Disclaimer: One Piece y sus personajes son propiedad de Eiichiro Oda


Segundo movimiento: largo con somnolencia


Brook podía sentir los latidos de su corazón cada vez más acelerados. Debía proseguir con su búsqueda o las notas musicales que lo pinchaban por dentro nunca llegarían a manifestarse en las cuerdas de su violín. Hasta los dedos le escocían de la ansiedad.

-¡Aunque yo no tengo piel! –murmuró para sí mismo, y rió por lo bajo.

A esa hora del día resultaba extraño que la cubierta del Sunny estuviese desierta. Sin embargo alcanzó a divisar a la distancia, en un rincón, un conocido bulto verde.

-¡Zoro-san! –exclamó, y ya acomodaba el violín sobre su hombro mientras se dirigía velozmente hasta su compañero.

Fuerza, ¡claro que sí! Toda composición que se precie de tal debe articularse férrea, poderosa, con un espíritu inquebrantable. La fuerza de su contenido determinará su trascendencia, pues sólo la creación de expresión firme llegaría a perdurar.

Zoro sería una maravillosa fuente de inspiración. Una voluntad como la suya le conferiría a su obra la solidez que necesitaba. Pero cuando llegó a su lado, el músico quedó de una pieza.

-¿Zoro-san? –indagó. Si hubiese tenido párpados, hubiera pestañeado con estupefacción. Luego suspiró, desalentado-. Zoro-san… -se lamentó.

El espadachín roncaba a pierna suelta, medio recostado, medio sentado. Ni cuenta se dio de la presencia de su nakama, o al menos no la presintió lo suficientemente amenazante como para dignarse a retomar las riendas de su conciencia. El tipo ni siquiera se removió.

De todas formas Brook lo intentó. Debía existir algún modo de extraer de aquella impávida figura aunque sea un poco de su infatigable voluntad de superación, o una pizca de la firmeza de su carácter. Un aporte de ese estilo, en los tiempos actuales, no podía menospreciarse.

El esqueleto lo examinó con atención buscando detalles. Pero Zoro en esos momentos era la viva estampa de la apatía, de la molicie, de la pachorra. Y los sonidos que surgían de su boca no eran precisamente melodiosos. Si Brook permanecía allí otro rato, lo más probable era que perdiera la inspiración para siempre.

-Zoro-san, ¡te ves tan dormido! –musitó con pesar-. Sólo necesitaría un poco de tu fuerza, si no te molesta –dijo, inclinándose hasta estar a su altura-. ¿Serías tan amable de abrir los ojos por unos instantes?

Entonces, el rostro del espadachín se alteró. Sus rasgos se contrajeron, una pierna cambió de lugar y su nariz resopló ruidosamente. Parecía que iba a despertarse.

-Que noooo –se quejó entre sueños.

Brook suspiró de nuevo, dándose por vencido. No era nada fácil ganarle a la impasibilidad.

Luego se alejó, pensativo. ¡Con lo bien que le hubiera venido ese enérgico carácter para realzar la fuerza de su composición!