver conmigo porque…?

-Creo que será un honor tu matrimonio con él.

«¿Matrimonio?»-Repitió mentalmente. Él nunca ha pensado en eso… ¿Le obligarían a casarse? Pero era demasiado joven aún… ¡Él quería vivir, no quedarse casarse con apenas 20 años! ¿Acaso no le importaba que fuera otro hombre?

-¿Yo? ¿Y por qué no se busca a una mujer para eso?

- Todo a su debido tiempo, Sr. Kirkland. Por ahora, debe venir conmigo, necesito probarle unas cuantas cosas y arreglar otras para que…

-Emil, por favor. No…- Comenzó a enumerar sus opciones. Si corría seguramente este le alcanzaría en la puerta. Aquí no existían ni ventanas ni nada como eso. Esconderse debajo de un escritorio no era una buena opción.- Por favor.

Emil comenzó a acercarse poco a poco al inglés.- Debe venir conmigo ahora.- repitió.- Debe—

Sin saber qué hacer, el inglés corrió para alcanzar una estatuilla de bronce sólido, justo en el momento exacto para lograr golpear a Emil. El sonido era horrible, al igual que como sonó su muñeca rota al hacer esa fuerza. Quería gritar gracias al dolor agonizante, pero no podía, ya que le descubrirían. Miró con dolor a Emil, su cabeza estaba con una herida mortal, manchando el suelo de un fuerte carmesí.

Él le había partido en dos la cabeza de Emil.

Sin saber que hacer exactamente, comenzó a escapar lo más rápido que pudo. Al salir de la habitación, podía recordar exactamente el lugar por donde había ido. ¡Agradecía su inteligencia y buena memoria! Comenzó a bajar unas escaleras, tan apresurado que se tropezó dolorosamente por estas, pero ignorando tan fuerte dolor al instante. Nada importaba. Podía salir de ese puto lugar. Por fin tenía la oportunidad, y no la dejaría ir por nada del mundo. Se encontró frente a una gran puerta de mármol, encontrando su escape. Al salir a las calles de Londres, necesitaba pedir ayuda. Respiró aire puro, después de un largo tiempo. La calle era estrecha, pero logró divisar a alguien fumando debajo de unas escalerillas. ¡Justo lo que necesitaba!

Corrió hacia aquel extraño para gritarle:

-¡Por favor! ¡Ayúdeme! ¡Necesito que usted me ayude a—

Ahogó un grito. Se paralizó al reconocer a aquel hombre.

Era el cochero de las Hermanas Oscuras.

Y ahora solo quería correr.

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Fin del primer capítulo.


Notas de la autora:

(1) Old Bailey: Esto es la corte Criminal de Inglaterra, pero comúnmente se le llama Old Bailey, también se le llama así en Gales.

(2) Varten muutos: Está en finlandés, y significa "para el cambio". Quería hacer referencia a que (aparte de que Iggy sabe una shet de finlandés) de que era la Habitación para el cambio, ya que querían hacerlo ver hermoso para el Magister. Aparte funciona como que era la habitación para cambiarlo, siendo que él Cambia.