Para Hanji, mi Hanji

para que recuerdes

que lo he jurado,

por encima de las nubes subiré

entre las estrellas de Dios

para recuperar tu corazón

y ser tu ángel resplandeciente.

II

Invocación

Duermo en un acorde mágico… y despierto al oírlo tocar… soy la esencia de la humanidad…

Si alguien hubiera visto el ritual celebrado aquella noche, sobre aquella lapida de piedra, en la oscuridad y silencio de aquel abandonado cementerio, habría requerido de toda su valía y temple para poder tomar su teléfono móvil y llamar a una ambulancia, un policía o un sacerdote. Talvez a los tres.

Nadie le dijo a Hanji que música tocar, con qué instrumentos ni a qué hora. Ningún libro le sugirió el lugar perfecto ni las palabras adecuadas, ninguna bruja le hablo de brebajes ni de sacrificios a una gibosa luna.

Represento la promiscuidad… de las almas que enferman de paz…

Lo siguiente que ella pudo recordar es que se encontraba desnuda y cubierta de una extraña y espesa sustancia negra parecida al alquitrán. Le dolía todo el cuerpo y se encontraba recostada sobre una ancha y destrozada loza en que alguien había dibujado varios círculos concéntricos, fórmulas matemáticas, escrituras en hebreo y trazos geométricos, primero en tiza, luego en aquella pegajosa cosa negra. ¿Había sangre en algún punto intermedio?

La luz de la luna apenas si se filtraba entre las apretujadas nubes y la brisa de la noche peinaba el cementerio arrancándole gritos y gemidos a árboles, gatos y otros seres que pretendían involuntariamente ser las almas de los condenados al infierno.

Era un escenario aterrador, desconcertante. Hanji se sostuvo la cabeza con una mano mientras rebuscaba con la otra sus anteojos. Era inútil, no los encontraría jamás en la negrura de aquel camposanto. Su suave piel rozaba en contra de la piedra áspera y pronto el frio comenzó a calarle hasta los huesos cuando, antes de poder preguntarse cómo había llegado ahí, un miedo inexplicable le llenó el corazón con la potencia de un geiser estallando.

No era un miedo a lo ajeno, a lo extraño y exterior. Era un miedo instintivo, programado, natural a la condición humana de quien inconscientemente se sabe polvo, indefenso ante poderes que no puede ni pretende entender.

El problema de Hanji, no era que estaba sola en el cementerio, sino que de hecho, había alguien más ahí con ella.

Me presento, soy la libertad de tu cuerpo y no cobro con fe…

Frente a ella, sentado en actitud desenfadada sobre un alta lapida había algo que era idéntico a un varón joven. Debía apenas estar entrado en sus treintas, su ropa asombrosamente sencilla pero elegante lucía casi sobrenaturalmente limpia. Los zapatos relucientes de charol, el cabello impecablemente peinado, un poco largo de arriba, bien recortado de atrás.

Solo verlo era extraño. ¿Qué haría aquí? ¿A esta hora, en este lugar? Pero aquellas burdas e insípidas fantasías de cotidianeidad se disolvieron cuando la imponente presencia de aquel hombre descendió de sobre la lápida, cayó al suelo con un ruido extrañamente melodioso y dio un par de pasos hacia ella clavándole sus ojos encima.

Había algo fuera de este mundo en aquel sujeto. Su figura se recortaba de entre el resto del paisaje como resalta una fotografía a color de entre un pobremente terminado dibujo a carboncillo. Aun sin sus anteojos, Hanji podía verlo nítidamente; mientras que el resto del entorno quedaba intensamente emborronado por su miopía. Era como si aquella presencia ante ella fuera mucho más real que el resto del mundo real a su alrededor.

Ahora dime, ¿Cuánto vale tu alma?

Y luego, estaban sus ojos.

Aquellos ojos, llenos de una indefinible pero perfectamente homogénea mezcla de arrogancia, indiferencia y desprecio. Aquellos ojos eran luminosos como isotopos radioactivos pero profundos como las profundidades del espacio insondable. Aquellos ojos eran más fríos que el cero absoluto pero podían derretir más materia que un rayo de plasma pura.

Sentir aquella mirada poderosa sobre su cuerpo desnudo le dio a Hanji una intensa sensación de incomodidad y un escalofrío que fue aumentando hasta degenerar en una especie de escozor cálido sobre toda su piel. De alguna manera, la mirada de aquel extraño podía realmente acariciar la piel de Hanji y ella se sentía vulnerada e invadida por aquellos ojos grises de manera tan poderosa que ni cubriendo con sus manos o brazos sus pechos o su intimidad, conseguiría sentirse resguardada. No existía ningún tipo de defensa ni privacidad. No ante aquellos ojos.

Ahora pide ¿dinero o placer?

El extraño se acercó a Hanji lentamente y al colocar un pie sobre la loza que la sostenía, se inclinó sobre ella como si quisiera echarle un vistazo de cerca. La respiración de Hanji se alteró y su aliento comenzó a salir pesadamente por su boca. Estaba muy perturbada. La mirada inquisidora de aquel ser estaba fija en ella y la hacía sentirse cada vez más invadida y vulnerable. Pero lo más aterrador era la majestad ultraterrena de aquel desconocido. A comparación, de él, Hanji se veía sucia, finita, temblorosa, mientras que su acompañante era una especie de inmutable y terriblemente perfecta estatua tallada en mármol. Parecía no respirar siquiera.

Quiero estar junto a ti y alimentar tu boca

Hay veces que el dolor duerme en una canción

Y sé que morirás de amor decadente, lúgubres besos, quémate en mí…

Y entonces sucedió. Sin avisar, mediar palabra o susurrar. El extraño la invadió aún más. Mucho más. Totalmente. No tuvo que acercarse más ni aumentar la cercanía física. No. El seguía ahí, a varios centímetros de distancia de su cuerpo, pero la mente del extraño ahora estaba dentro de la de Hanji, rebuscando, estrujando, sacudiendo.

Ella ahogó un grito y cerró los ojos apretándolos con fuerza mientras sentía la poderosa voluntad del invasor poniendo su mente de cabeza, revolviendo los recuerdos y pensamientos de ella, inspeccionándolos a placer, sacando sus más oscuros secretos a la luz, desordenándolo todo y volviéndolo a ordenar. A Hanji ya no le quedaba nada. Nada para ella, nada a salvo, nada escondido. Ahí, en la oscuridad del cementerio Hanji era un libro abierto para aquel tenebroso monstruo que no había tenido reparo alguno en saborear con los ojos su cuerpo y violar la seguridad de su mente.

El príncipe de la dulce pena soy y mi sangre alimenta tu ser…

La lujuria de mis alas roza tus pechos y araña tu piel…

―Basta… por favor… basta ya… ―rogó Hanji levantando sus manos a su atacante que permanecía impávido ante ella mientras inspeccionaba los más oscuros rincones de su alma.

El desconocido parpadeó, y la invasión remitió, liberando a Hanji del trance. Ella no pudo evitar soltar un gemido y desplomarse nuevamente de espaldas contra la loza, con la respiración afectada recuperándose de la poderosa sensación. Había sido intensa, sí, pero para nada dolorosa.

Tenía los ojos cerrados pero aun podía sentir su presencia. Estaba ahí, la miraba. Dio un par de pasos a su alrededor con aquellos lustrosos zapatos suyos. De no haber visto aquel rostro serio imperturbable habría jurado que era como un niño divirtiéndose rompiendo un juguete. Y ella era el juguete.

El extraño volvió a inclinarse sobre ella y susurró en su oído, algo que parecía una pregunta, pero que carecía de la entonación característica, con una voz monótona, clara y varonil:

―Prefieres que lo haga así…

Y comenzó de nuevo, pero esta vez despacio. Uno a uno, los recuerdos de la mente de Hanji comenzaron a desfilar ante ella. Ella los sintió, los vivió en un fugaz instante uno por uno. Los recuerdos felices, los dolorosos, los vergonzosos. Desde sus juegos prescolares, sus diplomas de la infancia, sus aventuras de adolescente, fiestas, alegrías, desvelos, besos, ilusiones, decepciones, victorias y derrotas. Todo desfilo delante de ella.

Y en todos y cada uno de ellos, estaba él. El hombre del elegante pero sencillo traje negro y la fría y acusadora mirada de hielo.

Hanji abrió los ojos para mirarlo con una involuntaria sonrisa en él rostro, sintiendo como él aun la invadía. Sintiéndolo moverse con desenfado dentro de su mente.

Oh, señor, rey de la tristeza, ángel del dulce dolor,

bebe la hiel de mi boca, blasfema, ven y hazme el amor.

―¿Quién eres…? ―susurró Hanji en una voz perdida y queda, como si estuviera soñolienta.

―Tu sabes bien quien soy, aunque no sepas como nombrarme ―afirmó el otro ―después de todo, fuiste tú quien me llamó.

Se incorporó, colocándose derecho, y a ella le pareció que por fin había cesado su ataque en contra de su mente. Se sentía mareada y no estaba segura de que todo hubiera quedado en su sitio, pero ya no sentía esa fuerte incomodidad que la imposibilitaba.

Si tocas en mi honor, saldré de este infierno. Dame tu alma, no quiero morir.

―Entonces en verdad eres tu… tu eres…

―Levi ―la interrumpió él. ―Puedes llamarme así. Escuchar cualquier otro de los nombres que se te ocurrieron me enfermaría.

―De acuerdo ―frunció un poco el ceño pensativa recuperando la sonrisa ―¿solo Levi?

―Te ocasiona algún problema… ―nuevamente una pregunta clara, aunque sin entonación.

―No, no, desde luego que no. Es bueno, tú sabes. ―titubeo ella ―de hecho, ese es el nombre de uno de los doce discípulos de…

―Lo sé, lo sé ―la interrumpió nuevamente ―pero es así como te dirigirás a mí, aunque pueda causarte un profundo conflicto teológico.

Hanji se rio un poco por lo bajo. No pudo evitarlo aunque Levi no tenía nada parecido a una sonrisa en su rostro. Parecía de hecho que nunca la había tenido y no la tendría jamás.

―Arriba ―ordenó entonces el joven ―necesitas asearte y vestirte. No importa cuán cliché sea, no pienso tener tratos contigo en un viejo y asqueroso cementerio. Escapa a mi comprensión por qué siguen escogiendo estos lugares…

Sin esperar mucha respuesta, Levi se puso en marcha delante de ella mientras Hanji recogía sus prendas y no hacia esfuerzo alguno por disimular su escandaloso y salvaje ritual de aquella noche. Mientras se calzaba las botas, lanzo una mirada a Levi que avanzaba algunas hileras de tumbas por delante de ella y por primera vez se percató de que sobre la espalda le crecían un par de tersas alas cubiertas totalmente por plumas negras.

―Interesante… ―susurró para sí, echando a andar tras él a trompicones, pues por más que los buscó no dio con sus anteojos.

A la mañana siguiente, el velador del cementerio renunciaría terminantemente a su empleo después de considerar un augurio nada bueno que todas las estatuas de ángeles del panteón hubieran amanecido decapitadas.