1.


De mi primer viaje a Japón recuerdo muchas cosas. El cumpleaños de Hikari, el viaje al Mundo Digital. Las charlas matutinas con Takeru, las risas a costa de Yama-chan y, más que cualquier otra cosa, como Daisuke me ayudó a conocer a mi compañero digimon.


Mitsuko solía tener un sueño ligero. Se estiró sobre la cama, totalmente conciente del lugar donde estaba, mientras las sábanas se deslizaban de su sitio.

No es que le disgustase dormir pero podía despertarse gracias a débiles sonidos que no alertarían a nadie más. Su abuelo solía decirle que parecía hacer entrenado para lograr levantarse con facilidad. Ella, como con muchas de las cosas que le decía, solía reír. Echaba de menos a Michel Takaishi, pese a que apenas llevaba un par de días sin verlo. Eso sucede cuando te acostumbrabas al trato diario. Sueles entristecerte cuando la distancia se extiende entre medio de la cercanía.

Era sábado ya, lo que indicaba que —por primera vez desde su llegada— Takeru iba a poder pasar un día entero junto a ella. Se incorporó sobre el futón que utilizaba para dormir y una sonrisa amplia adornó sus facciones cuando le lanzó una mirada a la cama donde descansaba tranquilamente su primo. Con sigilo, se puso de pie y sujetó la almohada que su tía le había dado, antes de caminar con suavidad hacia el centro de la habitación del joven. Acompañado por Patamon y envuelto entre sábanas verdes, la figura parecía dormir en sueños pacíficos. Mitsuko pensó que no podía ser más perfecto.

Levantó la almohada sin hacer ruido alguno pero unas manos detuvieron sus brazos, evitando que lograse su objetivo.

—Ni lo pienses, primita —susurró Takeru. Sus ojos azules se abrieron de forma repentina y una sonrisa iluminó sus facciones— nunca cambias, ¿cierto? Me hacías lo mismo cuando me quedaba a dormir en tu casa.

Frunció los labios en un gesto totalmente infantil. Las cosas no habían resultado como quería, después de todo.

—Antes resultaba.

—He aprendido—aseguró Takeru, solemne—. Además, tengo el sueño ligero también. Patamon es quién duerme profundamente.

Los dos le dirigieron una mirada al digimon. Por supuesto, Takeru tenía toda la razón. Con la respiración pausada, una pequeña sonrisa y los ojos cerrados, Patamon descansaba ajeno a todo lo demás.

Mitsuko soltó la almohada y buscó la pequeña cámara que había dejado en la mesita de noche que Takeru tenía en la habitación. Como se habían quedado despiertos hasta tarde, ella había dejado muchas cosas desparramadas. Presionó el obturador después de hacer un pequeño ajuste en la lente y ¡listo! Una nueva fotografía para su colección. Takeru se rió entre dientes por la expresión que reflejaba el rostro de su prima. Era como la de un niño que va a una juguetería, por vez primera.

—Patamon es tan adorable. Tengo que convencerlo de que tiene que hacer una sección de fotos...

De imaginarlo, se sentía eufórica.

—Sólo pidelo. Quedó demostrado anoche que no puede decirte que no.

Mitsuko rió. El gesto incómodo de Patamon cuando se dio cuenta que no podía negarle nada no tenía precio —Claro. Soy perfectamente adorable.

—Y tan humilde — se burló él.

—Estoy llena de virtudes, ¿verdad?

Takeru se había medio incorporado para sentarse sobre el colchón. Patamon parecía disfrutar de su sueño, cualquiera que fuese. Sin poder evitarlo, una de sus manos acarició la figura de su compañero. Después de tantas luchas, tantos días de peleas y también por causa de la creciente popularidad de los digimon, a Takeru le encantaba que sus amigos virtuales tuviesen momentos de pura calma. Lo merecían, absolutamente.

Sin pensarlo siquiera, Mitsuko se sentó en el extremo de la cama de su primo.

—Me he preguntado sí tendré un compañero digimon—confesó ella, después de ver el gesto de Takeru. Él le dirigió una mirada curiosa—, quiero decir. Veo a Patamon y es tan tierno. Me cuentas tus historias y veo a tía Natsuko en la televisión. Pienso que es maravilloso pero... También me inquieta un poco.

—¿Por qué? —dudó, pese a que sospechaba cual sería la respuesta.

—Me has dicho que los digimon eligen un compañero humano porque se los necesita.

—Sí —susurró él—. Al menos, ese es el patrón. Las personas que han recibido a su compañero generalmente tienen algo que hacer con ellos. Pero no tienes que tener miedo... Conocer a tú compañero digimon es algo que no puedes comparar con nada más. Estoy seguro que tú tienes uno. Sé que no es una ciencia pero, Mitsuko, sé que encontrarás a tú compañero.

Ella lo miró con una sonrisa amplia —¿Y crees que podré ayudarlo en lo que necesita? Como hacen tú y tus otros amigos.

—Claro. Eres una chica muy valiente y... Estás colmada de virtudes.

Rieron juntos después de que ella le diese un golpe en el brazo juguetonamente.

—Entonces, ¿hoy me llevarás al Mundo Digital? Sé que debo sonar muy pesada—comentó, cuando lo vio reírse—. Pero, de verdad, me encantaría ir.

—Te dije que te llevaría. Primero quiero saber sí todo está controlado allí. Puede ser un mundo muy peligroso.

—Creí que era pacífico

—Es pacífico. El problema es que hay muchos humanos dando vueltas por allí. Muchos de ellos están tensos con la situación. Sin ir más lejos, sabes que ayer tuve que ir a ayudar. Con los muchachos estamos tratando de seguir la vía diplomática y Taichi ha logrado traer algo de calma pero aún no está todo controlado. Eso sin contar con la inestabilidad de la puerta digital.

—¿Inestabilidad? —dudó ella, con curiosidad.

Todo lo que Takeru le estaba diciendo era nuevo para ella. En todo el mundo se conocían a los digimon pero nunca nadie le había dado un testimonio tan cercano como su primo. Desde el 2003 la existencia de los monstruos digitales, más conocidos como digimon, se había hecho pública. En muchos países del mundo se insistió en utilizarlos para fines de investigación. Otros los tildaron como criaturas peligrosas. Solo aquellos que conocían la verdadera naturaleza de los seres virtuales apuntaban a la unión de ambos mundos.

Los niños elegidos que se dividían en todo el globo estaban trabajando duro para mantener la paz. Takeru, entre ellos.

—Si bien la puerta está abierta todo el tiempo, Koushiro ha dicho que hay muchas redes inestables que parecen inhabilitar el sistema en algunas ocasiones. Nada importante pero nos mantiene atentos.

—¿Koushiro es el pelirrojo, cierto?

Takeru asintió, medio exasperado, medio divertido. ¿había escuchado Mitsuko algo de lo que había dicho?

—Creo que lo que ustedes hacen es admirable—sonrió ella, un minuto después—, y valiente. Me parece que deberías decirle esas cosas a todas las personas.

—Sería estupendo que todos pensasen como tú

—¿Nunca lo intentaste?

—¿Qué cosa?

—Hacerlo público, tonto. No lo sé... Tal vez—ella susurró, burlona— ¡Escribiendo sobre ello! Un relato que no sea de ficción, claro. De tú perspectiva.

—Escribí sobre eso—Takeru confesó. Mitsuko parpadeó, sorprendida y él sonrió. Su prima era la primera persona -además de su madre- a la que le hablaba sobre su nuevo pasatiempo—, bueno. Intento hacerlo, todavía. Tengo muchos borradores sobre las cosas que viví. Algunas todavía son difíciles de escribir — sonrió, suavemente—... Mamá me dijo que tendría que tener alguna declaración testimonial y se me ocurrió que escribiendo me va mejor que en cualquier otra parte. En realidad, sé que ella bromeaba pero me dio la idea y empecé a escribir... Aún tengo mucho que completar... Quizás le pida a mis amigos que me ayuden para que la historia este completa.

Ya le había resultado que su primo, ganador del concurso nacional y autodeclarado como aspirante a escritor no hubiese tenido la idea. Lo contempló, con curiosidad.

Había dicho que tenía muchas cosas escritas... ¿se las dejaría leer?

—¿Desde cuando escribes eso?

—De la primavera del 2003, aunque no he sido precisamente constante con todo eso—ella lo miró con mayor sorpresa pintando sus ojos. Takeru continuó—, no quería olvidar nada. Estuve horas delante de la computadora. Y mucho más escribiendo en mi libreta. Ahora lo tengo todo guardado. No quiero que se pierda pero cuando este un poco más alejado, cuando todo este más tranquilo... Escribiré sobre nuestras aventuras. Todo el mundo podrá saber que los digimon no son peligrosos, que no todos son malos y que siempre se puede mejorar.

—Tienes grandes planes para el futuro—ella sonrió—... Y, dime algo, Hikari-chan entra en ellos... ¿no?

Takeru rodó los ojos. —Eso no es de tú incumbencia.

—¡Takeru! —exclamó— Soy tú prima favorita, ¿no? Por favor, yo sólo quiero saber como fue que te confesaste... ¡Dime!

—¿Para reírte de mi?

—Yo nunca me reiría de ti.

Él enarcó una ceja, incrédulo.

—Bien... Nunca me reiría demasiado.

—Sabes que siempre quise mucho a Hikari—susurró él. Sabía que su cara había tomado un tono rojizo.

—¿Qué tuviste que hacer para que ella lo notase? —inquirió Mitsuko, con curiosidad—, quiero decir... Siempre fuiste tan obvio para mí ¿Por qué ella nunca se dio cuenta?

La sonrisa de Takeru era brillante.

—Así es ella.

Sin poder reprimirse, Mitsuko sujetó la almohada y la arrojó. —Quita esa cara de idiota.

Takeru le devolvió el gesto. Ella se cubrió con los brazos antes de que la almohada tuviese impacto en su rostro. Estaba riéndose cuando descubrió su cara.

—Lo siento— se disculpó, sin borrar la sonrisa—... Lo siento, de verdad. Era muy tentador.

—Takeru—Patamon entreabrió los ojos en un gesto que Mitsuko encontró sumamente adorable—... Deja de hacer tanto ruido.

—Lo siento, Patamon— se disculpó el joven Takaishi, lanzandole una mirada a su prima—. Sigue durmiendo un poco más.

El digimon asintió, con un pequeño bostezo y volvió a acurrucarse en busca de calor.

Mitsuko pensó en lo increíble que resultaba que Patamon -tan lindo, tan pequeño, tan adorable- fuese un héroe que había luchado por el bienestar mundial pero que no pudiese ser libre por la vía pública. Le resultaba horriblemente injusto pensar en ello, en como tenían que actuar todos. Lo mismo sucedía con los demás niños elegidos y sus compañeros. Habían hecho tanto y tenían que seguir haciendo tanto.

Mitsuko sabía que algunos de ellos no tenían mucho más años que ella.

—Hey —Takeru la llamó—, no te preocupes, Mitsuko. Se arreglará, sólo necesitamos algo de tiempo. Las cosas no van a ser fáciles pero valdrá la pena esto, lo sé.

Mitsuko le devolvió la sonrisa, contagiándose de su estado de ánimo. Era imposible no hacerlo, después de todo.

—Ahora, ven— comentó él—, vamos a desayunar. Tenemos muchos planes para hoy. Hikari y los demás me han preguntado mucho por ti, has causado sensación.

—Es inevitable, ¿no? —ella sonrió, divertida—. ¿qué vamos a hacer hoy?

—Aprovecharemos este hermoso día y después de desayunar iremos a buscar a mis amigos. Quizás tengamos un día de picnic.

No pudo evitar soltar una carcajada por el tono de su primo. Takeru siempre sabía como hacer que las cosas luciesen mejor. Era la oveja negra de la familia, aunque en el buen sentido. Mitsuko era dramática, casi todos con la sangre Takaishi tenían cosas así pero él desentonaba.

Para bien, por supuesto.

—Entonces me preparo para un alegre día de campo —musitó ella— ¿Irá Yama- chan?

El hijo menor de Natsuko tampoco pudo evitar reírse.

Mitsuko solía olvidar referirse a todos ellos con el sufijo correspondiente. Takeru sabía que su educación había sido diferente, ella tenía la palabra francesa escrita en toda la cara. Hablaba japonés con fluidez, él sabía que su tío —y padre de Mitsuko— tomaba muy en serio sus raíces. Su madre también lo hacia, Takeru y Yamato habían aprendido dos idiomas en casa aunque el elegido de la esperanza sabía que su hermano perdió el interes en el idioma o, en realidad, rechazó cualquier cosa que le recordase lo que había aprendido de su madre. A diferencia de Yamato, que solo podía recitar unas cuantas frases de memoria, Takeru estaba muy familiarizado en ese idioma.

Michel Takaishi —francés y japonés— también había inculcado sobre las tradiciones a su nieta favorita. Takeru sabía que, por muy extravagante que fuese, ese hombre respetaba las culturas de sus dos naciones. Michel siempre decía que era francés pero cada vez que viajaba a Japón, principalmente para ver a Natsuko, aseguraba que la tierra de oriente le causaba nostalgia. Takeru sospechaba que se debía a que el amor de su vida — la madre de sus dos hijos— había nacido y muerto en Japón.

Su prima comentaba que, por mucho que lo intentase, a veces no podía recordar que tenía que agregar algún honorífico. Sin embargo, había elegido "Yama-chan" para molestar a Ishida, que parecía ser otro de los que no podía decirle que no a la chica en cuestión.

El joven portador de la esperanza se preguntaba sí existía ese alguien, Mitsuko era una fuerza de la naturaleza.


N/A: Esta historia va a ser lenta pero no me gustaría dejarla abandonada por más tiempo.

¡Gracias por leer!