Aquí vamos con el capítulo 2/3. Espero lo disfruten. Muchas pero muchas gracias por la impresionante respuesta a esta historia. Como pueden ver, la velocidad en la actualización fue directamente proporcional al número de reviews. De corazón les agradezco su apoyo.

CASTLE Y SUS PERSONAJES SON PROPIEDAD DE A.W. MARLOWE Y ABC STUDIOS.


CAPÍTULO II

-Rick…la verdad es que tuve mucho miedo hoy.

-Te lo aseguro que yo también, Kate. En más de una ocasión y por más de un motivo.

-Creí que…

-¿…no volveríamos a vernos?

-Sí. Y no quiero volver a tener la sensación de que estamos al borde del precipicio y dejamos cosas pendientes, Castle.

-Ni yo, Beckett…ni yo.

El reloj de la pared registra las dos de la madrugada con ocho minutos ya. La pequeña oficina del sótano da la impresión de ser una pintura en sepia por efecto de la luz dorada que emana de las lámparas situadas estratégicamente a lo largo y ancho de la habitación. El bullicio propio del Old Haunt en viernes por la noche, empieza a decrecer paulatinamente conforme los últimos clientes se retiran, ya sea por su iniciativa, por la de sus acompañantes, o por la de los cantineros que los despachan en taxi, cortesía –e instrucción precisa- del dueño del local.

Kate y Rick han estado encerrados en la oficina de él desde hace casi dos horas, conversando más que bebiendo. Embriagándose cada uno con la presencia del otro, con la charla, con miradas penetrantes y sonrisas tímidas y seductoras. La cena en el loft fue amena, por decir lo menos, porque en realidad fue mucho más que eso. Martha, como siempre, un deleite al trato y al ánimo; haciendo sentir a Kate bienvenida no sólo en esa casa, sino en la vida de esa singular y adorable familia, y entregándole a manos llenas la gratitud que siente hacia la detective por haber dedicado su día a librarlos del riesgo en el que estuvieron hoy. Alexis, aunque algo distante debido a la reciente ruptura con su novio, le hizo sentir también su agradecimiento sincero y su alegría al tenerla ahí. Y Rick… Bueno, Rick fue simplemente él mismo, con su encanto avasallador en pleno despliegue, su amor brotando en cada palabra y en cada mirada, la calidez con la que siempre se dirige hacia ella, la forma sutil y sublime con que le demuestra de una y mil formas lo feliz que se siente de tenerla en su vida, el ir y venir de bromas e insinuaciones que les dejan claro a ellos dos –y a todo a quien esté cerca de ellos- que hay una atracción inexorable, poderosa…una chispa que cada vez está más cerca de desatar una portentosa explosión.

Al final, la estancia donde los Castle se postergó debido a que, tanto Rick como Kate y en consideración a Alexis, insistieron en ver alguna película de comedia que distrajera los pensamientos de la muchacha. Algo de éxito obtuvieron y, al término de la función, la jovencita se despidió cortésmente, dándole a su padre y abuela el conciso mensaje de que, al menos por esta noche, prefiere estar a solas para digerir su mal momento. Abuela y nieta, aludiendo a la necesidad de relajación y distención luego de los últimos eventos, acordaron viajar a los Hamptons al día siguiente –sábado- y volver hasta el domingo. Por lo que ambas se retiraron, despidiéndose de Castle y Beckett con el aviso de no verse hasta dos días después. Kate dudó entonces si sería buena idea aceptar el ofrecimiento previo de ir al bar. Para todos fue un día largo y extenuante y, por mucha que sea la urgencia de esa conversación pendiente, no quisiera abusar de las fuerza de él, que hoy fueron puestas a prueba. Pero Rick no la dejó ni darle demasiadas vueltas al dilema; simplemente tomó la iniciativa y helos ahí ahora mismo, disfrutando de esos ocasionales ratos de aislamiento ininterrumpido en los que se tienen para ellos solos, y encaminado la plática con habilidad y decisión hacia el punto de cruce donde puedan coincidir y empezar a avanzar hasta la meta tan anhelada. Claro que hay nervios, emociones en carne viva alborotándoles hasta el aura; hay temor, incertidumbre, tensión que zumba y que cimbra; pero no hay indecisión ni evasivas esta vez. La llamada fue muy cercana y muy severa como para –una vez más- ignorar al destino que a gritos les recrimina postergaciones eternas. En la mente de ambos subyace esa idea aterradora de que puede llegar el momento en que no haya mañana, y de lo que con toda seguridad ambos se van a arrepentir es de haber dejado ir lo que pudo ser y se negaron a que fuera.

Kate lleva horas pensando en cómo abordar un tema para el que siempre se ha mostrado esquiva. Requiere ser honesta, pero ser directa en este caso puede que no ayude mucho a su causa. Dada la naturaleza de lo que tiene que decir, definitivamente la forma va a jugar un papel decisivo. Tiene que soltar un golpe bajo…inevitablemente; pero si así ha de ser, entonces debe amortiguarlo con todo cuanto tenga a mano. Para su suerte, tiene en su poder el mejor de los antídotos…se llama amor por él. Debe convencerlo de que lo ama; de que no ha sido falta de reciprocidad hacia sus sentimientos, en ningún momento, lo que la ha mantenido en silencio. Sí. Tiene que asegurarse de que su amor por él constituya esa cama blanda en la que caiga cuando el golpe de su mentira lo desequilibre hasta caer. Pero ahí estará ella para recibirlo con los brazos abiertos y con los labios dispuestos a sanar heridas y sellar promesas. Siempre pensó que cuando el momento inevitable de las confesiones y la declaración llegara, estaría ella hecha un manojo de aprensión y dudas; de temor y ansias que apenas si la dejarían hablar o construir ideas coherentes… Pero no es así exactamente. Sí hay algo, un poco, de todo eso; si siente nudos en el estómago y en la garganta cuando piensa en lo que está por venir; sí siente como suben las aguas y amenazan con desbordarse cada vez que choca con esa mirada leal, prístina, empapada de amor y de paciencia, de admiración y de orgullo, de adoración y devoción por ella. Un poco de todo eso se agita por debajo de la superficie; pero no es lo suficiente como para detenerla, como para echarla atrás en su intención de liberarse de una espera autoimpuesta y liberarlo a él de una penitencia inmerecida. No hoy. No después de que durante minutos que se le hicieron dolorosamente interminables, lo creyó ausente para siempre. En esos momentos lo daba todo, lo ofrecía todo a cambio de una sola oportunidad más para decirle que lo ama y envolverlo en la protección de sus brazos como si ahí nunca nada pudiera pasarle. Y esa sensación persiste aun ahora que la adrenalina se ha desvanecido en su sistema, que el miedo asfixiante que sintió a la luz del día, se funde con las sombras de la noche y le da tregua simplemente porque él está a su lado. Bien sabe Kate que la relativa calma es sólo un espejismo y que, una vez a solas, sin él, las pesadillas la cazarán hasta atraparla, porque su subconsciente le hará constantes recordatorios de lo que pudo perder y de que sólo entre los brazos de ése al que ama, encontrará el exorcismo a los demonios que la acechan. De modo pues que no hay temores o dudas en ella que superen la necesidad perentoria de blindarse, con el amor que él le profesa, contra todos los desafíos que el mundo y la vida decidan presentarle. Nada puede ser más difícil que seguir caminando sin él. Todo el tramo que le queda por recorrer hacia ese lugar al que quiere llegar, lo puede recorrer de su mano…y así será.

-Rick… -Empieza tentativamente y reconoce en su compañero esa comprensión plena de que se acabaron los rodeos y el momento llegó de abordar el punto crítico alrededor del cual han caminado en puntas toda la noche.

Rick casi contiene el aliento ante lo que ve venir. No sabe a ciencia cierta qué es, pero si los indicios son correctos, imagina por donde van las cosas. Todavía tiene muy presente la voz de su musa diciendo "no sabes cuánto" ante la inopinada petición de "dime que me necesitas". Quizá ella, entre la confusión y el caos de un día tristemente inolvidable, ya no recuerda su respuesta espontánea y reveladora, pero para él fue como ver un trozo de cielo azul entre nubarrones grises. No hace mucho le ofreció tiempo y espera…y sigue estando dispuesto a dárselos sin límite ni medida; pero no puede negar que ese punto muerto en el que se ven forzados a permanecer, es un cielo nublado al que daría todo por volver límpido y brillante. Está dispuesto a hacer lo que sea por ella…siempre; pero hoy vio abrirse una posibilidad en más de una ocasión y, aunque no ha querido dejar que sus ilusiones despeguen y emprendan vuelo, la realidad es que tampoco ha podido evitarlo del todo…menos aun cuando la ve así, dispuesta, expuesta, vulnerable y, aparentemente, decidida. No está muy seguro a qué, pero esa determinación fiera que brilla en las pupilas oscuras no deja lugar a dudas: Katherine Beckett tiene un objetivo en mente, una misión; si alguien ha visto de cerca lo que eso significa, es él, y va a allanarle el camino tanto como le sea posible. Se la va a jugar junto con ella, sea lo que sea que vaya en la apuesta.

-Dime –le dice acercándose apenas un poco más a Kate, en el confinado espacio que les brinda el sillón de cuero en el que han estado sentados casi todo el tiempo desde que llegaron.

-¿Sabes? –Carraspea, aclarando la garganta y reuniendo hasta los últimos restos de valor que ha encontrado dispersos dentro de su mente-. Desde hace algunos meses he estado viendo a un terapeuta.

-Tú… estás en terapia… -El matiz de incredulidad está implícito aun cuando la frase no es interrogativa-. No lo habría imaginado, Kate.

-Lo sé. Sé que es difícil de creer tratándose de mí…pero es la verdad. Aun después de que él me dio luz verde para volver a mis funciones, yo decidí que realmente necesitaba la ayuda…más allá del mero formulismo que dicta el protocolo del departamento de policía.

-Me alegra que tengas a alguien que te esté ayudando a lidiar con las consecuencias de lo que te pasó, Kate. No es algo que se pueda ni se deba enfrentar a solas.

Hay profunda simpatía en cada palabra; comprensión, admiración otra vez –si alguien sabe la proeza que implica para ella tanto el acto como la confesión, es su compañero-; no hay ni atisbo de juicio ni de prejuicio, sólo una aceptación sin cuestionamientos ni condiciones. Sólo el ofrecimiento constante de apoyo, de solidaridad y ayuda en la forma y momento en que sea solicitada o necesaria. Un nuevo arrebato de ternura se le anida en el pecho a la mujer enamorada que, cual un ciego que abre los ojos por vez primera a la luz del sol y se deslumbra, ve ahora con claridad lo que por mucho tiempo se negó a apreciar, y ya no hace intento alguno de reprimir o contener el impulso que la empuja hacia él.

-¿Sabes cuál fue una de las razones más importantes por las que me decidí a continuar con la terapia, Rick? –La pregunta es retórica. Sabe de sobra que él no conoce sus motivos pero los intuye y, desde luego, se muere por escucharlos de su boca-. Por ti…por ser mejor para ti; para nosotros; para llegar más rápido a ese lugar en el que quiero estar…contigo.

Ya no queda ni la sombra de una duda. Con esas pocas frases basta para iluminarle a Rick la noche y el resto de su vida. Es casi lo equivalente a la mejor de las declaraciones de amor. Esa franqueza, esa seguridad y disposición a hablar, son auténticos tesoros tratándose de Kate Beckett. Y, en este contexto, son señales inequívocas de que han cruzado la línea…por iniciativa y decisión de ella, sin coerción ni coacción. Es Kate, la eterna elusiva, quien ha puesto sobre la mesa lo que entre ellos solía ser prácticamente un tabú; lo ha hecho sin recurrir a subtextos, metáforas, rodeos ni alusiones vagas. Directo, elocuente, claro. No. Ya no caben dudas ni temores. El momento llegó y jura por Dios Rick que no importan los errores ni lo daños pasados; sólo el aquí, el ahora y un mañana que se presenta glorioso para ser vivido a lado de la mujer que ama…en calidad, por ahora, de lo que sea, pero siempre a su lado.

-Si sabes que espero por ti, ¿verdad, Kate? Todo el tiempo que haga falta. Te lo dije y esa oferta sigue en pie. Todo a lo que podía aspirar en este punto, me lo acabas de dar…y aún más.

-Pero es que ese es el punto, Rick… -Se acerca a él y toma la mano de él entre las suyas con vehemencia y frenesí, como queriendo mostrarle que no pretende dejarlo ir nunca-. Ya no quiero seguir esperando.

-¿A qué te refieres? –El temor no logra permanecer oculto en el timbre de la voz grave y enronquecida por la emoción.

-A que quizá… –hace una breve pausa tratando de hallar las palabras al tiempo que, con gesto nervioso, muerde su labio inferior y se coloca un mechón de cabello tras la oreja-. A que quizá el camino que debo recorrer aun, sea más fácil si lo caminas conmigo.

-Y sabes que yo siempre estoy a tu lado, Kate…siempre. –Es él quien ahora aprieta la mano de ella entre las suyas, frotándolas en señas de aliento y compromiso-. En todo lo que te pueda ayudar lo haré…como tu compañero, tu amigo, tu mejor amigo…

-No, Rick, no. –Lo interrumpe poniendo sus dedos sobre los labios que la tientan y la invitan. Le queda claro que él no quiere albergar demasiadas esperanzas; que no quiere presionarla ni orillarla a algo para lo que no esté preparada, por mucho que sea su anhelo. Tiene que hacérselo entender-. Quiero terminar de derrumbar esos muros de los que antes te hablé…pero no quiero hacerlo sola, sino contigo; pero no sólo como mi compañero o mi mejor amigo.

Se cruzan las miradas con una intensidad sin precedentes –que en el caso de esos dos ya es mucho decir-. Él busca verdades y respuestas en esas honduras color chocolate como si le sondeara hasta el último resquicio del alma. Ella lo deja entrar, buscar, iluminar cada esquina oscura, rogando al cielo porque encuentre lo que ahí está, esperando por él y sólo para él. Se eternizan los segundos en los que no se rompe el silencio ni se desenlaza esa mágica conexión a través de la que los amantes hablan más allá del sonido y las palabras. Es un instante de comunión espiritual perfecta; los remanentes de duda se disuelven como la niebla bajo la luz del amanecer. Hay una verdad que brilla y se eleva triunfante por encima de malos entendidos, errores y omisiones; los latidos se aceleran, las respiraciones se acompasan en una misma frecuencia y los labios se acercan hasta unirse en un beso tímido, exploratorio, en el que se vierten uno por uno esos sentimientos a los que sólo falta darles voz. Lo prolongan pero no lo intensifican… Hay cosas que decir aún, antes de poder entregarse sin reservas a la pasión y al deseo que fluye entre ellos casi como algo tangible. Sin desenlazar sus manos e intentando recobrar el aliento y la capacidad de articular palabra, es Rick quien retoma el hilo que dejaron suelto.

-Kate… -Envuelve su nombre en una caricia-. ¿Estás segura? Te juro que estoy dispuesto a esperar. No voy a irme a ningún lado…

El bello rostro de su musa se ensombrece con la duda. No tiene que hablar para que él adivine lo que le está cruzando por la mente. Y se apresura él a corregirse antes de que esa idea errónea eche raíces.

-No me malinterpretes, por favor –le acaricia la mejilla con la mano-. No hay nada que yo desee más que tomar tu mano y caminar contigo sea cual sea el sendero y la meta. Sólo no quiero que te sientas obligada o presionada. No sería capaz de iniciar algo contigo sólo porque estás vulnerable o asustada, Kate. Necesito tener la seguridad de que es eso lo que realmente quieres.

-Ey, escucha, por favor. –Lo interrumpe en el afán de no dejarlo más tiempo bajo la percepción falsa. Es ahora o nunca y que sea lo que Dios quiera-. Te voy a contar algo, ¿sí?

Castle se limita a asentir con la cabeza en señal de que continué. Teme que la parte que viene es a donde no está ya tan seguro de querer llegar. Van a viajar al pasado y tendrá que salir a flote el nefasto día del atentado y…de su confesión de amor que, a estas alturas, ya no sabe él si Kate no recuerda o no quiere recordar por algún motivo. En todo caso no hay más que una forma de saberlo y es mejor ahora, después de ese beso en el que, sin temor equivocarse, él podría apostar que percibió amor, así sin más ni más, amor tan fuerte y manifiesto con el que bulle en su interior.

-Cuando tú y yo volvimos a vernos en el hospital después de…que me dispararon, yo era poco menos que un despojo, Rick, física y emocionalmente. De entre las miles de emociones que se me revolvían por dentro, había una que me mantenía embotada, presa, encadenada a lo peor de mí: el miedo. La mayor parte del tiempo me cuesta recordar con precisión lo que pasó en los días y semanas posteriores al funeral del Capitán Montgomery. Pero lo que sí permanece grabado a fuego en mi mente es esa implacable sensación de miedo agudo, incontrolable, irreprimible. Se combinaba a veces con confusión, a veces con un dolor sin nombre, a veces con depresión y a veces con ira…pero la constante era siempre un miedo del que no podía desprenderme ni dormida ni despierta, ni de noche ni de día. Pasó mucho tiempo antes de que yo fuera capaz de producir un pensamiento coherente sin que el terror se hiciera presente. Fue un infierno, Rick, y no se lo deseo a nadie. Mi tiempo pasaba entre pesadillas, ataques de llanto y ataques de pánico que me dejaban extenuada físicamente y desecha emocional y mentalmente. No obraba guiada por la razón sino por mero instinto de conservación y de supervivencia. Mi único impulso era huir, esconderme, cubrirme con una coraza gruesa detrás de la cual nadie pudiera hacerme daño y yo no pudiera lastimar a nadie. Eso era lo único que rondaba mi mente como una maldita obsesión: protegerme y sobrevivir como podía a cada momento de dolor y de miedo. Esa ha sido, después de la muerte de mi madre, la época más negra y desdichada de mi vida Rick. Pese a la careta de calma y frialdad que hayas podido ver en mí cuando fuiste a visitarme al hospital, por debajo de esa fachada había una piltrafa humana que no era capaz de lidiar ni con el proceso de respirar porque dolía como los mil demonios. Mentiría si te dijera que hubo algún punto mágico en el que mi mente salió a flote y todo empezó a estar bien. Era encontrar algún momento tolerable y luego enfrentar días o semanas enteras de descontrol y caos. Gradualmente, conforme el dolor físico fue cediendo, la mente fue erigiendo mecanismos de defensa para recuperar la estabilidad mínima y seguir funcionando. Y entonces vino la siguiente fase; la del remordimiento, la de confrontar las consecuencias de semanas y semanas escondida en mi madriguera. Ahí es donde entras en escena tú, Rick. Como entre brumas podía recordar lo que te dije en el cuarto del hospital…la forma en que te despedí con una promesa que no había cumplido y la forma en que…

Aquí el sollozo interrumpe brusca e inesperadamente el relato, y Rick, en acción refleja y a despecho de la revelación que ahora está seguro que está por emerger, la abraza y la cobija contra su pecho, dejando que las lágrimas empapen la tela de su camisa. Casi desde que Kate empezó a rememorar esa etapa oscura, un llanto silencioso acompañó la narración pero sin llegar a quebrarle la voz ni a doblarla por el peso de los dolorosos recuerdos; sin embargo, bastó con que apareciera él en el lastimoso escenario de su memoria para que el dolor la sacudiera hasta ahogarle la voz y estremecerla con temblores incontrolables. No necesita saber más; él sabe ya y entiende lo que pasó y no hay recriminación ni rencor. No cuando la tiene entre los brazos, llorando desconsolada al revivir en palabras el calvario que tuvo que soportar apenas unos pocos meses atrás. Por más que su imaginación de escritor sea vívida, Castle es consciente de que no puede alcanzar a calcular la magnitud de ese tormento por el que Kate pasó. La entiende y perdona la evidente mentira. Le agradece la confesión temprana de su pecado y de su amor…porque no hay forma ya de que dude de lo que ella siente; no después de haber compartido un beso en el que vertió el alma gota a gota y de abrirle el corazón y dejarlo ver sin filtros ni intentos de disimulo, las marcas profundas que esa terrible experiencia ha dejado en ella. Kate lo ama; Rick está seguro de eso; y siente como una calidez deliciosa le llena el cuerpo y el alma ante esa certeza. No queda espacio para albergar nada más que el amor por ella y el deseo de protegerla y compensarla por todo el sufrimiento que no fue capaz de evitarle.

La estrecha con dulzura, murmurándole al oído palabras de consuelo mientras le acaricia los rizos castaños y le roza la frente con los labios. Poco a poco logra calmarla y la siente relajarse despacio aunque sin salirse del círculo protector de sus brazos. Finalmente Kate se remueve, buscando su acomodo hasta que su cabeza descansa en el hueco del cuello de él, los labios húmedos de lágrimas se pegan al oído masculino y, en un susurro, ella libera la última confesión.

-Rick, yo también te amo… Y necesito que me perdones.

Continuará…


Gracias, como siempre, por leer y comentar. Nos leemos pronto. Un abrazo,

Val.