Tras algo sangriento, vamos con algo divertido y normal : D
ºTarro de magiaº
Este OS es el premio otorgado por Imaginación fanfiction en el concurso de Halloween 2015
ºUn niño traviesoº
Ryoma Sakuno Ryoma
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Ganadora:
Jackilyn
Halloween. Todo el mundo corría con diversas tareas. Él miraba aburrido el panorama. No había nada que le divirtiera. Contar historias de terror, asustar a las masas, podría ser algo, pero estaba castigado tras la última broma que hizo. Y era un peñazo tener que ver cómo los demás encontraban divertido vestirse de cualquier monstruo famoso o de cualquier cosa que fuera interesante. Pensaban en las chucherías como en algo genial y no cesaban de meter en algunos zurrones papel higiénico y huevos como castigo para aquellos que no les dieran chucherías.
Fue entonces cuando los vio.
Ella vestida de hada, con un traje color caramelo que se ajustaba a sus formas. Alas brillantes en la espalda, una varita en la mano y el cabello recogido en un moño decorado con flores de colores tierra. Y él, con un traje de pirata azul oscuro y rojo. Con marcas doradas y una falsa espada atada en la cintura.
Hablaban como en susurros mientras cargaban un saquito en forma de botín para rellenar con caramelos.
Descendió para ir tras ellos, escuchando entonces su conversación.
—¿Deberíamos de empezar por el ala sur, Ryoma-kun?
Él la miró y lo sopesó, luego asintió.
—Es el que menos recorrerán hoy.
La chica asintió y dio dos pasitos largos para ponerse a su altura, caminando hombro con hombro. El pequeñajo se tensó, pero no se apartó, mirando de reojo hacia el hadita, quien no pareció percatarse por enfocarse en mirar por donde pisaba.
Al contrario que el resto de jóvenes, pusieron rumbo hacia el ala sur. Él la conocía, como muchos otros, por el ala de la muerte. Las historias contaban que cada vez que desaparecía un chico, era allí donde se encontraba su cadáver. Y esa historia, en un orfanato, daba para mucho miedo. Sin embargo, él había pasado muchas veces por allí, y no había más que trastos viejos y viejos profesores retirados que se negaban a abandonar a sus alumnos.
Quizás por sus extrañas costumbres, aquello daba más miedo que otra cosa. La poca limpieza del lugar tampoco ayudaba, desde luego. Y que años atrás se hubiera encontrado a un chico muerto, tampoco.
La chica Hadita se pegó contra el chico a medida que se adentraban por el pasillo. Iluminados por la escasa luz de un quinqué que los profesores entregaran a cada grupo para alumbrarse y también saber dónde estaban, entraron en la crujiente zona del terror. Él los siguió, aprovechándose de la oscuridad y su buena cualidad para el silencio. Ir de puntillas era su mejor trabajo.
Se detuvieron de puerta en puerta, pidiendo las chucherías correspondientes mientras manos ancianas y temblorosas las dejaban caer dentro del saco y les sonreían con dientes desgastados.
A medida que avanzaban, los ancianos los alertaban, pero no supo bien si era más por asustarlos que por realidad. Las puertas siempre se cerraban antes de que pudieran tocarle con su luz y las sombras eran su mejor baza, así que comenzó con su diversión.
Lo primero, hacer que la chica se enfadara. Seguro que era adorable cuando eso sucedía.
Se acercó de puntillas y con la mano abierta, rozó sus nalgas, bien prietas en su tela de hadita. La chica dio un respingo y antes de que se girase, Ryoga, ya se había escondido. La muchacha miró a su alrededor, confusa y luego hacia su único acompañante. Ryoga supuso que lo tomaría como un "error sin querer" y continuó caminando junto al chico.
Sonriendo divertido, se acercó y esta vez, se aseguró de que pareciera que era él el causante.
Al chica saltó al instante, con las manos sobre sus nalgas.
—¡Ryoma-kun!
El joven la miró interrogante, arqueando una ceja. Su rostro era tan inocente que hasta la chica dudó, enrojeciendo sus mejillas mientras le miraba azorada.
—Me… has tocado.
El joven se señaló el hombro, como si fuera obvio que iba a tocarla con él.
—Andamos a la par— dijo inocente.
Ryoga casi se destornilló de risa.
La chica frunció los labios e infló los mofletes, empezando a andar frente a él a pasos sonoroso de enfado. El chico la siguió, rascándose la nuca mientras se preguntaba qué pasaba.
Ryoga entonces recurrió a algo más divertido.
Aferró un palo de escoba que había cerca, seguramente abandonado por una distraída limpiadora y lo usó hábilmente para, aprovechando las sombras, levantar la falda de la chica. El chico se detuvo en seco, con los ojos clavados en el trasero y ella se estremeció, girándose lentamente, colorada.
—¡Ryoma-kun!
El chico parecía estupefacto.
—Yo… No. No— negó convencido.
Ella desconfió.
—Solo tú estás detrás. Mou, no es divertido— alegó con un parpadeó para disipar las lágrimas.
—Yo no he sido, Sakuno*— aclaró él pasando por delante de ella.
La chica se quedó en sitio mientras bajaba la falda y ase arreglaba el vestido. Ryoga ya estaba doliéndole el estómago de las carcajadas reprimidas. Se acercó más cuando ella echó a correr para seguirle y le levantó el gorro de pirata al chico, dejándolo caer al suelo. Él se giró, mirando a su compañera con enfado.
—Ya dije que no he sido.
Sakuno guiñó los ojos con desconcierto.
—No he dicho nada— murmuró compungida.
—Has tirado mi gorro, que es peor— bufó él. Ella negó.
—Acabo de llegar. Es imposible.
Ambos se miraron ofendidos y desconfiados. Con un chistar de lengua y una palabrota, volvieron a poner rumbo hacia su destino. La chica, pese a su enfado, empezaba a sentir el miedo suficiente como para querer pegarse a él y sujetarse de su brazo.
Ryoga los miró con cierto aburrimiento. Había sido divertido ver sus caras de confusión, pero ahora era las leyendas las que les daba miedo, no él. Y ya no era divertido.
Repentinamente, el chico se detuvo, tenso. Tragó y miró hacia ella.
—Vayamos a la otra ala— indicó. La chica asintió y tras morderse el labio inferior, giró.
Ryoga estaba demasiado aburrido como para que sus travesuras fueran ya más normales, así que interpuso su pie con el de ella, haciéndola caer de bruces, con el culo todo levantado y, aprovechando su agilidad, lo empujó a él de tal forma que cayó sobre ella, con sus caderas directamente contra su culo.
El chico se los quedó mirando estupefacto, hasta que empezó a reír.
En medio de su desconcierto y vergüenza, ambos chicos se miraron, confusos y en traspiés y torpes empujones, salieron corriendo pasillo abajo hasta mezclarse con los demás, jadeantes y pálidos.
—A… alguien se reía, ¿verdad? — jadeó la chica. Él asintió, limpiándose el sudor de la barbilla.
—Sí.
—Tú… lo has ido igual que yo, ¿verdad?
El chico volvió a asentir, mirando en la dirección donde Ryoga estaba. Fruncieron el ceño y cuando las campanas dieron la media noche, salieron corriendo en otra dirección, tomados de la mano y con caras pálidas.
Ryoga se los quedó mirando, mirándose después a sí mismo.
—Diantres. No soy tan feo.
Alguien le tocó el hombro y cuando se giró, se encontró con su profesor.
—Te dije que estabas castigado, Ryoga.
El chico dio un respingo.
—Es Halloween. Quiero divertirme.
El hombre sacudió la cabeza.
—Esta noche no. Vuelve. No seas un fantasma travieso.
Ryoga bufó y cruzando las piernas, subió techo arriba, viendo a los niños jugar y gritar. Otro reírse a carcajadas y a la par, como una pareja se escondía juntos en un armario, tomados de las manos y mirándose temblorosos.
Ese Halloween, desde luego, jamás lo olvidarían. Ryoga estaba deseando que llegara el año. Tenía muchas más travesuras.
Y ahora, llega el turno del momento hot divertido con Ryosaku de nuevo para el final.
