Disclaimer: Los personajes de Hotel Transylvania no me pertenecen, son única y exclusivamente de Sony Pictures y de sus respectivos creadores.
Espero que ésta historia les agrade, dejen en los comentarios sus opiniones, ideas y/o sugerencias para que la trama se torne algo especial.
¡Que lo disfruten!
Agradecimientos:
Leonardo Leto: ¡Muchas gracias por tu comentario! Trataré de corregir los errores que cometí en el capítulo anterior. Me siento feliz de que haya sido de tu agrado, y tienes razón, creo que exageré un poco con el razonamiento de Dennis :D, seré más cuidadoso la próxima vez. PD: Me encantan tus historias. ¡son realmente buenas!
Espero que disfrutes de este capítulo.
Capítulo I
El recuerdo era perfectamente prelucido hasta el más mínimo detalle y eso lo inquietaba, pero a su vez, extrañamente se daba cuenta que algo resonaba en su mente al haberlo pensado después de tanto tiempo, algo que lo hacía temblar y a su vez descubrir la incógnita acerca de la creciente preocupación que persistía en lo más recóndito de sus pensamientos. No sabía la razón de su repentino viaje en el vasto territorio de sus recuerdos, su travesía en el tiempo lo tomó completamente por sorpresa, cosa que le hizo hacer muecas esporádicas mientras trataba de conciliar el sueño profundo que había perdido en la comodidad de su cama.
Se encontraba lúcidamente dormido, su estado inmóvil y la apacible manera en la que mantenía la serenidad inquietante del paisaje hacía irradiar la imponente luna sobre la habitación pedregosa, una luz que se asomaba cautelosa y discreta por los rincones del lugar, como si tratara de ocultarse de la larga noche que conquistaba todo a su alrededor; el momento era sombrío y extrañamente frío para Dennis.
Su mente lo traicionaba con las enigmáticas imágenes que recorrían su cabeza, la desesperación era palpable en el sudor que soltaba de manera rápida por todo su cuerpo, haciendo que un vapor comenzara a levitar por la penumbra del lugar y un leve brillo resplandeciera en su encuentro con los rayos nocturnos de la noche. Su calor corporal había aumentado de una forma inusual, le hacía moverse constantemente en las ya empapadas sábanas de su cama, lanzaba quejidos ahogados que referían una tremenda inconformidad en un sueño que lo perturbaba sin sosiego, y las patadas débiles y los movimientos superfluos de cabeza que inquietaban la tranquilidad de un ambiente que empezaba a agitarse lentamente.
Las imágenes empezaban a surgir con más frecuencia dentro de un territorio vacío en la profundidad de su sueño, en una rápida secuencia que parecía no tener fin delante de sus ojos, cada una de ella parecía tan vívida como las caricias de un dolor pálido en el cuerpo o el calor que hace emanar una persona en un lugar gélido y desolado. En esa completa oscuridad solo se preguntaba por qué se sentía de una forma que resultaba incoherente, la extrañeza de aquellas sensaciones lo hacían temblar en cierta manera, y era algo que empezaba a causarle algo que nunca en su vida había experimentado en su interior, algo que fluía y acalambraba sus articulaciones y que hacía cosquillar su corazón al ritmo del grito de una ira que mantenía una llamarada desconocida en el centro de su tormento.
La pesadilla lo aplastaba con el peso de una desdicha oscura y desgarradora.
Una vez más las imágenes se mostraban ante él en el ciclo de un rollo fotográfico, las figuras que representaban cada una de ellas eran absolutamente ajenas para Dennis, la serie de gráficos y símbolos lucían de una forma tan clara y especial que no hallaba explicación alguna ante ese suceso. «¿Qué es lo que está pasando? —pensó confundido, con el temor aún presente en su corazón— ¿Qué es este lugar y de dónde salieron estas imágenes?»; seguía mirando con alevosía cada una de ellas, contando por lo menos una decena de símbolos que repetía el proceso una y otra vez.
El ciclo paró en un estrepitoso reflejo en contraste con el oscuro abismo fantasmal. Su vista se encontraba centrada en una imagen que se acrecentaba cada vez más y más al estar observándola con detenimiento, sentía que a medida que creciera ya no habría espacio en el lugar que el tribulado pelirrojo suponía interminable. El gráfico era ahora un espectáculo inmenso frente a los ojos de Dennis, podía darse cuenta de los mínimos detalles que aquella figura mostraba de manera impositiva ante él.
Dennis, no hizo más que caminar de un lado a otro observando con extrema curiosidad aquel retrato, le resultaba tormentoso el encontrarse en tal situación, pero a su vez, su cuerpo pedía con ansias que ese misterio tuviera una solución, una respuesta ante una confusión que le carcomía cada uno de sus sentidos. La penumbra, vasta y sin fin, empezó a ser invadida lentamente por una neblina tan espesa como una nube cirrosa que surca los cielos enajenada de toda realidad, que con suma cautela, llenaba los pisos con una capa monstruosa que hacía capturar la esencia de un océano blanquecino.
Lo único que le quedaba era el inmenso gráfico en sí.
Observó con seguridad el retrato mientras memorizaba cada espacio, cada silueta y cada detalle del mismo. A su simple razonamiento solo miraba algo que se asemejaba a un pentagrama, lleno de figuras y palabras contenidas en los pliegues de cada línea y cada espacio que contenía en su conjunto, no era un pentagrama esotérico como él se imaginaba, este era diferente, y de alguna manera se sentía dominado internamente ante su presencia.
«¡Dennis ayúdame! —se escuchó un grito apagado y desalentador, un eco que resonaba en el vacío del negruzco tormento— ¡Ayúdame! ¡Te lo suplico!».
Aquello le causo una tristeza que rasgaba su corazón con un temor infernal, le resultaba familiar aquella voz que reverberaba por todo el lugar, una voz que perturbaba la calma y el amor que el vampiro anhelaba. Un grito que por primera vez le hizo sentir un pánico ensordecedor.
—¿Winnie? —Se preguntó confundido— ¿Winnie, eres tú?
«¡Dennis! ¡No lo soporto más! —sonaba de nuevo, cada vez más fuerte. Esta vez, la voz era diferente— ¡Ya no tengo fuerzas! ¡Estoy muriendo!».
Dennis comenzaba a alterarse rápidamente, no lograba resistir sus impulsos al estar escuchando las voces dentro de su cabeza. Algo estaba completamente mal en ese momento.
—¡¿Mamá?! —gritó con desesperanza mientras corría sin rumbo fijo hacia el vacío— ¡Mamá! ¿Dónde estás?... ¿Qué es lo que está pasando?
«¿Por qué lo hiciste Dennis? —resonó nuevamente, ahora con una voz masculina atormentando su cabeza— ¡Te amábamos hijo!».
Lo único que trataba en lograr era escapar de todo aquel mundanal ruido que lo hostigaba violentamente, corría con la desesperación de que el miedo lo volviera loco. Se cubrió los oídos con sus manos, frías y temblorosas, queriendo apagar la resonancia que el lugar generaba, algo que al final lamentablemente le resultó sumamente inútil.
—¿Qué es lo que me pasa? —las lágrimas empezaron a escurrir a lo largo de su rostro, y su voz comenzaba a inquirir un tono entrecortante— ¡Por favor, sáquenme de aquí!
«Nos decepcionaste a todos, Dennisovich —volteaba a todos lados buscando una salida—. Nos alejaste de tu vida».
—¡Por favor! —resoplaba con un tremendo alarido lleno de desgracia— ¡Papá-Drac, ayúdame! ¡Alguien! ¡Quien sea!
Buscaba con la mirada cualquier cosa que lo hiciera salirse de ese horripilante lugar, el sitio comenzaba a sofocar el agitado pecho del vampiro, y un calor sobrenatural impulsaba el desgaste en la emociones de su corazón. No quería estar ahí, era una pesadilla horrible, una pesadilla llena de sufrimiento y dolor.
«Zing-Zing, me rompiste el corazón —musitó una dulce voz a lo lejos, y un resplandor empezó a sumergir a las espaldas del pelirrojo, un resplandor que mostraba la silueta de una lobezna casi moribunda— Nos lo rompiste a todos».
—No... Winnie no —su cuerpo le pesaba y su corazón ardía con una intensidad que no había sentido hacía mucho tiempo. No resistió más el peso de su cuerpo y se postró débil ante la silueta monocroma, sin color.
—Nunca pensé que me harías daño, Zing-Zing.
Dennis lloraba con desventura y temblaba por una culpa que para él aún era desconocida.
—¡No! —espetó, con dolor — ¡Jamás te haría daño, Winnie!
—Adiós, Dennis —dijo, mientras la silueta era arrastrada hacia la oscuridad.
—¡No! ¡Winnie, espera por favor! —corrió, persiguiendo a la silueta que se desvanecía en la profundidad del abismo, estirando su brazo lo más que podía, intentando alcanzarla.
—Adiós, mi Zing.
—¡No! ¡Winnie!
Todo el lugar se inmergió en una completa oscuridad, una tan siniestra que tragó a Dennis a una locura que lo dominaba lentamente.
«Te destruiré a ti y a todos los que amas —se escuchó por última vez, un sonido que resultaba increíblemente familiar para el chico— Te lo advertí, humano».
—No, no, no... —exasperaba con susurros en las sábanas de su cama, llorando a ojos cerrados y sudando de forma incontrolable— ¡Winnie!
Despertó. A un estrepitoso salto del mueble.
Su respiración era agitada y pesada. Las gotas de sudor que recorrían su rostro se tornaban diligentes hacia un rumbo aleatorio y supérfluo, y caían como pequeñas piedras cristalinas en la superficie de su ropa, generando un sonido sordo de una campanilla aguda que aturde el equilibrio. Temblaba sin sentir frio alguno, y resentía una preocupación que se recostaba sobre sus hombros, encorvando su postura a una tristeza palpable. Mantenía una vista fija a una luna que se mostraba indiscreta por las ventanas de sus aposentos, su rostro era iluminado por los gloriosos rayos luminiscentes del magnífico astro, en conjunto con una brisa que poco a poco le hacía sentir que arrancaba las preocupaciones de su cuerpo. Por un momento le hizo pensar en el evento que había vivido hace quince años en el oscuro mar de árboles a los pies del exuberante castillo. Un recuerdo que mantenía en su corazón, como un preciado tesoro enterrado en un oasis terrenal, guardándolo solo para él, donde nadie lo pudiera tocar.
No sabía el significado del sueño que había tenido hacía poco, pero estaba seguro que algo así nunca podría volverse una realidad si se lo proponía. Haría lo posible para que ese tipo de visiones que amenazaban a su familia jamás se hicieran realidad.
—Solo fue un sueño Dennis —se dijo para sí, tratando de tranquilizar su estado turbulento—. Nada de eso fue real.
Sonrío, decidido.
«Solo fue un sueño —pensó a sus adentros, mientras salía de la cama y se dirigía al baño—. Solo eso».
Su primera sensación en esa realidad fue la de un piso frio, fulminante, casi parecido a una capa de hielo que devoraba un lago en un clima invernal. Por un momento le pareció curioso como aquellas sensaciones invadían su cuerpo sin vergüenza alguna, la forma en la que traspasaban su cuerpo y generaban una molestia grata en lo más profundo de sus articulaciones. Para él era curioso sentir algo que los demás vampiros no podían experimentar, suponía que algo así podría deberse a sus genes paternos, aquellos pequeños organismos que le propiciaban un don que los demás monstruos de su especie nunca podrían obtener, las emociones que a veces genera un vivo palpitar del corazón.
Su caminar era lento, vacilante a cada paso que daba en la gélida superficie rocosa del lugar, suponía que se debía al agotamiento de madrugar a tan tempranas horas del día, pero eso no le importaba en lo absoluto, ya que, lo que en verdad sentía en ese momento, era el oscuro peso de un sueño que vagaba con arrogancia en sus pensamientos y que había decidido olvidar, preguntándose si aquello podría tener una explicación la cual pudiera resolver él mismo. No tenía intenciones de decir palabra alguna acerca de lo sucedido.
No tardó mucho en salir de la ducha, y notó como la expresión de su cara irradiaba una preocupación sumamente visible frente al espejo de un tocador de madera fina, tallada de forma moderna y elegante.
Se sorprendió lo tanto que había cambiado a lo largo de los años, su pelo encrespado y alborotado ahora era de un estilo corto y definido, creando una ondulación en los mechones de pelo que surcaban el aire a su cabeza. Su rostro era alargado, de mentón cándido y tenaz, y con una ligera serie de pecas formadas por encima de unos hoyuelos atractivos, siendo complementados por unos grandes ojos color turquesa que imitaban un cielo despejado primaveral.
Salió del baño y se dispuso a vestir un conjunto que salía de lo convencional, una playera de un negro liso en cuello tipo "V", combinado con unos jeans azulados que se ajustaban con una perfección surreal a la anatomía de su cuerpo, y unas botas de color marrón que asemejaban un aire maderoso, a montaña, y a libertad. Algo que jamás había utilizado en su vida, pero estaba dispuesto en hacer un cambio consigo mismo, y sin haberlo previsto, le sentaba increíblemente bien.
Una vez abierta la puerta de su habitación para dirigirse en rumbo al lobby del hotel, una voz lo llamó en el acto.
—Señorito Loughran —llamó, con elegancia—. Tengo dos mensajes para usted.
Dennis bufó con pericia, no le gustaba que lo llamaran por su apellido, y mucho menos por el término 'señorito'.
—Willem —contestó, refiriéndose a una armadura medieval y parlanchina que se situaba fuera de su cuarto, estática y tradicional en cada detalle, como la mayoría de las que estaban en el castillo—. Cuantas veces tengo que decírtelo, no me digas señorito, tampoco me llames por mi apellido —agregó en tono amable, cruzando la puerta para observar de reojo la armadura mágica mientras la cerraba a sus espaldas—. Dime Dennis, solo Dennis. —sonrió.
La armadura no emitió ningún sonido, solo volteó su mirada al rostro del chico.
—Me disculpo, Seño... Dennis —tartamudeó, con un ligero toque de dificultad— El Conde ha ordenado que me dirija hacia usted de esa manera.
Dennis rodó los ojos.
—Mi abuelo, siempre tan controlador —sonrió—. ¿No lo crees así, Willem?
La armadura tardó un rato en contestar, no se atrevía en opinar al respecto.
—La verdad, no sabría decirle.
—Vamos Willem, la verdad no muerde —inquirió en un tono perspicaz.
Willem se sintió acorralado, rechinando un poco por los nervios.
—Un poco, si —se encogió de hombros—. Pero no es tan malo.
—Sí, claro —soltó una carcajada que resonó con un eco en el pasillo, una risa agradable y contagiosa.
La armadura no dijo nada, pero el chico sabía que muy en el fondo de su coraza metálica él intentaba acompañarlo con una leve risilla tímida y desafiante.
—¿Quiere escuchar los mensajes ahora, o más tarde? —preguntó—. Podría programarlos para esta noche, cuando regrese a descansar.
—No tengo nada importante que hacer, así que —reflexionó un momento, pensando en los deberes que tendría que realizar en el día—, puedo escucharlos ahora, no hay problema.
La armadura asintió, regresando a una postura solemne, disciplinada.
—El Conde Drácula, su abuelo, me ordenó que le informara acerca de la próxima festividad que se llevará a cabo en la semana del Mondfinsternis—recitó, orgulloso—. Él pidió personalmente que usted llevara a cabo la organización del evento.
—¿Festividad? —comentó confundido— Pensé que las actividades seguirían como siempre en la semana del eclipse. ¿Por qué no se me informó antes?
—El Conde tomó esa decisión hace apenas unas horas.
—Ya veo —suspiró—. Más trabajo.
La armadura permaneció en silencio, esperando la respuesta de su amo.
—¿Mi abuelo te dijo el motivo de su recomendación? —sonó desganado— ¿Por qué no le pidió a mi papá que organizara el festejo? —dijo, recargando su espalda en la pared de piedra—. Él siempre se encarga de realizar las fiestas en el castillo.
—No sabría decirle, Dennis —respondió al instante, sin tapujos—. Solo recibimos la orden de su abuelo. No hubo una explicación.
El vampiro se mostró un tanto perdido en el encargo, no tenía ganas de hacerlo, eso era claro, pero era un favor de su abuelo y no quería decepcionarlo. Frente a él, la armadura solo permaneció inmóvil, esperando con ansias la respuesta del joven.
—¿Y bien? —preguntó, curioso— ¿Cuál es su decisión?
Dennis mostró una mueca irrelevante al pensar seriamente en la pregunta.
—Pues, creo que será divertido —sonrió—. Bien, dile a mi abuelo que lo haré. La fiesta del Mondfinsternis será increíble.
—¡Estupendo! —dijo alegre, casi a punto de levantar sus brazos en señal de emoción— El Conde estará feliz de escucharlo.
El vampiro asintió, suponiendo lo que había dicho el sirviente.
—¿Cuál es el otro mensaje, Willem? —quiso saber.
—La lista de invitados que confirmaron su asistencia al día del evento.
Soltó una pequeña risa, inquiriendo la actitud que su abuelo pudo haber tomado en aquella decisión. «O sea que ya había invitado a todos nuestros amigos sin pensar en lo que yo hubiera decidido. Supo perfectamente que yo aceptaría de una forma u otra al ver que todos ya venían en camino—pensó divertido, aflorando una sonrisa socarrona a lo largo de su rostro—. No se te escapa una, Papá-Drac».
—Veo que mi abuelo estuvo bastante ocupado esta noche —se sorprendió un poco por la rapidez en la que hacía las cosas, al igual en cómo los monstruos respondían a su llamado—, ¿Es que acaso ningún monstruo duerme? —preguntó sarcástico.
La armadura se encogió de hombros, nuevamente. Él ya sabía la respuesta a su pregunta, pues no era difícil asegurar que la mayoría de los monstruos que viajaban a Transilvania para una relajante estadía, tenían una vida nocturna bastante activa. Unos más que otros, eso era lo que pensaba, el haber estado conviviendo con ellos por más de quince años le hizo darse cuenta del itinerario de cada monstruo del hotel. Por ejemplo el eslabón perdido, o Pancracio, como todos lo llamaban, que se dirigía al lago tenebroso todas las noches para dar un paseo en las tranquilas aguas de Rumania, buscando un poco de relajación en el suave oleaje de su corriente, o los Gremlins, quienes aterraban la pasividad del bosque hasta el amanecer; también su abuelo y sus grandes amigos, Wayne, Frank, Griffin y Murray, los cuales disfrutaban su inmortalidad haciendo rondines nocturnos por la ciudad que colindaba con el hotel, y que, se alegraban por el descubrimiento de nuevas aventuras.
Pero como ya lo sabía, no era necesario pensarlo demasiado. A su abuelo le gustaba hacer las cosas demasiado rápidas y precisas, y los demás ya estaban acostumbrados a eso. Por un momento se preguntó el tiempo que debieron haber pasado juntos, él y sus amigos, para notar que esa anticipación exagerada en realidad no era como tal una anticipación en lo absoluto, más bien, una aviso a tiempo correcto, sin presiones.
Siglos, debió suponer.
—Entonces, Willem—habló sonriente— ¿Cuantos confirmaron su asistencia al hotel?
—Hasta ahora son pocos los que han confirmado inmediatamente después de haber recibido la invitación.
Dennis asintió, cruzándose de brazos.
—¿Quiénes? —quiso saber, intrigado.
—Pues según la lista, están marcadas: la familia de Pie Grande, el señor y la señora Skeleton, las hermanas Gargouille, el Yeti, los Gremlins, Hydra, el horripilante Kraken, Mr. Hyde… —respondió, mencionando un sinfín de nombres en voz alta— Entre otros monstruos que siempre visitan el hotel.
El vampiro suspiro al notar que no eran pocos, como él pensaba. Sin embargo, no pudo evitar el no darse cuenta de que Willem no había mencionado los nombres de monstruos, que para él, eran considerados sumamente importantes. Era imperativo que estuvieran en el hotel, sino, el festejo no sería lo suficientemente divertido y alentador.
—¿Qué fue lo que pasó con los amigos de Papá-Drac? —preguntó. Un leve rubor se mostró de forma tímida en sus mejillas al darse cuenta de que había llamado a su abuelo así, tenía años que no lo llamaba de esa manera—. ¿Vendrán a la noche del Mondfinsternis?
La armadura no mencionó nada, se mantuvo callado por un largo rato.
—¿Y bien? —insistió— ¿Confirmaron su asistencia?
Willem no tuvo más que romper el silencio.
—No tengo registro de su posible asistencia, lo siento.
—¿Pero tu si crees que vengan, no? —se le notó angustiado— ¿Frank y Eunice, Murray y Cleopatra, Griffin y su esposa?... ¿Los Werewolf?
—Enserio no sabría decirle, Dennis —dijo decaído—. Será mejor que lo hable con su Excelencia. Él sabrá al respecto.
Dennis tragó con fuerza, sintiendo que se le formaba un nudo en la garganta. No quería que aquellos monstruos faltaran a la celebración, significaba mucho para él su presencia, sobre todo la de los Werewolf, algo había en ellos que lo hacía sentirse completo.
El vampiro recorría cada pasillo a extrema velocidad, zigzagueaba de un lado a otro esquivando muros, muebles, sirvientes o cualquier cosa que se le pusiera en frente. El castillo no había cambiado nada en la última década, el renombre del hotel había resonado a lo largo de los anchos mares, llegando a oídos de continentes curiosos por tan maravillosa combinación. Era claro que el prestigio del magnífico Hotel Transilvania había aumentado exuberantemente al pasar de los tiempos, ya que una cantidad enorme de humanos llegaba para impresionarse de las maravillas del lugar. Incluso, tuvieron que construir un par de torres apegadas al castillo, grandes columnas de una piedra volcánica tan elegante como cualquier otro material de construcción fino, y que proyectaban una vista armoniosa para aquellos que decidían hospedarse en alguno de sus cuartos; quinientas habitaciones cada torre, y cada una de diferentes tamaños, familiares, dobles e individuales. Le resultaba increíble cómo eran visitados una y otra vez por centenares de personas que buscaban tan solo un poco de diversión, para Dennis era trabajo todo el tiempo, las veinticuatro horas del día, los 365 días del año.
A él no le importaba trabajar en hotel, ni siquiera lo cansaba en su totalidad. Para Dennis, ser el nuevo coordinador de relaciones monstruo-humanas y actividades recreativas no era para nada tedioso, en realidad le fascinaba en gran medida, el estar conviviendo con los huéspedes en cada actividad era sumamente grato a cada momento, sobre todo si se trataba de sus mejores amigos, Roger, el hijo de los Frankenstein, Isis, la hija de Murray y Cleopatra, Steve, el hijo de Griffin y su desconocida esposa, y por último, Winnie Werewolf, quien él consideraba la mejor niña que pudo haber conocido.
Ya había llegado a las puertas de la oficina de su abuelo y se les quedo mirando por un rato. Eran enormes según podía observar, negras como el oscuro abismo de un hoyo negro en la infinidad del espacio, de un estilo gótico y extrañamente hogareño para el joven vampiro, con picaportes dorados que le otorgaban clase e importancia, al igual que una serie de aldabas maquiavélicas en forma de gárgola que usaban los visitantes para llamar desde fuera.
Dennis avanzó unos cuantos pasos para tocar a la puerta, haciendo que cada golpe propiciara un eco y un crujir metálico por todo el sitio.
«Espero que lo encuentre—pensó inquieto, agitando su pierna con gesto desesperado—. Esto del eclipse lo mantendrá muy ocupado los próximos días».
Esperó un poco, en absoluto silencio, admirando todavía la imponente puerta frente a él.
—Puedes pasar —sonó en tono apagado, del otro lado del muro.
El joven vampiro giró el picaporte y con un leve empujón abrió su camino hacia la habitación.
Era tan grande como la recordaba de pequeño, llena de ventanales enormes que eran ocultados por grandes cortinas aterciopeladas que cumplían el trabajo de obstaculizar el paso de los rayos matutinos al comienzo de las mañanas. Cada rincón era amueblado con distintos artilugios de diferentes estilos: rústicos, contemporáneos, medievales, renacentistas, absolutamente de todo. Las pinturas de oleo se mostraban grandiosas en cada parte de los muros del lugar, al igual que decenas de libros antiguos y pergaminos que yacían en los estantes de caoba a las espaldas y en los extremos del escritorio en el centro de la habitación. Era magnífico, le costaba describirlo con palabras.
Drácula, quién se encontraba sentado en su escritorio, al parecer escribiendo rápidamente en un rollo de papiro, se percató de su presencia.
—¡Dennisovich! —exclamó el conde, dejando de escribir al quitarse un par de anteojos de su rostro— Buenos días. ¡Ven, siéntate!
Dennis sonrió al ver a su abuelo, observando lo bien que le sentaba su inmortalidad.
—Buenos días, Papá-Drac —dijo alegre, dirigiéndose hacia una de las sillas que se mantenían pasmadas frente al escritorio. Se sentó.
Drácula, con un rápido movimiento de manos, enrolló el pergamino sellado y desapareció delante del pelirrojo, mostrando unas pequeñas chispas de color violeta que revoloteaban alrededor de su mano.
—Sabes abuelo —lo miró burlón, con una ceja arqueada debido a su actitud—, hoy en día existe un artefacto muy innovador que permite enviar y recibir mensajes desde cualquier parte del mundo, sin problemas —mencionó, mostrándole el objeto del que hablaba—. Se llama celular.
Su abuelo rió, sarcástico.
—Tonterias Dennisovich —respondió de forma mordaz—, hoy en día esas cosas solo idiotizan la mente de las personas con sus endemoniadas funciones —bufó, sonriente—. Tan solo mira a tu padre, todo el día pegado a esa cosa sin hacer nada útil.
Dennis rodó los ojos, divertido.
—No, prefiero mantenerme a la onda con mis poderes —agregó.
—Lo que tú digas abuelo.
Drácula lo miró un tanto vacilante, como perdido en sus pensamientos. Sentía que algo lo mortificaba en su interior.
—¿Sucede algo, mi ratita endiablada? —preguntó intrigado, adquiriendo una postura seria y paternal— Te veo un poco… preocupado.
El joven vampiro se sorprendió ante la percepción de su abuelo, no sabía si él había notado lo que había pasado en sus sueños, o su intriga por saber acerca de que si sus amigos vendrían a la fiesta. Prefirió contarle lo segundo, no quería que su abuelo se preocupara también por algo insignificante, algo que en sí, no importaba en lo absoluto, ya que solo era un sueño, y no quería dejarle por ningún motivo ese peso en su espalda.
—Nada, abuelo —contestó de la forma más natural que pudo, evitando levantar sospechas de un secreto que prefería ocultar—. Solo me preguntaba, ¿Por qué quieres que yo organice el Mondfinsternis?
—¿Por qué? ¿No lo quieres hacer? —preguntó confundido.
Dennis negó con la cabeza.
—No, no es eso Papá-Drac. Me encantaría organizarlo, pero…—respondió nervioso, cuidando bien sus palabras— ¿Por qué yo?
—No entiendo, Dennisovich —sonríe con cariño hacia su nieto—, eres el coordinador de eventos del hotel. ¿Quién mejor que tú para hacerlo?
—Pudiste habérselo pedido a mi papá.
—Sí, pude haberle encomendado la tarea—mencionó—, pero hacía mucho que no se celebraba ese festival y quería que tú, lo hicieras un tanto especial.
Sonrió, entendiendo lo que su abuelo trataba de decirle, trataba de darle trabajos importantes para ganarse el cariño de todo el personal, incluyendo a los visitantes que disfrutaban de sus ideas, justo y como lo hizo con su padre, Jonathan.
—Entiendo.
Drácula lo observaba aún dubitativo, suponiendo que se encontraba ahí por otro motivo en especial.
—Veo que te preocupa algo más —soltó perspicaz, atrayendo una mirada estupefacta por parte de Dennis, la cual le causo gracia— ¿Estoy en lo cierto?
El joven soltó una risilla avergonzada, mirando como su abuelo acrecentaba cada vez más una sonrisa que se formaba en su rostro.
—Correcto —confirmó, apenado—. Willem me informó acerca de los invitados que confirmaron su asistencia.
Su abuelo inquirió su posible pregunta, mostrando aún más la sonrisa que tenía, esta vez socarrona, llena de picardía.
—¿Y qué es lo que ocurre con los invitados? —le siguió la corriente, tratando de ocultar su suposición.
—Pues, no menciono a la familia de Winnie y a los demás —respondió un poco preocupado— pensé que serían los primeros que confirmarían su asistencia. Sobre todo mis tíos Wayne y Wanda, ya son más de 10 años que no los veo.
El conde arqueó su ceja en señal de victoria, había dado justo en el clavo.
—Así que te preocupa que Winnie no venga a verte —menciona con picardía.
Dennis se atragantó con su propia saliva, aquello lo había tomado por sorpresa. Un rubor comenzó a formarse en sus mejillas, sentía como su rostro adquiría una tonalidad rojiza, aumentando poco a poco un calor que hacía bullir su sangre por la pena.
—¡N-no! —tosió debido al impacto que le dio su abuelo— No es eso.
Drácula sonrió aún más.
—¿Enserio? —preguntó casi encima del joven vampiro— Yo creo que no.
Y era cierto, no le podía mentir a su abuelo, lo que más quería en el mundo era ver a Winnie otra vez, esa era su ilusión desde hacía ya mucho tiempo. Habían pasado más de diez años desde que él recibió el último mensaje de su amiga en su celular, diciéndole que ella y su familia se irían a un viaje de enseñanza a unas lejanas tierras balcánicas, un lugar al que solo aquellos que eran hombres lobo podían ingresar. Quería verla otra vez con todo su corazón; no sabía el porqué de su inquietud, pero la necesitaba cerca de él, abrazarla, y acariciar su pelaje como cuando eran pequeños, platicar a la luz de la luna llena y correr por los caminos del bosque oscuro hasta el lugar que ellos llamaban su "fortaleza", todo aquello lo anhelaba con ansias y desespero.
—B-bueno sí — comentó apenado, con su cabeza a punto de estallar por el rubor—. Sí, es por eso.
Su abuelo rió como nunca, pareciera que le habían contado un chiste que jamás había escuchado en su vida.
—¿Qué es tan gracioso Papá-Drac? —quiso saber, avergonzado.
—Nada mi sabandija —dijo quitándose con la mano unas cuantas lágrimas que comenzaban a salir de sus ojos—. Es solo que, ¿quién no querría estar con una linda cachorrita peludita como Winnie? —agregó nostálgico, haciéndole recordar a Dennis lo que le había mencionado aquella noche en la carroza.
Dennis pensó que su cabeza explotaría en cualquier momento, tenía ganas de salir corriendo de ese lugar.
—¡N-no es lo que crees abuelo! —gritó, haciendo reír nuevamente al Conde.
—Tranquilo Dennisovich, solo estoy bromeando —dijo tranquilizándose—. Con respecto a tu duda, no tienes de que preocuparte.
—¿Entonces si vendrán? —preguntó.
Drácula asintió, respondiendo a la pregunta del chico.
—¡Perfecto! —soltó de la emoción, parándose de su silla mientras un brillo cariñoso se mostraba en el iris de sus ojos— ¿Cuándo llegarán?
—Pues, era obvio que a ellos los iba a contemplar como invitados especiales —dijo—. Así que les envié la invitación con tres días de antelación.
—¿Cuándo? —quiso saber, desesperado.
El vampiro sonrió al escuchar la petición tan apresurada de su nieto, cosa que le dio una gran ternura.
—Eso fue hace tres días, ratita —contestó— Justo después de haberles enviado la invitación, recibí la confirmación de todos. Me avisaron que partirían de inmediato.
El chico se dio cuenta de lo que aquello quería decir y se emocionó en gran medida.
—Entonces, si te confirmaron de inmediato y ya se encontraban en camino al hotel—asimiló todo lo que había escuchado alegre—, significa que…
—Llegarán en cualquier momento.
«¡Estupendo!—gritó para sus adentros, emocionado, lleno de esperanza y amor—. ¡Podré verla otra vez!». Dennis no contenía las ganas de llorar de la alegría a tan increíble noticia, cosa que no pasó desapercibida por su abuelo, el cual lo miraba sumamente feliz.
—¡Señor! —llamó una armadura a la puerta, haciendo que los dos voltearan a verla con una sonrisa bobalicona— La familia Werewolf ha llegado al castillo.
El pelirrojo sintió que su corazón palpitaba a una velocidad sobrehumana, la felicidad de un momento que había estado esperando con ansias por mucho tiempo estaba ahí, justo a unos segundos de cumplirse.
—¡Perfecto! —exclamó Drácula— Deja que mi Dennisovich los atienda, al fin y al cabo ese es su trabajo —mencionó volteando a ver a su nieto, quien lo miraba con una sonrisa esperanzadora—. Anda, ve a verla.
El pelirrojo asintió, conmocionado por la emoción que lo invadía rápidamente. Agradeció que su abuelo lo recibiera dado su trabajo, y en un abrir y cerrar de ojos, salió volando hacia la entrada del hotel, fugaz, conciso en lo que quería observar.
No le tomó mucho tiempo cruzar los pasillos, las escaleras y las cientos de cosas que obstaculizaban su paso hacia el lobby del hotel. Lo único que pasaba por su mente era el rostro de una pequeña lobezna, tierna e infantil que permanecía en sus recuerdos, en un lugar que mantenía en su corazón. Volaba con gran rapidez, ya había dominado por completo el convertirse en murciélago, ahora podía hacer cosas que pocos vampiros podían lograr, incluyendo sus poderes y fortalezas, era como si hubiera recibido las mismas habilidades de su abuelo.
Se preguntaba cuanto pudo haber cambiado en apariencia, y si es así, se preocupó un poco de lo mucho que pudo haber cambiado él, se cuestionaba si lo reconocería después de tanto tiempo. Podía imaginarse una imagen de ella al verla nuevamente, pensó si seguiría utilizando coletas como antes, o si vestiría su atuendo convencional, una playera rosa con una calavera blanca en el centro; pensó en su estatura, en su edad, en sus gustos musicales, en todo, absolutamente en todo.
Llegó al lobby y volvió a su forma normal. Rápidamente se arregló su peinado y se acomodó toda la ropa, pensado que el viaje le había arruinado el aspecto. Comenzó a buscar con la mirada a sus tíos para ver si la podía localizar, caminaba entre las decenas de personas que contemplaban impactadas cada parte del hotel, tropezándose con unas, golpeando a otras, e inclusive empujando a unas cuantas, todo con el propósito de llegar de una vez por todas a la puerta del lugar.
Se abrió paso hasta llegar a la puerta, mirando cada rincón de la entrada a la distancia, buscándola exasperado por la situación. Pudo observar como Wayne y Wanda estaban situados en los sillones rojizos de la sala de espera tratando de tranquilizar a una manada de lobitos que infligían un desastre por los lugares en los que pasaban, destruyendo todo a su paso. Sus padres estaban igual que siempre, cansados por tan ardua labor y a su vez felices por haber llegado por fin a su destino. Pudo notar que a su lado se encontraban un par de lobos bonachones sin despegar la vista de un aparato electrónico, el cual lo tecleaban como si se trataran de dos mecanógrafos apurados por sacar un reporte; pero por más que hundía su mirada en lo más recóndito del lugar no encontraba lo que buscaba.
«¿Dónde está?—pensó decaído—. No la veo por ningún sitio».
Súbitamente sintió como un peso cayó sobre su espalda, enviándolo directamente al suelo por tan inesperada fuerza bruta. El abrazo no le dejaba ver con claridad el rostro del monstruo que se encontraba sobre él, pero el aroma almendrado de su pelaje le hizo confirmar su identidad. Era justamente como él se la imaginaba, era todo lo que él esperaba, era perfecta; lo único que podía hacer en ese momento fue perderse por completo en la hermosura y en la perfección de sus ojos, de un azul tan intenso como un zafiro radiante en el más oscuro invierno, emanando un cariño tan fuerte que traspasaba su pecho y se descargaba en su corazón, haciéndolo palpitar en un cálido júbilo interno. No se despegaron el uno del otro en lo más mínimo, dejando que ese momento se impregnara por siempre en su memoria y escuchando a su vez como ella le murmuraba unas palabras llenas de deseo.
—¡Cuánto tiempo, rizos de fresa!
