Capítulo 2 n-n
El simple hecho de estar en ese lugar me deprimía. La escuela siempre me trae malos recuerdos. Los años de mi adolescencia, tantos los llantos nocturnos, tantas las falsas amistades, todas las inseguridades, y lo mas detestable, la angustia infudamentada.
Al poco tiempo de estar parada allí, vi como los alumnos del instituto Virgen de las Candelas comenzaban a salir. Jóvenes de todas las edades con ese uniforme tan básico. Sweater verde oscuro, verde sucio, y pantalón de vestir gris.
No me costó tanto localizar esos ojos verde agua entre la multitud. Era hermosa. Vi como se disponía a emprender el camino a su casa, recorrido que ya tenía bien estudiado. La seguía de lejos, sin ser notada.
Estaba comenzando a oscurecer, y el frió iba en aumento. Me lleve las manos un par de veces a la boca para intentar, inútilmente, calentarlas con mi aliento.
Mientras más nos acercábamos al lugar indicado, la oscuridad invadía la ciudad, solo interrumpida por las farolas que comenzaban a encenderse en las calles. Acelere el paso. Favorecedoramente, debía atravesar por un vecindario bastante desolado. Esa era mi oportunidad, acelere el paso hasta solo encontrarme a unos poquísimos metros de distancia de su espalda. Mi presencia aun no había sido notada. Acelere mas y me quede a su lado, me miro girando la cabeza, evitando hacer contacto visual. En ese instante pasábamos por un callejón y no lo dude mucho, la empuje para que entrara allí.
Pude observar frente a mis ojos como todos sus músculos se tensaron, no sé qué habría pasado por su mente en esos instantes. Es decir ¿Qué se puede pensar de un individuo no identificado con capucha y la cara casi en su totalidad cubierta? Y más cuando te empuja a un lugar como ese. En un acto casi reflejo le tape la boca con fuerza, apresándola contra la pared. Entonces por fin pude contemplarlos de cerca. Esos enormes zafiros abiertos a más no poder, brindándome una vista de ellos esplendida. Se los veía brillantes, asustados. Me quede pasmada al ver la belleza de esos ojos. Y eso casi me cuesta caro. En un ágil movimiento casi logra zafarse de mi agarre. Salí de mis pensamientos y procedí. Un pequeño pellizco a la altura del hombro y la tenia dormida en mi pecho.
La lleve como pude hasta mi auto, que no estaba tan lejos de allí. Nadie vio nada, o quizás solo lo ignoraban para evitar problemas.
En cuanto llegue a la entrada de aquella bodega, que ya era bien conocida por mí, sentí pena por ella, la mire por última vez, tan frágil, tan inocente, tan indefensa. Pero no podía dejarme vencer por esos cursis sentimientos, pues si lo hacía, ambas correríamos con la misma suerte. La baje del auto como pude hasta que un hombre con una máscara de gas vino a socorrerme. En una demostración de fuerza masculina, la subió a su espalda. Ya mis servicios no eran requeridos, así que era libre de retirarme. O al menos eso creí.
En el momento en que di la vuelta para volver a mi auto, me tomo del antebrazo e hizo algo así como un ademan para que lo siguiera dentro de la bodega. Sabiendo que no me podía negar, me limite a seguirlo por detrás. Caminamos largo rato por los pasillos hasta dar con una habitación donde había una camilla metálica. La recostó allí y me entrego un sobre. Era idéntico al de aquella vez, aquel que me arrebato mi libertad, mi vida, aquel en donde mi destino fue sellado, en donde me convertí en títere de este sádico juego.
"Quiero los zafiros en el frasco, de lo contrario, un par de lindos citrinos ocuparan su lugar.
S.D.R "
Abrí mis ojos con sorpresa. Mis ojos ámbar. Cuando me di cuenta, me encontraba sola en esa fría habitación, sin más que un frasco de cristal y el zumbar de la luz fluorescente que me erizaba la piel. Mire hacia todas partes, y vi las cámaras, observaba mis movimientos.
A lo largo de las semanas previas, jamás me había ordenado dañar, mucho menos matar a ninguna de las chicas. Mi papel allí era el de interceptarlas y transportarlas.
Algo poco a poco fue aflorando en mí. Con la primera chica fue un poco difícil, mi moral me trastornaba y la culpa me carcomía. Pero a medida que el número de "nuestras" victimas aumentaba, mi interior se helaba más. Todo aquello que es llamado "humano" fue desapareciendo. Supongo que por eso en ese instante no dude demasiado en proceder con las órdenes.
Recordé que solo estaba dormida, podía volver en si en cualquier instante. Entonces, por primera vez, escuche su voz. Era delicada, armoniosa, un poco aguda sin dejar de ser muy masculina. Lo único que oí fue "Segundo cajón". Cubiertos, ese era el contenido. Había una gran cuchilla. Mire de reojo a la ojiverde y la tome. Solo pensé en ser certera, en propinarle una única pero mortal estocada. Algo se rompió dentro de mí en cuanto ese cuchillo atravesó su cuerpo; en el instante en que comenzó a moverse y sollozar. Una no sirvió, tuve que hacerlo varias veces. En cada movimiento del arma blanca, un poco mas de sangre salpicaba sobre mi y un poco mas de insania invadía mi mente. Hasta que finalmente todo se detuvo.
En ese cuarto, fueron asesinadas dos jóvenes al mismo tiempo, ella y la"yo" cuerda.
Volví a observar el cajón, y tome una cuchara, era más que obvio que solo con las manos no podría quitarlos de sus cuencas. En realidad, quitarlos fue fácil, lo que complico un poco la situación, fue el maldito nervio. Sentí nauseas al verlo aun sujeto a la circunferencia. Tire fuere, lo más fuerte que pude hasta que se desprendió, lanzando gotas de sangre directo a mi cara. Con el segundo fue más rápido. Sostuve ambos por unos momentos en mis temblorosas manos, analizándolos. Hasta que los solté en aquel frasco. Inmediatamente oí un sonido, algo parecido a un aplauso lento.
En ese cuarto nací yo, mi nueva yo, nació mi demencia, mi adicción a la adrenalina, mi gusto por la sangre, mis deseos sádicos.
