CAPÍTULO 2.

Bastaron un par de sesiones más para que se estableciese entre los dos una cierta confianza, la que yo necesitaba para trabajar. Me convertí en su primera y única confidente en todo Arkham, o eso decía él. Yo no le creí, igual que no me creí ninguna de sus historias o datos personales. Bastaron ese par de sesiones, también, para darme cuenta de que aquel hombre no estaba loco, que era mucho más. Sus opiniones sobre la sociedad, aunque crueles y retorcidas, estaban dotadas de una inteligencia y coherencia abrumadoras; su concepción del mundo iba mucho más allá de la de nadie que yo hubiese conocido antes.

Era desconcertante, pero agradable, una mente única con la que me acostumbré a hablar, y que era, aparte de mi madre, el único ser humano con el que trataba.

Efectivamente, mi vida se reducía a una mente laberíntica y a una progenitora que ya a penas me reconocía. Pero como a todo, me acostumbré. Y no sabéis lo libre que me sentía entonces. Libre como nunca antes me había sentido, sin la presión de una sociedad que me juzgase por mis actos y opiniones, viviendo en mi propio trabajo.

Él solía ser amable, y con un sentido del humor tan simple a veces y tan retorcido otras, que cada una de sus bromas o juegos de palabras eran siempre totalmente inesperados. Era también sincero, opinaba sobre cualquier tema con la seguridad y la labia de un político demagogo aspirante a presidente, ya fuera sobre mi trabajo, sobre mi, sobre los demás, sobre si mismo, constantemente. Que yo tenía unos ojos muy bonitos, decía. Yo le sonreía, con paciencia, porque los únicos piropos de mi vida habían sido por parte de gente encerrada en lugares como Arkham, y le daba las gracias. Cierto que a veces me hacía sentir incómoda por su sinceridad respecto a mi persona, que a veces me hacía sonrojar, pero acabó formando parte de mi rutina. Una vez le conté lo que veía en su mirada, y le gustó oírlo. Le pareció una de las señales más notables de mi inteligencia, y a partir de entonces gastamos largas horas mirándonos simplemente, intentando entendernos. Él, porque no tenía nada más interesante que hacer; yo, porque era mi trabajo…y porque no podía dejar de sentirme cautivada por aquel torrente emocional.

Y así, lentamente, fui rellenando gran parte de los huecos de su perfil psicológico, redactando hipótesis sobre su pasado a partir de las sesiones con él, teorías sobre su vida anterior más completas y convincentes que las de su anterior psicólogo y que, contrastadas, sacaban en claro gran parte de sus trastornos psíquicos y su posible origen. Con el tiempo los otros médicos no tuvieron más remedio que reconocer mi trabajo, y alababan mi aguante. Yo desconocía el por qué de aquella admiración, si el Joker era prácticamente pacífico. Nunca me leí su expediente criminal. No creí necesitarlo.

Una noche, estaba a punto de dormirme cuando el teléfono rompió el silencio. Lo cogí, extrañada, pues no solía recibir ninguna llamada, y mucho menos a esas horas. Llamaban de Arkham. Había problemas con mi paciente.

Me vestí y me monté en el coche como una exhalación, recorriendo las desiertas carreteras en cuestión de minutos hasta llegar al Asilo. Cuando llegué al piso que me correspondía, el caos que allí reinaba me apabulló. Uno de los médicos, el doctor Andrews, vino hacia mi corriendo y agitando las manos.

-Ven, deprisa. Ya estábamos pensando en entrar.

Fui con él apresuradamente a través del pasillo de linóleo, hasta la puerta de la habitación. La doctora Keane, el vigilante jurado y otros dos médicos que no conocía, esperaban unos pasos más allá, hablando nerviosamente. Se volvieron hacia mí al tiempo.

-Quinzel, ¡menos mal que has llegado! No hay manera de controlar al individuo.

No me gustó lo de "individuo", pero no me molesté en corregirle. El vigilante me abrió la puerta apresuradamente, y entré, sin tener ni la menor idea de que podía haber ocurrido. Si hubiese tenido algo en las manos, se me habría caído al suelo de pura impresión.

La habitación estaba completamente destrozada.

La mesa del centro estaba volcada y el tablero partido a la mitad. Faltaba una de las patas, clavada en el colchón de la cama, tirado en un rincón, con los muelles y la espuma asomando. El inodoro descansaba de costado en el suelo, hecho pedazos, y el agua de la tubería rota inundaba casi todo el suelo. Plumas de la almohada volaban por todas partes. Y en el centro, sentado en el suelo con las piernas abiertas y extendidas, estaba él.

Me acerqué con cautela, y después me arrodillé para quedar a su altura.

Su rostro esbozaba una sonrisa histérica, desencajada, y miraba a la nada temblando descontroladamente, abrazándose a si mismo. Era una imagen terrible, que habría aterrorizado a cualquiera, como seguro que había hecho con los médicos que esperaban en el corredor, pero en mi suscitó compasión, y ternura. Su imagen era la de un niño perdido, sumido en su propio descontrol.

-J…-susurré, con suavidad. Acostumbraba a llamarle así, ya que su nombre criminal me parecía algo inapropiado si trataba de ayudarle.

Alcé la mano, indecisa, y la puse sobre su hombro.

Me miró sin verme, respirando entrecortadamente, en éxtasis. Amaba el caos, me lo había dicho innumerables veces. Lo añoraba, y necesitaba revivir algo parecido por un momento. Sé que era eso. Una sombra cruzó mi rostro al darme cuenta del peligro que yo misma corría.

Al darse cuenta de mi presencia, su sonrisa se hizo más amplia.

-Harl…-musitó.

No PARECÍA peligroso. Me mordí el labio, y le abracé. Fue un impulso irresistible, y me di cuenta de que TENÍA que protegerle de si mismo, porque él no podía. Los demás no dejaban de hablar de él como si fuera un animal repulsivo, a la hora de comer se sentaban a mi lado y me preguntaban con curiosidad y malicia qué tal con 'la cosa' y motes parecidos y, aunque al principio intenté ignorarlo, a lo largo de las semanas me había ido dando cuenta de que ellos eran los verdaderos monstruos, tratando así a alguien que, excepto en momentos como este, era brillante. Enterré la cara en su hombro, y sentí ganas de llorar. Le sentí dudar, y devolverme el abrazo finalmente. Al cabo de un rato, cuando dejó de temblar, me separé de él para poder mirarle a los ojos. El éxtasis desaparecía despacio.

Le aparté el pelo de la cara, sonriendo con tristeza.

-¿Por qué lo has hecho? –ya sabía la respuesta.

Pareció meditarlo, frunció el ceño, y repitió su ya tan familiar tick, respirando profundamente.

Y me besó.

Se acercó a mi rostro despacio, como si fuese a susurrarme algo al oído, y en vez de eso desplazó su boca hacia la mía con rapidez, y me besó. Fue algo muy breve, y suave, pero le devolví el beso, y eso bastó para descubrir mis cartas. Unas cartas que ni siquiera yo conocía.

Nos separamos, y me miró sonriendo, y en sus ojos había un destello de orgullo, como quien confirma una teoría. Y después, el caos volvió. Yo tenía miedo por primera vez. Miedo de él, de lo que había pretendido al hacer aquello. Pero por encima de todo, tenía miedo de MÍ.

Me incorporé de un salto, y me dirigí corriendo hacia la puerta, aporreándola y saliendo a toda prisa cuando me abrieron, sin mirar atrás. Keane y compañía me miraron sin comprender.

A la mañana siguiente presenté mi dimisión.


Aviso de que este fic contiene cosas que pueden no tener ni pies ni cabeza ni continuidad ni cábida en la historia pero, tsk, ya ves tú. (lol)