Nota: los personajes y la historia original pertenecen a Iria G. Parente y Selene M. Pascual (sino, no sería fanfiction). Basado en sucesos anteriores al libro Sueños de Piedra (inventados, aquí creo que lo único canon son las autoras y poco más xD), y en versión genderbent.


La dentadura de lord Kenan se hundió en su cuello una vez más y a Lynn cada vez le resultó más complicado imaginar que era un tipo mucho más agradable que él para paliar lo animal que era aquel insulto a los cerdos si lo llamara como ellos.
Quizá podría haber imaginado que era el hijo de la herrera de Duan, a quien habían llevado a él para que aprendiera a satisfacer a su futura esposa. Un hombre más vendido como una pieza de ganado.

Para distraerse sólo le quedaba filosofar de nuevo y quejarse interiormente de lo estúpido que era no dejar a los hombres ser más que una pieza bonita para decorar el hogar, hacer hijos y hacer los trabajos físicos que a algunas mujeres no les apetecía hacer. Algunas podían hacerlos de sobra, ¿por qué no trabajaban un poco, para variar? Oh, y no había que olvidarse de que también eran usados para el placer.

Pero, POR LOS ELEMENTOS, ¿ES QUE KENAN ESTABA EMPEZANDO UNA MINA PARA SACAR ORO DE SU INTERIOR?

-Dijiste que no ibas a romperte por muy duro que te tratara, muchacho.- rió el noble, una vez se hubo quedado satisfecho.- ¿Es que he hecho daño a mi pequeña joya de la corona?- se mofó, dándole un cachete en el trasero.

-...No.- respondió, esforzándose por poner buena cara al tumbarse en la cama. Por lo borracho que iba el dueño del prostíbulo y lo bestia que había sido, no se podría sentar en un par de días largos. Genial. Al menos esa semana esperaba no tener que enseñar técnicas a ningún hombre más.

Kenan lo escrutó con sus ojos fríos, enrojecidos por el abuso de licor, antes de empezar a ajustarse las calzas.

-Si no te conociera... diría que estás pensando otra vez en esa absurda idea tuya de marcharte, chico.- dejó caer. Y por el tono de su voz Lynn previó el peligro.

Sí, claro que pensaba en marcharse. Por los Elementos, lo soñaba de día y de noche. Era su aliciente al despertarse, su último pensamiento al encogerse en sí mismo para dormir y su mayor sueño mientras dormía. Era también lo que lo mantenía vivo.
Su madre lo había dado todo para que saliera de aquella enfermedad y le había costado la vida. Lynn no iba a dejar caer su esfuerzo en saco roto.

Se pasó una mano por los rizos que ya le caían por encima de los ojos por mucho que los apartara de su campo de visión y suspiró.

-¿Por qué iba a marcharme de aquí? Sois bueno conmigo, milord... me habéis convertido en quien soy. Un muchacho sano y atractivo. Os debo la vida.- repitió la misma letanía que había ensayado miles de veces mientras se arañaba la piel para intentar sentirse menos sucio en su propio cuerpo, llorando en un intento fallido de bañera.- Vos me sacasteis de la calle, me salvasteis del frío y la hambruna...- añadió, para que aquel proyecto de humano que se quedó en animal salvaje cayera un poco más en la magia de sus palabras.

No era complicado, en la base. Decir cuatro cosas bonitas a las clientas podía hacerlo cualquiera, pero adularlas y hacerlas sentir que ellas tenían todo el control era como Lynn sabía que sobrevivía mejor. Haciéndoles creer que lo tenían en la palma de su mano.
Con Kenan no era muy distinto. Sólo que cada vez que debía decir esas frases ensayadas las cenizas de su mundo se quemaban aún más. Le daba náuseas.

-Así me gusta.- rió el noble, agarrando su cara por las mejillas con el índice y el pulgar.- Porque no estarías mejor en ningún otro sitio, mi preciosa obsidiana dorada. Ahí fuera los hombres no valemos nada a menos que tengamos unas arcas llenas de oro robado o ganado con sudor y sangre. ¿Qué ibas a hacer tú? ¿Venderte por menos que aquí para comer unas migajas de pan a la semana?- lo soltó con cariño fingido, acariciando su piel con sus dedos enormes en un acto demasiado viejo y conocido para el muchacho de pelo rizado como para caer en él.- No, Lynn, tesoro mío... el mundo no está hecho para los hombres. Por eso tenemos que estar lamiéndole el culo a mujeres como reinas y princesas. Para evitar que nos lleven al patíbulo por existir.

Pero Lynn soñaba despierto con reinos donde los hombres también gobernaban. Donde podían tener sus propios negocios sin tener que sobornar a damas de noble cuna para mantenerse a flote. Donde la sociedad los tenía en cuenta para algo más que para ser marionetas con hilos enredados.
¿Era tanto pedir un pequeño barco y material para empezar a comerciar?

-Tenéis razón, milord... siempre la tenéis.- suspiró el joven, recogiendo su camisa del suelo.

Que se fuera. Que se fuera en aquel momento era todo lo que pedía. Que lo dejara llorar en paz.

-Bien dicho, hermosura.- el noble se alisó la casaca y se arregló la cadena de oro que lucía al pecho. Si tan solo se le enganchara al cuello y lo asfixiara...- Mañana volveré a ver que este sitio no se haya desmoronado sin mí. Y dile al imbécil cuya madre ha muerto hoy que se trague sus problemas y vuelva al trabajo. No quiero que me haga perder dinero por sus estupideces de adolescente.

A Lynn le faltó tiempo para correr a la tina que hacía de bañera, ignorando lo entumecido que estaba. Usó el agua fría, le daba igual. Aunque se estuviera helando necesitaba jabón contra su piel.

Jadeando, cogió el jabón que aquella mujer le había regalado por escuchar sus problemas durante el sexo, deseando que con el olor a vainilla se disimulara el hedor que desprendía a noble sin corazón ni cuidado.

Frotarse la piel le dolía, pero por los Elementos que no pararía hasta que se le cayera a pedazos, si así conseguía sentirse algo mejor.
El grito que se escapó de su garganta seguramente resonó por todo el burdel, pero no era como si le importara. El Demonio estaba fuera del infierno, y era el único que se atrevería a reprenderlo por algo así. Necesitaba desahogarse. Necesitaba aire. Necesitaba salir de allí.

Por ello salió a la calle atándose el cordón de los pantalones, descalzo y empapado, con los rizos pegándosele a la piel enrojecida por la fuerza con la que había estado frotando.

Lynn habría echado a correr. Pero hacía meses que no salía de la calle del prostíbulo, por lo que se conformó con el primer callejón cercano que vio con un barril a medio romper.
Golpeó la madera con los pies desnudos, y se ensañó con la pared de piedra a puñetazos en cuanto el barril hubo rodado fuera de la calle sin salida, descargando su rabia con el llanto silencioso y los golpes en sus manos.
Sus sollozos acabaron ahogados por una pelea en la taberna que había cerca, pero el joven no tenía oídos para los puñetazos entre dos mujeres bravuconas. Sólo para el angustioso sonido de sus puños contra la piedra.
Por suerte, aquella vez no se rompió ningún dedo.

El volver a su habitáculo lo hizo sentir aún más miserable. Sacó la daga que le había robado a una mujer noble de debajo de la cama y paseó los dedos por el filo, deleitándose en el brillo de la hoja a la luz del candil y lo atractiva que le parecía su débil llamada. Otras veces había sonado más fuerte.
Aquel eterno "sabes que podrías terminar esto de una vez" se repetía en su cabeza con todo tipo de armas u objetos mínimamente peligrosos. Pero ahí era donde la imagen de su madre salía a flote. Ella y el hecho de que, incluso muerto, Kenan se las arreglaría para vender su cuerpo a buen precio. Le cobraría hasta a los buitres por comerse su carne.

Acabó arrancando las sábanas del colchón para cambiarlas por unas que habían conseguido de una posada para el burdel. Por suerte, tenían algunos recursos entre los chicos. Sin embargo, la sensación de que la cama hasta se había convertido en un arma contra él le pesaba en la espalda y en cada uno de los poros de su piel.
Ni pensaba considerar el mirarse a un espejo para ver cómo estaba. Fue directo a por la pomada para los nudillos y los restos de una camisa rota para las vendas, con lo que trató sus manos ensangrentadas y hasta el mordisco en el cuello de regalo de aquel hijo de puta.
A él le habría gustado regalarle un agujero en el estómago con una espada.

Tras muchos esfuerzos por mantenerse despierto para evitar las pesadillas, Lynn se durmió acurrucado en sí mismo, pidiendo por una vez poder sanarse las heridas internas con tanta facilidad como podía curar las externas.