¿Qué pasaría si…?
Capítulo 2 - ¿Quién demonios es este niño?
Apenas había transcurrido una semana desde la caída del que no-debía-ser-nombrado. El jolgorio y las ganas de celebración aún se encontraban patentes en el ambiente, al menos para los que no le habían servido, pues los que trabajaron para él, se encontraban, obviamente, en una situación desesperada.
Este era el caso de Lucius Malfoy. Su nombre era el que más había sonado en las detenciones de otros mortífagos. Durante esa semana se había dedicado a eliminar cualquier prueba que pudiese incriminarle; buscó nuevas formas de fortalecer sus barreras oclumánticas y antídotos contra el veritaserum que no se pudiesen detectar. Su esposa mientras tanto daba la cara ante la prensa, el ministerio y su círculo social.
Durante ese período ninguno de los dos pudo cuidar de su pequeño hijo, sino que lo dejaron a cargo de los elfos domésticos, por lo que no se percataron, entre otras cosas, de lo travieso y activo que se había vuelto el niño, ni de lo poco que se les parecía.
Probablemente, de no ser por la pequeña cena familiar a la que estaban invitados algunos miembros del Ministerio y múltiples periodistas, habrían tardado mucho más en darse cuenta de los cambios que éste había experimentado.
Pero finalmente lo hicieron, y no de la mejor manera.
oOo
Narcisa volvió a mirar el reloj inquieta. Abandonó la silla en la que estaba sentada y se asomó una vez más al balcón de su habitación. Supuestamente los invitados entrarían a la forma muggle a su casa. Todavía no habían llegado, pero Lucius tampoco, y eso último era un problema. Dio un par de vueltas por su habitación antes de salir de ésta. Bajó las escaleras con la elegancia que la caracterizaba. Al llegar al salón se quedó de pie en medio del mismo, viendo como el reloj avanzaba. Sólo faltaban unos tres minutos para las siete y seguía sin tener señales de su esposo.
Dos minutos. Todo seguía igual. Menos de un minuto. Sonó un chasquido en la sala de recreo y dio gracias por la llegada de su marido, pero no agradeció tanto el grito que le siguió. Se apresuró a ver que era lo que ocurría. Al llegar a la cámara de juegos de su pequeño observó con preocupación a su marido, que tenía entre sus brazos a su hijo y lo miraba desconcertado.
-¿Qué te ocurre? –le preguntó Narcisa.
Antes de que él pudiese responder un sonido les indicó que los invitados habían llegado. Narcisa se apresuró a irlos a recibir y esperó que Lucius la siguiera, pero éste no se movió. El hombre se restregó con fuerza los ojos esperando que de esta forma cambiara lo que le mostraban.
No le sirvió de nada. La cicatriz del niño seguía ahí. Y no sólo eso, también continuaba teniendo el cabello de color azabache y unos ojos demasiado brillantes y verdes para ser su hijo. ¿Cómo había ocurrido aquello? ¿Era ese su unigénito? ¿Por qué no se había dado cuenta antes? Muchas preguntas le bombardeaban la cabeza y no podía responder ninguna, no en ese momento. Por si fuera poco ahora tenía que lidiar con esa estúpida cena… Necesitaba hablar con Narcisa, y no podría esperar demasiado.
–Como les decía, aquí está mi marido –Narcisa apareció acompañada del Director y del Secretario del Departamento de Aplicación de la Ley Mágica, y de un periodista del profeta. Detrás de ellos se encontraban dos aurores, y un empleado del Departamento Contra el Uso Incorrecto de los Objetos Muggles. En el recibidor esperaban los enviados de otros medios de comunicación menores–, tanto él como yo sentimos que no haberlos recibido como se merecían. Nuestro pequeño Draco reclamaba nuestra atención justo ahora –sonrió con aspecto maternal.
Para enfatizar sus palabras se acercó a Lucius con intención de coger a su hijo, pero su marido no lo soltaba.
–Lucius cariño, ¿Te importaría dejarme a nuestro pequeño? –preguntó forzando una sonrisa.
El hombre dudó antes de mostrarle la criatura a su mujer.
De no ser porque Narcisa era una mujer muy pálida, los presentes se hubiesen percatado, y quizás preocupado, de la forma en que toda la sangre abandonó su rostro. Los invitados, al ver que los Malfoy no se movían en lo más mínimo mientras observaban al niño, se empezaron a impacientar al cabo de unos pocos minutos.
-¿Se encuentra bien su hijo? -se preocupó uno de los presentes.
Narcisa reaccionó como si le hubiesen dado una bofetada. Gracias a su educación como miembro de la familia Black pudo recomponer su máscara y hacer frente a los visitantes.
–Claro, está perfectamente. Sentimos habernos abstraído tanto, pero es que es nuestro primer y únicohijo –recalcó–. No podemos evitar querer pasar con el tanto tiempo como nos es posible –se excusó rápidamente mientras arrebataba al niño de los brazos de Lucius y se acercaba a uno de los elfos domésticos, que no apartaba la vista del suelo.
–¡Qué enternecedor! –exclamó el periodista, ciertamente afectado por ese despliegue de cariño–. Si no les importa les tomaremos unas fotos juntos para nuestro periódico durante la cena –sonrió afablemente ante la familia y le dio su opinión a Lucius–. Desde luego es impensable que los miembros de una familia tan unida y con un ambiente tan sosegado como la suya hayan podido ser mortífagos.
Uno de los empleados del Ministerio, Arthur Weasley, carraspeó incómodo por la situación. Su propósito al haberse unido a la cena era demostrar la culpabilidad de los Malfoy, no ayudarles a librarse de su justo y merecido castigo. El señor Malfoy le dirigió una mirada desagradable y aceptó encantado posar para esas fotos. Aprovechando que su esposa estaba ordenándole algo al elfo, invitó a los demás a pasar al Comedor.
Al día siguiente, circularían más rumores en Reino Unido sobre la familia de los Malfoy que sobre la familia real, al menos entre los magos. En las fotos que se habían tomado se podía apreciar al supuesto heredero de los Malfoy dormido, destacando con claridad el pelo oscuro de éste, en escandaloso contraste con el de sus supuestos padres. El propio reportero del profeta, aun encandilado como estaba ante la exquisita educación y saber estar de sus anfitriones, se había sentido intrigado ante dicha eventualidad y tuvo la osadía de preguntar abiertamente por los posibles motivos. Narcisa, en un alarde de pura fuerza de voluntad y autocontrol, le quitó importancia con un gesto y le recordó su ascendencia como Black. Varios miembros de su familia tenían el cabello oscuro. Esta sucinta explicación no satisfaría a muchos, no tanto porque no se hubiera conocido en siglos un Malfoy de pelo oscuro, sino más bien porque era mucho más entretenido poner en duda la ausencia de cornamenta en la cabeza del estirado de Lucius Malfoy.
Tampoco valía esa justificación para los propios afectados, que pese a no haberse acercado a su hijo en la última semana, si habían estado con él anteriormente, y lo podían identificar y reconocer sin problema alguno.
–¿Qué demonios le ha pasado a nuestro hijo? –exigió saber la actual señora Malfoy, desesperada, una vez los comensales abandonaron la casa.
–Eso mismo me gustaría saber a mí –declaró el aludido confuso.
–¿No pretenderás echarme la culpa? –Narcisa encaró a su marido ante sus evasivas–. La última vez que estuve con nuestro hijo era claramente eso, mi hijo, Draco.
Lucius sacudió la cabeza y miró a su mujer apenado.
–¿Estas insinuando qué es culpa mía?
–Yo no insinuó nada –objetó sarcásticamente Narcisa–. Te lo estoy diciendo de manera directa.
Dolido por la actitud de su esposa resopló.
–La última vez que yo le vi, también era mi hijo. No es mi culpa.
Narcisa suspiró y se sentó, una vez sentada apoyó su frente entre sus manos y se paró a pensar en lo ridículo de la situación. Las lágrimas luchaban por escapar de sus ojos, pero ella era una Black. Los Black no lloraban por muy mal que estuviesen las cosas. Así era como la habían educado, y así sería la forma en que ella educaría a su hijo Draco.
Respiró hondo y llenó de rabia sus pensamientos a fin de evitar ponerse más sensible. Su mente rememoró paso a paso la semana anterior. Hasta que llegó al punto clave.
–¡Fuiste tú! –le acusó–. El último que estuvo con él fuiste tú. ¡Te lo llevaste a Gringotts!
La realidad golpeó contundentemente a Lucius. Tragó saliva y comenzó a pasear nervioso por la habitación, cubriéndose la boca.
–¿Le ha pasado algo? ¡Dímelo Lucius! –Narcisa se levantó. Las lágrimas que había estado reteniendo comenzaron a caer sin control ante la idea de que le hubiese ocurrido algo malo a su hijo y su marido lo estuviera ocultando.
Él se acercó para abrazarla, en un intento de calmarla, pero ella se alejó cubriéndose la cara.
–No es lo que piensas Cissy –trató, sin éxito, de apaciguarla–. ¿Recuerdas que tras la caída del Señor Tenebroso recibí una última llamada desde el valle de Godric?
Los ojos de ella se abrieron aún más, horrorizados. No le hacía falta siquiera conocer tan bien a Narcisa como lo hacía para poder imaginarse las terribles posibilidades que debían surcar por su frenética mente ante sus anteriores palabras, por lo que se apresuró a añadir:
–No, de verdad que no le ha pasado nada malo a nuestro hijo… Es sólo que… –inspiró profundamente, sin saber muy bien cómo expresar sus sospechas–. Temo que al abandonar el lugar cogí al niño de los Potter, en lugar de a nuestro Draco.
La mujer jadeó y se dejó caer al suelo, destrozada. Rugió con furia, negó y maldijo sin cansancio hasta romper el estupor en que los elfos habían sumido al pequeño Harry Potter.
Ambos miraron la cuna, observaron al niño ponerse de pie agarrándose a los barrotes, clamando por atención. Narcisa secó su rostro con la palma de sus manos, normalizó su respiración, y con toda la dignidad que pudo reunir se incorporó. Dirigió una última mirada furibunda al pequeño de cabellos negros antes de ponerse su máscara de indiferencia.
–Arregla esto ya –demandó a su marido antes de salir de la alcoba dando un portazo.
Harry seguía llorando, ajeno al problema en que se encontraba, quizás por la tensión que reinaba en el ambiente. Lucius Malfoy se quedó plantado sin saber qué hacer, por primera vez en mucho tiempo. Cuando los berreos del bebé se volvieron insoportables se acercó a él.
oOo
Esa misma semana las cosas habían acontecido de una forma muy distinta en el hogar de los Dursley. Éstos ya habían perdido toda esperanza de evitar que el niño les saliera "rarito", como ellos decían. Desde que lo encontraron aquel dos de noviembre en su puerta con esa maldita carta, la tranquilidad que habitaba en su casa se había esfumado.
Las principales señales de que algo extraño le ocurría a ese niño eran las siguientes. En primer lugar su querido hijo Dudley, a pesar de tener un tamaño más grande que su sobrino Harry, nombre que consideraban especialmente vulgar, le tenía un miedo atroz a éste. Lo cual, por otra parte, no era de extrañar. La primera vez que Dudley le había quitado uno de sus juguetes a su supuesto primo, aquél empezó a chillar y acto seguido el muñeco salió disparado de las regordetas manos del mayor a su nariz de cerdito. Durante el segundo día de convivencia Dudley molestó al rubio lanzándole cereales, en ese momento, ante la atónita mirada de los padres, la tetera que se encontraba al fuego explotó, salpicando a su hijo con el agua hirviendo. Al otro sin embargo no le cayó ni una gota.
En segundo lugar, otro suceso extraño que había comenzado desde su llegada era que las luces de la casa se encendían y apagaban intermitentemente, cual lugar habitado por un poltersgeit. Siempre coincidía este fenómeno con las veces que tardaban en atender las llamadas de atención del niño.
Además, durante la hora de su siesta, o mejor dicho, en cualquier momento que el niño estuviese durmiendo, ninguno de sus electrodomésticos emitía sonido alguno. Ni el televisor ni la radio. ¡Hasta la lavadora y la secadora dejaban de funcionar en tales ocasiones! Vernon, el marido de Petunia, tía de Harry, gastó un dineral en mandos y altavoces, pero el problema no se solucionaba.
Los Dursley, aunque podían ser muy cortos de mente, intransigentes y bastante cobardes, eran ante todo unos supervivientes. Por lo que pronto aprendieron a bailar al son que les marcaba ese pequeño diablillo.
De este modo, el rubio, consiguió disfrutar de una vida casi digna de él. O al menos no recibió ningún tipo de maltrato físico o psicológico de sus presuntos parientes por miedo a sus poderes. Al contrario, éstos le ayudaron a mejorar su posición. Su cuarto era el mejor de casa. Creció teniendo a su disposición los mejores juguetes que podían costear los Dursley.
Hasta su primo Dudley, una vez consiguió comprender que no debía enfrentarse a él, se dejó mangonear en lo sucesivo. Algunos habían nacido para mandar, otros para servir. El perdido heredero de los Malfoy pertenecía al primer grupo, aunque no estuviesen a su alcance las riquezas, el poder e influencias que por derecho de nacimiento le correspondían.
Modificado a 10 de agosto de 2014.
