Hola a tod s.

Una disculpa, olvide presentarme, soy Jo, espero que estén disfrutando el fic, el cual comencé a escribir después del innombrable 3x07. Mi objetivo aquí es escribir una historia con muchos paralelismos a la historia de Clexa que ya conocemos pero que tenga también un par de giros interesantes y originales.

La mala noticia es que estoy en finales y no tengo un cronogramapara las actualizaciones (escribo para liberar estrés). La buena es que seré libre a mediados de la próxima semana y tendré mucho tiempo para escribir. Así que, por favor, díganme que opinan, lo que les gusta o disgusta. Y sin más, a leer se ha dicho, muchas gracias.

Finalmente había decidido regresar a la oficina, medio turno después y los papeles ya empezaban a apilarse en su escritorio. Con una taza de café caliente en la mano, Clarke suspiró ante la impaciente pantalla de su computadora con decenas de mensajes por responder, como gerente general del restaurant había obtenido mayores beneficios económicos pero también muchas más responsabilidades. Llevaba trabajando en aquel lugar desde que aún lo manejaban los padres de Lincon y juntos había logrado hacer cosas importantes. Él le había dado el merecido ascenso y ella le había respondido con total profesionalidad, era una oportunidad que no podía dejar pasar, después de todo lo que había sacrificado en su vida, sentía que por fin veía una luz al final del túnel.

Afortunadamente el tobillo ya no le dolía tanto, sonrío al pensar en Aden. Había sido su fiesta de cumpleaños, su onceavo cumpleaños. Pero el menor de los Griffin no había querido una celebración, no sin su padre. Pese a todo, Clarke se las había ingeniado para pasar el día haciendo un montón de cosas divertidas junto a Aden, incluso había visto una sonrisa en el rostro de su madre cuando esta pudo escapar por unos minutos su atareado horario en el hospital.

Dio un sorba a su café antes de colocar la taza sobre el escritorio, y la observó leyendo por enésima vez la frase grabada en ella.

Nature always wears the colors of the spirit. - Ralph Waldo Emerson

Aquello era algo que Clarke creía en verdad. Por alguna razón veía cualquier cosa relacionadas con el trabajo en blanco y negro. La escuela, antes de la universidad, había tenido un color naranja espantoso, sus amigos el azul, su ciudad el blanco, pero su familia siempre había tenido el verde, su color favorito.

Sobre su escritorio, de alguna milagrosa manera sobreviviendo al caos de la oficina, se hallaban tres fotografías. Clarke se perdió un par de segundos en ellas. En la primera se encontraba atrapada entre un gran abrazo de Raven y Octavia, era su cumpleaños y las tres sonreían tras pasar todo el día jugando en la nieve de Chicago. Ese fin de semana había sido inolvidable. La segunda le provocó una sonrisa triste, en el pórtico de la casa de sus padres se encontraban junto a ella su padre, Jake, su madre Abby, y Aden. La familia entera sonreía, era el aniversario de sus padres, casi un año atrás, y a Clarke la vida por fin le empezaba a sonreír, pues ahora estudiaba diseño y dibujo los fines de semana en D.C. Fue la última vez que recordaba haber visto realmente feliz a toda su familia, meses después su padre había muerto en un accidente en la fábrica y nada había vuelto a ser igual. La tercera fotografía era la favorita de Clarke. Después de ayudar a Aden con un proyecto escolar, éste había ganado el primer lugar en la feria de arte. El niño sostenía en el aire su medalla visiblemente feliz y Clarke lo miraba orgullosa. Se estremeció al pensar en los años que habían trascurrido desde que esa fotografía había sido tomada, Aden ya había dejado de ser un niño pequeño, y le partía el corazón el saber que no podría protegerlo por siempre.

Se encontraba sumida en sus pensamientos cuando su teléfono sonó regresándola a la realidad. Al menos no era más trabajo, pesó al comprobar quién llamaba.

- Hola, O. ¿qué sucede? ¿Otra crisis prenupcial?

- ¡Cierra la boca, Clarke!

- Lo siento, debe ser la costumbre.

- Por una sola vez que…

- Una vez, a las tres de la mañana, sobre el color de los manteles, de una boda que será hasta dentro de muchos meses.

- Ok, lo siento, me disculpo, tal vez exageré.

- Quita el tal vez, pero dime ¿todo bien?

- En realidad llamo por ti, tengo todos estos cachivaches tuyos que olvidaste en mi apartamento, y como yo sí soy una amiga considerada he pensado preguntarte si los necesitas antes de mañana.

- Oh, cierto, te agradecería mucho que los trajeras al restaurante… y no son cachivaches, son mis herramientas de trabajo.

- Lo que digas, estorban de igual manera. Los tendrás ahí antes de cerrar.

- Gracias, O. Sabes que realmente no tendré tiempo de pasar por ellos mañana.

- Lo sé, regresaras ahí.

- No puedo dejarlo pasar, O. Se tratada de mi padre.

- No serías tú si no lo hicieras, Clarke.

Llamada finalizada.

22:58 p.m.

Intentó dirigirse hacia las afueras de la ciudad, donde se encontraba su hotel, pero pronto supo que lo mejor sería aparcar el auto un momento, la ira le estaba haciendo perder la concentración en el camino. No podía esperar a salir de aquella maldita ciudad, no quería el dinero, ni el puesto. No le interesaba nada de aquello si iba que ser siempre de ese modo. Un nido de ratas detrás del legado de su familia. Eso era aquel lugar. No había ninguna razón para permanecer ahí más de lo necesario.

La llamada había sido corta. Gustus le había dicho que la junta la esperaba la mañana siguiente, no estaba molesta con él, nadie podía hacer nada para aplazarlo más. Golpeó el volante tan impulsivamente que sin querer accionó el claxon. Trató de tranquilizarse, perder el control de aquella manera tan ridícula le hacía avergonzarse de sí misma. No era ninguna inmadura.

Mientras la ira abandonaba a regañadientes su cuerpo, observó un momento la acera contigua. Pudo reconocer a la persona que avanzaba a paso firme por ella. Dudó un segundo, mientras esa extraña sensación se apoderaba de su cuerpo una vez más. De inmediato arrancó el auto y le dio alcance.

- ¡Clarke!

La chica se sorprendió un poco al escuchar su nombre. Y se giró con una postura, más bien a la defensiva, hacia el auto de Lexa.

- Lo lamento, no era mi intensión asustarte ¿me recuerdas? Soy Lexa. Amiga de Lincon.

Clarke relajó su cuerpo y su rostro, y una cansada sonrisa apareció en él.

- Hola, Lexa, claro que te recuerdo.

- Me preguntaba si podría llevarte a casa.

- Está tan sólo a unas cuadras, no quiero molestarte.

- No me molestas. Además, en este pueblo nada está más allá de un par de cuadras de distancia.

- Supongo que tienes razón. Gracias. – dijo la rubia antes de entrar al auto

Después de que Clarke le indicó la dirección, ésta se entretuvo algún tiempo admirando el perfil de Lexa. En una fracción de segundo decidió que su mandíbula era la más perfecta que había visto en su vida. Se arrepintió un poco cuando comenzó a observar sus labios.

- ¿Todo bien? ¿qué tal tu tobillo?

- Sí, sí, mucho mejor, aunque me alegra no caminar más, gracias, en verdad – Lexa la miró y le sonrió mientras el semáforo estaba en rojo. A Clarke su mirada le resultaba intoxicarte, y, lo cierto era, que le asustaba un poco.- Así que eres una vieja amiga de Lincon -

- Tenemos nuestra historia, sí.

- Es bueno verlo feliz.

- Sólo visitaba a mi amigo. Significa tanto para mí como yo para él.

- Sí, eso se nota. Y dime ¿qué te trae a esta ciudad?

- He venido a resolver unos asuntos de negocios que probablemente no me tomen algo más de un par de días. – Lexa no quería entrar en muchos detalles sobre lo que realmente hacía allí y sí era sincera consigo misma tampoco se encontraba de lo más concentrada en la conversación.

Parecía que habían entrado en un juego de miradas en el que Clarke, sin saberlo, llevaba la delantera. Lexa no se atrevía alejar demasiado sus ojos del camino, por más que quisiera detener su mirada en cada centímetro del rostro de Clarke. Ni siquiera se trataba de una simple atracción física, Clarke le avocaba algo inquietante que no podía acabar de entender.

- Así que trabajas para los Woods – Lexa la miró sorprendida – Su negocio es el único lugar aquí para alguien como tú –

- ¿Alguien como yo?

- Tú sabes, joven, con dinero, has visto el mundo, haciendo lo que sea que hagas para vivir.

- ¿Cómo sabes que soy eso?

- Fácil, has ordenado sin mirar el menú y la propina fue muy generosa, tu forma de vestir y de hablar. No es… común aquí. Y las personas que no son comunes solo llegan a este lugar porque se perdieron camino a D.C. o porque tienen asuntos en la empresa Woods.

El silencio de Lexa le dio a Clarke la razón. Lexa finalmente se detuvo ante lo que le parecía el acceso a un sótano.

- Llegamos.

- Espero verte de nuevo por el restaurant – Lexa se limitó a asentir - Muchas gracias, Lexa.

Y ahí estaba de nuevo esa sensación en su pecho, en su estómago estomagó y en su cerebro. Pero esta vez, más fuerte que nunca. Lexa era muy consciente de lo que pasaba en cada centímetro de su cuerpo, aunque no era capaz de explicarlo. Imaginó en aquellos ojos azules dos estrellas brillantes e hipnotizantes, su cuerpo se estaba quebrando.

Ese sentimiento la hacía enfadarse consigo misma. La hacía querer gritar. Y, también, la hacía querer cerrar los ojos y no pensar en nada más que su corazón desbocado, sus manos inquietas y el bello erizado de su nuca.

En un acto que más tarde le parecería de lo más impulsivo e inapropiado, Lexa se inclinó hacía Clarke y atrapó sus labios con un beso lento y dulce que, para su sorpresa, ella correspondió. Lo que siguió fue la dosis adecuada de euforia y calma que invadían su cuerpo, desde la cabeza hasta la punta de sus dedos. Clarke sabía tan bien. Tan perfecto. Podía sentir la mano de Clarke acariciando su brazo, cediendo a lo iniciado por Lexa.

Clarke no había esperado ese beso, pero cuando sus labios chocaron contra esa pasión y ternura a la vez cayó en cuenta de cuanto lo deseaba también. Le encantaba la dulzura de Lexa, la manera en que acariciaba su rostro y hacia sólo la presión necesaria para permitirle separarse si así lo deseaba. Por un par de minutos esa idea no cruzó por la mente de la rubia, pero entonces recordó algo. Justo cuando Lexa se preparaba para profundizar el beso, Clarke se apartó lentamente de ella.

Lexa la miró con un gesto interrogante, temiendo haber hecho algo que la incomodara. Pero Clarke habló primero.

Lo siento, yo… - dijo Clarke tímidamente antes de hacer una pausa dubitativa, en la cual Lexa pudo comprobar por la expresión de su rostro que cualquiera que fueran las palabras que estaba a punto de pronunciar, la rubia de verdad las sentía - Acabas de decirme que no crees quedarte en la ciudad por más de unos días. – Lexa sintió un pinchazo en el pecho- Así que esto – hizo especial énfasis en esa última palabra - sólo significa algo pasajero… lo siento pero no, no quiero hacerlo. – dijo aún excitada frente esos grandes ojos verdes.-

Lexa, asintió levemente con su cabeza, la comprendía, pero eso no borraba la sensación de que algo estaba siendo arrancado de su pecho. Clarke, sin embargo, no habías sido del todo honesta. Era verdad que no quería pasar sólo un noche con Lexa, pero no por la falta de interés, sino porque desde que había entrado en su auto, sospechaba que no habría sido capaz.

- Si las cosas cambian, sabes dónde encontrarme. Hasta la próxima, Lexa.

Esperó un momento y vio como Clarke desaparecía tras su puerta. Miró su teléfono antes de pisar el acelerador.

11:11.

Una razón para quedarse acababa de abofetearla.