Es una noche espantosa. Espantosa. Emma se siente cada vez más frustrada, preocupada e impotente, mientras se inclina hacia delante e intenta vislumbrar la carretera al otro lado de la danza frenética de los limpiaparabrisas y del enloquecido torbellino de nieve.
¿Dónde está? ¿Por qué no le responde a los mensajes?
Ha pasado 1 hora y 47 minutos desde que Regina la llamó diciéndole que había salido pronto de la reunión en Bangor y que paraba un momento en el Cisne Negro para tomarse un café. Aparentemente, el riesgo de caída del servicio eléctrico ante la inminente llegada de la tormenta "Goliath" se había despachado con eficiencia por parte de los comisionados del condado y del personal de Emera Maine, a pesar de que la convocatoria de urgencia de la reunión tras el desplome de tres postes de luz en el norte de Penobscot esta misma mañana hacía prever todo lo contrario.
No había querido decirle nada a Henry, al principio, para darle una sorpresa. Y cuando los minutos pasaban sin que Regina hiciera acto de presencia, se alegró mucho de no haberlo hecho, aunque ahora mismo no sabe hasta cuándo debería seguir guardando para ella sola esta información.
Sólo sabe que siente muy, muy frustrada.
(¿Por qué narices los votantes del Distrito 1 de Penobscot habían recibido con tanto entusiasmo la candidatura como comisionada de la alcaldesa de Storybrooke? Como si el cargo municipal no la tuviera suficientemente ocupada...
¿Y qué necesidad tenía Regina de tomarse un café en "ese tugurio para camioneros", como ella lo llama, si Emma es perfectamente capaz de preparar un café acorde con sus precisas especificaciones?)
Y muy preocupada.
Se tardan 20 minutos en coche desde el Cisne Negro a su casa de Storybrooke, 30 aproximadamente si hay temporal pero llevas un Mercedes con neumáticos para la nieve y no hay mucho tráfico, como es lógicamente el caso a estas horas de este día del año. Puede que esté hipersensibilizada tras la enésima vez del visionado de Quédate a mi lado, pero Emma considera que ya ha dado margen suficiente para que Regina haya tomado todo el café del local, hecho uso de las instalaciones higiénicas varias veces, entrado en su Mercedes y conducido hasta la casa con la parsimonia de una procesión de tortugas galápago.
Deja el coche en el desierto aparcamiento del Cisne Negro y corre hacia la puerta. Forcejea con ella hasta que está bien segura de que el local está cerrado. Golpeando los pies en el suelo para espantar el frío, llama a David con la excusa de preguntar por la marca de los pañales y después intenta averiguar lo que de verdad le interesa.
-No, claro que no. ¿No dijo que no la esperáramos hasta poco antes de medianoche?
Suficiente.
Cuelga apresuradamente , desliza de nuevo los fondos hasta la pantalla con los contactos recurrentes y pulsa sobre la imagen de Regina (una foto de apenas unos días, tomada en el jardín trasero de la mansión mientras Henry las retaba a una pelea de bolas de nieve, el rostro de Regina levantado hacia el sol naranja del atardecer, mechones sobre la nariz y la boca, abierta en una carcajada repentina, los ojos semicerrados y brillantes). Contiene la respiración al escuchar el primer tono de llamada; inmediatamente después, el desfasado estilo de la grabación de Regina la saluda con formalidad regia: "Está contactando con el número telefónico privado de Regina Mills. No estoy disponible en este momento para atender su llamada, pero si deja un mensaje tras escuchar la señal, me pondré en contacto con usted en el menor... "
El pánico que le había estado bailando aletargado en el estómago hasta entonces despierta de golpe y se extiende hasta sus pulmones. Como una nube tóxica, le alcanza el cerebro y paraliza todo proceso mental. Emma sólo ve blanco y espeso y nada por un momento y, un instante después, la cabeza le estalla en una vertiginosa sucesión de terribles escenarios.
No es ajena a esta emoción. En realidad, es una experiencia a la que sabe amoldarse con la flexibilidad y presteza que otorga la recurrencia.
Entra en el coche y recoge de la guantera su móvil del trabajo. Respira profundamente mientras espera a que se encienda y después llama, uno por uno, a todos los hospitales del sur distrito. Ni un solo ingreso en las últimas dos horas. El oficial de guardia en el servicio de tráfico le informa de que en toda la tarde se ha registrado un único accidente a las afueras de Bangor: un camión de recogida de residuos químicos ha colisionado contra la cuneta hace unas horas en su trayecto a la planta de tratamiento, en la dirección opuesta a Storybrooke. Conductor ileso. Carga vertida en la carretera.
Hace el trayecto de vuelta mucho más despacio, escrutando cada curva, cada recodo, cada sombra en la carretera. Por si acaso.
La preocupación es un dolor físico en las sienes y en el pecho cuando entra en casa y confirma lo que la ausencia del Mercedes en el patio delantero ya le había advertido.
-¡Cuánto has tardado! - la efusiva alarma en la voz de Mary Margaret la recibe en el salón. Al poco, el resto de los presentes en la casa se congrega en torno a ella. Henry aún lleva puesto al delantal, con dos grandes lamparones de grasa completando el diseño sesentero. Emma se siente vagamente cuestionada y asume que debe disipar la tensión.
- Lo siento. He pasado por casa de Ruby y me he entretenido un poco.
La mentira surge de manera automática mientras se desploma en el sofá y se deshace del gorro y los guantes. Advierte tres pares de ojos mirándola fijamente, pero descarta cualquier tipo de culpabilidad al respecto. Es incapaz de lidiar con una situación que implique una asamblea familiar de crisis en estos momentos. Está concentrada en hacer algo, el siguiente paso, lo que sea.
Esperar no es una opción.
- Esto... Cariño... ¿Los pañales? - David parece estar tanteándola con cautela. En sus brazos, el pequeño Neal se retuerce intentando escaparse, desnudo de cintura para abajo.
Mierda. Los pañales.
-Joder -se levanta disparada del sofá. -Perdón -añade rápidamente. Aparentemente conserva templanza suficiente para preocuparse por la delicada sensibilidad de Mary Margaret-. En casa de Ruby. Voy a por ellos.
Sabe lo que va a hacer. El siguiente paso. Es tan obvio que se siente tremendamente estúpida por no haberlo pensado antes.
Deja atrás al pintoresco cuadro de personas desconcertadas y se dirige al hall de la entrada.
Necesita... Abre el armario y sus dedos acarician la textura acuosa de un fular rojo burdeos. Tira de él hasta descolgarlo de la percha y se lo enrosca al cuello, llevando la delicada tela hacia arriba, hasta taparse con ella la boca y la nariz. Aspira intensamente y, por segunda vez esta noche, abre la puerta de su casa y se dirige a su volkswagen amarillo.
Emma no lo ve, pero sobre la mesilla baja junto al sofá, su móvil (2 horas y 39 minutos desde la llamada) parpadea con la notificación de mensajes.
