Llegamos al capítulo dos! Tardé bastante porque estaba terminando de escribir los últimos dos capítulos del otro fic, y este capítulo lo re-escribí alrededor de tres veces. Ahora queda escribir el tercer capítulo (El cuarto ya está terminado, sólo faltan detalles) y luego de ese me quedo en pelotas porque ya no tengo nada escrito y tengo que comenzar a inventar! YAY! Muchas me preguntaron si alguno de los chicos iba a morir. Honestamente no puedo responder esa pregunta porque no tengo un final delineado para esta historia aún, no quiero decir que no y que después se me ocurra OH YEAH MUERTE Y DESTRUCCIÓN EN TODOS LADOS, o decir que sí se cagan muriendo y terminar la historia con los dos rodeados de conejitos, tomando un helado. El capítulo dos y tres abarcan la infancia de Kurt, lo cual es bastante extraño de escribir porque I SUCK escribiendo niños. Amo los kiddy fics, pero a veces los hacen exageradamente idiotas, como con la línea de pensamiento de un niño de jardín de infantes, cuando los nenes de 6, 7 años tienen una línea de pensamiento no muy lejana a la de uno de 10. Quizás son más crédulos, pero no taaaaaaaan inocentes. En fin, los invito a escuchar la canción y leer la letra del tema-inspiración (soy la única que hace eso cuando lee fics? Mi playlist aumentó obscenamente desde que empecé a bajar temas de fics, y terminé conociendo un monton de artistas cool). Pero sobre todo la letra(y la MÚSICA) del tema del capítulo uno. Es más o menos la ambientación que *quiero* que tenga el fic, no sé si lo voy a lograr, pero es la intención. Ahora me callo porque a nadie le importa lo que tengo para decir lalalaalala. Espero que les guste!

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You seem so devoted
Your love is unconditional
You were self-promoted
I never asked you

You were my everything
My apparitional faith
Where are you when I am
Screaming to my god what am I coming to

Castle Down-Emilie Autumn

De príncipes y princesas

''…la llevó a su reino donde fueron recibidos con gran alegría y vivieron muchos años dichosos y contentos. ''

El cuarto infantil estaba iluminado por una pequeña lámpara que proporcionaba una luz tenue, pero suficiente como para no forzar la vista al leer. En una de las paredes, pendiendo de unas chinches azules, había un almanaque con la foto de un gato naranja, anunciando que estaban en el mes de Mayo de 1953. La cama de madera blanca, tenía dibujado un camino de patitos amarillos en la cabecera y el pesado acolchado compartía el mismo tema, con un par de patos parchados a éste El niño enterrado entre sus cobijas, miró soñadoramente a su madre, con los ojos cargados de rendimiento. Una pequeña arruga en su frente develó una repentina preocupación. Frunciendo las cejas, preguntó muy serio ''Mamá...?'' Pasó la lengua nerviosamente por los labios, antes de continuar. ''Qué pasaría si alguien…si el príncipe, si el príncipe de la historia hubiese conocido otro príncipe…y lo prefiriera en vez de a Rapunzel? Oh, umh…hay historias así…?''. El niño se sintió ruborizar, aún no comprendiéndolo del todo por qué los nervios danzaban en su barriga o por qué sentía que quizás no era una buena pregunta para hacer.

Elizabeth Hummel se congeló en el lugar y miró en shock a su hijo por un largo momento. Ceremoniosamente, despejó el flequillo de su frente. ''N-no lo sé, cariño…'' Admitió, pasándose la lengua por los labios, nerviosa, de la misma forma en que lo hubiese hecho su hijo anteriormente. ''Buenas noches, Kurt. Te amo.'' Susurró luego de depositar un beso en la sonrosada y regordeta mejilla. Su pequeño le brindó una sonrisa y acomodó su cuerpo para descansar, remordimiento cargado en su semblante.

Una vez hubiese apagado la lámpara, ella caminó hasta el umbral de la habitación y miró fijamente el pequeño bulto debajo de los cobertores. Su labio inferior comenzó a temblar y tuvo que atraparlo entre sus dientes para evitar su castañeo.

Por mucho que hubiese intentado ignorar el comportamiento un poco delicado de su hijo, diciéndose a sí misma que sólo se trataba de refinamiento, sabía que Kurt era diferente a los otros niños. Si bien era enérgico, también era introvertido, tímido, no le gustaba ensuciarse, y consideraba a sus pares ser demasiado bruscos. Por compañía elegía siempre las niñas y compartía gusto por sus juegos femeninos. La actividad favorita de Kurt era cantar en el coro de la iglesia los domingos y cocinar pasteles con su madre. Actividad que ambos tácitamente ocultaban, recelosos, a su padre.

Quizás si ella no lo hubiese mimado tanto…

Cerró la puerta de la habitación, dejando un pequeño espacio para que la luz del pasillo alumbre; Kurt temía a la oscuridad.

Bajó las escaleras y se dirigió al comedor donde Burt, su esposo, esperaba el café de la sobremesa, leyendo el periódico local. Elizabeth pasó a su lado, haciendo su camino hacia la cocina, acariciando su hombro al pasar. Él sonrió mientras continuaba la lectura. Su cara cambió de expresión al pasar la página y leer la noticia más candente de la semana:

El primer hospital psiquiátrico abierto hacía no mucho en Lima, Rose Red, contaba ya con sus primeros seis pacientes.

Jane y Sue Sylvester. Internadas ambas por orden de su madre, antes de abandonar Ohio. Jane había ingresado por la causa de su Síndrome de Down. Sue, por otro lado, había sido ingresada a la fuerza bajo el diagnóstico de histeria.

Shanon Beiste, bajo el diagnóstico de mal formaciones en su cuerpo y delirio. Algunos rumores informaban que se creía un hombre. Médicos de varios estados, habían acudido a Ohio con la intención de estudiarla.

Terrie Schuster, la esposa del profesor de la primaria, estaba bajo tratamiento luego de sufrir un embarazo histérico.

El último paciente, Walter Thomas, había sido ingresado contra su voluntad, luego de haber sido entregado por su esposa, bajo el diagnóstico de homosexualidad. Según se sabía, su esposa lo había encontrado en su oficina besando apasionadamente a su contador, Hiram. Fuentes policiales informaban que Hiram se había escapado de Lima, y dejado sus propiedades a Leroy Berry, padre viudo de una de las compañeras de coro de su hijo.

Burt conocía bien a Walter. Era un hombre entrando a sus treinta, padre de familia y cliente regular en el garaje. Kurt lo idolatraba. El hombre siempre tenía nuevas historias para contar sobre los viajes que realizaba y el pequeño siempre encontraba fascinante cada nuevo dato que pudiese proporcionarle sobre New York y París.

El sonido de la platería golpeándose entre sí sobre la bandeja, lo devolvió a la comodidad de su hogar. Su esposa sirvió el café en silencio y, una vez sentada, comenzó a dar pequeños sorbos al líquido aún demasiado caliente para ser bebido. Su mano estaba sobre la mesa, y su dedo golpeteaba nerviosamente una y otra vez contra la madera.

Burt levantó la vista.

''Lizzie, pasa algo?''

La mujer dejó de golpetear su uña contra el material, deteniendo el molesto ruido y llevando ambas manos a su regazo, donde las entrelazó para mantenerlas bajo control.

Sus ojos estaban cargados con miedo.

''Yo…Burt. Kurt…Kurtie dijo algo que puede llegar a significar…Burt.''

Mientras ella se tropezaba con sus propias palabras, su esposo la observaba impasible. Elizabeth sabía que él era un hombre compasivo y se preocupaba por su hijo más que por nada en el mundo, pero también sabía cómo solían reaccionar los hombres cuando estas situaciones golpeaban el seno familiar. Sabía lo que había sucedido con su vecino Walter.

Temía por su hijo. Deseaba que esto sólo fuese una etapa en la vida de Kurt. De verdad lo esperaba, por su propio bien.

''Lo sé.''

Los enormes ojos azules de ella lo miraron desconcertados, aún no comprendiendo realmente a qué se refería. Estaban ambos refiriéndose a lo mismo? Con su mirada buscó si en el rostro de él se reflejaba furia o decepción. Burt sólo se veía desgastado, como si no fuese la primera vez que este tema rondase por su cabeza.

''…Qué?''

''Que lo sé, Lizzie. Sé que Kurt es…diferente. Desde hace ya algún tiempo he comenzado a notar…bueno, lo mismo que supongo tú notas.''

Elizabeth lo observó en silencio, aguardando a que terminase de hablar. Esperando la oración que quizás le arrebatase lo que más amaba en la vida.

''Quiero que sepas, pero sobre todo quiero que Kurt sepa, que lo amo lo mismo. Aún tiene siete años y tiempo para cambiar. Si sigue sintiéndose de la misma forma cuando sea mayor…y actuando en ella…ya veremos. Eisenhower y McCarthy se están encargando endemoniadamente bien de poner a la sociedad en constante pánico moral. No sé qué sucederá mañana, pero quiero que él este seguro. No quiero que…no quiero que lo dañen.''

Ambos evocaron el recuerdo del escándalo más reciente en las cercanías de Westerville, en donde los compañeros de trabajo de un muchacho joven llamado Jeremiah, lo habían golpeado hasta la muerte al enterarse de que el joven era homosexual.

''Oh, por Dios!''

Susurró la mujer, cubriéndose la boca con las manos, en horror.

Burt se levantó de su silla y rodeó a su esposa con sus brazos. ''No dejaré que nadie ponga un dedo sobre él.'' Tomó su mano y la apretó suavemente, intentando transmitirle seguridad.

Ninguno concilió el sueño esa noche. Ambos pasaron las horas cuestionándose a sí mismos en qué momento la crianza había fallado, y en qué exacto momento, su pequeño había comenzado a volverse…bueno, volverse homosexual.

Quizás ella lo había vuelto demasiado sensible y alterado su frágil mente con cuentos de hadas. Quizás había glamourizado demasiado la imagen del rescate de los príncipes, haciendo que el niño sienta más deseos de ser el rescatado que de ser quien salvase a las princesas.

Quizás él no pasaba demasiado tiempo con Kurt porque el garaje florecía y los horarios eran demandantes. Debería haber puesto más empeño ante la práctica de deportes e ignorar la negativa de su hijo a participar en ellos. Quizás si lo llevase al garaje y se ensuciase las manos…

Ambos se culpaban en silencio por el error de haber arruinado la oportunidad de su único hijo de tener una vida normal, plena y libre de complicaciones.

Pero por sobre todo, libre de peligro.

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Kurt Hummel

Todo había comenzado la noche en la que había oído a mamá gritar y luego a papá llorar. Kurt había apretado fuerte a su conejo de felpa contra su pecho, para luego cerrar los ojos y contar hasta cien, doscientos e incluso esa noche había llegado hasta quinientos para cuando el silencio hubiese reinado nuevamente en la casa. Minutos después, la luz del pasillo le indicó que su puerta había sido abierta ampliamente. Unos pasos pesados anunciaron a su padre controlando, supuso él, que Kurt fuese un buen niño y se encontrase dormido. Sintió el leve roce de una mano corriendo el cabello de sus ojos y el leve rumor de una voz susurrando las buenas noches.

Progresivamente las cosas en la casa habían comenzado a cambiar. Su padre solía estar más tiempo en la casa y su madre solía dormir (aún) más de lo que era usual. El comportamiento de su madre fue mutando paulatinamente, al principio en cosas pequeñas como no recordar preparar su merienda, o no permitirle tomar un baño porque el agua podía ser peligrosa. Pero luego ella había comenzado a golpear sus uñas contra toda superficie, o no hablar ni prestar atención a lo que sucedía alrededor por largos periodos de tiempo. Una noche, camino al baño, kurt escuchó a sus padres discutiendo. Intentó no prestar mayor atención, ya que sabía que no debía inmiscuirse en conversaciones de adultos, pero eso no evito que pudiese sobre-oír a su madre diciendo que a veces contemplaba la idea de llenar la bañera y sólo dejarse morir, que eso sería mejor que vivir de esa forma ya que ambos estaban en un camino donde sólo existía la cuesta abajo. Esa noche kurt no durmió y días después, por la puerta, comenzaron a desfilar más doctores, terapeutas y psiquiatras de los que creía que todas las personas en Lima verían en su vida en conjunto. Su madre había comenzado a tomar varias píldoras al día y, al parecer, eran de suma importancia, ya que una vez al no tomar las de la mañana, olvidó en qué lugar bajar en el bus para volver a casa y entró en tal crisis que la policía tuvo que contactar a su padre para ir a buscarla.

Ante esta situación él había comenzado a volver del colegio corriendo, en orden de no dejarla sola. El mayor miedo de Kurt en ese momento era llegar a su casa y encontrar a su madre en un charco de sangre, ahogada en la bañera o una combinación de ambas, como ella había implicado. A pesar de nunca haber estado expuesto a situaciones o imágenes violentas, en su cabeza titilaban como un flash todas las situaciones en la que una vida pudiese escaparse. Cada paso que daba camino a su casa era una nueva fotografía a todo color de la posible forma en la que podría encontrar el cuerpo de su madre. Su pequeña cabeza de casi siete años estaba convencida de que si él llegaba a tiempo, podría llegar a salvarla. Sin embargo, una tarde a la salida del colegio Noah y Finn habían decidido convertirlo en el centro de entretenimiento, robándole el portafolio de cuero marrón donde Kurt solía llevar los cuadernos de clase. Kurt se había debatido minutos entre recuperar sus útiles o volver a casa a tiempo. Consideró que sus calificaciones altas hacían feliz a mamá. Una mamá feliz era menos propensa a querer abrirse las muñecas, verdad? Finn y Noah se encontraban a cada lado de él, lanzándose el uno al otro el regalo que su padre le había obsequiado al volver de la capital, mientras los demás niños del colegio observaban el espectáculo. Consideró rápidamente lo que tenía que hacer: Primero correría y doblaría en la esquina. No correría tan rápido, sólo la suficiente velocidad para que ellos pensasen que era una presa fácil y se vieran tentados a seguirlo. Kurt miró a ambos niños con fingida tristeza y se echó a correr. Como esperaba, lo siguieron. Al doblar en la esquina ninguno de los bravucones esperaba encontrarse con un pequeño pie hundiéndose contra sus entrepiernas. Él intentó tomar el morral de las manos de Finn, pero éste lo tenía aferrado en su puño, a causa del dolor. Kurt agradeció en silencio el hecho de que mamá hubiese sido lo suficientemente descuidada como para no cortarle las uñas por semanas, y las enterró en el rostro de Finn, haciendo que el muchacho soltase las tiras del portafolio para cubrirse la mejilla. Kurt lo ajustó a sus manos y comenzó a correr como si lo persiguiese el mismísimo Diablo. Para sus adentros pensó que si Finn llegase a atraparlo, podría llegar a hacerle algo mucho peor que el príncipe de los infiernos. Al llegar a los alrededores de su casa, vio un tumulto de gente rodeando su puerta principal. Había al menos diez vecinos rodeando algo o a alguien. Todos lucían un rostro preocupado y murmuraban por lo bajo. Uno de ellos, corrió la vista de la escena y posó sus ojos en él al notarlo allí, dirigiéndole una mirada de pesadumbre. El corazón de Kurt se detuvo. Había llegado demasiado tarde. La idiotez de Finn y Noah, habían hecho que él llegase demasiado tarde. Un sentimiento desconocido hasta el momento comenzó a trepar desde lo más profundo de sus entrañas: Odio. El odio más puro y crudo que un niño inocente pudiese llegar a sentir. Kurt tomó aire y resignadamente caminó hasta su casa. A medida que los vecinos iban corriéndose para cederle el paso, algunos palmeaban su hombro y otros acariciaban su cabello. El último gesto le molestó, sólo sus padres podían tocar su cabello. A veces. Mantuvo la mirada en el suelo, y algo llamó poderosamente su atención: Zapatos verde menta. Levantó la vista y encontró a su madre sentada en el porche de la casa, temblando y sosteniendo con dificultad un vaso de agua (Probablemente otorgado por un vecino, en su casa no tenían vasos de ese color). Elizabeth mantenía la cabeza gacha e intentaba sonreír lo más naturalmente posible a los demás. Una vecina lo llamó aparte y, en confidencia, le contó que a su madre le había parecido que la casa se encontraba llena de enormes arañas y salió a la vereda en un ataque de nervios. La mujer había ladeado la cabeza con una sonrisa condescendiente y depositado en sus manos un puñado de hierbas relajantes para que Kurt fuese un buen muchacho y le preparase un té a su mami.

Al llegar del taller a casa esa tarde, Burt había encontrado a Elizabeth dormida en el sillón del living y a Kurt a los pies del mismo hecho un ovillo, llorando desconsoladamente.

Una semana después de esto, la abuela (la madre de su madre) había ido a pasar unas cortas vacaciones con ellos. Lo cual era extraño, ya que había oído en muchas ocasiones que la abuela y su padre se odiaban. Ella le había dicho que necesitaban conocerse más y que pasarían mucho tiempo juntos, haciendo divertidas actividades lo que durase su estadía en la casa. Su abuela no era precisamente la persona más entretenida del mundo, pero imaginó que debería acostumbrarse porque era con quién pasaba más tiempo ahora. Repentinamente sus padres habían comenzado a faltar mucho más en la casa. Mamá solía sobresaltarse sin que nadie la asustase, y luego pasaba largos periodos de tiempo sola en su habitación. En los días donde cosas extrañas solían suceder, la abuela usualmente cenaba con ella mientras que él y papá, comían en silencio en la cocina. Días después de que la abuela hubiese vuelto a su propia casa, una mujer de color había tocado a la puerta familiar, presentándose como Amarika Jones, comunicando que había sido enviada por la abuela para ayudar con las cosas de la casa y cuidar de Elizabeth. Kurt frunció el seño en confusión al oír a la mujer decir que estaba allí no para cuidar de él, sino de su madre.

A medida que las semanas transcurrían, él finalmente entendió el por qué de la presencia de esa mujer en la casa. Mamá había comenzado a actuar un poco más raro de lo normal. Solía mover el pie todo el tiempo en un incesante tic nervioso (así lo había llamado su padre) y, por lo general, la notaba inquieta, focalizando la vista en cosas que él no podía ver. Sus manos habían comenzado a temblar y ya no podía tomar sola sus píldoras, las cuales habían aumentado de número vertiginosamente.

La Sra. Jones había sido de gran ayuda y, aunque al principio Kurt era reticente a tratarla –jamás había hablado con una persona con piel oscura- eso había cambiado en el momento en que ella lo había contenido en un día particularmente malo en el comportamiento de su madre. Papá le había dicho en una larga charla que mamá estaba enferma y que a veces podía llegar a comportarse o actuar de forma extraña, pero que lo seguiría amando lo mismo. Kurt reproducía las palabras de su padre constantemente en su cabeza intentando recordar lo último, pero los días particularmente malos de Elizabeth eran muy difíciles de asimilar para el pequeño. La mayor parte del tiempo había cierta desconexión en la mujer que solía besarlo al darle las buenas noches y quien lo miraba ahora; Sus ojos ya no reflejaban la adoración que él solía sentir de su parte. Por las noches, cuando sabía que todos dormían, él solía bajar las escaleras y sentarse en el sillón principal, donde su madre pasase las tardes y se acurrucaría entre los almohadones, inhalando su aroma. Ese que ya no podía sentir de primera mano, ya que había comenzado a temer que ella rechazase su acercamiento. Kurt intentaba poner lo mejor de sí mismo para ser lo más callado y calmo en la casa, ya que mamá no se estaba sintiendo del todo bien. Quizás si él fuese lo suficientemente bueno, mamá recordaría que lo amaba y volvería a sonreír.

El día del cumpleaños número siete de Kurt, la Sra. Jones le llevó un regalo muy especial: Mercedes. Mercedes era la hija de Amarika y había resultado ser una excelente compañía para el niño. Los días en donde ella no iba a la escuela, la mujer solía llevarla a su trabajo. Rápidamente ella y kurt se volvieron amigos, apaleando un poco la soledad que el niño sufría en su propio hogar. Burt no podía estar más agradecido por ello.

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Poco antes de navidad, su madre había golpeado la puerta de su cuarto y lo había instado a bajar con ella a la cocina para hornear galletas como solían hacer. Su madre sonrió, preguntó cómo estaban las cosas en el colegio y prometió volver a asistir a misa para oírlo cantar (actividad que habían suspendido, debido a los cambios de humor repentinos de ella).

Al sacar las galletas del horno, su madre tomó una y la partió por la mitad. Sopló con cuidado una parte y luego se la ofreció. Kurt tomó la media galleta y la apoyó sobre la mesa antes disculparse para visitar el tocador. Una vez cerrada la puerta detrás de él, tomó una toalla y hundió su rostro en ella antes de estallar en sollozos, abrumado repentinamente por la familiaridad de su madre siendo cálida y amorosa a su alrededor. Mamá estaba de vuelta.

Al volver a la cocina, encontró la bandeja en el suelo, las galletas en el fregadero con el agua de la canilla corriendo y a su madre con su viejo característico tic de golpetear los dedos contra la mesa.

''Gusanos. Oh, Dios, Kurt. Había tanto gusanos en ellas! La harina debe de haber estado mala pero…ugh…fue asqueroso.''

Kurt sólo atinó a asentir con la cabeza y retirarse de la cocina. Al subir las escaleras hacia su cuarto, aún podía oír el monólogo de la mejer comenzando a salirse de control y los rápidos pasos de la Sra. Jones para serenarla.

Dos meses luego del incidente de las galletas, un camión de mudanzas se estacionó frente a la casa. Mercedes y Kurt pasaron la mitad del mediodía viendo a los adultos descargar una enorme cantidad de muebles estampados mientras ellos juzgaban el aspecto de los mismos e intentaban atisbar quiénes serían sus dueños. Horas después de que él camión se hubiese ido, no había rastros de personas en la casa. Los empleados habían dejado el lugar listo para ser habitado, pero no había familia a la vista. Ambos niños se sentaron en la vereda con las manos apoyadas en la barbilla, visiblemente decepcionados por la falta de un espectáculo al que estar atentos.

''Quién crees que vaya a vivir allí?''

''Un príncipe?''

Mercedes lo observó curiosa no entendiendo si Kurt hablaba enserio o era el comienzo de otro juego.

''Cuando estaban descargando una de las cajas, vi asomar el mango de una espada. Puede ser la espada de un príncipe.''

Los ojos de ella se iluminaron, paleteando la idea.

''Crees que nos defenderá de los malos?''

Kurt sabía que Mercedes solía recibir agresiones y que varios niños solían burlarse de ella, haciéndoles bromas crueles, a causa del color de su piel. Antes de que pudiese abrir la boca y contestar, el ruido de vidrio estallando lo sobresaltó. La puerta de entrada de su casa estaba abierta y su madre gritaba a todo pulmón que el living estaba incendiándose. Detrás de ella, la Sra. Jones la sujetaba con fuerza para impedir que Elizabeth se escapase. En un rápido movimiento, la tomó de la cintura y logró contenerla dentro de la casa. Lanzó una mirada de disculpa hacia los niños por haber tenido que atestiguar otro de los ataques alucinógenos de la Sra. del hogar. Ambos infantes compartieron una mirada de aprensión, pero decidieron tácitamente pretender que el último minuto no había existido.

''Eso espero.''

Susurró Kurt, antes de abrazarse a sus piernas y reposar el rostro en sus rodillas.

Esquizofrenia y Depresión. Eso es lo que había oído decir a unos de los últimos doctores que había visitado a mamá, mientras hablaba con su padre. No había comprendido del todo lo que el médico había dicho porque usaba muchas palabras que nunca había escuchado, pero sí había entendido lo suficiente como para saber que no era bueno. Su madre estaba muy enferma en su cabeza y el doctor había recomendado la internación en el Rose Red de Lima. Kurt había pasado frente al edificio varias veces cuando su padre saliese de la ciudad a comprar repuestos y él lo acompañase. El lugar era imponente y se veía…mágico. Esa era la palabra que se le había ocurrido al verlo por primera vez. Entusiasmado, había preguntado a su padre qué era esa nueva casona y si podrían entrar para ver cómo era por dentro. Kurt sospechaba que por dentro habría toda clase de cosas bellas, al igual que la fachada del lugar. Cuando su padre le hubiese explicado qué era el lugar y qué tipo de personas eran sólo las que llegaban a conocerlo por dentro, él se había desenamorado al instante.

Por supuesto su padre se había rehusado a internar a su esposa en un psiquiátrico y gracias a ello, para bien o para mal, Kurt aún tenía una madre para disfrutar cuando ella vivía sus días buenos.

Ambos niños se enderezaron al oír el sonido de un auto aproximándose. Éste estacionó justo en la puerta de la casa de la mudanza. Del vehículo bajó un elegante hombre alto y de penetrantes ojos azules. El hombre rodeó el auto, para abrir la puerta de acompañante, de la cual bajó una hermosa mujer de estatura baja. La mujer hizo un paneo con la mirada a la casa y el lugar, antes de dejar caer la vista en sus pequeños espectadores. Les sonrió y se dirigió a golpear suavemente la ventanilla trasera del auto, antes de abrirla. De ella bajó niño, aproximadamente de la edad de ellos sino un poco más grande, con el cabello engominado y enormes ojos pardos. El niño preguntó algo a su madre, a lo que ésta asintió y acto seguido comenzó a caminar hacia ellos. El pequeño extendió su mano a Kurt y se la estrechó, presentándose:

''Mi nombre es Blaine Anderson.''

Kurt lo observó algo atontado y entretenido. Nunca había visto a niños presentarse con las formas de los adultos.

''K-Kurt Hummel.''

Blaine asintió y estrechó también la mano de Mercedes en un ademán bastante más delicado del utilizado con Kurt.

''Mercedes Jones.''

Se presentó la niña entre risitas.

''Voy a vivir en aquella casa'' Dijo Blaine dándose media vuelta y apuntando con el índice en torno a la edificación que los niños habían estado observando toda la mañana ''Los invito a visitarme cuando quieran. Tengo muchos juguetes, lo prometo. Vendrán?'' Pronunció la última palabra, balanceándose sobre sus tobillos y con la excitación danzándole en los ojos.

Kurt dudó un momento. Por lo general los niños eran groseros con él en cuanto descubrían que no era amante de los juegos bruscos a los que siempre querían jugar. Blaine parecía bastante más evolucionado que los demás. Y eso también significaba una oportunidad para poder ver el interior de una de las casas más grandes de la ciudad. Además, el niño había extendido su invitación también a Mercedes y eso le había gustado.

''Por supuesto.'' Resolvió. Iba a darle una oportunidad.

Blaine asintió con la cabeza una vez, se excusó y marchó en torno a sus padres, los cuales ya estaban ingresando por el umbral de la puerta.

Hiciste nuevos amigos, campeón?

Pudo oír Kurt que el hombre alto le preguntaba al nuevo niño.

''No sé si es un príncipe, Kurt. Pero estoy muy segura de que es un caballero.''

Comentó Mercedes más para sí misma que para él.

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Blaine resultó ser un torbellino inesperado en la vida de Kurt, pero era definitivamente lo que necesitaba. Si bien no estaban juntos en clase, porque Blaine era dos, casi tres años mayor que Kurt, pasaban la mayor parte del tiempo juntos. Si bien él era más bajo que la mayoría de los niños de su edad, Blaine compensaba su falta de estatura con un rico vocabulario, encanto y un carácter cuanto menos impredecible. A lo largo de los meses Kurt lo había observado ser paciente, dulce y comprensivo en un momento a golpear y hacer sangrar la nariz de Karofsky, tres veces más grande que él, en otro. El chico tenía un claro temperamento, pero jamás lo perdía con Kurt aunque éste le diese motivos de sobra para hacerlo. Eso lo hacía sentir bien. Eso lo hacía sentir especial, algo que había dejado de sentirse hacía mucho. Blaine era lo que podría llamarse popular en el colegio y en la pequeña ciudad. Era amable con todos y no aceptaba malos tratos por parte de nadie, era muy enérgico y siempre proponía los mejores juegos, lo cual le garantizaba estar invitado a todos los cumpleaños. Blaine invitado a un cumpleaños significaba Kurt también invitado por default. Kurt invitado por default a un cumpleaños significaba Blaine prácticamente arrastrándolo de su casa para que Kurt pudiese integrarse al grupo de niños del colegio. Kurt intentando integrarse generalmente terminaba en algún juego que implicase la manipulación de alguna utilería usada como arma y su labio roto. Él a veces no entendía como era que el otro niño se las ingeniaba para hacer todas las mismas cosas que los salvajes de sus compañeros pero con elegancia. Al confiarle este pensamiento, el niño se había ofrecido a enseñarle cómo defenderse. Blaine le había contado a kurt, que su padre le había enseñado muy de pequeño, los puntos básicos para romper una nariz a raíz de las constantes bromas de sus pares por su altura. Ante el rostro horrorizado del niño de ojos azules, Blaine sólo había podido reír y regalarle su espada, sólo por si algún día él no estaba cerca para defenderlo. Kurt se había convencido a sí mismo que Blaine era otro de los pequeños milagros por los que él había rezado tanto. Su propio príncipe para defenderlo a capa y espada-a veces literalmente-de todo lo que pudiese salir mal.

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''Mamá? Mamá, voy a casa de Blaine.''

Elizabeth se encontraba sentada en el sillón del living, contemplando el vacío. No parecía oír la voz de su hijo. Kurt se acercó a ella y tomó su mano.

''Mamá...?''

Elizabeth reaccionó como si se hubiese despertado repentinamente de un largo sueño y focalizó su mirada nuevamente. Sonrió ante la visión del rostro de Kurt, y corrió el flequillo de su frente, como siempre lo hacía.

''Lo siento cariño, e-estoy un poco perdida…'' Dijo ella, enviando una plegaria silenciosa con sus ojos ''Qué estabas diciendo?'' Kurt se dio cuenta de que su madre creía que estaban manteniendo una conversación.

''Oh, umh…te estaba preguntando si podía ir a la casa de Blaine. Su mamá ayer me invitó a almorzar con ellos y…''

Los ojos de ella se iluminaron repentinamente.

''Oh, sí, sí. Tu padre me lo comentó anoche!'' Exclamó ella ''De hecho…'' Elizabeth se levantó del sillón y se dirigió a la cocina. El niño la observó estupefacto, ya que hacía meses que su madre no mostraba tanta vitalidad y compostura. Cordura, pensó un lugar de su cabeza, y se sintió culpable por considerarlo. Su madre volvió sosteniendo una bandeja redonda tapada por un paño de cocina. ''Es un pastel de leche. Le pedí a Amarika que lo preparase para que se lo llevases a los Anderson hoy.'' Kurt se abalanzó a los brazos de su madre y le cubrió el rostro de besos mientras repetía las gracias una y otra vez. A veces el cielo le concedía pequeños milagros. Eso lo había aprendido en la escuela dominical, si él era lo suficientemente bueno, el cielo le concedería esos pequeños milagros.

''Puedo quedarme contigo, mami. No tengo ir.'' Ofreció él, esperanzado. Si ella iba a volver a actuar como siempre, él quería estar presente.

''No, está bien, cariño'' Dijo ella, poniendo la bandeja en manos del niño ''Mami necesita dormir.''

Kurt sabía lo que significaba eso. Cuando mamá necesitaba dormir, lo hacía por la mayor parte del día. A veces él entraba a su cuarto y ponía un espejo de mano debajo de su nariz, sólo para chequear que ella estuviese aún respirando.

Amarika, observando el intercambio entre madre e hijo, se adentró en el living y apoyó una mano en el hombro de Kurt. ''Ve a divertirte con tu amigo. Todo va a estar bien, pequeño hombrecito''. Le aseguró ella con una sonrisa. Kurt abrazó a la mujer e inhaló su perfume floral. Era muy distinto al que usaba su madre, pero había aprendido a sentirlo casi tan reconfortante. Olía a seguridad.

Antes de que kurt pudiese golpear la puerta, Blaine la abrió del lado de adentro al mismo tiempo.

''Estaba justo yendo a buscarte!'' Exclamó el niño con su característica enorme sonrisa. Su cabello estaba húmedo y se ondulaba en los extremos. Jamás lo había visto con el cabello sin engominar. Se veía…Kurt no pudo encontrar una palabra para describirlo. ''Pensé que te habías arrepentido.'' Agregó Blaine más suavemente. Kurt entendió que en realidad el otro había decidido ir él mismo, sólo por si algo relacionado a su madre había sucedido.

Esa noche la familia Anderson anunció que próximamente se tomarían un pequeño descanso de días, durante las vacaciones de primavera, para arreglar unos asuntos pendientes en Washington. El padre de Blaine, era médico cirujano y solía viajar de vez en vez para asistir a seminarios. Cuando coincidía con un receso escolar, solía llevar a la familia entera para vacacionar. Con sólo diez años, Blaine había conocido más estados que la mayoría de los adultos de Lima. Había ido a New York en dos ocasiones e incluso en una de ellas, si padre se las había ingeniado para sobornar un par de personas y hacer que Blaine pudiese ingresar a la ópera en el día de su noveno cumpleaños. Al oír que su mejor amigo estaría lejos durante la mayor parte de las vacaciones, había derribado su espíritu pero intentó poner buena cara. En ese momento se vio rodeado por rostros sonriendo enigmáticamente. Descontando a Blaine, Blaine sólo tenía su sonrisa maniática mientas rebotaba sobre su propio trasero en la silla. ''Díselo ya, papá!'' Gritó repentinamente el niño de rizos, sin poder contener la emoción. El Sr. Anderson había puesto los ojos en blanco, ante la impaciencia de su hijo, pero se volteó a volver a observar al niño de confundidos ojos azules.

''Kurt…hablé con tu padre y me dijo que si tú estabas de acuerdo, él estaba de acuerdo también. Queremos que nos acompañes en las vacaciones de primaver…'' Antes de que el Sr. Anderson pudiese terminar la frase, Blaine se arrodilló sobre la silla y arrimó su cuerpo a Kurt. ''Vendrás, verdad?!'' Preguntó con los ojos muy abiertos. El Sr. Anderson se aclaró la garganta y la sonrisa del rostro del niño se desvaneció dejando solo una mueca avergonzada. ''Perdón, Señor'' Musitó Blaine, volviendo a ocupar su lugar en el asiento, mirando la mesa y entrelazando sus dedos. El hombre dejó de observar severamente a su hijo, y suavizó su rostro al enfocarse nuevamente en Kurt. ''…Como te estaba diciendo antes de que el resorte con rizos me interrumpiera…'' El Sr. Anderson volvió a mirar a Blaine arqueando una ceja, comprobando la obediencia del niño. Al no oír una réplica, guiño el ojo a su hijo y volvió a Kurt por tercera vez. ''…Nos gustaría que nos acompañes a Washington esos días. Qué dices?'' Kurt sintió una cálida mano apoyada en la suya. La Sra. Anderson le sonrió y agregó ''No hay presión, dulzura. Pero realmente nos gustaría que nos acompañes. Además conozco a un niñito que no dejaría de preguntar cuándo volveríamos a Lima si no estás allí.'' Kurt no necesitaba tiempo para pensar si quería ir ¡Por supuesto que quería ir! Pero necesitaba tiempo para saber si lo podría atreverse a dejar a su madre sola. La sola idea de perderla de vista durante días lo aterrorizaba.

El día en el que los Anderson partieron hacía la capital del país, Kurt se levantó por la madrugada al oír el ruido del motor del auto. A través de la ventana, los vio subir un par de valijas al maletero. Blaine salió de la casa momentos antes de que su madre asegurara la cerradura, aún en pijamas. Antes de ingresar al auto, el niño levantó la vista y sus miradas se encontraron. Blaine le ofreció una media sonrisa que fue todo menos cálida. Kurt articuló un 'Lo siento' esperando que el otro niño pudiese leer sus labios. Blaine sólo había apretado los labios y había subido dentro del auto, sin volver a dirigir la vista hacía la ventana. El resto de la mañana, Kurt había permanecido en cama, abrazado a su espada.

Dos días después de que Blaine se hubiese marchado, Kurt fue enviado a pasar las vacaciones de primavera con su abuela en medio de griterío y llanto que no evitaron que su padre, con los ojos llorosos, lo forzase dentro del auto de la mujer. Durante las dos semanas de las vacaciones su abuela llamaba al menos tres veces por día a la casa de su padre. Kurt pasaba la mayor parte del tiempo con Shantal Jones, una de las tres criadas de la abuela y hermana de Amarika. La casa de su abuela era un enorme complejo de tres pisos en la zona más acaudalada de Westerville. Tenía una cancha de tenis que Kurt odiaba porque llenaba sus zapatos de polvo de ladrillo, una piscina que nadie utilizaba cuyo único motivo de existencia parecía ser el de ahogar los múltiples perros chillones que su abuela criaba. El living estaba tapizado enteramente de beige y la pared principal estaba decorada por la pecera más grande que él hubiese visto en su vida. Todos los días a las cinco en punto, su abuela alimentaba los peces (Treinta y cuatro. Los había contado una tarde en la que sus opciones eran contar los peces o ahogarse en la piscina) metódicamente. Abría el pequeño tarro donde guardaba la comida especial importada de algún país que él nunca podía pronunciar bien, la colocaba en un tarro medidor y luego la pesaba en una pequeña balanza plateada para asegurarse que la medida fuese la correcta. Aunque ella usaba el mismo tarro medidor todos los días durante lo que él asumía siglos, quizás, la mujer seguía pesando el alimento por costumbre. En ese momento Kurt decidió que aborrecía a la gente metódica y que también aborrecía a su abuela. En orden de mantenerlo entretenido, incluso dejaron que Mercedes pasase tres días con ellos, bajo el cuidado de su tía. Su abuela había anunciado complacida que había hablado con Amarika para que permitiese a su hija pasar tiempo con él. Incluso había bromeado acerca de cómo Mercedes, al parecer, era su pequeña criada. Kurt rápidamente entendió de dónde venía el aborrecimiento de su padre hacia la mujer.

A través de las breves conversaciones telefónicas que se le tenía permitido mantener con papá, y las cortas visitas, Kurt averiguó que los médicos habían cambiado algunos medicamentos de su madre, y también necesitaban dejarla en observación durante un par de días. Que lo mejor era que permaneciese apartado de la casa, hasta que las cosas fueran un poco más estables, o al menos hasta que terminasen las vacaciones.

Kurt se preguntaba si los Anderson sabrían que lo enviarían aquí y por eso habían decidido invitarlo a viajar con ellos. Se había rehusado, ignorando sus verdaderos deseos en orden de poder estar al lado de su madre y ahora no podía ni siquiera podía oír su voz en el teléfono.

Tres días antes de que debiese regresar a casa, se encontraba en el living tomando el té con su abuela (El momento más excitante del día, se decía a sí mismo), cuando sonó el teléfono. Observó a la mujer empalidecer antes de comenzar a gritar cosas como Cómo es posible que la dejaran sola?! O Se suponía que la medicación nueva funcionaba. En qué hospital?! No necesitaba mayor explicación para saber que se trataba de su madre y que se trataba de malas noticias. Su respiración comenzó a agitarse y el mundo empezó a girar a su alrededor. Escuchaba una insiste voz preguntando qué había sucedido, creyó que podría ser la suya pero ya no estaba seguro. Corrió para bloquear la puerta, determinado a que esa mujer no se retirase hasta que le dijera que había pasado con su madre. Antes de poder volver a insistir, sintió un fuerte cachetazo en el rostro que lo tumbó en el suelo y sin más, la mujer pasó por encima suyo, llamando a los gritos a su chofer. Vació el contenido de su estómago mientras escuchaba las criadas corriendo de un lado a otro, gritándose comandos las unas a las otras. ''Oh, mi niño!'' Oyó decir a la voz de Shantal, mientras era levantado del suelo, cubierto en su propio vómito. La robusta mujer lo tomó en brazos, a pesar de que Kurt estaba próximo a cumplir los ocho años y era mucho más alto que un niño común de su edad. Preparó un baño tibio y lo aseó, esperando que el agua lo relajase. Kurt no opuso resistencia. Su pequeño momento de histeria había terminado en la bofetada. Se limitó a dejar hacer mientras gordas lágrimas caían sin parar por sus mejillas. Observó el agua y se preguntó si su madre finalmente se había decidido por ahogarse en la bañera.

Una vez limpio y cambiado, Shantal se quedó con él en el living, facilitándole pequeños tragos de agua, mientras esperaban la llamada telefónica que los sacara de la incertidumbre. Kurt permaneció sentado, notando un ligero temblor en sus manos. Su mente viajaba velozmente mientras sentía una opresión en el pecho y la furia más intensa latiendo cada vez más fuerte.

Su abuela volvió a altas horas de la madrugada. Kurt dejó la cama y caminó en puntas de pie hasta la escalera pero no bajó, sabía que rechinaba. Pudo oír que su madre se encontraba bien y que el lavaje de estómago había sido exitoso. No sabía lo que eso significaba, pero su madre debió haber comido algo que no debía, haciendo que algo le sentase endemoniadamente mal. Kurt notó que Shandal comunicó cómo se encontraba él sin ser preguntada, ya que su abuela no se había molestado en hacerlo. Volvió a la cama con emociones que le retorcían el estómago y lo hacían querer apretar los puños.

Cerca de la hora del té, Kurt dejó su habitación para sentarse en uno de los sillones del living y beber el té, como se había hecho costumbre. Su abuela lo felicitó por lo educado que estaba siendo ese día en particular y se disculpó por la brusquedad anterior, acariciando su mejilla aún hinchada. El niño se respingó al toque, pero intentó mantener la compostura. Bebió el té en silencio con los ojos fijos en el reloj de pared. La aguja de los segundos retumbando en sus oídos, cada vez más cercanas a dar las cinco en punto de la tarde. Tic, toc, tic, toc. Sin darse cuenta, había comenzado a chasquear la lengua al ritmo de los segundos. La mujer le dirigió una mirada curiosa y él sólo le sonrió, antes de tomar un scon de los dispuestos en la bandeja de la merienda. Observó como su abuela realizaba su rutina enfermizamente a la perfección. Retirar la comida de peces del mueble, colocarla en el medidor, pesarla en la balanza de plata, alimentar a los peces. Kurt miró fijamente como los ligeros trozos de algas caían, mientras los animales abrían graciosamente sus bocas para atraparlas.

El sonido de un motor, lo abstrajo del momento. Se levantó del sillón y corrió hacia la ventana, encontrándose con la camioneta de su padre estacionada en la puerta. Kurt subió las escaleras corriendo y metió todas sus pertenencias en la valija con la que había llegado. Al bajar se encontró en la entrada de la casa, con lo que parecía ser su padre y su abuela discutiendo algo importante, ambos se veían increíblemente tensos. ''Hola, amiguito!'' Saludo jovialmente su padre, ignorando a la mujer mayor. Kurt pensó que en ese momento podría llegar a patearle la cara. Había pasado semanas alejado de su madre, sin saber absolutamente nada, y por lo que él sabía hasta el momento su madre podría estar muerta, ya que nadie se había tomado el trabajo de explicarle nada. Y allí estaba su padre, saludándolo como si Kurt no hubiese vivido un infierno de veinticuatro horas. ''Dónde está mamá?! Por qué no me dijiste nada!'' Fue lo único que pudo gritar. Los ojos de su padre se abrieron casi cómicamente cuando vio la marca aún roja en su rostro. Lo que sucedió luego fue tan rápido que Kurt no tuvo tiempo de digerirlo antes de que terminase. Su padre había comenzado a gritar con una furia tal que, si no lo conociese mejor, hubiese jurado que podría haber tomado un bate y golpeado a su abuela hasta la muerte. Antes de que la mujer pudiese retrucar una sola de las cosas que papá había dicho, (y había dicho muchas, varias de las cuales Kurt tenía prohibido repetir) él ya se encontraba siendo subido a la camioneta de su padre con el motor en marcha.

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Shandal Jones

Shandal se dirigió al living intentando contener la risa que le había provocado todas las cosas que el padre del pequeñito le había gritado a la vieja. Esa hija de puta se lo tenía merecido después de haber abofeteado a esa pobre criaturita preocupada por su mamá. No-oh. Esa bruja se la estaba buscando. Necesitaba recordar telefonear a su hermana en la noche, para contarle el chisme. Levantó las tazas y las ubicó sobre las bandejas, antes de girarse sobre sus pies para tomar el…Shandal se detuvo en seco. Dejó los utensilios en la mesa y se dirigió a la enorme pecera para asegurarse de que no estar alucinando. Apoyó ambas manos contra el vidrio y giro hacia ambos lados la cabeza, incrédula de lo que estaba presenciando. ''Buen Señor…qué pasó aquí?''

Treinta y cuatro peces flotaban muertos en la superficie del acuario.

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En el botiquín del baño privado de la habitación de una casa de clase media en el centro de Lima, faltan la totalidad de cuatro frascos de pastillas recetadas. En el mismo baño, éstos se encuentran repartidos entre el lavabo y el suelo, muchas de sus pastillas esparcidas por el suelo intactas y muchas otras a medio digerir expulsadas a la fuerza, en vomito inducido por alguien que no las ingirió.

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En la alacena de madera de una acaudalada casa en Westerville, descansan varios artículos de jardinería, una bolsa de alimento balanceado para perros, un pequeño tarro importado de comida para peces y un pequeño tarro de veneno para hormigas, que de la noche a la mañana, perdió misteriosamente exactamente la mitad de su contenido.

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Kurt Hummel mantuvo una pequeña sonrisa satisfecha todo el camino de regreso a Lima.

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Quiero creer que se entendió que el bebito metió veneno para hormigas en el tarro de comida para peces. Porque no me quedó claro si *eso* quedó claro (?). Cuando menciono a Walter ''Thomas'', sí. Me estoy refiriendo a ESE Walter. Ahora todas las citas con Kurt son más creepys!

Creo que no tengo mucho más para agregar, las reviews son amor en forma de texto!

Love-u all

OurLoveIsAllWeNeed

Pd: Aguante que la remera de Not Alone de Darren, tenga justo la parte de mi nick.