Disclaimer: Rowling creó el Potterverso y todo lo que reconozcan es de ella.

Este fic participa en el reto anual "Long Story 3.0" del foro La Noble y Ancestral Casa de los Black

Ahora sí, ya empieza la historia como tal. Verán que no hay un sólo POV en el fic, sino dos. De los dos protagonistas, por supuesto. Me gusta que sea así porque creo que sirve para dar más perspectivas de la situación. Y esta situación particular requiere de estas múltiples perspectivas.

Gracias a Aerith Sakura y a Kharlasevsnape por sus reviews. Espero que este capítulo también les guste.

Ruinas

Capítulo 1

De cómo empezar de nuevo

Hogwarts, 1 de septiembre de 1991

Miras a tu alrededor. La verdad es que está intimidado, pero no quieres mostrarlo. No quieres que se pasen los próximos años recordándote como el niño miedoso. Así que por eso te obligas a levantar la cabeza y a mirar adelante, como si nada te interesara demasiado.

Crees que así los engañarás a todos, pero a ella no. Una chica de pelo rubio, peinado en dos moños en la cabeza, se acerca a ti.

Mi hermano me dijo que no pasa nada.

La miras extrañado. ¿Acaso te ha leído el pensamiento? Has oído acerca de personas que pueden hacerlo, pero siempre te las imaginaste con un aspecto más imponente que esa chica regordeta y de rostro redondo.

Tienes cara de miedo —dice ella, encogiéndose de hombros antes de volver al resto del grupo de chicos que esperan ante las puertas que alguien vaya a recibirlos.

Aunque no quiera admitirlo, te sientes un poco aliviado por las palabras de esa chica.

-o-

Callejón Diagon, 12 de enero de 2000

Theodore llevaba una carpeta morada en la mano. Su supervisora, Amy Duncan —que insistía en que la llamara Amy y no señorita Duncan—, se había encargado de ayudarlo a hacer unas cuantas copias de su currículum, que se suponía que él tenía que echar en los lugares donde viera que necesitaban trabajadores. A la hora de hacer una lista de sus logros, Theodore se había considerado mediocre por primera vez en su vida.

Siempre había estado entre los primeros de su clase —aunque nunca había superado a Granger, que parecía que tenía la biblioteca completa en su cabeza—, y los profesores en general lo estimaban. No lo habían elegido prefecto —por alguna razón que nunca había logrado comprender, el puesto había llegado a manos de Draco Malfoy—, pero sí había sido nombrado Premio Anual en su séptimo año. Ni siquiera se había dedicado a alguna actividad extracurricular, como el Quiditch.

Aunque claro, nadie confiaría en el Premio Anual de 1997 a 1998. Todos sabían quiénes habían estado a cargo del colegio ese año; ellos se habían encargado de todas la decisiones importantes y esa era una de ellas.

Se llevó las manos a los bolsillos del abrigo que le había conseguido Amy, apretando la carpeta morada contra su cuerpo. La prenda le quedaba demasiado grande, pero era lo único que habían podido conseguir en una tienda de ropa de segunda mano. Aunque Amy era la que se suponía que lo estaba ayudando a él, Theodore tuvo la impresión de que a ella tampoco le haría mal algo de ayuda económica.

Pero no estaban las cosas como para quejarse por lo que le daban. Al menos era abrigador y cumplía con su función. Lo único malo era el olor a naftalina que tenía. Amy le había dicho que se le pasaría si lo dejaba ventilar por unos días.

Aunque la idea de pasarse por todo el callejón Diagon repartiendo copias de su currículum no le parecía nada agradable, la otra alternativa era volverse a su piso y eso era mucho peor. Ubicado en la peor parte del sector mágico de Londres, era poco más que un altillo. Amy se había disculpado repetidamente por los muebles desportillados y por la estrechez del espacio. Le había dicho que en esas fechas era casi imposible conseguir otro lugar.

Theodore sabía que ella estaba mintiendo. Lo que no había dicho era que nadie en su sano juicio le arrendaría un cuarto a un ex mortífago, por mucho que el ministerio lo hubiera perdonado. O más bien, le hubieran cambiado su pena. Originalmente, Theodore se tendría que haber pasado cinco años en Azkaban, pero se lo habían conmutado por seis años firmando semanalmente con Amy. Por supuesto, se suponía que él debía estar enormemente agradecido por ese gesto de clemencia, pero a decir verdad, casi le parecía peor. Porque estar en una celda era una cosa horrible, pero tener que soportar las miradas de la gente era algo mucho peor. Sabía que su foto había salido en todos los diarios, cuando fueron los procesos en contra de él y todos los demás mortífagos. La gente lo reconocía en la calle y lo evitaban.

Él nunca había sido particularmente sociable, pero eso era muy diferente a que la gente se apartase de él cuando se cruzaban en la calle. A nadie podía agradarle que la gente lo mirase de esa forma. Como si de pronto fuera a sacar una varita y lanzar Avadas a diestra y siniestra. Y lo peor de todo era que se trataba de personas a las que él hubiera despreciado en otros momentos.

Seguro que no se podía caer más bajo.

Se detuvo frente al escaparate de Flourish y Blotts. Junto a la puerta, un letrero indicaba que se buscaban dependientes. Theo se mordió el labio. Seguro que a su padre no le haría ninguna gracia verlo de vendedor en un lugar así. Siempre decía que los Notts no estaban hechos del mismo material que la gente normal.

Pero su padre se iba a podrir en Azkaban. Y ya podía ir a decir misa por lo que concernía a Theodore. Él no iba a desperdiciar la oportunidad que le habían dado sólo por satisfacer el orgullo de su progenitor.

Abrió la puerta con suavidad, haciendo que las campanitas que estaban colgadas en la entrada tintinearan. Inmediatamente, un hombre vestido con un delantal rojo y plata —como los colores del logo de la puerta—, se acercó a él.

—¿En qué puedo ayudarlo, señor?

Si arrugó la nariz o hizo algún gesto que delatara su opinión al respecto del abrigo de segunda mano que Theodore llevaba, el chico no se dio cuenta.

—Esto…. —Nunca en su vida había tenido que pedir un trabajo. Esas cosas no eran para gente como él—. Eh… venía por el aviso —dijo finalmente. Se felicitó para sus adentros por haber logrado dar una imagen tan despierta y capaz de sí mismo. Así sí que lo iban a contratar sin pensarlo dos veces.

—Bueno, puedes dejarnos tu currículum —dijo el hombre, tendiéndole una mano. Theo sacó una de las hojas de su carpeta morada y se la tendió al hombre—. ¿Theodore Nott? —El dependiente lo miró por sobre el papel. Theodore le devolvió una mirada seria—. No creo que seas lo que estamos buscando, chico. Queremos a alguien con… más experiencia.

«Y sin antecedentes penales» se dijo Theodore mientras recibía de regreso el papel y lo volvía a meter en su carpeta. Se despidió con un gesto de la cabeza del hombre y salió al aire helado de la calle.

Si esa había sido su primera experiencia en eso de buscar trabajo, no creía que le pudiera ir peor. Rechazado a primera vista. Seguro que había roto un record de algo. Se subió el cuello del abrigo para protegerse del frío y siguió su infructuoso peregrinaje por el callejón Diagon.

Al menos aún tenía su varita. Se la había quitado, por supuesto, al entrar a Azkaban, pero se la habían devuelto al salir. Aunque tenía un hechizo de protección que alertaría al Ministerio cuando hiciera algo más potente que un encantamiento desarmador, Theodore se sentía más seguro llevándola.

Después de todo, era su vieja amiga.

Suspiró, sabiendo que quedarse parado en la calle no iba a ayudar a conseguir nada. Tenía que seguir.

-o-

Hogwarts, 10 de diciembre de 1991

¿Qué clase de lugar es Hogwarts que no se puede permitir una aislación decente? Dentro de las aulas o la Sala Común no se está tan mal, pero en los pasillos hace un frío que pela. Escondes las manos en los puños de tu túnica y suspiras. Necesitas ir a la biblioteca a buscar un libro necesario para el ensayo de Herbología, la clase que más odias. Lo has dejado para el último momento, claro. Cada minuto que pasas estudiando para esa asignatura, te parece tiempo perdido.

Escuchas pasos detrás de ti, pero no te das vuelta para ver quién es.

Es la chica rubia del primer día, la que te dijo que en la selección no pasaría nada. Tienes que estrujarte la cabeza para recordar cómo se llama. Sabes que es de Ravenclaw y que está contigo en Herbología y Transformaciones. No crees haberla visto hablar nunca en clases, aunque toma apuntes muy concentrada.

Hola —te saluda ella, sonriendo—. ¿Nott, verdad?

El que ella sepa tu nombre te deja un tanto descolocado. Desde el primer día has hecho todo lo posible por pasar desapercibido, que nadie te vea.

Ajá —asientes con la cabeza, intentando recordar su nombre.

Soy Lisa, Lisa Turpin —dice ella sin perder la sonrisa—. ¿Vas a la biblioteca?

Sí.

¿Puedo pedirte un favor? Necesito devolver este libro, pero quedé con Padma y Mandy para revisar nuestros apuntes de Historia de la Magia. ¿Te importaría llevarlo?

Te quedas mirando el libro que ella te tiende y sientes que la vida te sonríe. Es precisamente el libro que necesitas para tu ensayo.

Sí, claro. No hay problema.

¡Gracias! —dice ella, entregándote el libro antes de echar a correr ruidosamente por el pasillo helado.

No puedes creer la suerte que has tenido.

-o-

San Mungo, 12 de enero de 2000

Trabajar en el hospital mágico era agotador, pero Lisa estaba segura de que no lo cambiaría por nada en el mundo. A pesar de los turnos eternos que solía tener, ella sabía que no había nada que se pareciera más a un premio que el ver a un paciente sano.

Ahí podía hacer una diferencia, que era todo lo que ella quería hacer con su vida. Lo había tenido claro desde ese amanecer aterrador en las ruinas de lo que quedaba de su colegio, ayudando a cargar heridos de un lado a otro e intentando aliviarlos. En esas horas encontró un valor dentro de sí que no sabía que tenía.

Dejó en el escritorio la carpeta con los archivos de los pacientes que había estado visitando esa tarde, en el departamento de accidentes mágicos. Aunque adoraba su trabajo, Lisa ya estaba añorando el llegar a su casa, donde se metería entre las sábanas y leería un poco.

Alguien llamó a la puerta del diminuto despacho que compartía con otros tres internos. Ausente, la chica indicó que pasaran.

—¿Cómo está la sanadora más guapa del mundo?

—¡Anthony! —exclamó la chica, saltando a los brazos de su novio. El joven llevaba un ramo de flores en una mano—. ¿Son para mí?

—No, para mi otra novia, la secreta —dijo él con un guiño burlón—. ¡Claro que son para ti!

—¿Hoy es nuestro aniversario? —Lisa siempre había sido particularmente buena a la hora de recordar fechas, por lo que el haberse olvidado de algo tan importante como un aniversario era rarísimo.

—No, sólo quería traerte flores. ¿O acaso hay una ley que me impida traerle flores al trabajo a mi novia cuando se me da la real gana?

—No, para nada. —Lisa sonrió y olió las flores que él le había llevado. Había algunas rosas rosadas, su color preferido—. Son preciosas.

—Y para completar el paquete y que veas qué novio tan estupendo tienes, te invitaré a almorzar. ¿Puedes salir ahora? —dijo él después de darle un beso en los labios.

Lisa asintió y cogió su abrigo del respaldo de su silla. En teoría, ese día ya había acabado con su turno. A menos que hubiera alguna emergencia grave, tendría todo el resto del día para estar con Anthony. O al menos, hasta que él tuviera que regresar al banco, donde trabajaba como asesor financiero.

—¿Dónde quieres ir? —ofreció él mientras los dos salían del hospital tomados de la mano.

—Tengo antojo de sushi —dijo Lisa.

—Sushi será.

Lisa siempre agradecía a todos los cielos por la suerte que tenía al contar con Anthony en su vida. Con él las cosas eran siempre agradables, siempre simples. No había que preocuparse por nada que no fueran ellos. Aunque el principio había estado determinada a mantener cierta distancia, no había podido evitar caer ante él. Después de todo, Anthony era un buen chico. Y a ella le gustaba un montón, porque la hacía reír y la invitaba a despreocuparse de todas las cosas que tenía que ver a diario en el hospital.

Eligieron un local de sushi cercano al hospital. Después de dos años de estar juntos, los dos ya conocían perfectamente las calles que rodeaban a San Mungo. El padre de Lisa era muggle y gracias a él, Lisa había sido capaz de conocer cosas que en su vida como bruja jamás hubiera conocido. Al empezar a salir con Anthony, Lisa se había encargado de mostrarle tanto como pudiera del mundo muggle. Lo mejor de todo era que a él le gustaba, y siempre estaba abierto a experimentar.

—¿Vas a ir a casa de mis padres este domingo? —preguntó Anthony después de que hubieron ordenado—. La semana pasada me dijeron que llevaban siglos sin verte.

Lisa hizo cálculos mentales para saber cuándo había sido la última vez que había ido a visitar a los padres de su novio y se dio cuenta de que llevaba dos meses sin hacerlo. ¡Qué desastre de novia era! Los señores Goldstein siempre habían sido muy amables con ella.

—Pues sí, parece que hace mucho que no voy —dijo mientras daba un sorbo a la bebida que había pedido—. Debería darme vergüenza. Diles que iré de todas formas esta semana.

—Vale, estarán encantados. Te adoran, ¿lo sabías?

La chica agachó la cabeza, sintiendo que las mejillas se le ponían coloradas, como siempre que Anthony le dedicaba un cumplido. Aunque era cierto que los padres de su novio de verdad parecían adorarla. Cada vez que iba a su casa, se deshacían en halagos hacia ella, ya fuera por lo guapa que estaba o por su inteligencia. Si Lisa hubiera sido una chica vanidosa, en esos momentos su ego estaría llegando a la luna.

—Propongo un brindis —dijo Anthony—. Por estar juntos.

Lisa le sonrió mientras levantaba su vaso para chocarlo con el del chico. Por estar juntos. Lisa estaba cada día más agradecida de eso. Porque si no tuviera a Anthony, ella seguramente estaría perdida.

—¿Después tienes que volver al trabajo? —preguntó ella mientras la camarera les ponía delante las bandejas con su orden. Lisa abrió los palillos del restaurante y esperó a que Anthony hiciera lo mismo.

—Sí, por desgracia. Pero juro que te pasaré a ver esta noche.

—No tienes que hacerlo.

—Eres mi novia, Lisa. Si no quisiera verte, tendría que estar loco.

—Vale. Por cierto, hablé con Terry esta semana. Dijo que tenemos que juntarnos un día de estos. Además, creo que a Michael lo animaría un poco.

La mención de su amigo los hizo quedarse callados por unos instantes. Durante la batalla, Michael había quedado bajo un derrumbe de las murallas del colegio. Lo habían sacado vivo de milagro, pero estaba paralizado de la cintura hacia abajo. Terry y Padma, que eran muy buenos en encantamientos, le habían echado una mano al ayudarlo a encantar una vieja silla de ruedas que habían conseguido con ayuda de unos amigos muggles. Michael era un chico persistente y ya había logrado dominar el arte de desplazarse en ella. Parecía que lo había ayudado bastante, en comparación a los primeros meses, que había pasado en un mutismo casi absoluto. Por lo que Lisa sabía, ahora estaba mucho más comunicativo pero aún así había períodos en los que apenas hablaba con nadie.

—Sí, creo que sería bueno ir a verlo.

Aunque la tensión se mantuvo por unos momentos en el ambiente, no se tardó mucho en disiparse. Después de todo, había cosas más alegras de las que hablar.

-o-

Hogwarts, 20 de mayo de 1992

Con los rayos de sol de primavera, los alumnos de Hogwarts salen a estudiar en los terrenos del colegio. En un lugar como Escocia hay que aprovechar las pocas instancias de sol que hay.

Así que te encaminas a la orilla del lago, con un libro de Historia de la Magia que pretendes revisar. En la sala común no se puede estar, porque los de quinto estaban histéricos por sus T.I.M.O.s y hacían callar a cualquiera que osara respirar a un volumen por sobre un susurro. Y no estás como para hacer lo que hace Malfoy y molestar a los alumnos mayores. Por un lado lamentas perderte el espectáculo qu seguramente supondrá ver a Malfoy hechizado por alguno de quinto, pero por otro, de verdad necesitas estudiar para el examen de Binns.

Cuando llegas a tu lugar favorito junto al lago, sin embargo, te encuentras con que alguien ya está ahí. Una ocupante rubia y de rostro redondo, que parece muy concentrada leyendo un libro de tapas azules que reconoces como el libro de encantamientos.

Ya no tienes que esforzarte por recordar su nombre.

Hola, Turpin —la saludas. Ella levanta la cabeza y se hace a un lado, como para que te sientes junto a ella. Te sientas un poco más lejos y abre tu propio libro para estudiar.

El viento juega con las hojas del árbol y las coletas rubias de Lisa.


Que conste que yo avisé que este sería un fic raro. No sólo por la pareja protagonista (de la que sólo hay nueve fics aquí y eso me parece terrible), sino porque estoy usando un estilo completamente diferente al que suelo usar. Espero que la mezcla de narradores no los confunda tanto como a mí al escribir. Y que para ustedes también tenga sentido la estructura que estoy usando.

Muchas gracias a los que dejaron reviews, favoritearon o le dieron a follow. Ya saben que son mi inspiración.

¡Hasta el próximo capítulo!

Muselina