Libro I

Primer Mundo:

El Infierno

Versículo I

Tanto tiempo. Tanto tiempo había pasado desde aquel momento en que cayó de la tierra, dando golpe en el suelo de roca frente a una gran puerta de roble. ¿Quién diría que las desgracias de Dante algún día le llegarían?

Había muchas otras personas allí, todos juntos dentro de aquella pequeña y nada agradable habitación. Cómo los odiaba. Cómo deseaba matarlos de nuevo… Pero había algo en él que le decía que todos ellos ya estaban muertos, y metidos en un infierno, como él.

¿Cuánto tiempo habrá pasado¿Días, meses, años? En aquel lugar era imposible de averiguar, y el único reloj presente era el del rincón en donde se encontraba él mismo, apoyado en la pared fundido entre sombras y pesadillas. Lo único que decía el reloj, era el nivel de su desesperación.

Las personas. Las personas cometen pecados, cometen lujurias, gulas, avaricias, robos, asesinatos… Él no era una persona; el era una nueva forma del pecado.

Risas se oían de las ancianas, ronquidos de los viejos, sollozos de las jovencitas, gritos desesperados de hombres y jóvenes, y chillidos escandalosos de los niños nacidos, y los que estaban aún por nacer. Algunos no entendían lo que pasaba. Otros, simplemente, se lo gozaban. Pero él no era un idiota; sabía perfectamente porque estaba allí, y ya estaba harto. Quería que todo acabara de una buena vez. No aguantaba los chillidos, los lloriqueos, los ronquidos, las risas hipócritas… No aguantaba a la porquería que eran las personas.

"Hay un agujero en el mundo, como un gran pozo negro…"

Tres golpes sordos retumbaron en toda la habitación, dejando caer polvo del techo. Las almas perdidas comenzaron a gritar y a desesperarse, pero el golpeteo no cesaba.

"Está lleno de gente que está llena de mierda…"

La habitación se llenó de gritos, sombras y polvo, dando llamaradas de los ojos de aquel que detestaba a los Cuatro Mundos, sin poder aguantar a ninguno de sus seres más.

"Y los gusanos del mundo lo habitan."

La pesada puerta de roble se abrió, dando presencia a una criatura inverosímil; una combinación de caballo con un hombre, como si fuese una asquerosa combinación del Creador, o un experimento fallido de la ciencia, incluso podría llegar a ser una dolorosa metamorfosis sufrida por un desgraciado hombre como lo fue él.

La criatura poseía tez oscura, color azul negruzco, y unas cuencas oculares del tamaño de dos nueces refulgiendo rojos como el fuego. En su mano llevaba pergamino y pluma, y sus ojos barrieron la habitación, cayendo en una masa oscura en un rincón. Se acercó a ella, dando a retumbar sus pasos por las paredes a causa de sus cascos. Al detenerse cerca de la esquina, se quedó fulminando con la mirada a aquel demonio antropomorfo. "Increíble que una escoria como esa halla hecho las cosas que hizo".

Su pensamiento era de asombro, más su voz segura poseía el sonido de dos rocas friccionándose. Y las palabras se dejaron llevar.

- ¡Benjamin Burker!

Nadie se movió. Toda la habitación se encontraba sumida en silencio. La extraña criatura permaneció inmóvil.

- ¿¡Se encuentra o no, Benjamin Burker!?

De nuevo, nada. La criatura miró nuevamente a la masa frente a él, transpirando odio.

- Señor, le he estado llamando.

El hombre del rincón, finalmente, sacó el rostro de entre sus brazos, revelando unos ojos negros apagados, y un rostro pálido, bañado en sangre. En su cuello se podía notar un corte largo y profundo, siendo una herida que había sanado mal, y de un modo muy asqueroso.

- Me dispenso, señor, pero usted ha estado llamando a un tal… Benjamin Burker. Lamentablemente, no es ése mi nombre, ni el nombre de ningún conocido que posea.

La criatura intensificó su mirada, y suspiró entre resignado y fastidiado.

- Muy bien. ¿Qué tal Sweeney Todd? – el hombre del rincón sonrió con malicia.

- Ése si lo conozco. ¿Qué desea con él?

- A ese hombre le ha llegado su hora. Se encontrará frente a la Corte de Dante, para que sea dictada su sentencia.

- Muy bien. – el hombre se levantó, quitándose el polvo de su raída chaqueta de tela gris, toda manchada de sangre – Procedamos, entonces.

La criatura comenzó a caminar frente al hombre, siendo observados por todas las almas perdidas del lugar, que suplicaban a la bestia a que se los llevase a ellos también, más la misma hacia caso omiso a las plegarias. Hombres y mujeres, jóvenes y ancianos trataron de alcanzarlos, pero por alguna razón, ni siquiera podían tocarlos.

El hombre siguió a la bestia hasta la puerta de roble tallada con figuras representativas y superiores. La traspasaron a la siguiente habitación, y con un chirrido espantoso, la puerta de roble se cerró con un sordo golpe. Las almas continuaron sus lloriqueos un rato más en este lado, más momentos después, cesaron, siendo el silencio nuevamente huésped del lugar. Al otro lado de la puerta¿quién sabría lo que habría?

Más Dante, con Virgilio como su musa, sabía perfectamente lo que estaba a punto de llevarse a cabo.

Sweeny Todd, el barbero demoníaco de la calle Fleet, estaba por presenciar su Juicio Final.