Disclaimer: Bakuten Shoot Beyblade no me pertenece. Es propiedad de Takao Aoki.
Su prioridad: soportar; los medios, no eran relevantes.
Acercó a su nariz, con delicadeza, el pequeño esnifador metálico sosteniéndolo con sólo dos dedos. Quizá era que su sangre era inglesa y hasta la más inmunda acción lo hacia lucir como un miembro de la realeza, etéreo y elegante, pero sus actos reflejaban a una puta, una muy barata. Inclinó su cabeza con la misma gracia con la que caminaba o se movía y, con ayuda de su amigo de platino, inhaló con suavidad el ya machacado polvo blanco. Sabía que cortarlo era de suma importancia, ya que podía ocasionarse una ruptura capilar y no estaba en sus planes morir tan patéticamente. Claro que era consciente de las consecuencias de ser un maldito adicto: era un camino que lo llevaría a su final, uno doloroso y absurdo. ¿Y? Sonrió melancólico. Su vida no tenía el sentido que alguna vez tuvo. La había dedicado a alguien que no lograba amarle con la misma devoción que él había empleado en su amistad. Enderezó la cabeza, limpiando su nariz y respirando para deshacerse de restos de su turbadora nieve.
Elevó la mirada hasta el espejo. Llevaba ya veinte minutos encerrado en el baño de su alcoba, sabía lo que venía y quería prepararse. Vio su reflejo y, a pesar de ser atractivo, sintió ganas de vomitar de sólo encontrar a ese asqueroso ser frente a él: La quimera que lo miraba con sus inquisitivos ojos que lo juzgaban, que reflejaban lo indigno que era. Sonrió.
¡Como se odiaba! Pero, cuánto lo amaba a él.
Lo amaba. Lo había amado desde que lo conoció. Le permitiría todo, soportaría lo que fuera sólo por permanecer a su lado. Estaba ahí, porque era su mundo y lo sería por siempre. No tenía nada más, no quería nada más: Conoció a Hitoshi cuando eran jóvenes, en la secundaria, catorce y quince años, respectivamente. Kinomiya era un año más grande que él, el presidente del segundo año, cuando el inglés ingresó a esa escuela. Fueron amigos los dos años que estuvieron en la misma institución. El mayor era muy popular y, pronto, ambos contaban con esa fama. Y aún después de graduarse, seguían viéndose a menudo. ¿Por qué? Era sencillo: fuertes sentimientos mutuos los abrazaban. El pelirrojo estudiaba por sus méritos, mas no por que su familia lo apoyara en ello, de hecho, pasaba todo su tiempo en la escuela evitando volver a casa. Al final, no podía evitarlo, debía regresar a su prisión. La adornada casona que, a pesar de lucir elegante, era el lugar más pobre para él. Vivía con su padre, pero era como si no viviera con nadie. Al final, su papá era un gran empresario, poco tiempo estaba en su hogar y desde los cinco años, nunca vio más a su madre, a su ángel. A él le gustaba pensar que había perecido, que se había perdido en el mar y se había convertido en espuma, cualquier cosa. Ella sólo se desvaneció.
Pasó un año en el que no supieron el uno del otro, aunque siempre estaban presentes el uno en la mente del otro, así como el envolvente calor del primer amor. No sabía cómo o porqué, pero perdió el rastro del otro y las ansias lo consumían cada día. Y así como desapareció, un día, sin más, cuando Masefield había cumplido recién dieciséis y había perdido toda esperanza de volver a verlo, apareció el otro en su puerta. Era como un mal sueño: Su cabello sucio, la ropa rota, manchada de sustancias irreconocibles y el hedor. ¡Vaya! Era lo más desagradable que había presenciado.
¡Qué asco!
Pero claro, debía recordarlo: Lo amaba.
Dejó que entrara, que tomara una ducha y hablaron sobre como se había convertido en el padre de Takao, su hermanito de tan sólo siete años, tras la muerte repentina de sus padres cuando desapareció. Faltaba poco para que se volviera un hombre legalmente y los problemas se agravaran, pues su familia tenía tantas deudas que no lograría pagar con su trabajo de obrero. Otro problema que afrontaba en ese instante, era la constante persecución que existía por parte de los servicios sociales, ya que ambos eran menores aún. Estaba entre la espada y la pared.
Escuchó con atención removiendo los mechones pelirrojos de su rostro. No estaba seguro de si Hitoshi lo buscaba para que arreglara todos sus problemas con la posición privilegiada de su padre y todos los ahorros que guardaba celosamente o de si quería incluirlo en su vida, una vez más. La simple idea de compartir su existencia con alguien tan especial para él, hacia que su alma se elevara en gozo. Sin saber la realidad, aún sin tener una respuesta clara, podía sentir al otro insistir en permanecer con él para nunca separarse. Se sintió convencido al escuchar como el mayor le prometía la felicidad absoluta, un edén que lo complacería hasta que el final llegara y su aliento fuera sólo un recuerdo más en ese universo de remembranzas.
Un ósculo selló el contrato.
Escaparían al ponerse el alba: El mayor de los hermanos Kinomiya lo recogió, al pie de la ventana más alta, cual personaje de alguna obra romántica clásica y huyeron, tomados de las manos, prometiendo no separarse uno del otro. Era la más grande película romántica de la que había oído.
Claro.
Tras pagar las deudas, el capital se agotó y teniendo que mantener al pequeño Takao, ambos necesitaron conseguir empleo, incluso si eso significaba que fueran mal pagados. Para ese momento, Hitoshi ya había cumplido la mayoría de edad y el trabajador social lo presionaba para tener las mejores condiciones, las básicas, por lo menos, y poder darle la vida que merecía al pequeño niño. Rentaban un departamento con apenas una cama individual, un baño y una cocina. Ambos dormían al pie del lecho del que parecía ser, era su hijo. Era obvio, incluso para ellos, que no lo estaban haciendo bien.
En la última visita de servicios sociales, recibieron una amenaza severa: Ese hogar era deplorable y poco apropiado para el pequeño. Lo recluirían en un albergue temporal hasta que demostrara que podían ser la familia que él necesitaba. Al ver cómo era arrebatado de sus brazos y sus gritos y llanto envolvían el lugar al no entender lo que pasaba, el mayor de los tres se lanzó con furia contra los servidores públicos. Eso sólo fue el inicio, pues el pelirrojo tuvo que gastar su poco presupuesto en la fianza del otro. Un fuerte golpe a su economía.
Dolió, nunca dejó de hacerlo. Tras ese evento, pensaron que si ellos reducían sus gastos y lujos, aquel infante no necesitaría saber la situación tan ajustada que vivían y podría volver a casa. Aún así, dejando a un lado las tres comidas al día, el aseo personal diario y el sueño de ocho horas para tener turnos extra en tiendas, cafeterías y abarrotes, no lo lograron. Estaban convencidos de que dejar la escuela preparatoria había sido un error. Sin preparación y con aparentes antecedentes penales, ¿quién los contrataría?
Esa tarde, Brooklyn se miró al espejo: Ya no era el prolijo inglés que algún día fue. Era el vivo retrato de su novio cuando lo buscó y endulzó sus oídos para abandonar su hogar. Su mirada lucía apagada, de igual manera que su espíritu luchador. Ya no tenía la necesidad de esforzarse. Tomaría el camino más corto: Se limpió el cuerpo como era debido, tratando de quitarse las mentiras de la piel, cortó su cabello él mismo, ya que estaba desproporcionalmente largo y maltratado, sucio y crispado, y por último, tomó una de esas prendas elegantes que aún conservaba de sus días de gloria. ¡Ah, qué días aquellos! Apenas había pasado un año y ya sentía que se trataba de eras lejanas.
Buscó su reflejo una vez más: Una maldita muñeca cansada de luchar. No se arrepentía, pues lo amaba, ¿no? Claro que sí, lo amaba. Le había jurado estar con él por siempre.
Salió a la calle antes de que el otro volviera de su trabajucho y se adentró en bares, burdeles, en el mundo más bajo que pudiera encontrar.
Nada.
Quizás había buscado mal. Tras semanas de rotundo fracaso, viró su ruta hacia el lado opuesto, hacia la mierda más grande de la sociedad: los ricos. Pervertidos y drogadictos se unían en aquellos privados clubes. No tuvo que hacer nada más allá de introducirse de forma violenta en el auto de uno de los ricachones, sin su autorización, claro, y hacer uso de su cuerpo como las deidades le daban a entender.
Fue un éxito.
Su actitud mustia y físico elegante eran el contraste idóneo para su salvaje insatisfacción sexual.
Mustio.
Al volver, la primera noche, no pudo hacer más que tomar una ducha helada, pues el calentador no funcionaba tras haber evitado pagar el gas. No lo hacía por asepsia, a pesar de que en aquellos lugares que frecuentaría era lo primordial, sino por la suciedad que no podía ver nadie más que él.
Talló su cuerpo una y otra vez, limpiado cada rincón. Quería arrancar su piel, arañándola, borrando todo lo que en él existiera en ese instante: las mentiras, las caricias, el hedor de la desilusión y la denigración, todo debía irse. ¿Qué mierda había hecho? La primera vez, no le dolió, pero nunca sintió tanta humillación en su insignificante existencia, como aquella noche. El momento en el que tragó el semen de no uno, sino tres ancianos millonarios fue el peor. ¡Ja! ¿Quién pensaría que, años después, eso no sería sino algo cotidiano para el inglés? Cuando la piel le ardió lo suficiente como para olvidar las arrugadas manos de los pedófilos, abandonó la ducha y se acostó, desnudo y húmedo, al lado del otro, tumbándose como un robot, insensible, frío, sin siquiera poder llorar o lamentarse.
Los días transcurrieron, las semanas y los meses. Cada jornada era peor a la anterior. Pronto se hizo de fama más grande que la que podría haberse imaginado y fue ahí cuando su ego creció torcido: Si sería una puta, sería la puta más cabrona en todo el maricón mundo.
Era una perra, capaz de todo, que ganaba miles a la semana. Aún así, Hitoshi no se enteró durante ese tiempo de las actividades extracurriculares que su novio hacia y no fue, sino hasta que el otro intentó intimar con él, que supo la verdad. El cambio en aquellas actitudes era evidente, en especial cuando le pidió que lo ahorcara, cuando le rogó que lo asfixiara hasta dejar su cuello amoratado y al borde de la inconsciencia, cuando le pedía que lo humillara cada vez más. Pero Kinomiya no lo cuestionó; el otro, no se detuvo jamás.
Todo, porque lo amaba.
Y, aunque su destino cambió cuando uno de tantos clientes, uno de los más afamados y poderosos, habló sobre la mansión Masefield, abandonada, su destino ya estaba escrito. Supo, entonces, que el hombre, el dueño de la casona donde había crecido, había muerto unas semanas antes y al haber huído su heredero, era un inmueble a disposición del estado hasta que alguien demostrara ser familiar del empresario. Había muerto solo, había muerto buscando a su familia.
No.
Él no necesitaba a nadie más.
A la mañana siguiente, ya se sabía dueño de esa propiedad. Acudió a las oficinas correspondientes y con su acta de nacimiento y un buen trabajo en la entrepierna del encargado, recuperó su casa. No tardó en darle la noticia a su novio y, de inmediato, acudieron a hacer el papeleo para recuperar al menor de los Kinomiya, que aún no comprendía lo que ocurría.
Los tres volvieron y tras no tener otra opción, Brooklyn se ofreció para rescatarse y rescatarlos a ellos. Hitoshi se opuso al inicio, pero no tenían una solución a sus problemas, y se vio forzado a aceptar.
Forzado.
Acudió un día más al trabajo, persuadiendo a sus compañeros de huir a su lado y a sus clientes, de visitarlo en su hogar, siempre y cuando sacaran una cita previa. Todos se sorprendieron al escuchar el nombre y dirección de su residencia y se cuestionaban si su apellido era Masefield, pero siempre lo negó con una sonrisa, él era Brooklyn Kinomiya en ese bajo mundo.
Así fue como, poco a poco, terminó convirtiendo al que fue su primer amor en un monstruo que regenteaba a uno de los prostíbulos más grandes de todos los tiempos, el edén donde alguna vez nacieron sus sentimientos por él.
Eso recorría su mente siempre que inhalaba cocaína, eran largas esperas. No era instantáneo el efecto y el aspirarla le hacía recordar sus días en el mundo de los ricos que lo hizo adicto, al igual que a sus más poderosos consumidores.
Así los veía él: lo consumían un poco, en cada embestida que recibía, en cada lamida que les daba, en cada mordida o golpe.
Pero Hitoshi Kinomiya lo valía.
Lo amaba.
Eso se repetía una y otra vez cada vez que se encontraba con las frías manos del otro, de su único dueño. Podía sentirlas sujetando su cuello, presionando, cada vez, con más insistencia. El aire a veces no podía pasar a través de su tráquea, y aún así, sabía que ya no era capaz de llegar a un orgasmo si no era de esa manera. Ésa era una de esas ocasiones, pero no salió hasta que sintió la euforia de sus mágicos polvos. No sabía si sería capaz de hacerlo sin estar bajo el efecto de ellos.
Antes de ir a por él, se miró una vez más en el espejo del baño. Era el mismo cristal en el que se había reflejado la última vez que estuvo en su casa, justo cuando huyo persiguiendo mentiras que ni él mismo había creído.
Ya no era aquel inocente e ilusionado joven. Estaba por cumplir los veinticinco años y su mirada se veía más muerta que su padre. Ya sabía que era una mierda y que el asco lo colmaba hasta que terminaba riéndose de sí mismo. Tocó su cuerpo por encima de la ropa. Sentía que su mano ardía, quería, como aquella vez, arrancar su piel y su historia, dejar al desnudo su interior, empezar a tejer una nueva existencia.
Por alguna razón, a su mente vino el joven más nuevo: Rei Kon. Le recordaba su adolescencia. En el fondo, le dolía que viviera lo mismo que él. No sabría aceptarlo, no podía externar emociones que no evocaran un estado de completa calma. Quizás, si les permitiera siquiera asomarse, perdería la cabeza por completo.
Pero Kinomiya no iba a esperarlo por siempre, no podía perder el tiempo de esa manera. Abrió la puerta rechinante de elegante madera, mirándolo con aquella torcida sonrisa que siempre vestía.
Fecundación de savia nueva en las inmolaciones sufridas.
