Steve McGarrett es un lío.


Steve siempre había admirado la historia de amor de sus padres, pese a que él suponía que todos los niños caían en lo mismo cuando descubrían que sus padres tenían un matrimonio feliz y exitoso a pesar de que no habían tenido un inicio convencional. En un mundo como el suyo, con la magia latiendo en la sangre y el nombre del amor escrito en la piel, había cosas que siempre llamarían la atención sin importar qué. Steve y Mary escucharían la misma historia una y mil veces, el cómo su padre se enamoró de su madre tan solo verla y lo mucho que él luchó para que lo aceptara. Que no fue sino hasta después de que Steve nació que la marca de su madre, un reflejo de la marca de John, se apareciera en su muñeca. Que él vería lágrimas en los ojos cada vez miraba el tatuaje gris pálido porque por mucho tiempo ella creyó que sería un lienzo blanco, sin alguien que esperar.

Sin amor que tener.

(—Mi padre solía decir que mi madre era el amor de su vida y su alma gemela. Era una distinción que hacía.

—¿Y por qué?

—Porque una cosa es una elección. Y la otra no).

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Mientras estaban en la orilla del océano, Mary se quedaba sentada en la hamaca que se mecía con la suavidad de un arrullo y él se quedaba junto a la tabla de surf en la arena, sus ojos perdiéndose en el horizonte mientras inhalaba profundamente en la tranquilidad recién ganada. El aire del atardecer sabía a sal en la memoria.

—¿Quieres comer algo, kuipo?

Steven arrastró sus ojos lejos del agua y de nuevo a la tierra.

Solía olvidar que no estaban solos por la calma en la pequeña playa que les daba esa vaga sensación de soledad. Aulani les había traído una bandeja llena de frutas, todas las que ellos les gustaban, y se movió por el lanai con gracia tranquila. Steve vio que Mary parpadeaba perezosamente mientras que se movía para sentarse con Aulani, mucho más cerca de Steve.

Le sonrió con dulzura cuando él estiró la mano, a ciegas, para tomar una rodaja de piña.

—Tu mamá me dijo que llegaría pronto —dijo Aulani. Como vivían en la misma calle, si sus padres no estaban en casa, solían pasar tiempo en la casa de los Kahike—. El océano está tranquilo hoy.

El movimiento de las olas en el agua era hipnótico, constante pero suave. Steve podría dormirse mirando esa imagen.

—¿Puedes hablarme de las almas gemelas, tía Aulani?

Steve arrugó la nariz.

Esas historias eran más para Mary que para él. Aulani hizo un pequeño sonido, algo muy parecido a una risita, pero Steve no se volvió a mirarlas a ninguna de las dos. Buscó otra rodaja de fruta.

—Suelen decir que la marca del alma puede aparecer en cualquier momento de la vida pero no muchos dicen que no aparece en las personas al mismo tiempo incluso aunque estén destinadas a estar juntas —les dijo ella—. Para reconocer a tu alma gemela tienes que conocer tu alma primero. Eso lleva tiempo, eso lleva esfuerzo. A veces es doloroso.

—Mamá dice que eligió que papá sea su alma gemela —comentó Mary Ann—. ¿Eso se puede?

—Existe algo que se llama destino y algo que se llama elección. Nosotros estamos siempre a la mitad.

(Steve no lo vio entonces, no lo notaría hasta más adelante en su vida, pero esas palabras se anclaron profundamente dentro de él. «Para reconocer a tu alma gemela debes conocer tu propia alma primero»).

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Era fácil creer en las historias de amor mientas respirabas una.

Mucho más fácil fue creer lo rápido que podía terminarse cuando eras testigo de primera mano de su tragedia.

Steve tenía quince años y ninguna marca en el cuerpo cuando abrazó a su hermana en el cementerio y contuvo las lágrimas para que Mary Ann pudiera llorar por los dos. (Steve también tenía quince años y ninguna marca cuando su padre le dijo que los enviaría a él y a Mary al continente porque tenía cosas que hacer allí y ellos... y ellos no.

A veces pensaba que podía odiarlo por eso. Alguna vez incluso se convenció que lo hacía.

—Por años pensé que nos consideraba un estorbo. O... un recordatorio de lo que perdió. Tuvo el cuento de hadas y después- solo a nosotros.

—Creía que los protegía, Steve. A ti y a Mary.

—Nunca le hubieras hecho eso a Gracie.

—... Tal vez, no lo sé.

—Nunca lo hubieras hecho).

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Tía Deb los recibió con los brazos abiertos, su marca desteñida por amor perdido y la esperanza en su voz estancada por un sueño. Steve se perdió en su abrazo por un momento, maternal pero insuficiente, y se despidió de Mary incluso antes de darse cuenta lo mucho que la soledad estaba ardiendo bajo su piel. Joe le apretó el hombro, como despedida, una vez que llegaron a su destino.

No necesitaba un alma gemela, se dijo.

Su tío Joe no llevaba ninguna marca visible y él tenía dos ex esposas para probar que realmente no le importaba lo que dijeran los tatuajes espontáneos que aparecían para gobernar los sentimientos. Él no quería que lo gobernasen. (Steve tenía diecisiete años y ninguna marca en el cuerpo. Ningún nombre, ningún símbolo. Escuchó a sus compañeros hablar de las marcas, pero la mayoría estaba en el mismo camino que él y su visión estaba más allá que en los cuentos infantiles y amores destinados. Tenía diecisiete años cuando se dijo que estaba bien no pertenecerle enteramente a alguien). Su tía Deb no tenía un alma gemela —ella no lo había encontrado antes de que su tatuaje perdiera color, no lo había conocido y no había llorado su muerte— y simplemente lamentaba la pérdida de lo que pudo haber sido. No era como su hermano que había perdido a la suya y lo había empujado todo lejos.

Steve cumplió los dieciocho y decidió hacerse un tatuaje. Una marca que él eligiera, algo que él quisiera... Algo que lo marcara por fuera de la misma forma que se sentía marcado por dentro.

«No necesito un alma gemela», quería gritar. No quería tener una.

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—Kelly terminó conmigo —le dijo Freddie.

Sus largos dedos continuaron rozando las líneas de su tatuaje —un corazón que llevaba escrito el nombre de su amor de la infancia— pero sus ojos estaban fijos en Steve mientras se confesaba. Había una suave fragilidad en su voz, una tristeza que él conocía bien.

—Terminó contigo el mes pasado —respondió Steve en voz baja, ignorando la voz en su cabeza que le decía que no se metiera—. Ustedes siempre hacen eso. Van y vienen. Ya se le pasará.

—Le dije que entré a los SEALs. —La mirada de Freddie era firme, pero el dolor brillaba tan claro que Steve no podía apartar los ojos. La decisión parecía estar partiendolo en dos—. No creo que se le pase. Tiene miedo de que no vuelva.

Steve sabía lo que era ese miedo. El abandono, el quedarse atrás... La impotencia de no poder alcanzar a alguien que se alejaba.

Por eso se alegraba de no tener a alguien como Kelly tatuado en su piel.

No necesitaba un alma gemela que lo retuviera.

—Aunque no estén juntos el miedo siempre va a estar y siempre va a dolerle que no vuelvas —Steve sintió que se le sacaba la garganta mientras forzaba las palabras a salir—. Ella es tu alma gemela, ¿no?

«Deberían aprovechar lo que tienen», pensó. Si ellos tenían que elegirse el uno al otro, no funcionaría si no podían soportar la idea de separarse. Tal vez no tenían que estar juntos después de todo. Freddie y Kelly siempre tendrían miedo de perderse.

Steve no los culpaba. Él sabía lo que haría la pérdida.

Confirmar que las historias de las almas gemelas eran falibles, que no traían consigo un «felices para siempre» no dejaba de hacerlo sentir que estaba en el camino correcto. Él no necesitaba un alma gemela que siempre estuviera a punto de romperse.

—No quiero hablar de Kelly, no quiero-

(—Freddie tuvo sus problemas durante el entrenamiento pero él quería llegar hasta el final, enorgullecer a su padre y servir a su país.

—Kelly lo entendió.

—Kelly lo amaba. Ella nunca dejó de amarlo, a pesar de todo. El miedo es algo poderoso, pero es más poderoso el amor.

—Mírate, eso fue muy romántico, Smooth dog.

—Empiezo a entender por qué me pedías que me callara todo el tiempo, Daniel).

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Steve conoció a Catherine cuando coincidieron en una asignación para Inteligencia Naval, aunque el rostro de ella estaba repetido en su memoria. Se habían visto un puñado de veces en un bar en Coronado.

—Creo que tenemos conocidos en común, marinero —le había dicho ella con un brillo en la mirada—. O tal vez es el destino que nos encontremos.

Steven ya tenía su tridente entonces y un par de misiones a cuestas pero todavía no había vivido todo el filo más duro del trabajo, el lado más descarnado. Catherine era un año mayor que él pero no lo aparentaba y se rio sin pretensiones cuando recordó la primera vez que ella lo había visto. (—Nunca causas buenas primeras impresiones, babe. No son tu fuerte.

—...

—No soy la primera persona que te lo dice, ¿cierto?).

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Cath tenía una marca en su hombro, suave en definición pero igualmente llamativa, y Steve parpadeó aturdido la primera vez que sus ojos encontraron el tatuaje por lo familiar que se le aparecía. (Él se dio cuenta que ese momento selló su relación con Catherine de una forma inevitable: ella tenía un alma gemela y no era Steve. No quería serlo. Y muchas personas ya se habían ido cómo para creer que ella se quedaría una vez que encontrara lo que buscaba). La sonrisa de ella se perdió en la penumbra mientras se besaban y fue tras un momento Steve se recordó que él quería esto. Él quería a Catherine. (Joe le había aconsejado salir con ella más de una vez y había llegado tan lejos como hacerle prometer que vencería sus dudas. «Debes buscar a alguien que entienda tu trabajo y tu dedicación, hijo». Y Catherine era inteligente y hermosa y dedicada y todo lo que Steve podía imaginar en alguien destinado para él).

No importaba.

Steve no quería un alma gemela, no necesitaba una.

No se trataba de almas gemelas ni amores eternos, él sabía que una cosa no era necesaria causa de la otra.

La historia de sus padres, que se volvieron pareja y formaron una familia antes de ser almas gemelas, ardió en el fondo de su mente por un instante. Steve tenía veintisiete años y tatuajes que había diseñado para sí mismo, cicatrices de combate y experiencia en el campo. Era uno de los mejores que sus superiores habían visto —según los informes que se suponía que él no conocía— y tenía una carrera prometedora que muchos envidiaban. Se extendía un futuro luminoso que prometía borrar los grises del pasado delante de sus ojos. Y él no tenía ninguna marca que no quisiera tener.

(«Para reconocer a tu alma gemela debes conocer tu propia alma primero», le había dicho su niñera en una de las tardes en las que los cuidaba. Por mucho tiempo, él se negó a hacer justo eso).

Steve tenía treinta y tres años, tatuajes que había diseñado para sí mismo, cicatrices de combate y experiencia en el campo que lo hacían orgulloso. Y, todavía, no tenía ninguna marca de su alma gemela.

«Mereces estar solo», era lo que el universo le estaba diciendo. Algunas personas simplemente están destinadas a estar solas. Steve abrazó ese concepto, lo dio por sentado, lo absorbió.

No necesitaba un alma gemela que lo destruyera. No quería una de esas historias que lo consumían todo.

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Entonces Victor Hesse le disparó a su padre.

(Ese disparo no dejaría de sonar en su cabeza durante el resto de su vida. Tampoco lo harían las palabras de Freddie, que tocó su tatuaje una vez —Kelly y el corazón— antes de mirar a Steve para pedirle una promesa para con la niña que aún no nacía y pedirle que le dijera adiós a su amada).

Y Steve conoció a Danny.

(En retrospectiva, se dio cuenta, conoció a Danny cuando más lo necesitaba. Steve acababa de perder a su mejor amigo —a su hermano en todo menos en sangre— y a su padre y se había parado junto al sepulcro de su padre sin su hermana ni su madre ni su tía. Hawái podría haber sido su hogar, érase una vez, pero ya no quedaba nada de su familia en esa isla. Estaba solo. Estaba solo y destrozado y enfadado y en busca de venganza por el precio que había pagado. Y fue entonces, en su momento más oscuro y más terrible, que lo conoció a Danny.

Desde el principio, eso significó algo.

Danny le diría a una recluta para Five-0 que Steve tenía la habilidad de llegar justo a tiempo para salvar las cosas. Pero Danny lo había cambiado todo primero. En muchas formas, ciertamente, se habían salvado el uno al otro.

—Y la gente no me cree cuando digo que eres un malvavisco relleno con testosterona.

—Esa metáfora es especialmente difícil de tomar en serio, Danny.

—Pero sigue siendo correcta, ¿cierto?

—... No).

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—No tienes opción, Detective. Te estoy haciendo mi compañero.

(—Para que conste, él literalmente usó esas palabras.

—Danny.

—Estoy exponiendo los hechos, ¿a cuántos más les ofreciste entrar a Five-0 de esa forma, babe? Yo te diré a cuántos. Ce-ro.

—Todos ellos eran más razonables que tú.

—¿Disculpa? Tú fuiste el que me sacó de la escena del crimen y luego me secuestró para llevarme de nuevo al caso porque tenías cero experiencia en los pasos de una investigación policial, todo eso siendo un imbécil. No tenía por qué ser razonable contigo.

—No tenía cero experiencia.

—Con eso es con lo que te quedas, ¿uh? ¿Te das cuenta que tomaste una decisión que cambió tu vida 180 grados solo para molestarme?

—Quizá en algún nivel sabía que eras mi alma gemela.

—¿En algún nivel-? Eras un idiota que quería hacer las cosas a su manera)

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Five-0 fue la decisión más fácil que tomó en toda su vida.

(Le dio una familia de personas con corazones gigantes que sangraban por ayudar a otros de la misma forma que su propio corazón lo hacía. En algún nivel primario, en algún punto fundamental, esa era la verdad que lo enlazó juntos. El sufrimiento y el amor y la fuerza... Y el alma de Steve resonó con ellos de una forma que era difícil de describir.

No había llegado a casa cuando puso un pie en la isla —Hawái había sido por mucho tiempo la evocación de lo perdido y el hogar que había añorado recuperar— pero, con el tiempo, Steve... encontró su casa. Allí , en la misma isla que una vez lo dejó marchar. Se encontró con su casa y con su hermana, al menos en paralelo.

Encontró su hogar viendo los rostros de sus compañeros reunidos alrededor de la mesa con algo dolorosamente parecido al afecto palpitando en su pecho. Lo encontró mirando orgulloso en dirección a Kono cuando, tras unas pocas clases de práctica, ella había superado a todos los francotiradores en el campo de tiro, recordando que ese era el tipo de orgullo que Mary había despertado en sus mejores momentos. Se encontró absorbiendo las memorias de Chin, que eran tan dolorosas como ciertas y que llegaron hondo y lo rompieron y aliviaron a la vez. Lo encontró sonriendo con Gracie cuando, terminado el castillo de arena los dos corrían hacia el agua bajo la atenta mirada de su padre. Lo encontró mientras viajaba en el auto escuchando de los monólogos con Danny, tan aleatorios y eclécticos que eran impredecibles pero que aún así sostenían un borde de avasallante afecto. Lo encontró en Kamekona y en Max, que se hicieron lugares en su corazón con su dedicación y lealtad y bondad. Encontró su hogar en ellos, en Five-0, con tan poco esfuerzo que Steve no estaba seguro si estaba agradecido o aterrado o feliz o todas las posibilidades dentro de la misma gama emocional disponible).

Five-0 también fue la decisión más difícil que tomó jamás.

(Le mostró cicatrices y heridas y dolores pasados —las suyas y las de otros—, desató venganzas y rencores y penas y pintó a sus padres en una luz que Steve no creía que podría haber imaginado antes. Le enseñó hasta qué punto la ambición, la crueldad y el odio llegaban desde una perspectiva más personal y propia. Le enseñó que había historias que se terminaban abruptamente y había recuerdos en su alma dormida que podían volver en cualquier momento. Le hizo revivir traiciones y despedidas y falta y ausencia).

Steve le puso a su equipo el nombre que su familia había empuñado y los hizo parte de ella, los enlazó a su alma y a su corazón y les dio algo de su historia y los hizo suyos y trató de hacer que la felicidad los encontrase.

Five-0 fue ambas, la más fácil y la más difícil decisión que tomó en su vida. (Una encarnación de las palabras de su niñera, palabras olvidadas. Entre la libertad y el destino, «estamos siempre a la mitad»).

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Steven John McGarrett era bueno en muchas cosas. Era naturalmente atlético, carismático sin dificultad y con una facilidad para estar cerca sin estarlo realmente que dejaba a todos con una sensación de familiaridad que le era cómoda (esa era una de las razones por las que lo habían apodado Smooth dog, la facilidad que tenía para separar las cosas en cajas y deslizarse de una a otra, ideas múltiples para distintos elementos.

—¡Ja! Sabía que no podía ser por tus técnicas de seducción.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Babe, siento decirte esto, pero los dos sabemos que tienes las peores técnicas. Catherine ya me habló de cómo la invitaste a salir.

—Qué- Catherine te habló de- ¿por qué hablaban de eso?

—Curiosidad.

—¿Tenías curiosidad sobre cómo la invité a salir?

—Ah, por favor, como si no hubieras hecho una investigación a fondo sobre mí. ¡Te sabías hasta cuál es mi animal favorito!

—Si sigues interrumpiendo, Danny, vas a salir de la habitación).

Tenía algunas verdades fundamentales sobre su familia que consideraba innegables.

Estaba seguro que su padre los amó, a pesar de que no tuvo una buena manera de mostrarlo. Había estado destrozado cuando perdió a su madre, estuvo hasta el día de su muerte. El corazón roto de su padre, su alma destrozada por la pérdida, fue una de las razones por las que Steve estaba feliz de no tener una marca. En la infancia siempre le había dicho a su madre que él encontraría a su alma gemela justo como su padre lo había hecho. Que al mirarla, lo sabría. Incluso aunque esa persona no tuviera la marca en ese momento.

(Steve nunca había contemplado la posibilidad que él sería la persona a quién la marca nunca le apareciese pero él había creído que sí, que como su padre lo había sabido, él lo sabría).

Los años habían cambiado eso, esa idea absurda del amor a primera vista y la conexión inexplicable y todas esas cosas. Había conectado con muchas personas en su vida, de algún modo, pero con ninguna de ellas Steve realmente había sentido un 'clic'.

(Al menos, hasta que conoció a Danny Williams).

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—¿Crees en las almas gemelas?

Por un momento, todos los circuitos de su cabeza desconectados simultáneamente. En el común de la gente esa no era una cuestión casual y, de hecho, la mayoría de las personas consideraban que era parte de la vida privada. Había información sobre el tema como había información sobre todas las cosas existentes. Y, como con todo, había hechos y especulaciones y falsas verdades.

Usualmente habría ignorado la pregunta, pero era una duda de Grace Williams. Y si Steve había aprendido algo de los Williams hasta el momento era que eran implacables, amaban con locura y él no podía, bajo ninguna circunstancia, negarles una respuesta.

Los ojos de Grace eran grandes y líquidos y tan, tan inocentes. Pero, si Steve era honesto consigo mismo, fue la forma repentina en la que Danny se volvió hacia ellos la que lo empujó a responder.

Podría no significar nada, podría ser Danny siendo Danny, siempre a la búsqueda de aligerar el aire y el pesar y la incomodidad.

Pero también podría— podría ser algo más. Steve no se había perdido la forma en la que Danny lo miraba a veces, atentamente, como buscando algo. No estaba seguro si Danny se había dado cuenta la forma en la que Steven lo miraba a él. Más de una vez, en la oficina, se había hallado siguiendo los movimientos de su compañero como si un imán los empujase juntos en quietud muda.

—He visto muchos casos. Hay grandes historias.

Había otras pequeñas e insignificantes pero que Steve también recordaba. Anhelaba.

—¿Los tatuajes son de tu alma gemela? —Porque Grace era hija de Danny, Steve no había esperado que el tema se acabase—. No se ven como otros tatuajes que vi...

—No. —Sus tatuajes eran sus marcas y no le pertenecían a otra persona—. Estos son míos.

Steve vio a Danny amonestar a Grace sintiéndose un poco culpable por el alivio que lo recorrió.

—No tienes por qué disculparte, Gracie —dijo Steve porque esos enormes ojos marrones eran devastadores con esa pizca de tristeza.

De esa conversación lo que quedó con Steve fueron las palabras de Danny cuando hablaba de las almas gemelas «las historias no dicen que todo es perfecto, que no habrá problemas». Porque era cierto, no hablaban de perfección.

Nunca hablaban de perfección.

Hablaban de reconocimiento, de entendimiento, de confianza.

Y era injusto porque una vez en un funeral, cuando Danny se había acercado para agradecerle estar allí por la memoria del difunto, Steve podía jurar que había visto su propia alma reflejada en esos ojos y algo había resonado justo dentro de él. («Te conozco» había dicho y, por ese breve momento, fue absolutamente real y aterrador y maravilloso).

Y era injusto porque Danny podía leerlo como si fuese un libro abierto por momentos. A pesar que era implacable e inflexible con sus opiniones, él podía ver en los puntos en los que Steve estaba ciego. Y era absurdamente injusto que Danny pudiera clasificar sus caras con nombres como si las expresiones que Steve hiciera fuesen importantes, fuesen cosas que debieran ser tomadas en cuenta.

Y era estúpidamente injusto el saber que Steve haría cualquier cosa para ver la sonrisa de Danny —no cualquier sonrisa, sino esa sonrisa que le aparecía en el rostro cada vez que estaba con Grace y era genuina y luminosa y brillante. Más que eso, Steve haría cualquier cosa por Danny. Era injusto que, por primera vez en lo que parecían siglos, Steve pensase en su padre encontrándose con su madre por casualidad y enamorándose de ella a pesar de que ella no creía que fueran almas gemelas.

Y era abominablemente injusto que Steve deseara que Danny no tuviera la marca de otra persona en su cuerpo. Porque Danny tenía una marca (no podía no tener) y Steve no tenía ninguna y probablemente nunca lo haría. Y, quizá, tampoco querría si le diesen la opción.

Él estaba roto en algún nivel fundamental, seguramente.

(—No estás roto en ningún nivel fundamental... Pero eres un idiota masoquista que está muy acostumbrado al sufrimiento.

—...

—...

—...

—No voy a disculparme por decir eso.

—¿Qué esperabas que hiciera, Danny? Que fuera a la oficina y te dijera: «Oye, Danny, creo que estoy estúpidamente enamorado de ti»

—Habría hecho las cosas mucho más fáciles.

—Nosotros no hacemos las cosas fáciles, Danno) .

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Danny apareció en su casa una tarde, los ojos llenos de preocupación y tristeza y algo a lo que Steve no podía ponerle nombre.

Se quedaron frente a frente, inmóviles.

—¿Qué estás haciendo aquí?

Danny no respondió de inmediato y era porque sabía que Steve sabía por qué estaba allí. Habían pasado menos de cuarenta y ocho horas desde que Steve había sido atacado en su casa y con todo lo sucedido —el secuestro de Mary Ann, la desaparición de la caja de herramientas, el descubrimiento de los Noshimuri en el caso de su madre y el posterior asesinato de Kouji aún estando en custodia—, bueno, Danny se preocupaba.

(Él siempre se preocupaba).

—¿Qué crees que estoy haciendo? —Danny dijo finalmente, moviéndose incómodamente frente a él—. Vine a dormir, tu sillón es más cómodo que el mío.

El rostro de Steve no develó ninguna cosa, o al menos eso se dijo.

—No necesito un cuidador, Danny.

Contrario a la creencia de su compañero, Steve no era el que hacía caras elocuentes.

—Lo sé, lo sé. Eres un marinero entrenado y mortal, conoces mil maneras de matarme con tus manos y seguramente podrás deshacerte de un cuerpo sin ayuda —Hizo una pausa y Steve se inclinó hacia adelante, sin poder evitarlo—. Pero creo que podrías necesitar un amigo.

—¿Mil maneras de matarte con mis manos? Tienes pensamientos turbios, amigo. —Sus hombros se relajaron pero no se movió. No sabía qué hacer con su cuerpo. (O más bien, él sabía, pero envolver a tu compañero en tus brazos y no soltarlo parecía una reacción exagerada)—. De verdad, no tenías que haber venido hasta aquí. Estoy bien, Danno.

Danny se movió de nuevo, la incomodidad más obvia en su postura. —¿Eso quiere decir que vas a echarme?

Steve se detuvo. Fue como si hubiese presionado un interruptor porque la siguiente respuesta que cayó de su boca fue más suave.

—Nunca haría eso —confesó, sin realmente importarle lo mucho que estaba desvelando—. Pasa.

Y eso podría haber sido todo, debería haber sido todo. Dos amigos compartiendo momentos oscuros como cualquier otro tiempo. Excepto que Steve necesitaba una cerveza y luego otra y luego un trago de whisky (para olvidar que su hermana había tenido que salir de la isla, que le habían robado la investigación de su padre y que sus problemas no habían hecho más que empezar) y Danny estaba allí, tan cerca y tan lejos como siempre estaba… Ninguna de las dos cosas era una buena idea.

—Lamento que hayas tenido que enviar lejos a tu hermana.

—Desde que llegué a Hawái nada tiene sentido, Danny. Mi padre enviándonos lejos fue algo que jamás entendí… —Una risa sin humor, dolorosa en su garganta le hizo detenerse un instante—. Y ahora- ahora parece que es lo único que tiene lógica con todo lo que está pasando.

John McGarrett les había destrozado el corazón, roto por la muerte de su madre, a sus hijos cuando los envió lejos.

Danny exhaló suavemente. Sentados hombro con hombro, en la penumbra de la casa, era difícil leer su expresión.

—Lo lamento.

—Tu elocuencia se pierde un poco cuando te emborrachas, ¿verdad?

—No —contestó.

Steve resopló una risa, algo que se sentía perfecto e inconcebible al mismo tiempo. Danny apoyó su rostro contra el hombro de Steve, por un segundo y era perfecto e inconcebible y terrible y necesario.

—Gracias por venir, Danno.

—Eres mi compañero, y mi amigo —murmuró contra la curva de su hombro. Sus siguientes palabras fueron apenas audibles—. Y eres mi alma gemela. No iba a dejarte solo.

Espera, ¿qué?

—Tú, yo- ¿qué? —Presionó los labios juntos, un intento vano de evitar que más palabras salieran y trató de encontrarle sentido a lo que Danny acababa de decirle—. ¿Dijiste «alma gemela»?

Danny, que se había quedado inmóvil por un instante —la nariz apoyada no había logrado silenciar la enormidad de lo que acababa de revelar como él pretendía— de repente pareció registrar lo que había dicho y él se lanzó hacia atrás, alejándose de Steve como si lo hubiese quemado el roce de su piel.

No podía culparlo, honestamente. Incluso en sus propios oídos, la voz había sonado horriblemente hueca, apática.

—Danny —insistió—. ¿Dijiste que soy tu alma gemela?

Steve lo vio abrir la boca y cerrarla un par de veces pero no hizo ningún sonido. Era capaz de decir que Danny estaba buscando la forma de expresar y eso, eso era inaceptable. Steve no quería que su mejor amigo tuviera que cambiar la forma en la que se hablaban.

(Algo que Steve se había dado cuenta desde temprano es que no soportaba el silencio de Danny).

—Podemos pretender que esta conversación nunca pasó, si eso quieres —murmuró Danny. Luego, se corrigió—. Si eso es lo que necesitas.

Steve no encontró palabras por un largo momento.

—No soy tu alma gemela, Danny —murmuró, las palabras haciendo que se sintiera como si fuera a hacer un agujero en su pecho—. No sé qué te hizo pensar en eso pero yo- yo no tengo ninguna marca. No puedo ser tu alma gemela.

«No puedo» era diferente a decir «no quiero» y Steve esperaba que eso hiciera la diferencia con Danny. Esperaba que lo hiciera menos doloroso.

Pero Danny, leal, obcecado, temperamental, devoto Danny, se alejó un poco más y lo miró a los ojos. Fue como la primera vez que lo vio con Grace, o como ese maldito día en el funeral de Meka, como todas esas posibles veces que Danny simplemente estaría... allí.

—Sé que eres tú.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó.

—Porque lo sé.

Steve no podía respirar correctamente. Todos esos meses soñando y ahora, ahora que la posibilidad estaba allí... Steve no la queria. Porque no era real. Era Danny creyendo en las almas gemelas, era la razón por la atención que le había dado, era la causa de sus miradas insistentes y la curiosidad en la respuesta que le dio a Grace.

¿Y no era una ironía? Habría tomado de Danny cualquier cosa que pudiera darle... excepto eso. Excepto esa realidad en la que Steve era su alma gemela y los dos podrían alcanzar esas historias de amor que, si se terminaban, podían romperte en mil pedazos.

Si tomaba lo que Danny le estaba ofreciendo, Steve sería destruido si lo perdía y Danny sería destruido y Grace perdería a su papá y no, no, no-

Le frunció el ceño, la garganta seca y una ráfaga de irritación en la mera posibilidad de que Danny estuviera bromeando. (Sabía que no estaba bromeando. Esa mirada en sus ojos la obtenía cuando era una verdad universal, definitiva, absoluta).

—Esto no es divertido, Danny.

—No vas a entenderlo porque no soy tu alma gemela —replicó, alzando los hombros y parecía tan... tan seguro—. No vas a entender el cómo hasta que lo encuentres.

Steve se quedó callado por otro momento. Las palabras se quedaron en la punta de la lengua. Pensó no su padre que había estado tan seguro de amar a su madre que la había esperado incondicionalmente, pensó en lo que había significado perderla.

—¿Eso no te molesta?

Danny arrugó las cejas luciendo terriblemente adorable. —¿El qué?

—Que yo no sea-

Danny parpadeó. Luego se dedicó a estudiar a Steve por un intervalo de tiempo insoportablemente largo.

—Me dijiste que me habías elegido como tu amigo, ¿cierto? —preguntó tras otra pausa eterna—. ¿O era mentira?

Steve tragó. La traición de Nick Taylor era amarga y fría. No dudaba que siempre lo sería.

—No era mentira.

Danny sonrió. No era la brillante, luminosa sonrisa que hacía que algo en el pecho de Steve ardiera pero era auténtica, honesta. —Tal vez no lo hayas notado pero también me hacen falta algunos de esos. Esto, lo que somos ahora, es suficiente para mí.

—¿Lo es?

—No todas las historias de almas gemelas hablan de romance y de cuento de hadas, ¿sabías? —Danny había hecho su investigación, se dio cuenta Steve con alivio y desazón. Que la mayoría de las cosas fuesen de una forma no quería decir que eso era lo universal y había un manojo de relatos que hablaban de almas gemelas platónicas—. Que seas mi amigo es suficiente para mí.

Fue más fácil respirar después de eso.

—¿No te irás?

—¿A dónde iría? Son las dos de la mañana.

Danny.

—No, babe. A menos que esté fuera de mi poder decidirlo, no voy a ir a ninguna parte. —Por un momento lo único que se escuchó fue el sonido de las olas—. Te lo prometo.

Steve le creyó.

(—Fui un idiota.

—No querías que te rompan el corazón y habías aprendido a cerrarte a toda posibilidad... Es comprensible.

—Sigo siendo un idiota).


Notas:

Sigue existiendo un capítulo más. Este se extendió mucho más de lo esperado.