Capitulo 2: Huellas del pasado filtrándose en el presente
Leonor salió hacia Cabo Sunión, después de un día más de trabajo. Últimamente se sentía algo inquieta... el encuentro con Kanon el mes pasado había hecho estragos en la tranquilidad de su alma. Al menos nadie lo había notado; excepto tal vez Su Excelencia, el día en que estuvo a punto de llamarlo por el nombre de su vida pasada: Azael.
En Cabo Sunión, ella encontraba la calma; al contrario del resto de las personas, que veían ese lugar como algo amenazador. Nadie querría ir a parar allí, pues la celda marina tenía muy mala reputación... pero a la alta estratega no le disgustaba. La vista del mar azul, más el sonido de las olas chocando contra las rocas, era algo de lo que no podía prescindir en este momento.
A la distancia, un caballero de larga melena azul vagaba por los boscosos acantilados de Cabo Sunión. Parecía distraído, contemplando el vaivén de las olas; sus ojos eran pozos de tristeza y frustración que buscaban el horizonte. La brisa marina, empeñada en hacer bailar su cabellera, le otorgaba un aire melancólico... y al mismo tiempo, inescrutable. Las razones que abatían su espíritu estaban fuera del entendimiento del observador externo; sabía que sólo Atenea podía comprenderlo, y eso le provocaba una profunda soledad.
Leonor volteó en dirección a Kanon, y de pronto, las memorias de su vida pasada se entremezclaron con el presente. Sabía que esto era causado por la presencia del caballero; de pronto volvía a sentirse como la dura mujer de antaño. Y cuando lo vio avanzar hacia ella, los recuerdos se intensificaron.
Él, por su parte, había decidido acercarse a aquella desconocida en cuanto descubrió su presencia en la orilla. Le extrañaba sobremanera encontrar a una mujer por esos parajes, sola y al parecer ignorante de los peligros de la zona; sentía que su deber de caballero era persuadirla de alejarse, pues ese sector, tan cerca de la celda, no era seguro para ella.
Leonor volteó a verlo con calma. Presentía la preocupación de Kanon, pero no quería marcharse... además, eso no impedía que su recelo volviese a influir en la manera en que miraba a este hombre. "Parece haber cambiado, pero aún no siento que pueda confiarme de él... Por otro lado, Eleazar me habría coqueteado de inmediato... ¿por qué no lo hace?"
- Le sugiero que haga abandono de este sitio, señorita. Es peligroso para usted.
Sus ojos eran amables, pero aún mostraban rastros de melancolía. A diferencia de su gemelo, muy diestro en ocultar lo que sucedía en su interior, él era frecuentemente traicionado por su mirada.
- Se le nota triste. ¿Qué ha pasado, Eleazar? Oh... creo que su nombre es Kanon. Discúlpeme, a veces lo olvido.
¿O esta vez no había sido un olvido? Ella sonrió misteriosamente. Ya reconsideraba su decisión de quedarse; quizás era aún muy pronto para otro encuentro... pero de pronto, tuvo una visión. Una relacionada con la celda que se encontraba en las cercanías.
Kanon la miró algo extrañado, pues no estaba acostumbrado a que lo confundieran con otro que no fuese su gemelo; pero no tuvo tiempo de pensar en ello. Cuando instintivamente buscó qué había captado el interés de la mujer, sus ojos tropezaron con la celda... una de las pocas cosas que provocaban estremecimientos en el caballero. Así, desvió la mirada de ese lugar, y agregó:
- ... Lo importante es que usted no corra riesgos.
Pero su mente atormentada estaba lejos de funcionar con la calma que pretendía mostrar hacia los demás. "Esta mujer... ¿me pregunta por mi sentir? ¿Desde cuándo soy tan obvio? Ha de ser eso, porque ¿quién mostraría alguna clase de preocupación sincera por mí? Después de todo, me he vuelto un hombre extraño... y soy un traidor."
Leonor también estaba absorta en sus propios pensamientos. Una escena de 1247 le venía a la memoria...
En aquel entonces ella era Alcyone de Tauro, un hueso duro de roer. En una tarde templada, un general emergía de las aguas; su armadura lo hacía verse imponente, y observaba el santuario ateniense con una expresión tan serena como astuta. Ya muchas veces antes había realizado la misión que lo traía a Cabo Sunión, y el objetivo siempre era el mismo: Alcyone. La verdad es que la determinación y fuerza de voluntad de la amazona, combinadas con su fuerte carácter, resultaban inconcientemente atractivas para el general; muchas veces había querido ver su rostro, pero las leyes del Santuario de Atenea eran claras y él lo sabía. Ella, por su parte, nunca comprendió del todo por qué alguien le coquetearía; incluso, y con tal de que la dejase en paz, solía sentirse tentada a descubrir su cara para mostrar la profunda cicatriz que cruzaba todo su lado izquierdo.
Alcyone acababa de llegar al Santuario, después de haber impedido que algunos espectros matasen a Kyosuke de Pegaso.
- Este muchacho no aprende -mascullaba la amazona-. Primero con Bóreas y luego con estos espectros... creo que cuando se me pase el enojo tendré que aplicarle un...
Se detuvo. Ante ella, aparecía una persona que no estaba segura de querer ver: Eleazar del Dragón Marino, General de Poseidón. Con un bufido de frustración, su primer impulso fue el de alejarse de ese hombre... ¿Acaso no entendía las indirectas que le enviaba? Era como para dudar seriamente de sus facultades mentales.
- Se te ve agotada, Alcyone... ¿Acaso los espectros te causaron muchos problemas? -La pregunta estaba cargada de ironía; pero la ocultaba bastante bien, sin demostrarla ni en su tono ni en su mirada.
- No me vengas con cuentos chinos, Eleazar. ¡Esos tipos son tus aliados! -dijo, irritada. ¿Qué se creía? ¿Qué era una estúpida?- Si me disculpas, deseo retirarme a mi templo.
Antes de que pudiera alejarse, Eleazar le había tomado de la mano. Cada vez que tenían algún contacto físico, él sentía una sensación electrizante; y no le desagradaba. Más bien, todo lo contrario...
- No son mis aliados -dijo mientras la jalaba hacia sí mismo, a pesar de la resistencia que ella oponía-, y bien podría ayudarte si me dejaras...
- Tú no ayudas ni a tus propios compañeros, ¿por qué diablos lo harías conmigo? -La capitana de los dorados alzó una ceja dentro de su máscara. Y luego de un ligero pero decidor cambio en su cosmos, lograba zafarse del General.
La boca del hombre se torció en una sonrisa; al parecer, le resultaba divertido. Pero cuando habló, su tono era serio. Y esta vez no reprimió la ironía.
- Qué, ¿estuviste espiándome otra vez?
- Sí, porque a diferencia tuya, coquetear para obtener información no es lo mío -su tono era serio y duro, como siempre-. ¿¡Acaso no puedes ver que soy un maldito fenómeno!?
Para ella era inconcebible pensar que alguien tan guapo la considerara atractiva. Y más inconcebible todavía era comenzar a pensar que él era guapo... eso no estaba nada bien.
Eleazar la miró seriamente; su sonrisa se borró de inmediato. Conocía bien a esta mujer, y reconocía que era muy atractiva; no sólo por su presencia, sino más aún por sus cualidades y actitudes como guerrera. Le exasperaba que ella fuese tan incrédula acerca de su propia belleza natural... ¿es que acaso no tenía conciencia de sí misma? Dejándose llevar, comenzó a acercarse peligrosamente a ella, mientras traducía sus pensamientos en palabras:
- Tonta mujer... no aprecias la bendición de los dioses. -Su tono era profundo y serio. Aún estando exasperado, sabía mantener la calma.
- ¿Bendición de los dioses? ¿Y tú que sabes de bendiciones, Eleazar? Ahora, si me disculpas, me retiro a mi templo. Y haznos un gran favor a ambos: deja de coquetearme.
Pero de nuevo, no fue a ninguna parte. Antes de poder darse cuenta, el hombre la había envuelto en sus brazos, preocupado por algo que ella misma había pasado por alto. "Alcyone...", pensó para sí mismo.
- Quédate quieta -dijo, ante la fuerte resistencia que ella oponía al abrazo.
La áspera mano del general marino se posó con diligencia y delicadeza entre el cuello y la espalda de la amazona; su cosmos comenzó a infiltrar un corte medianamente profundo, del que emanaba bastante sangre. Mientras curaba a la amazona dorada, usó su mano libre para apartar esa sedosa cabellera que dificultaba el proceso. Su aroma era tan agradable...
No pudo evitar sentir lo cálido que era tenerla así, aún con la constante resistencia que oponía... terquedad que de seguro obedecía a que ella le odiaba. Y estaba en todo su derecho; mal que mal, eran enemigos... Pero luego, notó los frenéticos latidos del corazón de la chica. Esto le causó gracia, y adornó su bello rostro con una coqueta sonrisa.
- ¡Suéltame! -definitivamente Alcyone no iba a quedarse quieta. Ya se le estaba haciendo costumbre tener discusiones mentales consigo misma; pero decidió que el deber estaba primero, y que debía atender el motivo de la visita del general. Así que en seguida dijo:- ¿Qué caramba puedo yo ofrecerte?
- Que ya no te menosprecies a ti misma -expresó él suavemente mientras la dejaba ir, satisfecho de que, al menos, había cerrado su herida. En su lugar sólo quedaba una pequeña cicatriz.
- ¡Eres demasiado insistente! Y francamente no puedo comprender los motivos. ¿¡En qué idioma debo hablar para que entiendas que no quiero nada contigo!? -Y era verdad, no podía entenderlo. Incluso estuvo tentada a quitarse la máscara, después de casi dieciocho años... pero, ¿qué ganaría?
Nada.
- No eres ningún fenómeno; todo lo contrario. Eres una mujer especial y hermosa.
Alcyone estaba cada vez más sorprendida. Cuando fue investida con los ropajes dorados, había decidido no dejar de lado su tradición amazona; aún llevaba una máscara de plata, aunque adornada con aplicaciones doradas. En este momento, daba gracias por su decisión... su expresión era de confusión total. Y el hecho de que él le sostuviera la mirada a través de la mascara no era precisamente de ayuda.
- Ni siquiera has visto nunca mi rostro. Quizás si te lo mostrara se te quitarían todas esas locas ideas de tratar de conquistarme.
Para el general era difícil mantenerse centrado en su misión. La terquedad de la mujer lo exasperaba; no comprendía el porqué de esos comentarios, aunque intuía que se relacionaban con su inconforme y adolorida autoestima. ¿Cómo es que se trataba a sí misma de esa manera? ¡Ni siquiera las nereidas se torturaban así! "Por Zeus" -pensaba-, "qué complicado es entender la mente y el corazón de una mujer..."
- Ahora sí... ¿puedo irme a mi templo? -Formuló la pregunta con una inusitada suavidad; era extraño escucharla hablar en ese tono.
- No necesito que me muestres tu rostro para saber si eres o no hermosa... -El cambio de actitud había relajado un poco el ambiente; aún así, la mirada del general continuaba llena de frustración. Finalmente decidió regresar al mar, no sin antes dejar en claro lo que pensaba:
- Vete. Pero no sin saber que la belleza interna es lo más valioso para un ser humano. Muy por sobre lo físico.
No era todo lo que pensaba, claro. Durante su viaje de regreso, otros pensamientos se arremolinaron en su mente.
"¡Mujer! ¡Cómo me exasperas y perturbas! Esta misión para obtener información fue un fracaso... sólo ruego no haber fracasado en hacerle entender lo más importante. Demonios... soy un estúpido. ¿Quien me manda a meterme en asuntos de mujeres? ¡Hmmf!"
Pero más tarde, luego de haber terminado su informe frente a la corte de Poseidón, una sutil tristeza invadió su mirada.
Alcyone también experimentaba sentimientos encontrados. ¿Eran ideas suyas, o Eleazar se había entristecido al tener que dejarla? Supuso que tendría que hacer un poco de espacio en su diario para un asunto personal... algo que no hacía muy a menudo, pues lo consideraba un diario de estrategias y batallas.
