Disclaimer: The Mortal Instruments es propiedad de la maravillosa Cassandra Clare, como ya sabrán, y sus maravillosos personajes también le pertenecen a su maravillosa persona. Yo solo los tomo prestados.

Disfruten!


High, HIGH fever.

Jace se retorció en la cama como si fuese un pez fuera del agua, haciendo caso omiso a las réplicas de Clary y muy empeñado en hacer imposible su tarea de bajarle la fiebre. La muchacha estaba empapada de agua helada de pies a cabeza, pero no estaba dispuesta a desistir.

— ¡Quédate quieto, demonios! —gruñó Clary, remojando uno de los paños en agua helada y colocándoselo sobre la frente a Jace de nuevo. Luego tomó un segundo paño, lo remojó también y se mostró muy dispuesta a ponérselo sobre el cuello, pero Jace se encargó de evitarlo dando otra de sus extrañas retorcidas. — ¡Carajo, Jace! ¡Así nunca te bajará la fiebre!

— ¡Esas cosas están congeladas, Clary! ¿Quieres que muera como un cubo de hielo? —se incorporó en la cama, respirando muy agitado y con las mejillas adornadas de un rubor febril. —Soy demasiado hermoso para morir así, mujer. Se suponía que me agasajaras con un sensual baño de esponja, no que te empeñaras en convertirme en carne congelada para pato.

—Los patos no comen carne, Jace.

— ¿Cómo puedes estar tan segura de eso? ¿Es que nunca has visto un pato devorar una ardilla?

—No, no en realidad.

— ¡Exacto! Son tan buenos haciéndolo que hasta lo hacen en cubierto. Esas pequeñas bestias sangrientas…—Jace se estremeció y se quitó el paño de la frente para tirárselo a Clary directamente a la cara. —Ve a traerme una manta, me estoy congelando.

—Jace, creo que te está subiendo la fiebre. —la cazadora de sombras se llevó una mano a la frente, frustrada. —Comienzo a hartarme. Como sigas con tu actitud especial, me largaré a casa y dejaré que Maryse se encargue de ti.

Jace compuso una expresión de auténtico horror.

— ¡No te atreverías a dejarme en manos de alguien tan cruel! —gimoteó, haciendo mohines con los labios. Clary no lo miró a los ojos, porque sabía que su mirada la haría derretirse, y Jace se puso de rodillas para abrazarse de ella. —Por favor, cerecita. Simon está cuidando de Isabelle, ¡E incluso Alec, que está enfermo también, está cuidando de Magnus! ¿Qué clase de cruel novia serías dejándome enfermo y desamparado?

A Clary comenzaban a preocuparle la cantidad de apodos cariñosos que Jace se estaba inventando.

—Iré a ver a Maryse, creo que ya te toca otra inyección. —dijo, malhumorada, y Jace soltó un chillido muy masculino.

— ¡Es cada doce horas, Clary, no cada vez que tu horrible carácter de pelirroja lo decida! ¿Qué acaso quieres matarme por sobredosis? —negó con la cabeza, y luego entrecerró los ojos. —Además, Maryse se encargará de hacérnoslo saber cuando escuchemos el grito de Alec. Esa es la señal que indicará que es hora de salir por la ventana.

Clary trató de permanecer seria, pero una risita se escapó de sus labios.

— ¿Sabes qué? Creo que es hora de que duermas un poco, Jace. —sentenció, y levantó para apagar las luces. Jace soltó soniditos y resoplidos, pero ella los pasó por alto. — ¡No quiero protestas! Si no quieres mis delicados cuidados para hacerte sentir mejor, entonces mejor duérmete. Al menos eso ayuda a los enfermos.

—Los besos ayudan a los enfermos. —comentó Jace, aunque se tumbó obedientemente en la cama. Alzó la mirada para ver a Clary con sus brillantes ojos dorados. — ¿Me arropas?

Sin poder evitarlo, la joven esbozó una sonrisa enternecida. Tomó una de las mantas más delgadas que encontró y arropó cuidadosamente a Jace con ella. Luego le plantó un beso en la frente.

—Buenas noches, solecito. —le susurró. Cuando se incorporó, se llevó una grata sorpresa al notar que Jace ya se encontraba profundamente dormido. Su sonrisa se ensanchó aún más. —Patos carnívoros…bueno, debo admitir que últimamente no hay muchas ardillas en Central Park.

ooooooo

Alec reaccionó con envidiable madurez cuando recibió el primer almohadazo contra su rostro, y apenas y gruñó cuando llegó el segundo. El tercero le hizo fruncir levemente el ceño, el cuarto comenzó a molestarle, pero el décimo golpe fue la gota que colmó el vaso.

— ¡ISABELLE, DETENTE! —le gritó a su hermana, sin poder evitarlo, y ella comenzó a reír a carcajadas. Tomó la almohada y trató de devolverle el golpe, pero Simon se la arrebató antes de que llegara a tocar uno solo de los cabellos de Isabelle. Tenía el rostro rojo del enfado. — ¿Quieres comportarte, por un demonio?

— ¡Me aburro, Alec! ¡Y es tu culpa que todos estemos aquí! —repuso ella, enfurruñada, mientras jalaba a Simon de un brazo y le hacía sentarse en la cama. Se acurrucó contra él como si fuese un muñeco de felpa. —Bueno, culpa tuya y de Magnus. Sabes que odio la enfermería, aquí no hay nada que hacer.

—Izzy tiene razón, Alec. Es tu culpa que tu madre no confíe en dejarte solo con Magnus en una habitación. —Simon se encogió de hombros, con una sonrisita burlona en los labios. Parecía estar pasándola de maravilla. Le acarició el cabello a Isabelle, y ella sonrió con satisfacción. —Pobre Izzy, confinada a este horrible lugar por culpa tuya. ¿Qué clase de hermano mayor eres?

Magnus soltó un par de ruiditos desde su cama, removiéndose con incomodidad. Alec volteó a verlo con preocupación y se estiró para ponerle una mano en la frente. El brujo gimoteó y abrió lentamente sus ojos, dedicándole a Alec una cara de gatito herido que hizo que él se sintiera furioso con su hermana y Simon.

— ¿Cómo pueden hablar así de él cuando está tan enfermo? Está ardiendo…

—Todos estamos ardiendo, Alec. Estamos on fire. Tú sabes, la fiebre apenas comienza a bajarme y tú aún continúas igual de mal por gritar tanto.

—…y, además, no puedo dejarlo solo en su departamento. ¿Te gustaría quedarte sola y enferma en tu casa, Izzy, sin nadie que esté ahí para cuidarte? —le dedicó una mirada acusativa a Simon, y él se quedó pensativo por un momento.

—Isabelle probablemente iría a buscarme, aunque estuviera enfermísima, solo para golpearme con una sartén si es que decidiera dejarla sola.

Isabelle le dedicó una mirada encantada.

—Eso fue tan romántico, Simon. —balbuceó, tomándole la mano y mirándole con ensoñación. —Es hermoso como conoces exactamente cómo reaccionaría a cualquier situación.

Simon le guiñó un ojo.

—Cuando quieras, preciosa.

Y recibió un almohadazo.

—Te amo, pastelito. —le dijo dulcemente Isabelle, pestañeando varias veces antes de darle otro almohadazo de amor.

Alec ignoró las románticas muestras de amor de Isabelle, demasiado ocupado bajándose de su cama para ir a sentarse a un lado de Magnus. Estaba tan empapado de sudor como él e Isabelle.

— Garbancito—balbuceó Magnus, extendiendo una de sus manos para tocar la nariz de Alec. — Necesito una televisión. Por favor. O música, lo que sea. Necesito algo que anime este lugar, me estoy muriendo de aburrimiento. Quiero a Presidente Miau. Quiero un licuado de fresas. Quiero un campo de golf, siempre quise un campo de golf. Quiero darme un baño urgentemente, ¡Quiero que este asqueroso virus se vaya de una buena vez!

Alec parpadeó, aturdido. Magnus se volvía muy caprichoso cuando estaba enfermo. Le dio un reconfortante apretón de mano, pero ni eso pudo animar al desdichado brujo.

—Tranquilo, Magnus, mi madre dijo que deberías comenzar a recuperar tu magia pronto. —le tranquilizó, y Magnus soltó un resoplido. —Sé que no te gusta esperar, pero tendrás que ser paciente.

— No puedes pedirme que sea paciente cuando no puedo acariciar a Presidente Miau, Alec. ¡Sus pequeñas patitas son lo que me hace falta! ¿No extrañas apretárselas para ver que saque las garritas?

Magnus hizo ademán de apretar unas patitas invisibles con los dedos, y Alec comenzó a preocuparse seriamente por él.

—Creo que no te ha bajado para nada la fiebre.

— ¡Alexander Lightwood! ¿Qué haces fuera de la cama?

La voz enfadada de Maryse Lightwood resonó por todo el lugar, provocando Alec diera un salto en su lugar, que Isabelle dejara de pellizcarle las mejillas a Simon y que Magnus soltara un ruido parecido al de un gato erizándose.

La mujer dedicó una mirada severa a los jóvenes, y miró con especial dureza a Magnus.

—Alexander. Tienes hasta tres para volver a tu cama. Si no, mandaré al brujo a su casa y te daré pastillas para dormir, jovencito. —Maryse alzó un dedo. —Uno…dos…

Pero no alcanzó a comenzar el tres cuando Alec ya estaba tumbado en su cama, con las mantas hasta la barbilla y la expresión enfurruñada de un niño pequeño. Isabelle soltó una risita y Magnus un maullido.

La adulta evaluó una vez más la escena y asintió con la cabeza, satisfecha.

—Vine a tomarles la temperatura. —anunció, y repartió tres termómetros digitales. Magnus mordisqueó el suyo, e hizo falta que Maryse le diera un manotazo para que se quedara quieto. —Obedece, brujo.

Hubo un incómodo silencio. Cuando los termómetros comenzaron a sonar, Maryse se acercó y leyó lo que marcaban. Magnus soltó un maullido cuando Maryse le quitó las mantas con brusquedad.

— ¡Hace frío, Presidente Miau! ¡No dejes que el duende verde me quite las mantas! Miau. Rábanos.

Alec observó con preocupación al brujo, pero no tuvo tiempo siquiera de preguntar cuando su madre se acercó y le hizo lo mismo. Le arrancó las mantas.

—Levántate, Alexander. Tú y Magnus necesitan un baño de agua helada en este instante. —le apremió su madre, jalándolo para que se levantara. Magnus gateaba en el suelo. —Y no creas que el brujo está peor que tú, jovencito. Tú eres quién tiene fiebre más alta, no comprendo por qué no eres tú quien está alucinando.

Maryse tomó de un brazo a Magnus y lo hizo incorporarse. Él soltó otro maullido, y Alec sintió vértigo de pronto. Se llevó una mano a la cabeza, y entonces hasta él pudo sentir lo ardiente que estaba.

—Mamá, no me siento muy…—comenzó, pero no pudo terminar. Vomitó. Magnus siseó, y Maryse soltó un chillido de incredulidad. — ¡Alexander!

La mujer arrastró a su hijo mayor y a Magnus fuera de la enfermería, pálida como un fantasma. Isabelle observó a Alec, caminando como si estuviera ebrio al salir de la enfermería, y soltó una risita.

—Dame besitos, Simon. —exigió, extendiendo las manos hacia él. El joven vampiro tragó saliva, nervioso.

—Tú no estarás alucinando también, ¿O sí, Izzy?

— ¡Claro que no, idiota! —replicó ella, indignada, y le dio una patada. —Te amo, corazón.


Muchas gracias por los reviews, btw, asddfads! Me vino la inspiración para escribir un par de capítulos más, hace mucho que no escribía de humor. Espero que sea de su agrado, creo que soy un poco torpe con esto, hahaha.