El fruto prohibido
Francis ladeó la cabeza, enterrando sus fosas nasales; en el cabello enmarañado de la mujer que estaba con él, en cambio Lola no apartó la mirada de la oscura sexualidad que brillaba dentro de los ojos de Francis.
—Yo no soy la mujer que deseas, Francis.
Francis siguió olfateando su perfume, inundando más su mente; con aquel delicioso aroma, del que no quería desapartarse; era para él una sensación desconocida, una sensación que ni si quiera en sus mejores días con María tuvo oportunidad de descubrir, a su tacto; María era una mujer helada, un témpano de hielo; obligada a casarse con el siguiente rey de Francia, para proteger Escocia; de los ingleses, de los mismos escoceses, dentro de lo que cabía, María no podía ser una mujer a plenitud; pues siempre se le exigiría ser una yegua preparada para hincharse con la semilla que un hombre depositara dentro de ella.
En cambio, Lola; la dulce Lola, era mujer en todos los sentidos, sin obligaciones para con nadie, excepto con ella. Era la mujer perfecta, lo que Francis siempre buscó.
—Sin embargo, aquí estoy —dijo, levantando lentamente los pesados párpados. La oscuridad de las pupilas se tragó el color azul de sus ojos—, y no hay nadie que nos interrumpa.
—Francis, María es mi reina, juré servirla; no puedo traicionarla.
El silencio que penetró el área durante unos segundos, se vio interrumpido por el ulular de un búho, que pasó cerca de allí.
—Tu eres una persona Lola; un ser humano, que no puedes impedirle a tu cuerpo sentir, ni desear; María podrá ordenarte cualquier cosa, menos eso. Eso. —Francis deslizó una mano sobre su mejilla; haciendo que Lola se aferrase al tronco del árbol donde se encontraba recargada; y no a los hombros del hombre que estaba con ella—Eso no puedes controlarlo, ni tú, no yo.
Francis estampó sus labios sobre los de Lola, hubo un momento en el que creyó que sus intentos por cortejarla serían en vano, solo que pareció obra de milagro: Lola en cuestión de segundos, respondía a su impulso con la misma intensidad, que él. Una descarga de electricidad le recorrió la boca, los senos y finalmente el espacio que tenía entre las piernas. Lo que la asustó; nunca, en toda su vida, y mucho menos dentro de la poca experiencia sexual, que pudo lograr con el tiempo. Algún hombre logró que ella se sintiera así. Era algo que le hacía sentir culpable, mala de algún modo, por robarle a su reina y amiga algo que María consideraba todavía suyo. Sin saber que ya estaba perdido para siempre. Gracias a su maldita tozudez.
Lola se quedó helada, aquella sensación tan intensa se había apoderado de ella. Nunca antes había soñado que se pudiera sentir aquella lujuria, aquella pasión. Y tan sólo con un beso.
—Te deseo Lola.
La franqueza de Francis, la tomó por sorpresa, en verdad, nunca había deseado tanto a una mujer; ni si quiera por María, sintió el deseo que aquella noche inesperadamente sentía por Lola.
—María ya no forma parte de mi vida Lola; no tiene porque ser impedimento, para que tú y yo bueno…ya sabes. Eres como… un vino potente que sabes que va a embriagarte antes de dar el primer sorbo.
—Por favor Francis. —Dijo Lola; con las lágrimas acumulándose en sus ojos. —Esto no está bien.
— ¿Qué es lo que no está bien? ¿Desearme, o culparte por hacerlo?
—Ya basta, será mejor que me vaya antes de que…
—Lo sé —reconoció él, con una sonrisa perezosa y en cierto modo amenazante—Tienes miedo de lo que pueda resultar de esta noche; yo en cambio, ya lo he perdido por completo. Hoy me enseñaron que no se puede confiar en nadie Lola, si confías demasiado. Te causan un dolor tremendo, pero si te dejas llevar; como lo estoy haciendo ahora. —Francis mordisqueó su oreja derecha, haciéndola gemir—Lola, no es por venganza ni por nada que se le parezca; te quiero, quiero tomarte esta noche mañana me iré de la corte de mi padre.
— ¿Te irás?
Lola se arrepintió en serio; de haber hablado tan impulsivamente, en su voz, reconoció que ella también lo deseaba, pero por miedo tenía que rechazarlo.
—Sí, no pienso quedarme, a ver; como mi padre hace a Francia, pedazos. Por cumplir los caprichos de esa arpía.
— ¿A dónde te vas?
—A Italia, con mis tíos; quiero aprender de ellos, emularlos y superarlos si me es posible.
— ¿Quieres aprender a ser el Medici perfecto? —Cuestionó Lola con sorna en la voz.
—Solo quiero formarme a mí mismo, como quiero ser. Mi lugar lo ha tomado Sebastian; él tomará mi carácter también, yo ya soy libre; con mi libertad haré lo que quiera.
—A Bash, le espera lo peor; no ha sido educado para ser un rey. En cambio, tu sí.
—Ese es problema suyo.
— ¿Por qué no limas asperezas con tu hermano?
En ese momento era Lola; quien paseaba sus delicada mano; sobre las mejillas cubiertas con barbas rubias de Francis.
—María se convirtió en un riachuelo que corre en diferentes direcciones, su cauce en este momento no es para conmigo, es con Sebastian, pero tú. —Francis se talló el rostro con la mano de Lola—Sé que dirás que esto suena estúpido; pero empiezo a creer que los sentimientos que alguna vez albergué con María, no fueron del todo para ella sino para ti.
Lola cerró los ojos fuertemente, las lágrimas cada vez empujaban más por salir, y ella no sabía ya como retenerlas. Sentía que simplemente se le atoraban en la garganta y se le hacían un nudo en ella.
—Yo sé que crees que me amas, Francis. Pero una cosa es el deseo y otra el amor, y me parece que no conoces la diferencia entre ambos; creo que solo soy un capricho tuyo, por el desprecio de María. Uno no puede simplemente enamorarse, y después desencantarse de una persona; de la noche a la mañana.
Lola sintió que se quedaba sin aire. Francis era tan metódico en la seducción como en todo lo que hacía en la vida. Siempre encontraba alguna lógica para hacerla; reiterar todo lo que decía, en pocas palabras era un hábil embaucador, estaba dándose cuenta. De que en ese momento ya se encontraba completamente embaucada, fascinada por él, pero al mismo tiempo. Se sentía acorralada.
Y asustada.
Ella tenía hambre de Francis, la dominaba una idea de novata pasión maligna: si no podía casarse con ella, ella por si misma haría que difícilmente quisiera casarse con otra. Deseaba a aquel hombre prohibido. Deseaba cada centímetro de su dorado cuerpo. Empero, era una dama de María, si esta llegaba a saberlo, no querría ni si quiera imaginarse cuál sería su reacción. No quería tampoco que su familia sufriese los estragos de la traición que estaba a punto de cometer, esa noche era mejor cortar todo de un solo tajo, de zanjar el problema por lo sano antes de que terminara arrepintiéndose durante toda su vida. Por haberse atrevido a darse una noche de pasión con Francis de Valois.
Francis también entendió la indirecta. Sabía que Lola no era indiferente hacia él, le daba esperanzas saberlo. Entonces, había que actuar, actuar rápido antes de que el tiempo se le viniera encima.
—No te preocupes. —Francis acunó el rostro de Lola, entre sus brazos. —Ya encontraremos la forma; de liberar el problema, déjalo todo en mis manos.
— ¿Qué harás? —Lola se sobresaltó; temía que Francis recurriese a una de esas soluciones fáciles de su madre.
—De momento nada de lo que piensas; sino, que aceleraremos el curso de las cosas, Bash será legitimado, mi madre, será ex convicta; pero lo más importante, haremos que María te despida de su séquito de damas.
— ¡Francis!
—Lo único que nos separa, es prácticamente; que tú estás al servicio de María, ella es quien debe buscar para ti el hombre adecuado, ¿Qué pasara cuando le digas, que te sientes atraída hacia a mí?
Lola se revolvió intranquila. Entornó su mirada trasparente; hacia el cielo, cuyo manto negro estaba más intenso; y las estrellas brillaban con mayor fuerza.
—Te amo, ¿lo sabes? Lo único que deseo, es estar contigo.
Lola se rió con sarcasmo, ¿De verdad Francis, estaba hablando en serio? Es que, todavía no podía creérselo, ¿Cuánto tiempo pasó, para que se enamorara de María? Pasaron meses, simplemente seguía negándose a creer que lo que Francis le profesase fuese amor; amor de verdad.
— ¿Por qué he de creerte? —le preguntó, mirándole apasionadamente a los ojos.
Francis respiró profundamente, esa pregunta le obligaba a escoger, cuidadosamente una respuesta lo suficientemente aceptable, por supuesto creíble.
—Creo que lo que en su momento llegué a sentir por María solo fue un producto de una ilusión, probablemente confundí las cosas, no sé; no sé porque me está pasando esto; te juro que ni si quiera yo mismo sé lo que me pasa. Cuando estábamos juntos, aunque fuese por pocos instantes, disfrutaba de tu compañía como no disfrutaba con la de María, en serio; no sé qué habrás sentido tú; pero de lo que me acuerdo, es que me gustaba compartir esos pequeños paseos contigo.
La mente de Lola se trasportó hacia esos pequeños paseos que a veces solían dar por los jardines del palacio los cuales a veces eran cortos pero raramente felices, confortables; eran momentos en los que en repetidas ocasiones, Francis le hacía sentirse más importante que la misma María.
—Tu cabello parece haber capturado los olores de la primavera —murmuró Francis.
—Es mi jabón.
Lola se sentía aturdida por la sensación de alivio que la invadía; al aparecer, las caricias de Francis a través de su vestido; actuaban como calmante para sus nervios.
—Necesitas acostumbrarte a mí—Susurró Francis. —Necesitas cerciorarte de que no eres ninguna especie de capricho, como aseguras; es más, postergaré el viaje, desde aquí trataré de mover los hilos que hagan falta, para que mis planes se realicen lo más pronto posible.
—Nunca antes había sentido esto —confesó turbada.
Francis no podía seguir conteniéndose. Necesitaba hacerla suya. Hundirse en su suavidad. Apoderarse de su dulzura. Pero Francis combatió sin piedad la salvaje pasión que Lola había despertado en él tan inesperadamente.
—Dime lo que sientes —Le pidió; llevando sus labios, al hueco que existía entre su rostro y el cuello. Mordiéndole ligeramente la piel; haciéndola temblar entre sus brazos.
—Fuego en mi interior. Tú... tú me haces arder. —Su voz temblaba.
—¿Es doloroso?
—¡Oh, no! Es como sentir la luz del sol después de un largo invierno.
—Entonces, acércate más. Apoya tu cabeza sobre mí. Conoce mi aroma, el sabor de mi piel.
Campanas vibrantes perforaron el aire. Eran ya las tres de la mañana, estaba a punto de amanecer. Francis comprendió que Lola; no se le entregaría allí mismo, ni él tampoco quería que así fuese. Para que al relación diera el fruto que él deseaba, tenía que darse un tiempo límite; un espacio para ella y otro para él, él tenía que olvidar que algún día compartió su vida, sus sentimientos y su cama, con María Estuardo; ella tenía que olvidar, a Colin, junto con los meses de soledad que la envolvieron, que en secreto los envolvieron a ambos.
Y entonces él la besó, sus labios eran como dos suaves pétalos.
El aliento se le atragantó en la garganta.
Ella sintió ganas de llorar, no sabía si de alegría o de espanto.
El par de amantes, se quedaron en silencio; dejando que la atmósfera armoniosa; los envolviese por completo.
—Será mejor que volvamos a palacio.
Sentenció Lola; ajustándose la capa; las corrientes de aire, se le filtraban a través. De la seda de esta.
—Esta noche no; quiero que vayamos a un lugar; está aquí, cerca, podemos observar juntos el amanecer, claro si quieres.
Lola aceptó, ofreció su mano a Francis; quien la tomó de inmediato juntando su mano con la suya entrelazando sus dedos, dando a entender; que con ese gesto, no solo entrelazaba sus dedos, con los de ella sino también la vida misma.
Y quería que fuera para siempre.
