Cáp. 2

- ¿Están todos presentes?- preguntó el viejo abogado antes de proseguir.

- Si.

- ¿Qué?

- ¡Si!- repitió Alphonse.

- No es necesario que grites hijo, escucho perfectamente bien. Bien, continuemos entonces.

El día que siguió al funeral de su padre, Alphonse se había dedicado a ver álbumes de fotos de cuando él y su hermano eran niños. Al ver las fotografías de su padre, experimentó un cataclismo emocional, pero supuso que eso era normal. Tras esos últimos años juntos, le resultaba difícil aceptar que su padre ya no estaba, que ya no podía estar con él, por más que lo necesitara.

Edward se había encerrado en la biblioteca desde el día pasado y durante doce horas no supo nada de él. Era confuso comprender lo que él sentía. Se preguntaba si acaso en realidad podía sentir pena por esto. No había dicho ninguna palabra en el entierro, no había llorado ni una lágrima, y sin embargo Alphonse sentía que a Ed le dolía igual que a él.

Y ahora sentado junto a él, en la cómoda butaca de la oficina del señor Abott- abogado de la familia- Alphonse percibió la sensación de que a su hermano no le importaba un bledo la muerte de su padre.

El anciano Abott carraspeó la garganta antes de leer.

- Yo, Hohenhiem Elrick, dejó como testimonio este documento de que en plena conciencia y con voluntad propia, dejo de herencia el/los siguiente()s bien (es), después de muerte:

El señor Abott se detuvo un momento, quería darle un toque dramático.

- Al mi hijo menor, Alphonse Elrick, le dejo todas mis empresas, fábricas y propiedades vacacionales, dentro y fuera de Britania.

Edward no se sorprendió de que no le dejara nada, porque él tampoco deseaba algo. Nunca estuvo en sus planes manejar la empresa familiar, aunque prácticamente fue criado para eso. Aún recordaba cuando le dijo a su padre sus planes. No era exactamente un buen recuerdo.

- En cuanto a la finca Elrick, se la dejo a mi hijo mayor, y primogénito, Edward Elrick.

Al chico le pareció que lo que oyó no se había dicho realmente.

- ¿Cómo dijo?

- La finca, se la dejo a mi hijo mayor, y primogénito, Edward Elrick. Espere joven, todavía no acabo- avisó el abogado- Con la condición de que habite en ella por lo menos un trimestre a partir de la lectura de este documento.

- ¿Y si no lo hago?

- En ese caso, la propiedad pasará a ser parte del gobierno.

- ¡¿Qué?- exclamó Alphonse - ¡No pueden hacer eso, es nuestra casa!

- Lo siento, pero no hay nada que pueda hacer. Todo depende de la decisión de su hermano.

Alphonse dirigió su mirada a Edward con impaciencia. Sintió miedo. No quería perder el hogar donde había crecido, donde su padre y su abuelo habían crecido, no quería que todo se perdiese, por que a su hermano no le daba la gana vivir ahí unos miserables tres meses.

Por fin el mayor de los hermanos abandonó la sala sin despedirse, y Alphonse disculpándose con el abogado, lo siguió fuera de la oficina.

Nuevamente se encontró atrapado entre la espada y la pared. Habría consecuencias desagradables si lo aceptaba, al igual que si no aceptaba. Tenía todo su trabajo, sus amigos y su vida en Nueva York, no podía simplemente dejarlo. Pero por otra parte, en Inglaterra estaba la poca- la única- familia que tenía.

Deslizó sus manos en los bolsillos en busca de la cajetilla de cigarros, pero lo único que encontró fue un envoltorio de un dulce.

- ¡Edward, espera! – lo llamó Al con expresión aireada- ¡¿A que demonio juegas? ¡Ve y acepta el maldito trato!

Hace muchos años que no veía a su hermano así de enfadado.

- No puedo. Tengo que volver al trabajo.

- ¡Perfectamente puedes componer aquí! ¡Tenemos un piano!

- Mi vida está en Nueva York.

Alphonse no entendía cómo un ser humano podía ser tan egoísta. Odió a su hermano con toda su alma por permanecer tan calmo e indiferente en una situación que a él le ponía los nervios de punta. No iba a permitir que la casa que por generaciones había pertenecido a su familia, se fuera al demonio, por culpa de su hermano rebelde. Sintió como el ardiente veneno de la ira iba recorriendo sus venas, hasta descontrolarlo.

Alphonse lo sujetó de la chaqueta, completamente enfadado.

- ¡Vamos, sigue repitiéndote eso, a lo mejor un día te lo crees! ¡Per la verdad es que eres un cobarde Edward! Tienes miedo de volver, de que te guste aquí. ¡Todos estos años has estado ocultándote!

Edward lo empujó lo suficiente como para que lo soltara.

- ¡Ah, claro, lo dice el que se quedó cómodamente, aún sabiendo la verdad! – el chico se dio media vuelta y comenzó a caminar a grandes zancadas hacia el automóvil.

- ¡Bien! ¡Vete! De todas formas de ibas a marchar, y no nos veríamos nunca más. Los funerales siempre tocan a su fin. Podemos hablar y fingir todo lo que queramos, pero no podemos cambiar la realidad ¡Papá ha muerto y por no fuiste capaz de perdonarlo! ¡No eres más que un gallina, un maldito orgulloso!

Cuando el auto se perdió en el camino, Alphonse volvió al despacho del abogado, conteniéndose las enormes ganas de gritar.

De vuelta en la mansión, Edward no perdió ni un minuto más. Fue directo hacia su habitación, abrió el closet y se dispuso a llenar las maletas. Diez minutos después ya se encontraba en el vestíbulo, esperando al chofer.

Se esforzó en no pensar que tal vez esa sería la última vez que entraría a esa casa. Desanimado por las palabras que Alphonse le había dirigido hace una hora, con la perspicacia fría de quien discute con un enemigo, pensó que tal vez tenía razón. Su trabajo podía hacerse tanto en Inglaterra como en Estados Unidos; la casa constaba con todos los instrumentos para su trabajo. Si se marchaba a los ojos de cualquiera él volvería a quedar como el incorregible, el malo de la película. Sin embargo, no estaba seguro si quería empezar nuevamente desde cero; ya le había costado varios años olvidarse de esa casa y ahora se suponía que tenía que vivir en ella.

Desvió su mirada hacia la pileta que adornaba la entrada. Sonrió al recordar la vez que la hija de una amiga de su padre se había caído por accidente, y él y Al pelearon por quien iba a rescatarla. Finalmente la niña salió por su cuenta y les plantó un empujón a los dos.

El auto con el chofer se detuvo frente a la puerta de entrada.

- Déjeme llevarle esas maletas señor.

En ese tiempo el agua de la fuente le llevaba hasta la cintura; ahora no le llegaba ni a la rodilla.

- ¿Señor?

- Lo siento Sebastián- dijo Edward más decidido que nunca- Me quedo.

Cuadro días habían pasado desde el incidente con Alphonse, y el último todavía no se dignaba a aparecer. Edward, impaciente, al tercer día preguntó por él. Los sirvientes respondieron que se había ido a ver las fábricas del norte y posiblemente no regresaría, en por lo menos, un mes más. El mayor sabía que esa era solo una excusa para alejarse del lugar.

El traslado de sus cosas- especialmente su ropa y partituras- causó menos problemas del que se imaginó en un principio. A las personas de su trabajo no les tomó por sorpresa su decisión, de hecho no estaba seguro de que les importara. En cambio, los sorprendidos fueron sus amigos, que al enterarse de que viviría en Inglaterra, pensaron que les estaban jugando una broma. Era razonable, cualquiera pensaría así después de haber oído a una persona quejándose de todos los aspectos de ese país, durante diez años.

Pero no hubo mayores complicaciones.

Después de haber decidido quedarse, fue en busca de su primer piano, que para su sorpresa seguía en el mismo lugar, si bien con más polvo y terriblemente desafinado. Encontró también el baúl junto al instrumento, sus viejas partituras, las que disfrutó tocando durante horas.

A medida que pasaban las horas, reconocía a los sirvientes y lugares que creía haber olvidado. Subió a los dos torres, entró a la cocina, visitó la antigua pieza de Al, mas la habitación de su padre la dejó al margen.

Tumbado en la cama de su habitación, se sintió turbado. Hizo tantas cosas sin parar durante tantos días, que no tuvo ningún momento para detenerse a pensar en la drástica decisión que había tomado. Si lo pensaba bien, su decisión había sido impulsiva. Aunque no se lamentaba.

Las voces de personas en el piso inferior y el correteo de Abigail escaleras arriba y abajo lo obligaron a levantarse de la cama. Y había dejado de llover, pero Ed pudo ver como unas negras nubes oscurecían aún el cielo. Echó un vistazo al reloj y comprobó que ya se acercaban las doce del día. Se estaba incorporando cuando unos nudillos golpearon su puerta.

- Señor, la señorita Rockbell lo busca.

- Bajo enseguida.

Edward se estiró un poco las arrugas de la camisa y salió al encuentro de la chica. La encontró parada en el vestíbulo hablando con Abigail.

- ¡Ah, hola! -

- Hola- respondió Ed un tanto desconcertado por sorprendida actitud de Winry.

- Yo me retiro- dijo la empleada caminando hacia la cocina.

Ed se rascó la nuca, incómodo ante la situación. Winry por su parte carraspeó ansiosa.

- ¿Al, está?

- No. Se fue hace cuatro días.

- ¿Dijo a donde?

- Al norte, no volverá dentro de un mes.

- ¡Ah!- vociferó la chica con decepción- No dijo nada al respecto.

- No.

La chica no sabía que decir. No esperaba encontrar a Edward cuando pidió ver al "Señor Elrick". Se preguntó por que motivo seguía en Inglaterra. Pronto recordó a lo que había acudido en realidad.

- Me preguntaba ¿Estarás aquí el viernes en la noche?

Edward asintió.

- Mark y yo haremos una cena, me gustaría que estuvieses ahí. Si lo deseas, claro. Ten- dijo entregándole un sobre- ahí está la dirección.

- Gracias- respondió secamente.

Winry se comportaba de una manera muy distinta a la del otro día. De alguna forma, la chica confianzuda del otro día, la había remplazado un tímida y nerviosa. Edward quiso suponer que era porque no se esperaba verlo ahí. A veces las personas reaccionaban distintas cuando sabían que no lo iban a ver más.

- Será mejor que me vaya. Tengo que volver al trabajo.

- Si.

- Bueno. Hasta luego- se despidió Winry antes de salir por la puerta principal.

Sintiendo como el verdadero impacto de haberle visto empezaba a abrirse en el medio de su propia mente, Winry sintió como sus mejillas se aglomeraban de sangre. Respiró profundo antes de subirse al asiento del conductor y, cuando miró hacia la casa, notó que Edward abría el sobre.

Mientras conducía por la carretera, podía imaginar a Edward leyendo las letras negras de la invitación, a solas consigo mismo. Recordó la forma en que la miró en el cementerio, y las miles de veces que Mark la miraba. Antes de darse cuenta que estaba comparándolo con su futuro esposo, se prometió, que pasase lo que pasase, no se dejaría afectar por Edward Elrick.

Al quinto día de encierro consecutivo, Ed decidió que era hora de dar un paseo. El pueblo no quedaba a más de veinte minutos de viaje, y la ciudad más cercana a media hora; con tantos automóviles a su servicio- con chofer incluido- esos pocos kilómetros de distancia no resultaban ningún inconveniente.

Después de avisarles a los empleados que no llegaría a comer, sacó el convertible del garaje y partió rumbo al pueblo.

Edward reconoció al instante el pequeño poblado. Parecía que el tiempos e había parado, el único cambio que podía notar, era que los faroles de la calle tenían bombillas ahorrativas. Cuando bajó del auto, pisó las mismas piedras que había pisado de niño.

Caminó un buen rato por el mero placer de hacerlo, mirando las tiendas, observando a la gente. Luego se sentó en una banca frente a una librería.

Vio a una chiquilla rubia correteando tras su padre, y le recordó a Winry.

Todavía tenía que elegir si ir o no. Honestamente, la idea de cenar junto a un gran grupo de personas que no conocía, le atraía tanto como le cautivaba el olor del basurero. Además la chica lo había invitado en remplazo de su hermano, no porque en realidad quisiera que fuese. Era mucho más simple comer un trozo de pizza mirando televisión.

- ¿Edward, Edward Elrick? – preguntó un voz incrédula tras él.

El chico volteó con pereza.

- ¿Rose?

- ¡Si! ¡Que alegría verte, no me dijeron que había vuelto!- dijo la chica abrazándolo con todas sus fuerzas.

Edward se incorporó para poder hablar con su vieja amiga.

- ¿Qué haces aquí? Pensé que ahora vivías en Nueva Zelanda.

- Estoy de vacaciones. Hace mucho tiempo que no veía a mis padres.

- Si.

- ¿Y tú, cómo estás? Me contaron lo de Hohenhiem- dijo Rose mirándolo con atención.

- Bien- respondió él encogiéndose de hombros – tú sabes que no éramos muy cercanos.

A Rose no le parecía real que estuviera hablando con el hombre del que estuvo enamorada toda su adolescencia. Ahora que lo veía al frente suyo, conversando tan amenamente, casi olvidaba el mal trago que le hizo pasar cuando la rechazó rotundamente. Casi.

Había pensado la situación durante años, la realidad era que no fue el momento adecuado para expresarle su amor. Edward estaba en el aeropuerto, preparado para irse de su casa, y ella en un momento de desesperación para que se quedara, se lo soltó todo. El chico sin inmutarse le respondió que él no sentía lo mismo.

Fue vergonzoso, humillante y doloroso.

Por mucho tiempo tuvo la sensación de que se marchó a Nueva Zelanda para olvidarlo. Se preguntó si en realidad había funcionado, lo cual le pareció ridículo, por que ya habían pasado muchos años. Le verdad era que Edward no era la misma persona que había conocido hace diez años.

Se calmó pensando que por lo menos podrían ser amigos ahora que estaban más adultos.

- ¿Quieres ir a tomar un café?- preguntó Ed sonriendo amablemente- Ahí al frente, cruzando la calle.

- Creo que uno me vendría bien.

Ambos resumieron los pasados diez años de su vida, sentados en la café, en no más de una hora. Edward le contó los últimos días y su decisión, sin entrar en detalles, claro. A Rose le reconfortó pensar que aún existía la suficiente confianza entre ellos, como para que él lo contara algo tan personal.

Luego, Rose vio su reloj y se levantó apurada; se despidió de Edward y acordaron juntarse antes de que ella regresara a Oceanía.

Y Edward volvía a quedar solo.

La charla con su amiga le había elevado el ánimo. Primero pensó que sería incomodo por lo acontecido la última vez que se habían visto, pero una vez comprobó que el tiempo podía curar las heridas. Se alegró de saber que podía contar de nuevo con Rose.

Tan sólo unos minutos después, el chico pagó la cuenta y salió del local. Los menos de diez pasos que tuvo que caminar hasta la librería del frente, le parecieron como si hubiese estado cruzando desnudo el polo norte. Corría un viento terriblemente helado que congelaba los huesos. Por suerte, un agradable calor golpeó su rostro al abrir la puerta del negocio.

- Buenas – dijo una adolecente con poco entusiasmo.

- Buenas Tardes- respondió sin darle mucha importancia y comenzando a andar por la librería.

El negocio era relativamente pequeño, olía a madera y tenía unas enormes estanterías repletas de libros, tanto clásicos como contemporáneos. No era ninguna maravilla, pero a Edward le gustó.

Recorrió con su mirada la cubierta de libros sin ponerles mucha atención, casi podía jurar que no habían cambiado su lugar en diez años.

Después de un momento, Edward había dado por concluida la observación de ese pasillo. Al girar la esquina para adentrarse en el otro, se detuvo.

Winry leía apoyada en una de las estanterías; estaba tan absorta leyendo, que no se percató de la presencia del chico.

La primera imagen que se le vino a la mente fue la de La Venus. Winry llevaba su cabello suelto, cayéndole como una cascada por su delgada espalda, el vestido se le apegaba a sus muslos, dejando ver levemente sus formas femeninas. Era un retrato extramente erótico

- Y yo que pensaba que los doctores no tenían tiempo para leer.

La chica se sobresaltó al escucharlo, dejando caer el libro que leía. Se quedó mirando atónita a Edward que recogía lo que ella había botado. Justo antes de que le hablara, estaba pensando en él. Se abofeteó mentalmente lo más rápido que pudo y recuperó la compostura.

- ¿Antígona? La última vez que leí este libro estaba en la secundaria.

- Hace tiempo que buscaba releerlo- dijo Winry rápidamente.

La chica se ruborizó al notar que Ed no apartaba su mirada de ella. Se sentía como una idiota. La última vez que lo había visto también se había comportado así: torpe, nerviosa y turbada.

Lo más probable era que Edward pensaba que tenía trastornos de la personalidad. En el funeral, le dijo las cosas de una manera tan directa, y en ese momento no podía siquiera mirarlo.

- Yo me tengo que ir- dijo Winry arrebatándole el libro de las manos y volviendo a guardarlo en la estantería – Todavía tengo que comprar cosas para la cena.

- Si.

Winry vaciló.

- Adiós.

La chica salió tan rápido del lugar que no tuvo tiempo para percibir si Ed se había despedido o no.

En la calle hacia un frio espantoso. Cruzó la calle hasta la vereda de al frente.

Para su sorpresa, Winry recordó cuando era niña y su madre la quería llevar al dentista ¡Justo a la misma hora del cumpleaños de una amiga! Así que decidió escaparse a la hora de la visita y volver justo para el cumpleaños. Lamentablemente, empezó a llover en el medio de la escapada y estuvo perdida todo un día en el bosque, sin poder encontrar el camino a su casa. Cuando regresó, completamente empapada y con barro, su madre la abrazó llorando. Se sintió fatal. Había hecho sufrir a su madre y tenía frío.

Estuvo enferma por dos semanas y se perdió tres fiestas de cumpleaños.

Winry se preguntó si estaba escapando nuevamente.

La chica se dio media vuelta y observó que Ed la miraba desde dentro de la librería. Se sonrió cuando vio que él no esperaba que lo mirara tan directamente.

Comenzó a caminar hacia la librería.

No entendía para nada que era lo que Edward causaba en ella, pero lo trataría de descubrir. En el mejor de los casos, Edward y ella podrían tener una franca amistad.

Edward continuaba mirándola un poco incrédulo, le pareció. De un momento a otro, su rostro cambió bruscamente. Su temple cambió de tranquilidad a uno asustado, inquieto, alarmante. Además movía su boca como gritando algo, mientras apoyaba sus manos en la vitrina con fuerza.

- ¿cuidado? – balbuceó Winry sin entender.

Una bocina la hizo reaccionar. Pero era demasiado tarde. Lo último que vio antes de un fuerte golpe, fueron los dos focos de un auto que se acercaba a toda velocidad.