Siempre se me olvida presentarme primero jajaja soy A-chan y, os presento el segundo capítulo de "El cambio." Espero haber hecho bien a Romano imitando a Feliciano, (cómo hacer que un tsundere se haga el chico más dulce del mundo? Ahí está cuestión) He intentado hacerlo lo mejor posible, pero comentadme en reviews, a ver si puedo mejorar :)

Bueno, me despido y muchos besos! :)

Disclaimer: los personajes de esta historia no me pertenecen, ni tengo ningún derecho sobre ellos, simplemente estoy escribiendo sobre ellos por diversión.

oooooooo

Alemania

Alemania

1914

Sangre, por todas partes. Y gritos, unas voces lo llamaban y otras eran alaridos de dolor. Debía hacer algo, tenía que acabar con toda esa locura. Llevaba demasiado tiempo así.

-"Sólo quiero volver a casa…" –Pensé cuando me desmayé.

-… ¿Alemania? –Era una voz muy lejana, pero muy dulce.-. Despierta, despierta ¡tengo hambre!

Gruñí. No quería volverme a encontrar su cara otra vez.

-Déjame en paz. Eres mi prisionero ¿recuerdas? –Me recosté en la parte trasera de mi coche blindado, dispuesto a echar otra cabezada, pero aquel idiota insolente no me dejaba.

Sin duda, el traerle conmigo, había sido el peor error de mi vida.

oooooooo

-Yo soy Italia. Italia Veneciano. –Me informó cuando ya acabó de aullar de dolor.

Aún no me fiaba de él. El nieto de Roma no podía ser tan débil.

-A… Alemania. –Lo mínimo que podía hacer era presentarme, así era como debía actuar un soldado.

Se quedó un buen rato mirándome fijamente, ladeó la cabeza con un gesto bastante idiota y siguió mirándome y mirándome…

-¿Qué te pasa?

-Te… te pareces… -Italia parecía muy confundido-. No puede ser, él murió…

-¿Quién?

-¡Sacro Imperio Romano! Eres igualito a él… ¿eres su hermano pequeño? ¿un primo lejano? –Italia estaba muy alterado.

-No tengo familia. –Mi familia eran mis soldados, mis generales y mis únicas amigas eran las armas. ¿Para qué pedir más?- No sé de quién me hablas. No conozco a nadie que se llame así.

-Pe… pero… pero.

-Será mejor que me vaya, debo volver a Alemania. Tengo una guerra que combatir. Hasta luego. –Me giré y empecé a deshacer el camino hasta Suiza.

Italia no se lo pensó dos veces.

-¡Llévame contigo! –Se pegó a mi pierna como una lapa-. Per favore, per favore, per favore…

-¡Suéltame! –Este niño era realmente muy molesto.

-¡Puedo ayudarte en tu guerra!

-¿De veras?

-¡Sí! Sé preparar pasta muy rica y puedo correr más rápido que ninguno cuando empieza la batalla. –Sí pero ¿en qué dirección? Eso sí que no me lo dijo.

Llevaba suplicándome lo que me parecieron horas hasta que al final me rendí.

-Está bien, pero serás mi prisionero.

-¡Yuju! –Italia en ese momento me abrazó y, contra mi voluntad, pensé que este chico era muy tierno.

Pero ahora no me lo parecía en absoluto.

-Llevamos dos horas de viaje, tranquilízate.

-¡Me pican las muñecas por culpa de los grilletes! –Italia empezó a sollozar otra vez-. Alemania, eres malo.

-Mucho. -¿Por qué no se callaba de una vez?

-¡Alemania, Alemania! ¡Mira, una vaca! –Gritaba de vez en cuando.

-Sí, sí…

-¡Alemania, Alemania! ¡Mira, un pastor! Mira sus ovejitas, son tan lindas…

A mí se me escapó una sonrisa. No podía con este chico.

-¡Alemania, Alemania! ¡Mira qué montaña tan alta…!

Llevaba una hora así, ¿es que era una especie de juego? ¿"a ver cuánto tiempo dura Alemania sin enfadarse"? Vimos otro pastor, un perro abandonado, un granjero, seis muchachas, un árbol quemado, tres montañas más… antes de que explotara.

-¡Alemania, Alemania…!

-¡¿Qué, qué, qué?

-¿De verdad vamos a ver a Austria? –Italia sonrió burlonamente-. Hace mucho tiempo que no lo veo, quiero contarle muchas cosas.

-Sí. –Aquel chico era un caso aparte-. No sé si vendrá en tres o cuatro días a la mansión, pero ten por seguro que vendrá.

-¡Me alegro mucho de haberme encontrado con Alemania! –Italia se abrazó a mi brazo y, rápidamente se durmió.

Verlo así, tan lindo, me arrancó otra sonrisa de la cara. Sinceramente, no sabía que podía sonreír con tanta facilidad, pero Italia hacía que todo fuera un poco más sencillo.

oooooooo

A penas un día y medio después de su llegada, Italia ya se había hecho con todo el servicio. Mi mayordomo, mis tres criadas, las dos cocineras y la lavandera lo adoraban como si fuera un cachorrito abandonado que había sido recogido por mí. Le hacían regalos, le consentían todos sus caprichos, e incluso salían a pasear juntos.

Por mi parte, lo único que podía hacer era aguantar como podía la situación y concentrarme en mis deberes. Tenía muchas cosas por solucionar…

Pero al menos Italia siempre estaba conmigo en las comidas, normalmente me contaba lo que tenía pensado hacer ese día, de su familia, de su pasado o de los sueños que tenía.

-Erika dice que nunca sales de la mansión. –Me comentó un día.

-¿Quién es Erika?

-La cocinera. –Italia me miró, muy sorprendido-. ¿No te sabes los nombres de tus criados?

-Me hacen la comida, recados, y me lavan la ropa. No necesito más. –Le comenté mirándole por encima del periódico. Por lo que se veía, las cosas estaban muy mal en Inglaterra.

-Eso es muy cruel, Alemania.

-Calla y termina el desayuno, que se te va a enfriar. –La verdad, Italia no parecía un prisionero en absoluto, dormía en una de mis habitaciones, vestía las mejores ropas, comía conmigo e iba a donde le daba la gana. Muchas veces tenía que preguntarme ¿para qué me iba a servir? Y me sorprendía a mí mismo dándome cuenta de que Italia no servía absolutamente para nada, y aún así, seguía en mi mansión.

Italia se levantó de la mesa y me cogió de un brazo.

-Vámonos. –Cogió mi abrigo y me empujo hasta la salida de la mansión.

-Oye, oye, oye ¿qué te crees que estás haciendo?

-Erika me ha dicho que necesita carne de cerdo para la cena.

-Que se ocupe ella. –Le dije intentando entrar a mi mansión de nuevo, pero Italia me detuvo con una mirada.

-Alemania, un país también debe preocuparse por su gente. Seguro que no ves a tu pueblo desde hace años…

-Lo veo todos los años, en el día nacional de Alemania.

-No es suficiente y menos aún que se acerca una guerra. –Se puso delante de mí, mirándome fijamente, con una mirada un tanto turbadora-. Los hombres de tu país van a morir por ti, sus hijos se van a quedar huérfanos y sus mujeres derramarán miles de lágrimas por su pérdida. Lo mínimo que podrías hacer tú es agradecerles lo que están dispuestos a soportar.

Muy pocas veces a lo largo de mi vida, me había quedado sin palabras, siempre había sabido qué decir en el momento exacto, en el momento preciso que debía hablar.

Pero ahora, ni siquiera podía emitir un sonido.

-De… de acuerdo.

Italia sonrió.

-¡Sí! Ya lo verás, Alemania, será muy divertido.

Creo que fue en ese momento cuando el chico me robó el corazón, pero aún no me había dado cuenta de ello.

Romano

Italia

1493

-No, así no. –Me indicó Feliciano, mientras Giacoma me lavaba el pelo-. Es más como un Ve~.

-Ve~. –Repetí yo. No había manera, seguía pareciendo como si estuviera mandando a alguien que fuera a algún sitio-. ¡No puedo!

-Sí puedes. Sólo tienes que relajarte, estás muy tenso.

¿Y cómo cojones no iba a estar tenso? En unas horas debía estar en los Estados Pontificios de Roma, simulando ser mi descerebrado hermano. Tenía que convencer al Papa, a todo el Estado y a España y mantener esa situación a saber cuánto tiempo hasta la boda.

-"Entonces se armará una buena, pero no podrán hacer nada." –Después de todo, la Ley Católica impedía disolver un matrimonio.

-Ve~, ve~, ve~ pero ¿qué cojones significa eso, Veneciano?

-Ni idea. Lo digo cuando estoy muy aburrido. –Sonrió y siguió repitiendo-. Ve~, ve~.

-Sí, sí, ya lo he captado. –Únicamente tenía que hacer el imbécil y ya está.

-Creo que esto está listo, señor. –Saqué mi cabeza de la palangana y me puse delante de un espejo. Giacoma había hecho un trabajo estupendo, había dejado mi pelo exactamente con el mismo color que el de mi hermano echando en mi cabeza a saber cuántas cosas y frotando durante una hora.

-Grazie mille, Giacoma. –Le indiqué que se fuera. Giacoma tenía las manos rojas y muy doloridas por el esfuerzo, pero parecía contenta.

-Prego… Fortuna con il vostro amato. –Dijo al salir de la estancia.

¿Suerte con mi amado? ¿Qué habrá querido decir con eso?

Con delicadeza cogí mi pelo rizado y lo enrollé hasta que quedara aplastado y le puse una crema que me había dado Giacoma para que no se moviera de ahí. Luego me puse un pelo de caballo que había rizado previamente y lo puse en el lado opuesto de mi cara.

-¿No estás molesto? –Me preguntó mi hermano preocupado.

-Un poco, pero es soportable.

-Sí tú lo dices, a mí no me gustaría que me aplastaran mi zona erógena. –Comentó él acariciándosela con el índice y el pulgar-. Ahora camina como yo.

-¿También tengo que practicar el paso?

-Sí, ah y tienes que emocionarte por casi cualquier cosa.

-De ac… -Pero él no había acabado.

-Y tienes que hablar con todos en el pueblo, sobre todo con las chicas lindas.

-Eso ya lo…

-¡Y cuando no estén hablando contigo, tienes que fingir que no escuchas!

-¿Finges? –Pregunté con sarcasmo.

-A veces, otras pienso en mis cosas. –Admitió él-. De verdad, Romano, no tengo palabras para agradecer lo que vas a hacer por mí. Eres el mejor hermano que podía tener.

-Ya, ya… -Dije, intentando imitar su paso, las manos en los bolsillos y los pasos cortos y lentos.

-¡Pero es que te vas a casar! -¿Cree que no me había dado cuenta de ese detalle? –Y con tu mayor enemigo, sólo por mí. ¿No te da algo de miedo?

-Tampoco es que España sea mi enemigo…

-Pero… le odias. Te he oído miles de veces cómo maldecías su nombre una y otra vez y ahora estás dispuesto a casarte con él…

Italia tenía razón. ¿Qué le pasaba a mi cabeza? ¿Por qué me hacía tanta ilusión verle de nuevo, ir juntos a la Iglesia y tomarlo como esposo?

Por un momento me lo imaginé. Yo yendo al altar con un traje blanco y él esperándome con sus ojos verdes brillando de felicidad, su mano tendida ante mí y una sonrisa que podía iluminar el mundo entero.

Borré esos pensamientos. Eso no iba a pasar. España iba a casarse con alguien que apenas conocía, así que no tendría ningún motivo para mostrarse feliz.

-¿Romano?

Le abracé para que no se preocupara.

-Supongo que te quiero más a ti de lo que le odio a él. –Susurré, intentando que el abrazo me reconfortara a mí también.

Salimos hacia Roma cuando el Sol empezaba a ocultarse. Yo llevaba las ropas de Veneciano, camisa blanca con unas puñetas doradas, unos pantalones muy ajustados y zapatos de un color negro brillante.

Él, por su parte…

-¿Qué te crees que estás haciendo? –Pregunté alarmado al verle con un traje de sirvienta limpio. Incluso llevaba el pañuelo y todo en la cabeza. Y… lo peor de todo ¡FALDA! –Cámbiate ahora mismo.

-¿Por qué? –Me miró haciendo un puchero-. Pensé que sería divertido, además, a nadie se le ocurriría que yo soy tu doncella personal. Nadie se fijará en mí.

-¿Te crees que esto es un juego? Estamos poniendo en peligro nuestras vidas. Nadie puede saber qué sucederá si nos descubren, a lo mejor acabamos colgados de un árbol, ahogados o peor, encarcelados sin pasta. –Estaba siendo muy extremista, pero debía serlo si quería que Feliciano me tomara en serio.

-¿SIN PASTA? –Italia parecía horrorizado-. ¡No pueden ser tan crueles!

-¡Señor! –Me dijo el cochero desde lo alto-. Debemos salir ya o no llegaremos a tiempo.

-De acuerdo. –Me pasé la mano por el pelo, intentando no rozar mi zona erógena. –Sube al carruaje, serás mi criada.

-¡Vale! –Parecía que se le hubiera pasado totalmente el disgusto anterior.

Tras un viaje que se me hizo muy corto (incluso soportando el juego de Veneciano de ¡Romano! ¡Romano! ¡Mira un… "introduzca lo que acaba de ver aquí" que me sacaba de mis casillas) llegamos a Roma cuando la luna creciente ya surcaba los cielos con su resplandor. Por desgracia, las calles no estaban muy concurridas así que llegamos a los Estados Pontificios antes de lo que me hubiera gustado.

El Papa Alejandro VI me estaba esperando en la misma entrada de su palacio, parecía bastante nervioso. Un Guarda Suizo, con su ridículo traje multicolor que según las leyendas había sido diseñado por Miguel Ángel (como si Miguel Ángel hubiera diseñado algo tan horroroso), me ayudó a bajar y no se separó de mi lado hasta que subí todos los escalones y me puse de rodillas ante mi Papa. Le besé el anillo.

-Os suplico mil perdones por mi comportamiento, Padre. –Estaba muy orgulloso de mí mismo, la voz me salía exactamente igual que la de Veneciano-. Estaba nervioso por mi futuro matrimonio y sin duda, los nervios me traicionaron.

-Os perdono, Hijo mío. Levántate. –Con miedo, hice lo que mi señor me pedía. Me miró largamente. Era el momento de la verdad ¿había conseguido engañar al descendiente de San Pedro-. Pasad, España os está esperando.

Parece ser que sí.

Un miedo atroz me entró. No podía ver a España, no después de tanto tiempo. Cuando me dejó para volver a su reino, apenas era un niño, si acaso un adolescente con mucha rabia contenida, y aunque me dé vergüenza admitirlo, lloroso por su partida.

-"No es posible que me reconozca. Ahora soy mayor, no me parezco en nada al niño que una vez fui. No va a pasar nada, todo va a ir bien…" –Mis pensamientos fueron interrumpidos cuando entré a la estancia del papado, excesivamente iluminada por velas, demasiada comida adornaba la mesa y con cuadros de distintas zonas de Italia adornando por todos sitios.

Pero yo no veía nada de eso.

Mis ojos sólo podían observar a mi jefe España, que miraba el fuego de la chimenea absorto en sus pensamientos. No había cambiado nada, seguía siendo igual de alto, igual de esbelto, sus ojos seguían siendo de un verde muy oscuro que parecía atravesar mi alma con una mirada, su pelo permanecía igual de negro y despeinado como siempre.

Y su sonrisa estaba intacta.

-Permíteme presentar a Italia Veneciano, nieto de Roma y poseedor de estas tierras.

-He oído hablar mucho de ti. –España se acercó a mí muy contento-. Estaba deseando conocerte, Veneciano.

-Yo… también estaba deseando conocerle, jef… -Me aclaré la garganta. Con su presencia, mi cerebro parecía embotado, trabajando más lento de lo normal-. Encantado de conocerle, señor España.

-Llámame Antonio ¿nos vamos a casar, no? –Mi corazón se paralizó. En ningún momento que estuve en su casa pronuncié su nombre, no podía pedirme que lo dijera ahora.

-"Idiota ¿en qué estás pensando? No te lo está pidiendo a ti, se lo está pidiendo a Veneciano." –Recordé con tristeza. –"Así que concéntrate."

-Por ahora no… no sé si puedo llamarle por su nombre. Acabo de conocerle.

Tranquilo, Romano, vas bien, vas muy bien.

-Si quieres, por mí vale. –Pero ahí no acabó la cosa. Al momento España me ofreció caballerosamente su brazo para acompañarme hasta la mesa. Intenté no temblar cuando se la cogí, pero interiormente me estremecí al notar el calor de España en mi mano.

España me ofreció asiento con un gesto muy galante y acto seguido, se sentó a mi lado.

Era imposible, el rubor ya me había subido a la cara y no se iba a borrar si estaba España a mi lado todo el tiempo.

-Bendeciré la mesa. –Indicó Alejandro VI, pero yo no podía concentrarme. Chapurreé unas palabras en latín e intenté dar mi mejor esfuerzo para controlar mi corazón que latía desbocado en mi pecho.

Cuando empezamos a comer, Alejandro comenzó una "interesantísima" conversación con el jefe España acerca de la agricultura que había en la nación. Después pasaron a hablar de la ganadería y posteriormente, de la pesca. Seguí al pie de la letra el consejo de mi hermano sobre "pensar en tus cosas cuando en la conversación no estabas incluido."

Saboreé mi ternera asada mientas oía embelesado a España hablando de los Reyes Católicos. Tenía una voz embriagadora y no pude evitar beberme cada una de sus palabras.

-¿La princesa Juana? –Preguntó cuando el Papa quiso saber sobre ella-. No quiero hablar la verdad. No parece estar… digamos, con los pies en la tierra, Santidad. Prefiero no hablar de ella.

Recordé que había visto a la princesa una única vez, cuando era una niña de cuatro o cinco años. Jugaba siempre sola y a veces le daban locuras como tirarse a un lago en pleno invierno o ir corriendo detrás de algo que sólo ella veía.

Me dio mucho miedo.

-Bueno, creo que será mejor irnos a dormir ya. Es muy tarde. –El Papa indicó que ya nos podíamos levantar-. Stefan os acompañará a vuestras habitaciones.

Un Guarda Suizo (¿el mismo de antes? No sé, todos me parecen iguales, rubios, altos y con cara de querer estamparte la cara) surgió de la nada y, sin hablar, nos acompañó al subir las altas escaleras de mármol blanco hasta un largo pasillo lleno de retratos y más retratos.

-¿Le veré mañana, señor Veneciano? –Me preguntó España ante la incomodidad del silencio que nos rodeaba.

-S… sí, claro je… Señor España.

-Quiero ver la ciudad cuanto antes. Llevo mucho tiempo sin visitar Roma. ¿Me acompañaría?

-No sé… estoy algo cansado del viaje. –Había sido menos de tres horas, pero no quería pasar tiempo a solas con España.

-No me haga suplicar, Veneciano. –Me miró con los ojos llenos de una tristeza que me conmovió, a pesar de que sabía que estaba fingiendo-. Quiero ver la ciudad, quiero conocer a tu gente, quiero sentir Roma en mi propia piel. Y quiero que tú… es decir, usted me lo enseñe. ¿Me hará ese favor?

-Esta es habitación Veneciano. –El Guarda Suizo no llevaría mucho tiempo en Italia, apenas podía pronunciar bien.

-No me iré de aquí hasta que acceda, Veneciano.

-De acuerdo. Mañana por la mañana le enseñaré la ciudad.

Con una sonrisa, España cogió mi mano y me la besó con un gesto muy galante. Me guiñó un ojo y se fue hasta su habitación dando saltos de alegría.

-"¿Cómo voy a salir de este lío?"

No podía presentarle a las personas de Roma ¡ni yo mismo las conocía! Y apenas había estado en la ciudad un par de veces y ambas habían sido para comer en un parque que le gustaba a Feliciano.

Estaba en problemas.