IMPORTANTE _

Lo siento chicas pero he cometido un error este es el primer cap de mi nueva historia mañana estare publicando el segundo cap mas lo siento realment se me paso por alto besos gracias ...

La historia no me pertenese es una adaptacion de una novela de Susan Mallery y los personajes son propiedad de Stephenie Meyer yo solo juego con ellos

UNO

Isabella Swan tenía arena en los dientes y en muchas otras partes donde se suponía que no debía haber arena.

Había que ser idiota, se dijo mientras se acu rrucaba bajo su manto grueso y oía los aullidos de la tormenta. Hacía falta ser tonta para reco rrer quinientos kilómetros de desierto adentro y dejar atrás cualquier rastro de civilización, via jando tan solo con un caballo y un camello de carga, en busca de una estúpida ciudad mítica que, lo más probable, no debía ni de existir.

Una ráfaga de viento arenoso especialmente violenta estuvo a punto de hacerle perder el equilibrio. Isabella se apretó las piernas contra el pecho con más fuerza, apoyó la cabeza sobre las rodillas y se juró que, por muchos años que viviera, nunca volvería a ser tan impulsiva. Ni siquiera un poquito. Ser impulsiva la había lle vado a perderse y verse atrapada en medio de una tormenta de arena.

Lo peor de todo era que nadie sabía que es taba allí, de modo que nadie estaría buscándola. Había salido sin decir una palabra a su padre ni a sus hermanos. Cuando no la vieran aparecer a la hora de la cena, darían por sentado que esta ba refunfuñando en su habitación o que se ha bía marchado de compras a París. Nunca se les ocurriría que estaba perdida en el desierto. Sus hermanos le habían advertido en más de una ocasión que sus disparatadas ideas acabarían con ella en la tumba. Nunca había considerado que pudieran tener razón.

El calor era asfixiante. Tosió, pero no consi guió aclararse la garganta. ¿Cuánto tiempo du raría todavía la tormenta?, ¿Sería capaz de orientarse una vez que finalizase?

Dado que no tenía respuesta a sus preguntas, optó por no pensar en ellas. Se limitó a apretar se el manto a su alrededor, lo más pegada al suelo posible, con la esperanza de que la tor menta no la levantara en una de sus ráfagas y se la llevase volando. Había oído historias del estilo. Claro que habían sido sus hermanos quienes se las habían contado y no siempre se ceñían a la verdad.

Al cabo de un tiempo indeterminado, tal vez horas, le pareció apreciar que los aullidos per dían fuerza. Poco a poco el viento fue calmándose, se empezó a poder respirar con más faci lidad. Minutos después, se atrevió a asomar la cabeza bajo el manto para echar un vistazo.

Se encontró con una noticia buena y una no ticia mala. La noticia buena era que no estaba muerta. Por el momento. La noticia mala era que el caballo y el camello con las provisiones habían desaparecido, y con ellos la comida, el agua y los mapas. Peor aún, la tormenta había enterrado el camino que había seguido y borra do todas las señales que había superado desde que se había alejado de la caseta en la que deja ra su camión. Podían pasar semanas, meses in cluso, hasta que alguien lo encontrara. ¿Cómo sobreviviría hasta entonces?

Isabella se levantó y dio una vuelta comple ta. Nada que le resultase familiar. La tormenta seguía rugiendo a lo lejos. Miró las nubes de arena, que subían hacia el cielo como si quisieran bloquear el sol. Tragó saliva. El sol estaba sorprendentemente bajo. Era tarde. La tormenta debía de haber durado más de lo que pensaba.

Le sonaron las tripas, recordándole que no había comido desde el desayuno a primera hora. Había estado tan ansiosa por emprender su aventura que había salido de la capital antes de que amaneciera. Había arrancado con el convencimiento de que encontraría la Ciudad de los Ladrones y podría demostrarle a su pa dre que existía. Este siempre se había burlado de ella por su fascinación con aquella ciudad de fábula. Y Isabella se había empeñado en decir la última palabra. Hasta acabar en medio del desierto.

¿Qué hacer? Podía seguir buscando la ciu dad perdida, podía regresar a Bahania y dejar que su padre y sus hermanos siguieran riéndose de ella o podía quedarse allí sin más y morir de sed. Aunque la tercera opción no fuera su favo rita, lo cierto era que, dadas las circunstancias, parecía la más probable.

—No me rendiré sin presentar batalla — murmuró mientras se apretaba el pañuelo que llevaba atado a la cabeza. Se quitó el manto, lo dobló y se lo colgó sobre un hombro.

Hacia el oeste, pensó, y se giró hacia el sol poniente a su derecha. Tenía que desandar el camino dirigiéndose hacia el suroeste para en contrar la caseta. En el camión había comida y agua, ya que había llevado más de la que había podido cargar en el camello. En cuanto bebiera y comiera un poco, se le despejaría la cabeza y podría decidir qué hacer.

Desoyendo el ruido de sus tripas, partió a paso ligero. El miedo atenazaba sus pies, pero se obligó a espantar sus temores y se recordó que era Isabella Swan. Se había enfrentado a situaciones mucho peores. Eso no era verdad, por supuesto. Su integridad física jamás había corrido peligro. Pero ¿y qué si no era cierto? No había nadie alrededor para desmentirlo.

Media hora después lamentó no poder lla mar a un taxi. A los tres cuartos de hora recono ció que habría vendido su alma por un vaso de agua. Al cabo de una hora, el miedo la derrotó v asumió que moriría en el desierto. Los ojos le quemaban, la piel le ardía, tenía la garganta completamente seca.

Se preguntó si morir en el desierto sería como morir en la nieve. ¿Terminaría cansándose hasta quedarse dormida? —No tendré tanta suerte —murmuró Isabella—. Seguro que mi muerte será lenta y dolorosa.

Aun así, siguió poniendo un pie delante del otro, sin prestar atención a los espejismos que se le aparecían a medida que el sol trasponía el horizonte. Al principio vio un oasis, luego una catarata. Después media docena de hombres que se acercaban a caballo.

¿Caballos? Isabella se detuvo, pestañeó, aguzó la vista. ¿Serían de verdad? Todavía pa rada, advirtió que podía sentir el temblor de los cascos de los caballos sobre la tierra. Eso abría la posibilidad de que la rescataran. O de algo menos agradable.

Isabella veraneaba en Bahania con su padre, se suponía que aprendiendo las costumbres de sus gentes. Y aunque no podía molestarlo para que se entretuviese en atenderla, siempre había algún sirviente que se compadecía de ella y le enseñaba algo. Por ejemplo, que la hospitalidad estaba garantizada en el desierto.

Por otra parte, el resto del año lo pasaba en Los Angeles, California, donde la criada de su madre le había aconsejado que no hablara nunca con desconocidos. Y menos con hombres. En tonces... ¿serían hospitalarios con ella o debía echarse a correr montaña arriba? Isabella miró a su alrededor. No había ninguna montaña.

Observó a los hombres mientras se acerca ban al galope. Llevaban ropa tradicional, man tos a la espalda. En un intento de distraerse, tra tó de admirar los caballos que cabalgaban, potentes pero elegantes. Caballos de Bahania, preparados para el desierto.

—Hola —los saludó tratando de imprimir a su voz un tono natural. Entre la sequedad de la garganta y el miedo, cada vez mayor, no se que dó satisfecha del resultado—. Estoy perdida. La tormenta de arena me ha sorprendido. ¿No ha bréis visto un caballo y un camello por aquí?

No respondieron. Los hombres la rodearon e intercambiaron unas palabras en un idioma que Isabella reconoció pero no entendía. Eran nó madas, pensó, sin saber si tal circunstancia se ría buena o mala para ella.

Uno de los hombres la señaló e hizo un gesto. Isabella permaneció quieta incluso después de que varios acercaran sus caballos hacia ella. ¿Debía decirles quién era?, se preguntó. Un nó mada reaccionaría favorablemente, pero si eran forajidos... Seguro que la secuestrarían para pe dir rescate, a pesar de que, dado su aspecto, les costara creer que se trataba de la mismísima Isabella Swan, también conocida como la princesa Bella de Bahania. Claro que quizá se limitaran a matarla y dejar que su cuerpo se pu driese en el desierto.

—Estoy buscando una esclava, pero no pa reces apta para el puesto.

Isabella se giró hacia su interlocutor. Tenía el rostro casi cubierto. Se notaba que era alto, de tez morena y ojos negros. Sus labios se ha bían curvado en una sonrisa burlona.

—Hablas inglés —dijo tontamente.

—Y tú no hablas la lengua del desierto — contestó él—. Ni conoces sus peligros. ¿Qué haces aquí sola?

- No importa- Isabella hizo un gesto desdeñoso con la mano—. Pero quizá pudieras prestarme un caballo. Solo para volver a la ca seta a buscar mi camión.

El hombre giró la cabeza. Uno de sus acom pañantes descabalgó. Por un momento, Isabella pensó que le concederían su deseo. El hombre la había escuchado, cosa rara entre los hombres de Bahania. Normalmente no hacían caso...

El nómada echó mano al pañuelo que cubría la cabeza de Isabella y se lo quitó. Isabella gri tó.

Los hombres se quedaron mudos.

Sabía qué estaban mirando: una melena de rizos pelirroja, que había heredado de su ma dre, caía en ondas por su espalda. La combina ción de ojos marrones, pelo rojizo y piel dorada solía llamar la atención, más todavía en el de sierto.

Los hombres hablaron, Isabella trató de entender qué decían.

—Creen que debería venderte.

Se giró hacia el hombre que hablaba en in glés. Tenía la impresión de que era el cabecilla. Estaba aterrada, pero logró disimularlo. Alzó la barbilla.

—¿Tanto necesitas el dinero? —preguntó con desprecio.

—La vida es más fácil si se tiene dinero. In cluso aquí.

—¿Y qué ha sido de la hospitalidad en el desierto?

— Existen excepciones para las personas tan tontas como tú —contestó, y se giró hacia el hombre que seguía junto a Isabella.

Justo antes de que ella pudiera agarrarla, esta se dio la vuelta y echó a correr. No tenía un destino en concreto, solo la urgencia de huir lo más lejos posible de sus secuestradores.

Oyó los cascos de los caballos a su espalda. Aunque el miedo la hacía correr más rápido, no fue suficiente. Apenas había recorrido diez me tros cuando sintió que un brazo la elevaba y la montaba sobre uno de los caballos, apretándola contra el pecho inexorable del nómada.

—¿Adónde ibas? —preguntó el hombre. Isabella intentó zafarse. En vano—. Si sigues re sistiéndote, tendré que atarte al caballo.

Isabella notó la fortaleza de su captor, el ca lor de su cuerpo. Dejó de forcejear. Se apartó el pelo de la cara, lo miró para preguntarle:

—¿Qué quieres de mí?

—En primer lugar, que quites la rodilla de mi estómago.

Isabella miró hacia abajo y vio que, en efec to, la rodilla de sus vaqueros estaba pegada al abdomen del secuestrador. Parecía como si es tuviese chocando contra una roca, pero decidió no compartir tal pensamiento. Se limitó a girar se hasta acomodarse sobre la montura.

Contuvo la respiración. El sol se había es condido tras el horizonte. Ya no podía escapar. No de noche. Estaba perdida, sedienta, ham brienta y a merced de quién sabía quién.

Al me nos no llovía.

—Vaya, así que se puede razonar contigo — comentó él—. Una virtud extraña entre las mu jeres.

—¿Quieres decir que a tus esposas no les gusta razonar con un hombre que las retiene por la fuerza? ¡Qué raro! —replicó Isabella, la deándose hacia la derecha para fulminarlo con la mirada mientras hablaba.

Las facciones de su secuestrador eran duras como el perfil de una roca modelada por los vientos del desierto. Aunque llevaba la cabeza cubierta, intuía que su cabello sería negro, has ta el cuello quizá, tal vez más corto. Tenía hombros anchos y montaba como si estuviese acostumbrado a soportar la carga de muchos pesos.

—Para estar totalmente indefensa, eres in creíblemente valiente o increíblemente estúpi da.

Ya me has llamado antes tonta —le recor dó Isabella—. Injustamente, si me lo permites.

— ¿Cómo llamarías tú a alguien que se adentra en el desierto sin guía ni las provisio nes más elementales?

—Tenía un caballo y...

— No has sabido conservarlo —atajó el hombre.

En vez de contestar, Isabella miró sobre el hombro del secuestrador. Sus compañeros, que habían permanecido quietos cuando él había frustrado su huida, habían empezado a acam par, habían encendido una hoguera y ya estaban poniendo un caldero a hervir.

—¿Tienes agua? —preguntó tras pasarse la lengua por los labios secos.

— Sí, y comida. Nosotros sí sabemos conser var nuestras provisiones.

Isabella no podía apartar la mirada del líqui do que vertían en el caldero.

—Por favor.

—No tan rápido, pajarillo. Antes tengo que asegurarme de que no eches a volar de nuevo.

—Tal como tú mismo has dicho, ¿adonde iba a ir?

— Antes tampoco tenías destino y no por ello has dejado de intentar fugarte.

Se apeó del caballo. Sin dar tiempo a que Isabella desmontara, empezó a atarle las muñe cas con una cuerda.

¡Eh! —trató de resistirse –No es necesario. No voy a escaparme.

—De eso justo quiero asegurarme.

Isabella intentó apartar los brazos, pero el hombre terminó de hacer el nudo. Todavía dio un último tirón para liberarse, pero solo consi guió desequilibrarse. Cayó como un peso muer to contra su captor, pero este ni siquiera pesta ñeó.

Se limitó a rodearla con un brazo por la cin tura y la bajó al suelo. Luego, mientras Isabella recuperaba el aliento, se agachó a atarle los to billos.

—Espera —dijo cuando terminó, antes de incorporarse y conducir su caballo hacia el im provisado campamento.

—¿Qué? —Isabella intentó seguirlo, pero se cayó al suelo y no fue capaz de levantarse—. No puedes dejarme aquí.

El hombre la estudió con sus ojos oscuros y sonrió.

Yo diría que sí puedo.

Ella lo miró estupefacta mientras se alejaba hacia los otros hombres. Les dijo algo que no pudo oír y los demás rieron. El miedo cedió paso a la rabia. Ya se vería quién reía el último, pensó mientras forcejeaba con las cuerdas. Conseguiría desatarse, encontraría el camino de vuelta a casa y haría que lo fusilaran. O que lo colgaran. O las dos al mismo tiempo. Tal vez su padre no le hiciera mucho caso, pero seguro que no se alegraría de que la hubiesen secues trado.

Incapaz de soltarse, se giró hasta estar de es paldas al campamento. Bastante suplicio era oler lo que estaban cocinando como para tener que ver también cómo comían. Tenía la boca y la garganta totalmente secas. Jamás había senti do el estómago tan vacío. ¿Estarían atormentándola o de veras no tenían intención de darle algo de cena? ¿Qué clase de monstruo era su secuestrador?

Un monstruo del desierto. La clase de mons truo que veía a las mujeres como meros obje tos.

Sintió que le picaban los ojos, pero se nega ba a llorar. Ella nunca se mostraba vulnerable. ¿Para qué? De modo que se juró resistir, sobre vivir para poder vengarse. Cerró los ojos e in tentó imaginar que estaba en alguna otra parte.

El olor de la comida seguía llegando hacia ella. Sintió un retortijón en el estómago y deseó haberse quedado en el palacio. De acuerdo: su padre no solía advertir su presencia siquiera y sus hermanos apenas le hacían caso. ¿Tan terri ble era?

Entonces recordó su indignación del día an terior, cuando su padre, el rey de Bahania, ha bía anunciado que la había prometido en matri monio. Se había quedado atónita.

—No lo dirás en serio —le había dicho ella.

—Totalmente. Tienes veintidós años. Edad más que suficiente para casarte.

—Cumplí veintitrés el mes pasado —había contestado Isabella—. Y estamos en el siglo veintiuno, no en la Europa medieval.

—Soy consciente de la época y del país en que vivimos. Eres mi hija. Y te vas a casar con quien yo diga. Bahania necesita establecer alianzas.

Ni siquiera sabía cuántos años tenía. ¿Cómo iba a confiar en él para buscarle marido? La espantaba imaginarse junto a aquel horrible viejo de mal aliento con el que el rey Charlie la casaría.

Su padre la había ignorado toda la vida, aunque había pasado todos los veranos en pa lacio, apenas había hablado con ella. Siempre la dejaba sola mientras se iba de viaje con sus hijos. Y durante el año, mientras estudiaba en California, nunca la llamaba ni le escribía. ¿ Por qué había de obedecerlo?

Así que, en vez de quedarse quieta y casarse con aquel viejo, se había fugado en busca de la Ciudad de los Ladrones. Y había acabado en manos de un grupo de forajidos. Tal vez habría ido mejor ser la cuarta esposa del viejo.

—¿En qué piensas? —le sorprendió una voz

— En que necesito unas vacaciones y no era esto lo que había pensado.

Abrió los ojos y vio a su secuestrador frente a ella. Se había quitado el manto que le cubría la cabeza. Con unos simples pantalones de algodón y una túnica, no debería haber parecido tan formidable.

Se cernía sobre ella como un dios y su silueta se recortaba contra un bonito cielo negro. Aunque nunca se había sentido totalmente a gusto en Bahania, siempre le había gustado la perfección de sus estrellas. Pero no eran esas luces titilantes lo que más le llamaba la aten ción esa noche.

Sino un hombre alto, de pelo negro, corto. A pesar de que había anochecido, apreció un des tello de dientes blancos cuando sonrió.

—Eres valiente como un camello —dijo él.

—Vaya, muchas gracias. Los camellos no son valientes.

—O sea, que algo del desierto sabes. Bien. ¿Qué tal si te digo valiente como un zorro del desierto?

—¿No están corriendo todo el rato?

— Veo que me has entendido —el hombre se encogió de hombros.

En lo que habría sido el más infantil de los arrebatos, Isabella tuvo ganas de sacarle la len gua. Pero se contuvo y aspiró el aroma de algo que olía deliciosamente. Le sonaron las tripas y se dio cuenta de que el hombre tenía un plato en una mano y una taza en la otra.

—¿La cena? —preguntó con cautela, tratan do de no sonar demasiado esperanzada.

— Sí —el hombre se agachó frente a ella, colocó el plato y la taza sobre la arena y la ayu dó a que se sentara—. La cuestión es: ¿puedo fiarme de ti si te desato?

Estuvo tentada de lanzarse hacia el suelo y empezar a comer directamente del plato. La boca se le hizo agua. Tanto que tuvo que tragar dos veces antes de responder:

—Juro que no intentaré escaparme.

—¿Por qué iba a creerte? —preguntó el hombre mientras se sentaba junto a ella—. Lo único que sé de ti es que tienes el sentido co mún de un mosquito.

—Podías ahorrarte las comparaciones con animales —contestó Isabella—. Si te refieres a que he perdido el caballo y el camello, no ha sido por mi culpa. Intenté amarrarlos cuando vi que la tormenta de arena se acercaba. Luego me cubrí con un manto y me tiré al suelo. Puedo decir que el hecho de sobrevivir a la tormentas prueba más que suficiente de mi sentido común.

¿Y qué me dices del sentido común de estar sola en el desierto? —dijo él mientras le daba la taza—. ¿O prefieres que hablemos cómo ataste al caballo y al camello para que los hayas perdido?

La verdad es que no —murmuró Isabella, se agachó para dar un sorbo de la taza que el hombre le sostenía.

El agua estaba fresca y limpia. Tragó con avidez el líquido vital. Jamás le había sabido nunca tan rico, tan perfecto.

Cuando terminó, el hombre dejó la taza en el suelo y levantó el plato.

Isabella miró los trozos de carne y las verduras, miró las manos del secuestrador.

—¿No pensarás darme de comer? —dijo le vantando las muñecas atadas—. Si no quieres soltarme, deja al menos que coma por mi cuenta.

Le desagradaba que tocase su comida. Aunque estaba hambrienta y el hombre parecía limpio. A pesar de que, bajo el intenso calor del desierto, su secuestrador no olía no parecía sudoroso.

—Hazme el honor —contestó él burlona mente al tiempo que le ofrecía un trozo de car ne. Isabella supuso que debería haberse negado, pero tenía el estómago demasiado vacío. De modo que se agachó y comió la carne, asegu rándose de que sus labios no tocaran los dedos del hombre en ningún momento

—. Soy Edward. ¿Cómo te llamas?

Se tomó un tiempo en responder. Después de tragar, se humedeció los labios y miró con apetito hacia el plato. Aunque no tenía claro por qué, no quería decirle quién era.

—Isabella —respondió por fin, con la espe ranza de que no relacionase el nombre con la princesa Bella de Bahania—. No pareces un nómada —añadió para distraerlo.

—Pues lo soy —el hombre le ofreció otro trozo de carne.

— Apuesto a que te has educado lejos de aquí. ¿En Inglaterra?, ¿Estados Unidos quizá?

—¿Por qué lo dices?

—Tu forma de hablar. Las palabras y la sin taxis que utilizas.

—¿Qué sabes tú de sintaxis? —contestó sonriente el hombre.

—Aunque no te lo creas, no soy idiota —re puso ella tras masticar y tragar—. Tengo estu dios. Sé cosas.

—¿Qué cosas, pajarillo? —el hombre le lanzó una mirada que pareció apoderarse de su alma.

Yo...

Se libró de contestar gracias a que el secuestrador le ofreció un trozo de lechuga. Esa vez, en cambio, tuvo menos cuidado y el borde de su dedo índice le rozó el labio inferior. Nada más notar el contacto, sintió algo extraño en su interior. Había envenenado la comida, pensó. Seguro que habían condimentado la comida con algo mortal.

Pero tenía tanta hambre que le daba igual, siguió comiendo hasta vaciar el plato y luego un segundo vaso de agua. Aunque había supuesto que el hombre regresaría con sus compañeros nada más terminar la cena, se que-entado frente a ella, examinándola.

Se preguntó si tendría muy mal aspecto. Tenía pelo enredado y estaba segura de que su cara estaría manchada de polvo después de la tormenta de arena. Le era indiferente si le resultaba atractiva a su secuestrador. Era mera vanidad femenina, nada que ver con el hombre que tenía delante.

¿Quién eres? —preguntó él—. ¿Qué hacías sola en el desierto?

Lleno el estómago, Isabella se sentía menos débil y asustada. Pensó en mentirle, pero nunca se le había dado bien. Podía negarse a contes tar, pero la mirada de Edward la intimidaba. Lo más sencillo sería contarle la verdad. O, al me nos, parte de ella.

—Estoy buscando la Ciudad de los Ladrones.

Esperó una reacción de interés o increduli dad. Pero no que echara la cabeza hacia atrás y soltase una risotada que resonó por todo el de sierto. Los hombres se giraron hacia ellos des de el campamento. Al igual que los caballos.

—Ríete si quieres —espetó Isabella—. Es verdad. Sé perfectamente dónde está y voy a encontrarla.

—Esa ciudad es un mito. Hace siglos que la buscan personas de todo el mundo. ¿Qué te hace pensar que una chiquilla como tú va a en contrarla cuando ellos no han podido?

—Algunos la encontraron —insistió Isabella—. Tengo mapas, diarios.

El hombre bajó la mirada hacia el cuerpo de Isabella. Llevaba una camiseta, unos vaqueros y unas botas de montaña. Tras ella, sobre la arena, se extendía su manto. Lo necesitaría más tarde. De hecho, la temperatura ya estaba ba jando.

—¿Y dónde dices que tienes los mapas y los diarios? —preguntó con irritante amabilidad.

En las alforjas.

—¿Te refieres a las alforjas del caballo que has perdido

—Sí —Isabella apretó los dientes.

Eres consciente de que te va a costar todavía más encontrar esa ciudad novelesca sin los mapas, ¿verdad?

Perfectamente consciente —replicó ella, cerrando las manos en puño.

Y, sin embargo, sigues empeñada en buscarla. -Edward enarcó las cejas.

No me rindo con facilidad. Te juro que volveré y la encontraré.

El secuestrador se puso de pie y la miró desde arriba.

Suenas muy convencida. Pero todos tus planes se basan en una premisa interesante.

¿A qué te refieres? —Isabella frunció el ceño

Para que vuelvas a donde sea, primero tengo que dejarte marchar.

les gusto ...

niñas espero que les guste esta historia la verdad es que me encanto encuanto lei esta novela prometo subir un capitulo diario dejen sus comentarios alimenten mi ganas de escribir ...