¡Hola a todos! Aquí estoy con el segundo capítulo. Antes de nada, quisiera daros las gracias a los que habéis favoriteado la historia y a los que la estáis siguiendo, me hace muy feliz :D También me haría muy feliz algún que otro review, pero entiendo muy bien que a veces da mucha pereza escribir uno :P

Este capítulo me resultó muy divertido de escribir, sobre todo el principio. Me encanta hacer a Sherlock tan... Bueno, ya lo veréis.

¿De verdad hace falta repetir las advertencias? Si habéis llegado hasta aquí, obviamente no ;)

¡Un beso y a disfrutar de la lectura!


CAPÍTULO 2

25 DE NOVIEMBRE

Las maletas ya estaban sobre la cama listas y preparadas para partir. Greg las miró con orgullo, había entrado todo lo necesario y sin abultar, lo que la experiencia decía que era prácticamente imposible. Bajó al salón, donde Mycroft estaba sentado en su sillón favorito leyendo el periódico y donde Arthur hacía tiempo jugando con su jirafa de peluche.

—¿Lo tienes todo listo, Arthur?—le preguntó Greg.

—¡Sí! Me lo voy a pasar muy bien con tío Sherlock.

Era lo mejor que habían podido conseguir. Mycroft prefería que durante esos cuatro días que iban a estar incomunicados en medio del campo Arthur se quedara con sus padres, pero no podían; al parecer también estaban en un viaje de aniversario. Molly tampoco podía, estaba empezando la campaña de Navidad y los suicidios aumentaban notablemente, y de sus conocidos Mycroft no se fiaba de ninguno, sobre todo de Anderson. Mycroft no lo quería aceptar pero Greg sabía que siempre había estado un poco celoso de él.

Así que sólo les quedaba contar con Sherlock. Eso sí, con la condición de Greg de que John también le cuidara. No iba a dejar a su hijo en manos de un sociópata que dispara a las paredes, que guarda extremidades humanas en el frigorífico y al que hace redadas de drogas de vez en cuando, aunque más para molestarle que otra cosa. Por lo menos tenía que admitir que se portaba muy bien con Arthur, cuando estaba con el niño incluso parecía una persona normal. Y como a Arthur le encantaba aprender, quién mejor que un Holmes para enseñarle.

Le había costado conseguir esos cuatro días libres. Ya había gastado sus días libres pertinentes al celo de su Omega, pero no había nada que no pudiera conseguir con la promesa de pasar unas horas extra en el trabajo. Mycroft, por otro lado, no había tenido muchos problemas. Si el Gobierno Británico entraba en celo, las crisis mundiales se paralizaban. Difícil de creer, pero cierto.

Se acercó a Mycroft por detrás y se agachó para rodear su cuello con los brazos y besarle en la mejilla. No habían vuelto a hablar sobre el regalo de Arthur, ni tenía ganas de sacar el tema. Sabía que tendría que confesárselo a Mycroft tarde o temprano y prefería que cuanto más tarde, mejor.

—¿Has guardado todo en las maletas?—le preguntó Mycroft mientras pasaba la hoja del periódico.

—Sí—se acercó a su oído y le susurró—: las cajas de condones están a buen recaudo—le lamió el lóbulo de la oreja y sonrió al verle sonrojar.

En ese momento sonó el timbre y Arthur salió corriendo y gritando hacia la puerta.

—¡Ya está aquí!

Greg y Mycroft se asustaron por el grito más que por el timbre.

—Esa faceta chillona de Arthur es tu culpa—comentó Mycroft un poco molesto.

—¿Me lo tengo que tomar como un cumplido?—bromeó Greg pícaramente. Estaba de buen humor y así iba a seguir ocurriera lo que ocurriera ese día.

Cuando Arthur abrió la puerta empezó a gritar cosas muy emocionado y Sherlock se rió un par de veces. Parecía mentira que un niño pudiera cambiar tanto a un Holmes.

Sherlock entró en el salón seguido por Arthur, que de repente se calló y empezó a dar vueltas alrededor de su tío sin quitarle el ojo de encima.

—Buenas, Mycroft. Graham.

—Es Greg—repuso molesto—. ¿Ni estando cinco años casado con tu hermano hace que te aprendas mi nombre?

Sherlock no pudo contestar, fue eclipsado por el repentino comentario de Arthur:

—¡Tío Sherlock tiene novia!

Hubo un breve silencio sepulcral. Mycroft levantó los ojos del periódico y sonrió socarronamente a su hermano.

—Novio, Arthur.

—¿Cómo lo sabes?—dijo el niño acercándose a su padre.

Greg simplemente se preguntaba cómo podían saber que tenía novio cuando Sherlock no llevaba ni un minuto en la habitación.

—Cuando seas mayor te lo contaré—dijo revolviéndole el pelo—. Pero lo has hecho muy bien, cada día deduces mejor—le dio un beso en la coronilla a Arthur, quien mostró todos sus dientes en una sonrisa por el alago de su padre.

—¡Mycroft, no le apremies por hacer eso! No puedes soltar tus deducciones en voz alta, Arthur. Es de mala educación—le regañó Greg agachándose para ponerse a su altura—. Excepto con el tío Sherlock, con él sí puedes.

Mientras tanto Sherlock seguía estático y rojo de vergüenza, o de ira, Greg no lo sabía distinguir.

—¿Se puede saber qué le estás enseñando a tu hijo, Mycroft?—dijo Sherlock enfadado.

—No es mi culpa que haya sacado la inteligencia de su papi—respondió Mycroft con orgullo mientras arreglaba el pelo de Arthur que acababa de desarreglar.

—Un momento—dijo Greg pensativo, ignorando el comentario de Mycroft. A fin de cuentas, tenía razón—, ¿no será John?

—¡Claro, John!—dijo Arthur emocionado.

—¿Por qué tiene que ser John?—preguntó Sherlock enfadado.

—Por supuesto que es John—repuso Mycroft—. Pero si quieres alguna prueba fácil de ver, tiene pelo rubio en el hombro.

—Sabes perfectamente que eso puede estar ahí por cualquier circunstancia—Sherlock intentó defenderse a pesar de que todos sabían que no merecía la pena.

—Claro que sí, hermanito. Y yo soy el rey de Inglaterra. Arthur, ve a por tus cosas.

El niño subió las escaleras en busca de su maleta con estampado de jirafa.

—Vais a pagar por esto—amenazó Sherlock con el poco orgullo que le quedaba.

—Vamos, Sherlock, estamos de broma—repuso Greg, no quería enfrentarse a una venganza más de Sherlock—. Ya iba siendo hora de que os juntárais. Un mes más y habría perdido la apuesta con mi querido marido—con una sonrisa Greg se inclinó sobre Mycroft por detrás del sillón, y su marido reticente sacó la billetera—A veces no todo es deducción, amor—consoló Greg a Mycroft dándole un beso en la mejilla.

—¿Habéis apostado sobre John y sobre mí?—preguntó Sherlock, incrédulo.

—Más bien sobre ti—contestó Mycroft mientras le daba a Greg unos cuantos billetes—. El pobre John lleva meses intentando hacer que te des cuenta que estás enamorado de él. Parece mentira que seas un Holmes y tardes tanto en darte cuenta de algunas cosas.

—¿Meses?—fue todo lo que Sherlock dijo. Greg pensó que realmente debía estar enamorado si había pasado por alto la burla de Mycroft hacia su inteligencia.

—Tendremos que dejarles más veces a cargo de Arthur, Mycroft—dijo Greg en un tono casual—. No les vendrá mal ir practicando.

—Todo depende de si esta vez no vuelve a llevar a mi hijo a una escena de crimen.

—Sólo fue una vez, Mycroft. ¡Ni siquiera llegó a ver el cuerpo! Además, George estaba allí también.

—¡Greg!—rectificó el susodicho.

—No te alteres, amor. Sólo lo hace para molestarte.

En ese momento Arthur bajó las escaleras con la maleta de estampado de jirafa a cuestas.

—¡Ya estoy, ya estoy!—gritó el niño peleando con los últimos escalones.

—Vámonos, entonces—dijo Sherlock agarrando la mochila de Arthur sin esfuerzo—. Tenemos muchos experimentos que hacer.

—¡Bien! Adiós papá. Adiós papi—Arthur se despidió rápidamente con un beso en la mejilla a cada uno, impaciente por participar en los experimentos de su tío.

—Adiós, cariño—le dijo Greg antes de acercarse a Sherlock y decirle en voz baja—: quiero a mi hijo de vuelta sin memorias traumáticas, Sherlock. John y tú dejad vuestras actividades dentro de la habitación. Y no le uses para ningún tipo de venganza, ¿queda claro?

Los Alfas son muy protectores con su familia, pero Greg sentía que no lo era lo suficiente cuando Sherlock estaba de por medio.

—¿De verdad me consideras capaz de hacer algo así, Jeremy?—dijo Sherlock con un tono y una sonrisa de fingida inocencia.

—¡Ese nombre ni siquiera empezaba por la letra correcta!—se quejó Greg a Mycroft una vez Sherlock y Arthur se marcharon.

—Tranquilo, amor.

Sintió los brazos de Mycroft sobre su cintura y al instante se tranquilizó cuando fue inundado por el dulce aroma de su Omega. Se giró sobre sí mismo y enterró su rostro en el cuello de Mycroft para inhalar aún más de ese olor.

—Ya me estoy arrepintiendo de dejarle con nuestro hijo.

—Confía en él, sabes que se comporta bien con Arthur.

—Le va a usar contra nosotros, ya verás—murmuró Greg antes de inhalar ese adictivo aroma de Mycroft.

—Tranquilo. Por ahora sólo nos tenemos que preocupar de que la semana que viene querrá que le compremos una tabla periódica o que le traigas algún informe de una autopsia.

—Y eso me tiene que tranquilizar—se burló Greg levantando la cabeza para mirar a su marido.

—En teoría, sí.

Greg suspiró contra el cuello de Mycroft y empezó a dibujar lentamente patrones en la espalda de su marido con sus dedos.

—Por lo menos ya estamos solos.

—Por fin—coincidió Mycroft dándole un beso en la oreja que le hizo sonreír.

—¿Crees que nos da tiempo a uno rapidito antes de irnos?

—Reserva tus energías, amor. Créeme, las vas a necesitar.

—Tengo energía de sobra, pero nunca tengo suficiente de ti—murmuró Greg mientras besaba toda la extensión del cuello de Mycroft.

Le sintió estremecer bajo esos ligeros toques y sonrió. Mycroft se volvía tremendamente sensitivo los días previos a su celo y le encantaba provocar ese tipo de reacciones.

—Vámonos antes de que me hagas cambiar mis planes—dijo Mycroft obligándose a apartarse de Greg, y éste rió alegremente.

Uno de los placeres secretos de Mycroft era conducir. Aunque no lo pareciera, acababa cansado de la limusina o de los viajes inesperados en avión que tenía que hacer cada pocos días. Por eso, cuando podían disfrutar de vacaciones se quedaban en Inglaterra y Mycroft conducía su Mercedes durante horas. Esa vez, por supuesto, no iba a ser distinto. Habían alquilado una acogedora casa de campo en Escocia, cerca de la frontera, y tardarían casi todo el día en llegar en coche. Justo lo que Mycroft necesitaba para relajarse.

El tiempo era el mejor para viajar: el cielo estaba completamente despejado y aunque hacía frío el sol lo calentaba todo. El trayecto fue tranquilo y relajado, Mycroft disfrutando de la carretera y Greg echando cabezadas entre charla y charla insustancial. Hacía años que no disfrutaban así de esos viajes, siempre estaba Arthur en el asiento de atrás preguntando cosas para nada propias de un niño de su edad. Pero esa vez estaban solos, y así estarían durante otros tres días más.

De vez en cuando Greg acariciaba la mano que Mycroft dejaba apoyada en el cambio de marchas, o recorría su muslo de arriba abajo con sus dedos, parándose siempre muy cerca de la entrepierna de Mycroft. No era lo más sensato, pero antes de salir de casa Greg había decidido que en esos cuatro días no pensaría con la cabeza. Por lo menos con la que estaba sobre sus hombros.

Empezaba a anochecer cuando llegaron al pueblo escocés más cercano a su destino. Pararon en un supermercado para comprar la comida que les hiciera falta para esos días y fueron por un camino de tierra hasta las afueras, donde les esperaba su casa de campo.

Era una pequeña casa de dos pisos construida en piedra, con tejado a dos aguas, una chimenea en la derecha y un jardín delantero envidiable para cualquier amante de las plantas. El interior era aún más acogedor de lo que Greg se había imaginado: a la derecha la chimenea apagada y frente a ella dos confortables sillones y una alfombra de lana a sus pies; tras los sillones había una mesa de madera redonda con cuatro sillas; a la izquierda un arco dejaba ver una cocina moderna de aire rústico y junto a ella estaban las escaleras hacia el piso superior, abierto completamente, solamente con las paredes de lo que debía ser el cuarto de baño.

La enrome cama estaba junto a la chimenea y frente a unas enormes ventanas que dejaban ver las luces encendidas del pueblo. Unas mesillas, una pequeña cómoda y una banqueta a los pies de la cama completaban la habitación. El baño, situado a la derecha, tenía una bañera para dos personas, una ducha separada enorme y dos lavamanos, todo con el mismo aire rústico que tenía el resto de la casa.

A Greg le encantaba la casa, la compraría sin dudarlo un momento. No gritaba lujo ni suntuosidad, sino comodidad y funcionalidad. No necesitaban más de lo que había, a excepción de un buen fuego en la chimenea para calentar el lugar. Deshizo las maletas, guardó la poca ropa que habían llevado en la cómoda y proveyó las mesillas y el baño con lo que él vio necesario para esos días.

—¿Te gusta?—le preguntó Mycroft cuando se unió a él en la cocina para guardar los alimentos.

—Es preciosa, no podías haber elegido una mejor.

—Me ofrecieron un castillo en Gales, pero sabía que sería demasiado presuntuoso para tus gustos.

Arrinconó a Mycroft contra la pared y sin darle tiempo a reaccionar le besó con hambre. Devoró sus labios, su lengua, investigó cada rincón de la boca de Mycroft con su lengua, y cuando creyó que era suficiente se apartó de un Mycroft sin apenas aliento, con los ojos cerrados de placer y los labios totalmente enrojecidos.

—No hemos venido aquí para hablar, amor—le susurró Greg al oído mientras restregaba sus caderas contra las de Mycroft, quien gimió ante el contacto. Pero por muchas ganas que tuviera de seguir, Greg se obligó a separarse de su marido y dejarle con ganas de más—. Voy a encender la chimenea, ¿preparas algo para cenar?—preguntó inocentemente.

Mycroft le miraba con deseo y con cierta maldad. Greg sabía que no le gustaba que le dejara a medias cuando no había ningún impedimento para seguir. Sabía que iba a recibir una dulce venganza por ello.

Fue hacia el salón y encendió como pudo la chimenea, hacía mucho tiempo que no lo hacía y había perdido práctica. De rodillas, contempló cómo el fuego se avivó por completo, el humo negro escapando por el hueco de la chimenea, y tan ensimismado estaba en el baile de las llamas que se sobresaltó al notar las manos de Mycroft en su pecho. Giró su cabeza para ver a su marido, pero Mycroft había enterrado su cara en el otro lado de su cuello mientras desabrochaba los botones de su camisa.

—¿No cenamos antes?—preguntó Greg inocentemente y como respuesta, Mycroft le pellizcó levemente los pezones mientras mordía levemente su cuello.

—Yo sí voy a comer. Tú te quedas sin cenar—murmuró Mycroft contra su cuello y deslizó sus manos por los brazos de Greg para quitarle la camisa.

—¿Me vas a castigar?

Las manos de Mycroft acariciaban sus caderas lentamente, metiendo de vez en cuando los dedos por dentro del pantalón, sin dejar de besarle el cuello. Greg empezó a notar cierto problema dentro de sus pantalones, pero no tenía prisa por ocuparse de él. Mycroft aún no había entrado en el celo, por lo que podían disfrutar tranquilamente el momento. Ya tendrían tiempo en los próximos días para imitar a los conejos.

—Es mi deber informale, agente—dijo Mycroft a su oído con un tono profesional demasiado sexy—, que ha infligido el artículo 3 de la Ley del Placer británico.

Una de las manos de Mycroft se acercó tentativamente al cinturón del pantalón de Greg, y éste sólo pudo desear que fuera un poco más abajo. Si su marido quería jugar, iban a jugar.

—¿De qué se me acusa exactamente, señor?—preguntó Greg con voz queda mientras cerraba los ojos al notar la otra mano bajar por su muslo y acariciarlo sobre la tela—. No recuerdo el contenido del artículo.

Mycroft chistó varias veces por lo bajo en señal de desaprobación y dejó su mano apoyada en el cinturón, mientras con la otra le acariciaba el trasero.

—Un agente como usted debería saberse la Ley del Placer de memoria; con su cuerpo debe hacer mucho uso de ella—le lamió la oreja y luego se la mordió, provocándole un escalofrío de placer a Greg.

—Perdóneme, señor, pero es mi marido el que se encarga de esos asuntos—dijo Greg con cierta ironía mientras disfrutaba de las caricias de Mycroft en sus muslos, demasiado cerca de su pronta dolorosa erección.

Notó a Mycroft sonreír contra su cuello ante sus palabras.

—Entonces se lo recordaré—esa voz tan profesional le recorría de arriba abajo, enviando oleadas de placer por todo su cuerpo—. El artículo 3 de la Ley del Placer estipula que ninguna persona dejará insatisfecho sexualmente a otra de forma intencional. Por consiguiente, dado que no completó sus atenciones en mi persona hace unos minutos me veo en la obligación de sancionarle, agente.

Mycroft desabrochó su cinturón, abrió sus pantalones y le bajó la cremallera lentamente.

—¿Y cuál va a ser su sanción?—la voz de Greg empezaba a reflejar su excitación.

—En primer lugar, privarle de la cena de hoy. Y en segundo lugar, prohibirle realizar cualquier acto que no esté autorizado por mí.

—Si lo cree necesario, señor...

—Créame, sí que lo es. Es una sanción demasiado generosa para su crimen, debería estarme agradecido.

—Oh, por supuesto que lo estoy, señor—Greg enterró sus dedos en el cabello de Mycroft mientras él seguía acariciando muy peligrosamente cerca de su erección—. Estoy tan agradecido que no me pienso quejar durante el castigo.

—Eso ya lo veremos. Túmbese boca arriba—ordenó Mycroft.

Greg se separó de su marido e hizo como le mandó, se tumbó sobre la alfombra de lana frente a la chimenea. Desde el suelo observó a Mycroft, de rodillas frente a él, completamente desnudo. Su pene estaba completamente erecto sobre una mata de vello cobrizo. A Greg le entraron ganas de tocarlo y saborearlo, pero como sabía que en su juego actual Mycroft no se lo permitiría fijó su vista en la cadera izquierda de Mycroft. Ahí estaba la pálida cicatriz del mordisco que les unió como pareja, como una sola persona. Cualquier Alfa de la alta sociedad habría dado todo su dinero y todos sus bienes por poder unirse a Mycroft, y sin embargo el orgulloso Omega que se alzaba en ese momento ante él le había elegido, a él, a Greg, quien no tenía una alta clase social, ni dinero, ni nada valioso para ofrecerle aparte de su amor. Aunque hubieran pasado tantos años desde su unión, Greg seguía preguntándose por qué Mycroft se había unido a él, por qué le quería. No se creía merecedor de tal privilegio, pero el hecho es que lo tenía y no lo pensaba dejar escapar bajo ningún concepto. Y si para ello tenía que evitar tener más hijos, por mucho que le pesase, lo haría.

Decidió dejar esos pensamientos a un lado y centrarse en lo que estaba haciendo su marido en ese momento. Mycroft le estaba quitando suavemente los pantalones junto con la ropa interior, acariciando sus piernas en el proceso. A Greg se le erizó toda la piel de su cuerpo, en parte por el repentino frío y en parte por la excitación. También le quitó los zapatos y los calcetines, dejándole tan desnudo como él. Se sentía expuesto bajo la lujuriosa mirada de Mycroft y se acercó un poco más a la chimenea para que le diera más calor. Su pene estaba medio erecto, deseando recibir atención, pero Greg sabía que no podía hacer nada. Miró expectante a Mycroft a los ojos, y éste le devolvió la mirada con una sonrisa lasciva mientras estiraba su brazo buscando algo que Greg no llegaba a ver. Cuando pareció encontrarlo, su sonrisa se ensanchó y se acomodó entre las piernas de Greg.

—Hora de comer—dijo Mycroft relamiéndose los labios.

En su mano tenía un dispensador de miel de cristal ovalado. Presionó la palanca y la miel cayó sobre el pecho de Greg, quien arqueó levemente la espalda al frío contacto. Mycroft fue esparciendo miel por todo su torso: los pezones, los incipientes abdominales, y se paró en el ombligo. Dejó el dispensador a un lado y se agachó sobre él para empezar a lamer. Primero fue el ombligo. Hurgó a conciencia la cavidad con la lengua, creando sensaciones muy placenteras en la parte baja de su estómago. Greg movió las caderas, buscando algo de fricción para su erección, pero Mycroft le sujetó las caderas contra el suelo con una mirada de advertencia cargada de deseo. Fue subiendo lentamente por sus abdominales, siguiendo entre lametones y besos el reguero de miel hasta uno de los pezones. Chupó, lamió, mordió el botón rosado haciendo que Greg soltara gemidos de placer, y cuando lo consideró lo suficientemente limpio se centró en el otro pezón. Mycroft aún tenía sujetas sus caderas para que no se moviera, pero Greg no podía. Sólo podía quedarse mirando la maravillosa lengua de Mycroft, la increíble boca que le devoraba centímetro a centímetro.

Dio varios lametones aleatorios por el torso para terminar de limpiarle y Mycroft se puso a la altura de Greg, aprisionándole por completo, sin ningún centímetro de separación entre sus cuerpos. Se miraron a los ojos durante unos interminables segundos. Greg grabó en su memoria esa imagen, la cara de Mycroft medio iluminada solamente gracias al fuego de la chimenea, haciendo sus ojos azules más oscuros pero igual de preciosos. Alzó una mano para acariciarle la mejilla y Mycroft sonrió antes de darle un beso. Un beso tierno y cariñoso, cada uno lamiendo los labios del otro, hasta que Mycroft frotó sus caderas contra las de Greg.

Greg soltó un profundo gemido y frotó también sus caderas a la vez que profundizaba el beso con sabor a miel. Se restregaron el uno contra el otro, dulcemente, dándose placer mutuamente mientras respiraban entre pequeños descansos del beso.

—Mycroft—se le escapó a Greg, cargado de deseo y de amor.

Su marido gimió como respuesta y se separó de Greg, sujetándose con sus brazos a cada lado de su cabeza. Le dio un beso en la frente antes de volver a ponerse de rodillas entre sus piernas y cogió otra vez el dispensador de miel, dejándolo justo encima del pene erecto de Greg. Tragó saliva por la expectación y cerró los ojos para centrarse en la sensación de la miel cayendo por toda su extensión, varias gotas traviesas deslizándose hacia sus testículos y hacia su entrada, creándole cosquillas y aún más excitación.

Antes de que las gotas mancharan la alfombra Mycroft levantó sus piernas agarrando la parte trasera de sus muslos, exponiéndole por completo, y limpió esas gotas demasiado cercanas a su entrada. Greg movió las caderas no pudiendo refrenar ya sus impulsos. La lengua de Mycroft siguió limpiando su entrada a fondo aun a pesar de que no había más miel que lamer, y cuando se cansó subió hasta sus testículos. Los limpió a lametones, los mordió levemente, los engulló lo máximo posible para hacer gemir aún más a Greg, perdido en todas esas impresionantes sensaciones. Pero lo mejor llegó cuando devoró su pene. Lo envolvía con su boca, lo lamía de arriba abajo lentamente sin perderse ni una gota de miel. Presionó sus labios en la cabeza rosada y hurgó la punta con la lengua. Greg se aferró con las dos manos al pelo de Mycroft y echó la cabeza atrás del inmenso placer que le había acometido en ese momento.

—Para, para, no aguantaré más—le avisó Greg con la voz entrecortada.

Mycroft le hizo caso y sacó la erección de su boca con un último lametón como regalo. Se relamió los labios mientras le miraba con completo deseo, planeando su siguiente movimiento. Agarró el bote de lubricante que tenía junto al dispensador de miel y se empapó dos dedos. Greg abrió sus piernas esperando que le preparara, pero para su sorpresa Mycroft llevó sus dedos hacia atrás, hacia su propia entrada.

—Déjame a mí—pidió Greg medio incorporándose. Mycroft puso su mano libre contra su pecho y le obligó a volverse a tumbar.

—Recuerde su sanción, agente—dijo Mycroft con todo autoritario antes de meterse el primer dedo.

Greg se perdió en las expresiones de Mycroft mientras se preparaba, esas muecas de placer que le iban a hacer perder el control. Quería hacerlo él, sentir la estrechez con sus propios dedos, pero la mano de Mycroft seguía impasible contra su pecho. Al poco rato Mycroft sacó sus dedos, se los limpió con un pañuelo desechable y abrió el envoltorio de un preservativo. Lo puso cuidadosamente sobre la erección de Greg, deseoso porque se diera más prisa, y se puso a horcajadas sobre él. Con una mano guió la erección de Greg sobre su entrada y poco a poco fue bajando para introducirle en él.

Greg gimió de alivio al sentir esa estrechez y ese calor tan deseados sobre su miembro. Esperó a que Mycroft se acostumbrara a tenerle completamente dentro y empezó a montarle. Era lento al principio, buscando el ángulo para dar con su próstata y cuando lo encontró empezó a ir a un ritmo más rápido mientras se masturbaba a sí mismo. Greg empujaba sus caderas buscando entrar aún más en él, llenarle por completo y perderse en él.

El ritmo llegó a ser frenético para los dos. Greg empezaba a sentir calambres en los muslos y en las lumbares y sentía sus testículos a punto de explotar. Mycroft se corrió con un gemido ahogado, manchando con su semen su propia mano y el estómago de Greg, y al sentir las contracciones del cuerpo de Mycroft a causa del orgasmo sobre su erección, se corrió también con un fuerte gemido.

Mycroft se derrumbó sobre él buscando aliento, al igual que Greg, quien acarició perezosamente su espalda. Cuando se calmaron lo suficiente Mycroft sacó su miembro flácido de dentro de él y se tumbó a su lado, junto al fuego.

—Eso ha sido... Guau—dijo Greg sin encontrar las palabras para todo lo que sentía: agotamiento, alivio, amor, dolor de espalda.

—Necesitábamos esto—confirmó Mycroft acariciándole un brazo antes de señalas a uno de los sillones que les rodeaban—. La manta.

Greg extendió la mano para agarrar la manta y les cubrió a ambos con ella. Envolvió a Mycroft en un abrazo protector, dejando salir sus instintos de Alfa. Necesitaba premiar a su Omega por el increíble orgasmo que le había dado, y esa era señal de que quedaba muy poco para el celo de Mycroft. Su marido se estaba quedando dormido entre sus brazos, y Greg decidió que sería mejor que descansaran lo máximo posible. Respiró el embriagador aroma natural de Mycroft mientras le acariciaba cariñosamente sin despertarle.

Mirándole dormir con el reflejo del fuego en su pelo y en su piel, recordó que fue en una situación parecida en la que concibieron a Arthur. No sabía si era por el orgasmo que acababa de tener, por el cansancio o porque todo era demasiado perfecto en ese momento con Mycroft dormido entre sus brazos, pero mientras se quedaba dormido con el crepitar de las llamas de fondo Greg pensó que quizás, sólo quizás, podría aguantar a otro Mycroft embarazado.

O-O-O-O-O

Los tres días siguientes apenas tuvieron un momento de descanso. Un par de horas después de ese increíble polvo inaugural de la casa frente a la chimenea, Mycroft se había despertado completamente duro y rogando para que le follara duro. Por supuesto Greg no había puesto ninguna pega a ello. Sin preparación alguna pero bien protegido con otro preservativo, Greg había entrado de un sólo golpe y le había embestido una y otra vez, sin descanso y sin disminuir de fuerza o velocidad, hipnotizado por los incesantes gemidos de Mycroft pidiendo más.

Después habían conseguido subir al piso de arriba y habían repetido en el suelo de la habitación, en la cama, en la ducha, en la bañera, en la banqueta, y en definitiva sobre cualquier superficie que pudiera aguantar a Mycroft siendo embestido sin piedad. En algunos de los descansos, que duraban varias horas, comían, hacían sus necesidades o aprovechaban para dormir. Pero en cuanto Mycroft volvía a endurecerse, Greg perdía la razón y empezaba a devorarle sin piedad.

Al finalizar el último día, cuando sólo quedaban los últimos rastros del celo de Mycroft, ambos estaban completamente exhaustos. Estaban tirados en la cama, uno al lado del otro, desnudos sobre las sábanas, sin ganas de moverse ni para hacer algo con el rugir de sus estómagos. Se quedaron dormidos hasta la mañana siguiente, despertándose totalmente descansados. Si algo bueno tenía un celo tan intenso, era que el cuerpo se recuperaba casi milagrosamente tras tanta actividad.

Más acaramelados que cuando llegaron, guardaron todas sus cosas en las maletas y tras un buen desayuno en un restaurante del pueblo salieron a la carretera para volver a Londres. Todo el rato se miraban embelesados, adorándose con los ojos, compartiendo caricias y sonrisas de enamorados.

Ya era de noche cuando aparcaron en Baker Street para recoger a su hijo. Entraron con la llave de Greg para emergencias y subieron al apartamento lo más silenciosamente posible para darles una sorpresa. Greg se asomó por la puerta del salón y sonrió ante la escena: John estaba sentado en el sofá leyendo un libro y en su regazo descansaba la cabeza de Sherlock, quien parecía estar profundamente dormido. John le acariciaba los rizos distraídamente con una pequeña sonrisa en los labios, y no era para menos. Greg mejor que nadie sabía lo mucho que John había sufrido para conseguir tener una relación con Sherlock. Y aunque éste también lo había deseado era lo suficientemente terco (o lo suficientemente Holmes, según como se viera) como para no hacer nada al respecto y hacerlo más difícil. Aun así, en ese momento Greg no podía estar más alegre por su cuñado y por uno de sus mejores amigos.

Greg abrió lentamente la puerta, sin hacer ruido, y John levantó la vista. Les recibió a los dos con una cálida sonrisa y dejó el libro apartado a un lado.

—Hola, chicos—dijo John en voz baja para no molestar a su novio. Era muy difícil que un Holmes se quedara dormido, Greg lo sabía por experiencia—. ¿Qué tal las vacaciones?

—Estupendas. Una pena que se acaben—contestó Greg.

—¿Y Arthur?—preguntó Mycroft a su espalda.

—Estaba agotado, Sherlock y él han estado todo el día fuera de casa. Quería esperaros despierto, pero el cansancio le pudo. Está dormido en mi habitación.

Mycroft inmediatamente subió las escaleras y Greg se adentró en el salón, mirando a Sherlock con una sonrisa.

—Arthur ha estado muy emocionado con el pedido que le hizo a Santa—dijo John despreocupadamente.

—Ya me lo imaginaba—admitió Greg de mala gana—. Mycroft y yo hemos decidido esperar un poco más para planteárnoslo, con los trabajos y demás sería muy complicado.

John le dedicó una sonrisa cómplice.

—No hace falta que mientas conmigo, Greg. Después del embarazo de Arthur estuve evitándole meses. No me quiero imaginar lo que fue ser su pareja durante ese tiempo.

Greg soltó un suspiro de resignación y de alivio. Sherlock seguía durmiendo, así que podía hablar sin miedo.

—Creí que no superaríamos esa crisis. Después del nacimiento de Arthur, Mycroft se comportó como si no hubiera pasado nada; las cosas mejoraron y no hemos vuelto a hablar de ello. Le quiero con toda mi alma. Él y Arthur son lo mejor de mi vida, pero ahora mismo estamos tan bien, tan felices...—sabía que no era el momento ni el lugar para desahogarse, pero John le escuchaba tan atentamente que no podía evitar seguir hablando—. Tengo miedo de perderle definitivamente si vuelve a pasar lo mismo, y no quiero que Arthur crezca sin sus dos padres cerca.

—Las cosas cambian con el tiempo, Greg. Entiendo tus temores, pero a lo mejor deberías planteártelo.

Greg se quedó callado. No quería darle la razón, pero tampoco quería discutir con su amigo en ese momento, así que cambió de tema con una sonrisa:

—Supongo que te tengo que dar mi enhorabuena, John.

Su amigo se dio cuenta del brusco cambio de tema pero aun así se puso nervioso y sonrojado. Carraspeó para intentar disimular, pero no podía ocultar esa cara de felicidad que tiene cualquiera cuando está enamorado.

—Ya me contó Sherlock cómo os enterasteis. Me habría gustado decíroslo en persona, pero...

—No te preocupes—Greg le restó importancia con un gesto de la mano—, lo importante es que por fin estáis juntos. ¿Cómo hiciste esta vez para que se diera cuenta?

—Bueno—John hizo un puño con su mano, un gesto de sus días en el ejército, apartó un momento la mirada y dijo con voz firme—: simplemente pensé que debía ser más directo.

—¿Y?—le animó Greg a seguir.

—Le besé.

Greg reprimió una carcajada para no despertar a su cuñado, pero una vez en su casa se reiría con ganas.

—Buena técnica, siempre funciona—dijo Greg divertido—. ¿Qué pasó después?

—Sherlock quiso hacer como si no hubiera pasado nada, pero me planté frente a él y le obligué a admitir que estaba enamorado de mí—la cara de John se iluminó con una pequeña sonrisa—. Le dije que si no lo hacía me desharía de Billy.

—¿Billy?

—La calavera—dijo John señalando con un movimiento de cabeza la chimenea apagada.

Greg se volvió y efectivamente, allí seguía esa dichosa calavera. Siempre le había parecido un poco siniestro, pero por lo menos ya sabía su nombre.

En ese momento apareció Mycroft por la puerta cargando a su hijo dormido con un brazo y con el otro sujetando su maleta y un peluche de jirafa que no había visto antes. John pareció leer sus pensamientos.

—Tuvimos un pequeño accidente con su jirafa. Arthur lo acercó demasiado a un mechero bunsen durante uno de los experimentos de Sherlock. Casi tuvimos que llamar a los bomberos—se lamentó John—. Me sentía tan mal que le compré otro.

—Gracias, John—dijo Greg mientras le daba un beso a su hijo en la coronilla. Arthur se removió un poco pero no se despertó—. ¿Algo más que debamos saber?

John negó con la cabeza.

—Mañana os contaré, id a casa a descansar.

—Gracias por todo, John—dijo Mycroft—. Agradece también a mi hermano cuando se despierte. Por lo menos Arthur está entero.

John les sonrió de forma cómplice y les despidió con un saludo. Arthur no se despertó durante el viaje en coche, ni siquiera cuando una vez en casa Greg le puso su pijama favorito y le acostó en su cama con su nuevo peluche jirafa. Le dio un beso en la frente y fue a su habitación para acostarse junto a Mycroft.

Greg estaba sumamente feliz en ese momento. Tenía un hijo maravilloso, un marido al que amaba con locura y un cuñado del que reírse a sus anchas. La vida no le podía ir mejor. Sólo esperaba que esa felicidad tardara mucho tiempo en marcharse.