Trataré de relatar todo imparcialmente porque, aunque sufrí mucho por su culpa, no tengo la necia pretensión de ser perfecto.

En el salón de primavera de 1946 presenté un cuadro llamado »Maternidad«. Era por el estilo de muchos anteriores: como dicen los críticos en su insoportable dialecto, era sólido, estaba bien arquitecturado. Tenía, en fin, los atributos quesos charlatanes encontraban siempre en mi telas, incluyendo "cierta cosa profundamente intelectual". Pero arriba a la izquierda, a través de una ventanita, se veía una escena pequeña y remota: una playa solitaria y una mujer que miraba al mar. Era una mujer que miraba como esperando algo, quizás algún llamado apagado y distante. La escena en la pintura sugería, en mi opinión, una soledad ansiosa y absoluta.

Nadie se fijó en esta escena: pasaban la mirada por encima, como algo secundario, probablemente decorativo. Con excepción de una sola persona, nadie pareció comprender que esa escena constituía algo esencial. Fue el día de la inauguración. Una muchacha de cabellos castaños desconocida estuvo mucho tiempo delante de mi cuadro sin dar importancia, en apariencia, a la gran mujer en primer plano, la mujer que miraba jugar al niño. En cambio, Miró fijamente la escena de la ventana y mientras lo hacía tuve la seguridad de que estaba aislada del mundo entero: no vió ni oyó a la gente que pasaba o se detenía frente a mi tela. La observé todo el tiempo con ansiedad. Después desapareció en la multitud, mientras todo vacilaba entre un miedo invencible y un angustioso deseo de llamarla ¿miedo de qué? Quizá, algo así como miedo de jugar todo el dinero que se dispone en la vida a un solo número.

Sin embargo cuando desapareció, me sentí irritado, infeliz, pensando que podría no verla más, pérdida entre millones de habitantes anónimos en Buenos Aires.