Disclaimer: Los personajes pertenecen a la fabulosa JK Rowling.
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"Constante adoro a quien mi amor maltrata; maltrato a quien mi amor busca constante."
Sor Juana Inés de la Cruz
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Aberration of Starlight.
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CAPÍTULO I
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Cuatro años.
El viento se sentía igual de frío que siempre, la aberración inconfundible del silencio no permitía que las ideas fueran liberadas de su escondite; la piel se congelaba al igual que las sensaciones, y con ello los síntomas prematuros al deshielo.
Draco Malfoy, se encontraba de rodillas, con las manos temblorosas y ensangrentadas. Dolía, dolía como mil agujas debajo de una uña. Un dolor perecedero, mas no mortal. A lo lejos, una chica de grandes ojos azul tormenta, lo miraba con detenimiento. Él sabía de su presencia, podía adivinarla en la lejanía, pese a que no articulaba palabra alguna, ni siquiera un ligero bisbiseo.
Malfoy sonrió con la sinceridad impregnada en la comisura de sus labios pálidos, era una sonrisa hermosa, tranquilizadora. No quería que ella malinterpretara la situación. Matar era condenadamente asqueante, pero era un sacrificio al que estaba dispuesto; no necesitaba que ella sintiera que debía protegerlo o preocuparse por él. No le daría esa carga.
El rubio enterró las manos en la nieve, queriendo desvanecer el olor a hierro, el olor a muerte… No lo logró del todo, pero tenía que conformarse con eso, debía ponerse en pie. Los pasos quedos de la chica que lo acompañaba, lo hicieron sentir un ligero calor en la nuca y mejillas. Un calor inconfundible que lo rodeaba cada que ella se encontraba cerca. El dulce y exclusivo calor del hogar.
Se levantó con la elegancia que lo caracterizaba, sin detenerse a remover la blanquecina y húmeda nieve que envolvía su túnica negra. Se sentía bien el frío, casi siempre lo hacía sentirse cuerdo, vivo…
— ¿Nos vamos?
La voz de la chica era tenue pero profunda. Era la voz de alguien a quién admirar, alguien a quien seguir, alguien a quien serle fiel. La voz de una sobreviviente.
— No puedes volver allí.
Malfoy sabía, que después de lo sucedido tendrían que separarse. A estas alturas, El Señor Tenebroso la consideraba muerta y él no pensaba aclarar ese asunto.
— No tengo miedo, Draco. — le aseguró la muchacha al rubio, mientras tomaba una de sus manos y la envolvía entre las suyas para darle calor. Él dejó escapar una media sonrisa ante su tacto inesperado, pero enseguida recuperó la compostura.
— No hace falta esperar a que tengas miedo. No volverás allí.
La orden del mortífago fue rotunda. Resultaría una pérdida de tiempo discutir con él. La chica de cabello negro sonrió, sus labios estaban rojos y su piel más pálida que de costumbre, ya fuera por la falta de sueño o por la falta de comida. Hacía apenas dos horas que podía llamarse a sí misma una mujer libre. Desde que la guerra había iniciado, ella había servido como concubina de los seguidores de Lord Voldemort: su propio padre la había entregado y también, había tomado lo que ella en ése momento, hace mucho tiempo ya, había considerado valioso. Sin embargo, ahora, todo eso era tan lejano, que ya no se reconocía entre sus recuerdos.
Draco, no sabía nada de aquélla verdad mortífera, esa había sido la única condición de la chica para ser dócil a la hora de los encuentros. Por lo menos, todo lo dócil que podía.
— ¿Confías en mí? — el rubio hizo la pregunta de repente, antes de perderse en el hermoso rostro de la muchacha. Ella era todo lo que había amado desde que era un niño, y durante la guerra, ese cariño se había ido intensificando hasta convertirse en algo innombrable. Algo que ninguna palabra sería capaz de describir. Lo que Draco Malfoy sentía por ella, iba más allá de su entendimiento, pero como todo en esta vida: era algo imposible. Ella no lo quería, ella no quería a nadie. Su vida, su infancia, su juventud, su todo; había sido tan mancillada, que no tenía afecto que dar, mas que algunos atisbos de bondad de vez en cuando. No era malvada de ningún modo, pero su corazón estaba ya tan corrompido por la maldad de otros, que no le quedaba mas que instinto de supervivencia.
—Siempre estoy a tú lado. Indirecta o directamente. ¿No es eso suficiente? ¿Debo de confiar todavía más? — le interrogó ella, con un tono de reproche al final.
El frío era cada vez más intenso, y aunque ella no se quejaba, un ligero temblor se adivinaba en sus delgados hombros cubiertos por la fina capa de algodón que llevaba puesta.
— El lugar al que te llevaré no te gustará. Pero necesito que te quedes allí, hasta que sea prudente.
No quería que su pedido se transformara en una súplica, pero eso es lo que había sido.
— ¿Alguna vez te he dado problemas?
Una de sus cejas se elevó en un gesto recriminatorio. Y él negó con la cabeza, un tanto avergonzado. Nunca le había dado un solo problema, ella era inteligente y astuta. Siempre lo escuchaba y entendía. Seguía sus indicaciones y se convertía en un torbellino cuando no estaba de acuerdo con él, tratando de imponer sus ideas, casi siempre con éxito. Sin embargo, ella tenía razón, la había tenido en cada una de esas veces y la tenía ahora. Él no tenía por qué temer. Ella era confiable, leal. Sobre todo leal... Un chispazo proveniente del pasado le arrebató una mueca; el rostro de cierta chica de ojos chocolate y cabello desastroso le llenó el pecho de dolor. Un pesar liviano y etéreo. Por suerte, la inclinación que había sentido hacía ésa traidora nunca había llegado a concretarse. El vínculo nunca se formó, pero aún así, en los días calurosos, le resultaba difícil respirar o parpadear sin que sus ojos se volvieran acuosos.
Malfoy miró a su alrededor, comprobando que nadie estuviera husmeando, olvidándose con ese gesto del lamentable recuerdo de la castaña, que en los momentos más inesperados, acudía a su memoria para burlarse de él todavía más.
— No te sueltes de mi mano. — le dijo el mago en un susurro a la pelinegra, tras sujetarla con cautela y enseguida, desaparecieran en un chasquido.
La bruma no menguaba. Ambos tenían los ojos muy abiertos, pero nada podía verse a su alrededor. La muchacha iba con la cabeza gacha y con la capa cubriéndole la cabeza. Las calles estaban desoladas y únicamente el sonido de sus pasos al hundirse en la espesa nieve, retumbaba en sus oídos. Caminaron en silencio, cada uno pensando en lo que dejaban atrás, o en lo que se enfrentarían a continuación. Pero sólo uno de ellos era el que estaba dejando la vida, literalmente a merced de los otros.
Cuando llegaron a su destino, Draco le entregó un pequeño pergamino a la chica, quien lo leyó sin emitir sonido alguno. Y en un momento que se hizo eterno, estaban frente al Número 12 de Grimmauld Place. El mortífago no podía verle la cara a la pelinegra, pero sintió su tensión en su mano, que todavía se encontraba aferrada a la de él. No obstante, caminó valientemente y con la frente en alto en cuanto se adentraron en el Cuartel de la Orden.
La chica se descubrió la cabeza y se acomodó la capa en un rápido movimiento refinado. Caminaron juntos hasta el comedor, en donde, al cruzar la puerta, la cara de estupefacción que los recibió, por poco y logró que Draco se arrepintiera de haberla llevado allí.
— ¿Qué haces aquí, Malfoy? ¿Cómo te atreviste a traer a ésa aquí?
La voz de Ronald Weasley repiqueteó en el cerebro del rubio. Siempre hacía una escena cuando él acudía a llevarles información. Así que, con el tiempo, consiguió ignorarlo, a tal grado, que ni siquiera lo miraba o hacía un gesto de disgusto, aunque supiera que el pelirrojo se encontraba allí.
— Necesito que ella se quede aquí. Y no le estoy pidiendo permiso a nadie. Soy tan miembro de la Orden como ustedes o quizá más.
Ginebra Weasley, quien todavía tenía la boca abierta, asintió sin saber por qué, dándole la razón al mortífago.
— ¿En dónde están los demás? ¿En dónde está, Potter?
Draco se llevó los dedos al cabello, echándolo hacia atrás, alejando los rebeldes mechones de cabello que caían con gracia sobre su frente.
— En una misión. ¿No sabías que los mortífagos atacaron un vecindario Muggle, acaso? ¡Es una masacre! ¡Es tu deber informarnos…
— Lo siento, Granger. Pero no puedo darles la ubicación de cada jodido ataque. ¿Sería demasiado obvio no crees? ¡Ya sé que mi vida te importa una mierda, pero al menos deberías pensar en lo valiosa que te resulta! ¡A ti y a todos los demás!
Siempre era lo mismo. Las peleas con Granger empezaban desde que Draco cruzaba la puerta de la Mansión Black, y no terminaban hasta que volvía con información nueva, para continuar con los reclamos y los gritos. Todos sabían de su enemistad, pero nadie comprendía cómo era que con el pasar de los años, su relación no hacía más que empeorar.
Ginny Weasley, solía mirarlos con perspicacia cada vez. Como si supiera que algo se le escapaba de las manos, un detalle importante. Pero Hermione, nunca quiso soltar ningún tipo de información, ni siquiera había logrado que por accidente, se le escapara un detalle, por pequeño que fuera. Sin en cambio, todo lo relacionado al rubio, le resultaba repelente. La castaña podía pasarse días enteros quejándose de lo idiota que le resultaba Malfoy, y a Ginny, no le quedaba más que escuchar sus divagaciones.
— ¡Ella no se quedará! ¡No puede quedarse!
Impuso Hermione, con voz dura. Señalando a la chica que miraba la escena con cansancio. Draco, observó los ojos azules de la muchacha que repentinamente se soltó de su agarre.
— Vámonos, Draco. Confío en ti, pero ellos no lo hacen. Y lo último que necesitas, es un drama más con el qué cargar. Estaré bien. Puedo cuidar de mi misma.
Su voz era más un quejido, el agotamiento la estaba consumiendo. Aparecerse siempre le quitaba energía.
— ¿Cómo te atreves a hablar así de nosotros? ¡Maldita! ¡Solamente porque ya no eres la perra de los mortífagos, piensas que puedes venir aquí a…
Ron no pudo terminar su frase. Pansy Parkinson, le había dado un puñetazo en plena cara y después, se había desvanecido. La mayoría había escuchado los rumores, todos decían que a Pansy le gustaba entregarse a cada mortífago, mientras más alto fuera su rango, mejor. Nada más alejado de la realidad.
Draco avanzó hacia ella, impidiendo su caída. La tomó entre sus brazos y la levantó como si de una hoja de otoño se tratara. La chica había perdido, por lo menos, veinte kilogramos.
— Puedes llevarla a mi habitación, Malfoy. En el segundo piso, la segunda a la derecha.
El murmullo de Ginny, cortó la tensión y Draco asintió agradecido y desapareció. Nadie se movió de su sitio, hasta que el quedo sonido de las botas del mortífago les advirtió de su retorno. El joven colocó las palmas en la mesa del comedor, reflejando el cansancio y las manchas de la sangre seca en sus manos. Ron gimió por debajo al percatarse.
— Malfoy, sígueme.
La voz rota de Hermione, lo hizo levantar la vista, pero no hacia ella, sino, hacia un lugar más allá, en el fondo. En donde las provisiones de la semana se encontraban desperdigadas, pues nadie se había tomado la tarea de acomodarlas en la alacena.
— Por favor, Malfoy.
Intentó de nuevo la castaña.
— ¡Hermione, no voy a permitir que vayas con él!
Ron se apresuró a tomarla por la cintura. La chica se tensó y se zafó rápidamente de su agarre.
— ¡Ya basta Ron! — le gritó ella, conteniendo las lágrimas. El pelirrojo, al no saber lo que sucedía, se quedó en silencio sin saber qué hacer. Malfoy se incorporó, y se colocó detrás de la castaña, dispuesto a seguirla. Ella lo miró, pero como él no la miraba, suspiró y se encaminó a las escaleras, asegurándose a cada segundo, de que el rubio todavía continuaba detrás de ella.
Cada escalón, resultaba para Malfoy como el camino hacia el infierno, su inmenso infierno personal. Había evitado cuatro años lo que estaba a punto de suceder, pero tenía que hacerlo. Lo haría por Pansy.
Suspiró, rendido.
En cuanto el aroma a canela se precipitó contra su rostro, estuvo por retroceder, por salir de ahí, pero no lo haría. Bien sabía que no lo haría. Trato de no observar la habitación; reparar en los detalles lo dañaría, como lo había hecho en el pasado.
La chica cerró la puerta luego de que él entró, y después se colocó en su campo de visión, anhelando que él la observara, pero en vez de eso; Draco miraba directo hacía su hombro, hacia el vacío, como siempre hacia cuando ella estaba cerca.
— ¿Qué quieres, Granger? Tengo que volver pronto.
— No hablaré contigo si no me miras.
Le dijo ella, eliminando los rastros de las lágrimas con su suéter de lana.
— ¡Grandioso! Me hubieras ahorrado todo esto. ¡Me largo!
Malfoy se dio la vuelta y tomó el pomo de la puerta con brusquedad, pero la bruja, se echó hacia el frente, rodeando su espalda con los brazos, pegando su cuerpo al de él para detenerlo.
— Espera…
Sentía la rigidez en sus brazos, la frescura de sus ropas, la dureza de los músculos y la lejanía. Sobre todo la lejanía. Podía ser que Malfoy se encontrara allí, a su lado; podía verlo, podía ver su cabellera rubia, su piel nívea, sus ojos preciosos, pero aún así, él no estaba ahí, no estaba allí con ella. Y quizá nunca lo volvería a estar.
—¡Suéltame! ¡Suéltame!
Vociferó él. No queriendo ni tocarla para eliminar su cercanía. Ella se asustó ante su suplica vehemente y se alejó de inmediato. El rubio se encogió, y vomitó en la alfombra en un estruendo nada agraciado, sosteniendo su estómago con ambas manos, intentando con eso contener las arcadas. Las lágrimas lo cegaban y el olor nauseabundo comenzó a invadirlo. Al menos el aroma a canela había menguado.
— Malfoy, lo siento. — sollozó la chica una y otra vez mientras él luchaba por recomponerse.
Draco, lanzó un rápido hechizo de limpieza al suelo y hacía sí mismo. Lucía patético, pero eso no importaba, no en ése instante. Era hora de partir. Había resultado peor de lo que hubiera imaginado.
— En verdad lo siento.
El muchacho negó con la cabeza. No quería escucharla, pero ella no paraba. Lo decía sin pensar, entretanto sus lamentos intensificaban. Entonces, se dio media vuelta y la miró. El rostro, era casi como la imagen que lo perseguía constantemente entre sus pesadillas, pero las facciones no lo eran. Sus mejillas estaban rojas por las lágrimas y la piel, la piel se veía tersa, suave, saludable… Reparó en los labios, tan rojos como los recordaba y los ojos, de un tono chocolate puro que antes lo hubiera hecho enloquecer.
— ¿Qué es lo que sientes?
— Todo. Haberte dejado, haber sido cobarde. — se limpió las lagrimas, dándole cabida a una tanda más — Todo, lo siento por todo.
Le dijo ella, al tiempo en que daba un paso hacia él, pero al ver que él retrocedió, se quedó congelada en su lugar como si estuviera pegada al suelo, temblando violentamente a causa del llanto.
— ¿Sigues con él? — Malfoy no había podido contener su curiosidad. Ya que estaba allí, la pregunta era inevitable. En todas sus visitas, ni una sola vez los había visto compartir una caricia, pero más bien, él se imaginaba que ella lo hacía para no incomodarlo.
La castaña asintió con pesar. Él ya se lo imaginaba, pero igual había dolido. La conversación era absurda.
— ¿Eres feliz?
Esa era la pregunta a la que tanto miedo él le tenía. Pues no había una respuesta para ella, al menos no una correcta.
— ¿Parezco feliz, Malfoy?
Él entrecerró los ojos. Después de todo, ella no era feliz. Se hubiera sentido miserable si lo fuera, pero después de considerarlo, quizá, habría valido la pena, al menos para ella, pero así… Todo era una jodida mierda.
— Pues yo lo he sido. No siempre, pero algunos días, lo he sido.
Murmuró él, en un reconocimiento que no se esperaba. Era cierto que había días duros. Días enteros en los que era torturado, días en los que debía torturar o matar, y días en que tenía que ver como los otros mortífagos se divertían lanzando la maldición Cruciatus a los Muggles hasta hacerlos perder la cordura. A pesar de todo eso, no era tan miserable.
— ¿Es ella la causa de tu felicidad? ¿Pansy Parkinson?
La castaña pronunció el nombre con menosprecio y asco. Draco apretó los labios, conteniéndose.
— Lo ha sido, en ocasiones.
— ¿Quieres decir que hay otras?
— Las hay, Granger, pero no hablaba de eso. Pansy me ha hecho feliz, cuando sonríe, especialmente cuando sonríe.
La confesión del chico y la sonrisa que le prosiguió descolocó a la chica, que ahora, se cruzaba de brazos, mordiendo su labio inferior para no gritar de la desesperación.
— ¿Están juntos entonces?
Él negó. La bruja vio la decepción en aquellos ojos grises y sintió que el mundo ardía. Lo había perdido.
— ¿Eso es todo? Te dije que tengo que irme.
— La sangre… La sangre de tus manos…
— No sé de quién es. Y si lo supiera, no te lo diría. Lo que yo haga, no te incumbe…
La puerta se abrió de sopetón, sacando a Hermione de sus casillas.
— ¿Qué haces tú en mi habitación? — hubiese querido gritar, pero Ron y Ginny estaban en la casa, y no podía darse el lujo de armar un escándalo. Nadie estaba al tanto de lo que ella sentía por Malfoy y no arriesgaría su relación ni sus amistades por él, ni antes estuvo dispuesta ni ahora lo estaba. Por más que le costara admitirlo.
Pansy la ignoró y se apresuró a tomar la mano del rubio y tirar de ella. Draco se dispuso a seguirla de inmediato. No tenía razones por las cuales quedarse o mirar atrás.
La chica lo arrastró escaleras abajo, justo en el comedor en donde se había desatado la discusión a su llegada. Pasaban con rapidez, ignorando a las personas de los cuadros que se asombraban al ver de nuevo a un Malfoy en la casa Black.
— No tienes que preocuparte por mi, Draco. Me quedaré. — Pansy sonrió encogiéndose de hombros — Sabes… Ginebra no parece tan idiota como los otros dos.
Bromeó, buscando relajar a Malfoy. Ella sabía todo el daño que Hermione había ocasionado en él y por supuesto que no lo dejaría pasar. Odiaba a la castaña tanto como a su padre.
Se apresuró a sentar al rubio en una de las sillas del comedor, la madera crujió en un sonido seco cuando éste se acomodó. Pansy sacó su varita de la capa y apareció un bonito cuenco de mármol. Se acercó al fregadero que se hallaba junto a la alacena y lo llenó con agua, para después arrodillarse frente al rubio, guardando de nuevo su varita en el bolsillo. Por fin tenía de nuevo una varita en las manos, no era la suya, pero funcionaba bien.
Subió la capa para descubrir su roída falda blanca y le arrancó un pedazo con facilidad. Hundió la tela en el agua, tomó con delicadeza una de las manos de Malfoy y comenzó a limpiarla. Draco cerró los ojos y descansó la espalda en el respaldo de la silla. Pansy no solía acercarse demasiado a él ni a nadie, mucho menos de ése modo, y por eso, decidió estar lo más quieto posible. Sentía como sus dedos bailoteaban entre la piel, sentía como eliminaban la sangre seca, como tallaban y removían. Cuando terminó, la pelinegra sostuvo sus manos con fuerza entre las de ella y con lentitud premonitoria, llevó sus labios a ellas, apenas rozándolas.
Draco abrió los ojos de par en par. La chica, lo miraba con naturalidad, como si nada hubiera pasado, y después se levantó.
— Vuelve pronto.
Le dijo, en medio de una sonrisa, saliendo del comedor, desapareciendo detrás de la puerta con todo y cuenco.
El joven mortífago se miró las palmas. Estaban limpias, pulcras, blancas, pálidas, rosáceas por la leve fuerza empleada en ellas para desaparecer todo rastro de sangre. Sangre que la magia nunca eliminaba del todo.
Se puso de pie cuan alto era, se acomodó la capa y se marchó. Dejando a una Hermione estupefacta por la escena, y con el cuenco lleno de agua mezclada con sangre, que Pansy Parkinson había depositado en sus manos, antes de subir las escaleras tarareando una canción de cuna.
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Recomendación Musical: Hurts Like Hell - Fleurie
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He andado desaparecida, lo sé. Recientemente sufrí una perdida y se me quitaron las ganas, no sólo de escribir, si no de todas las actividades que me solían gustar. Conforme ha pasado el tiempo, he intentado volver a retomarlas, así que les pido paciencia. Es difícil para algunos, reponernos de una que otra cosa, pero lo único que nos queda es seguir. No abandonaré ninguna historia, y para diciembre estaré haciendo un pequeño regalo, así que a estar pendientes.
Espero que disfruten de esta historia, va a ser un poco oscura, así que si son sensibles, por favor deténganse aquí, que aún están a tiempo. Conforme pasen los capítulos iremos descubriendo todo lo sucedido. Muchas gracias por leer.
Les agradezco enormemente por sus reviews.
¡Ah! Les recomiendo mucho escuchar la canción, la repetí una y otra vez mientras escribía.
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