¡Hey! Aquí traigo la segunda parte. Realmente este fic se está escribiendo fácilmente y espero que sea así hasta que le ponga punto y final xD También estoy intentando escribir capítulos largos, y creo que lo estoy consiguiendo, uf.
Antes que nada quería aclarar que no he estado en Londres, muy a mí pesar. Pero fui a Galicia de viaje de fin de curso (yo soy de Jaén), y he de decir que me encanto. Para mí fue como salir de España, en serio. Sólo me preguntaba si seguía en el mismo país todo el rato (que cateta soy, por Dios). El tiempo, las vistas, LOS BOSQUES. Era todo precioso. Si alguien me está leyendo y es gallego que sepa que me encantó todo aquello xD
Volviendo al fic (que me he salido bastante del tema), quise hacer una pequeña comparación con Inglaterra y el norte de España, eso es todo.
Lo demás, ah sí. Me gusta Arthur de muchas formas (punk, pirata, conquistador, tsundere a más no poder, etc..), pero uno de mis favoritos es el Arthur cabrón, sí. Cuando se pone chulo y tiene todo bajo su control, todo como a él le gusta y con el ego subido... me encanta de esa forma xD Por eso en este capítulo actúa así, nada más que decir.
La idea de que a Inglaterra todavía le guste vivir en mansiones me encanta, espero no haberme pasado con la descripción xD
La llegada
Me gusta Inglaterra. Bueno, no "ese" Inglaterra, quiero decir Inglaterra como país.
-¿Qué miras tan concentrado?
Vamos en su coche oficial y él está sentado a mi lado. La cercanía no me llega a molestar, tampoco el silencio que ha predominado durante todo el viaje. Hablar con Inglaterra siempre supone un reto para mí y pienso que lo mismo le pasa a él conmigo. Por eso, quizás, hablar lo justo y necesario es lo más adecuado que hemos hecho. Ni si quiera hemos tenido la oportunidad de discutir y eso, como comienzo, está bastante bien.
-Me gustan estos bosques. Me recuerdan a Galicia.-le contesto sin dejar de admirar el paisaje en movimiento que veo a través de la ventana.
No oigo ninguna evidencia de que se haya enterado de lo que he dicho o de que le haya importado siquiera. Pero de vez en cuando es bueno soltar cualquier cosa para volver a darnos cuenta de la presencia del otro.
Bajo la ventanilla esperando que no le moleste y tengamos nuestra primera pelea aún sin haber llegado a las puertas de la casa. El viento me golpea la cara y mis oídos se saturan por la velocidad del coche. Me alegra que la mansión de Arthur se encuentre cerca de esta pseudo Galicia, me ayudará a sentirme más cerca de casa porque un mes con él se me puede hacer una eternidad. Una eternidad sin volver a España. Suspiro. También echaré de menos el Sol. El Sol de Londres es más tenue, más suave y más dulce, por así decirlo. Siempre se ve cubierto de nubes o niebla y las pocas veces que ninguna de estas dos cubren el cielo, el muy cobarde se esconde. Es como si fuera el secundario y la lluvia fuera la verdadera protagonista.
-Tienes razón.-apenas le oigo entre el ruido del viento y el murmullo de su voz.
Sé que esa es su parte favorita de España, se le ha notado siempre. Son muchas similitudes con su tierra, como el tiempo que hace, el paisaje, el pasado celta... Más que nada se le nota porque está a gusto. Se le ve más tranquilo y de buen humor que cuando me lo encuentro por las calles de Sevilla con atuendo de guiri y el bochorno del calor encima. Aunque verle así me hace mucha gracia.
El silencio predominante durante el viaje vuelve a envolvernos y esa incomodidad que espero que llegue no consigue alcanzarme. No consigue alcanzarle a él tampoco, creo. Subo la ventanilla. El interior del coche ha quedado impregnado con un olor a tierra mojada y humedad que sólo consigue hacer que me acomode más a la situación. Por cierto, el coche oficial de Inglaterra es mucho mejor que el mío: está más limpio, más nuevo y el tío que conduce le trata con verdadero respeto. Aunque lo último no me importa demasiado, sigo prefiriendo a Martín. Anda que no hemos compartido cañas cuando el trabajo acaba y me lleva de vuelta a casa...
-Ya estamos llegando, señor Kirkland.-oigo decir en un perfecto inglés a William, el que, a todo esto, tiene un aire de estirado impresionante. Definitivamente prefiero a Martín.
Arthur hace un gesto de asentimiento y retiro la vista a la ventana otra vez.
La mansión de Arthur es un edificio antiguo y elegante en el que se suele hospedar durante los meses de verano. Se encuentra muy cerca del bosque y está rodeado de hectáreas y hectáreas ocupadas por jardines, dos lagos, una pequeña granja algo más apartada que está en desuso. un establo de caballos con varios salpicaderos y una pequeña y preciosa capilla. Apuesto a que hace uno o dos siglos esta era su residencia fija. Ya puedo verla, grande e imponente, por entre los huecos de las ramas. Es bonita pero vieja, y aún así seguro que el rubio la conserva como oro en paño. Él mismo me ha confesado que es uno de los lugares que más le gustan para vivir.
Si lo pienso, en realidad tiene mucho sentido. La soledad e intimidad de aquel lugar encaja perfectamente con su personalidad. La tranquilidad del hogar parece hacerle bien, pues percibo cierta mezcla de cariño y añoranza en sus ojos al contemplar la magnífica construcción. Supongo que ni siquiera se ha dado cuenta de que le estoy mirando, sino escondería sus sentimientos bajo una máscara de impasibilidad, como siempre hace. Me sorprendo a mí mismo de la cantidad de cosas que sé sobre Inglaterra y sacudo la cabeza pensando que tantos años al lado del diablo me han hecho conocerlo.
Cuando salimos del coche, una ráfaga fresca y dos sirvientes nos reciben, la primera para llenar mis pulmones de aire puro y los segundos para llevar todo nuestro equipaje. Sinceramente, sólo me he traído un poco de ropa, tampoco necesitaba nada más. Los dos saludan a su amo y uno de ellos coge la única maleta que traigo. El otro se lleva el maletín de cuero que me ha llevado hasta aquí. Arthur se mueve y yo le sigo, regalándome la vista con la bonita fachada antes de entrar.
-Bienvenido a casa, señor Kirkland.-una manada de sirvientes y doncellas saludan de nuevo al rubio que dedica unas amables palabras a su servicio por llevar la casa en su ausencia.
"Al menos trata bien al servicio", pienso.
-Robert, acompaña a nuestro invitado a su habitación, por favor. Los demás podéis retiraros.
Arthur sentencia y me siento extrañado. ¿Invitado? Rara expresión para referirse a mí, la verdad.
-Por aquí, señor...-oigo al canoso mayordomo titubear.
-Antonio.-tardo un poco en contestar.
-Sígame, señor Antonio.
Me giro para ver al rubio pero antes de que me diera cuenta se había ido. Sigo a Robert escaleras arriba y me tropiezo a la mitad, pues los cuadros de las paredes y la exquisita decoración hacen que me distraiga. Hacía muchos años que no me instalaba en una casa antigua. Desde arriba puedo apreciar mejor la lámpara de araña que cuelga en la entrada. Quizás todo esto se me haga un poco empalagoso, un estilo más sobrio encajaría mejor. "Por muy pirata que fuera, Arthur nunca ha dejado de ser un señorito".
Los pasillos que dan a las habitaciones y estancias están decorados con motivos florales sencillos, de colores tenues y apagados. Aprecio el friso de madera oscura que los acompaña.
-Esta será su habitación, señor Antonio.-el mayordomo abre la puerta y me hace una breve reverencia.
Admiro la espaciosa habitación y ahora sí, me siento volver al pasado. Preside el cuarto una cama con dosel y grandes almohadones blancos. Los muebles están brillantemente pulidos en madera de caoba y relucen con un ligero brillo a la luz del día, los cuadros idílicos de paisajes y damas en colores pasteles adornan las paredes y puedo percibir además cuatro cosas que llaman mi atención: dos ventanales enormes con pesadas cortinas en púrpura, un mueble bar con lo que parece coñac y una gramola. Una gramola en el siglo XXI. Me siento sonreír con añoranza y me pregunto los discos que tendrá.
-¿Es de su agrado?
Casi me he olvidado de la presencia de Robert, pero acostumbrado a mi sencillo apartamento en el centro de Madrid me he dejado llevar un poco por la emoción de ver algo distinto.
-Sí, claro.-asiento con una gran sonrisa.
-Me retiraré, entonces.
Cierra la puerta y me deja solo.
Doy otra vuelta rápida a la habitación con la mirada. Ambas maletas reposan en el filo de la cama y las llevo al armario donde no molesten a la vista. Luego me tumbo rendido en el lecho que apenas emite un sonido. "Buen colchón." El techo blanco impoluto solo consigue hacerme más pequeño en aquella gran habitación. Suspiro y agarro las sábanas para darme cuenta del suave tacto, casi podría quedarme dormido y, sin embargo, hay un pequeño malestar interior que me molesta cada vez que cierro los ojos.
-¿Qué hago aquí?-me llevo las manos a la cabeza y me despeino al pasarlas por mi cabello.
El silencio que acontece no responde a mi pregunta pero yo sí. Estoy aquí porque Arthur ha comprado mis servicios durante un mes. Un mes entero. Bufo molesto. Un maldito mes en casa ajena, país lluvioso y sin amigos. Y para colmo con el cejotas durmiendo bajo el mismo techo. Me arrepiento de aquella loca idea de la subasta. Que tonto fui al pensar que pasaría el tiempo con Rusia bebiendo vodka y soportando el frío de su casa juntando nuestros cuerpos. Eso sí, el ruso no podría haberme ofrecido la cantidad de dinero de Arthur.
"Has hecho lo correcto". Al menos una cosa ha salido bien, que es el objetivo principal de todo este asunto: conseguir dinero para ayudar a la gente. Pensar en que ahora puedo hacer algo por ellos me anima momentáneamente. Pero Inglaterra vuelve a colarse en mi cabeza sin siquiera pedirme permiso. Me pregunto cuanto durará esta falsa cortesía que ha demostrado hasta que me ponga a limpiarle el suelo de toda su casa. Poco, supongo.
El sueño me vence-como casi siempre hace-, y cierro los párpados apretando entre mis brazos uno de esos mullidos cojines. Me encanta esta cama.
Sin darme cuenta la noche ha llegado y el mayordomo de antes logra despertarme con sus palabras al otro lado de la puerta. Me comunica que la cena está lista. En seguida le abro y siento mi estómago vacío clamar por alimento, así que le sigo hacia el comedor y vuelvo a repasar los cuadros abstraído. No tengo ninguna gana de encontrarme con él, me gustaría excusarme y aún así sé que no puedo porque dentro de poco pasaré de invitado a sirviente, y eso no me agrada. Paso al comedor y de nuevo una decoración algo ostentosa me chirría.
-¿Candelabros y velas en vez de lámparas?-digo al verle sentado en el otro extremo de la mesa-Quizás te has pasado un poco, ¿no crees?
Su cabeza reposa en sus manos entrelazadas mientras sostiene una sutil sonrisa. Se ve muy natural cuando está en un entorno de su agrado.
-Nunca he cambiado un sólo mueble de esta casa, creo que perdería su encanto original si remplazara estas antigüedades.
El mayordomo me retira la silla y apenas le digo un suave "gracias". La mesa es grande y nos separa bastante pero aún así puedo ver perfectamente su rostro a la luz de las velas.
-Tienes razón.-contesto de acuerdo a su respuesta.
El mayordomo nos ha abandonado hace unos segundos y observo los platos con curiosidad. A pesar de que la comida inglesa no me convence mucho, el saber que no ha sido preparada por las manos de Arthur me relaja considerablemente.
-Adelante, por favor.-dice y noto su voz más suave que de costumbre.
Le miro un momento y su expresión sigue siendo la misma. Con un poco de indecisión, termino por coger los cubiertos y empezar a comer. Un sabor extraño pero aceptable se instala en mi lengua. El hecho de que no deje de mirarme me incomoda un poco y no es que me mire mal, pero hay algo en sus ojos que no logro descifrar. ¿Por qué él no come? Cojo la servilleta un momento y me la llevo a la comisura de los labios mientras le da un sorbo a la copa de vino sin apartar la vista de mí. Noto el ambiente cargarse de algo. Una pesadez extraña. ¿Qué es esta situación? Ambos cenando al amparo de la noche, con la luz de las velas iluminando nuestros ojos y reviviendo principios del sigo XIX. Decido poner las cartas sobre la mesa.
-¿Por qué me has comprado?-mi pregunta rompe el silencio bruscamente y apenas puedo notar que la sonrisa de Inglaterra ha ganado más fuerza por la seriedad de mi voz, sin embargo sus ojos siguen escudriñándome.
Se toma su tiempo en contestar, se permite incluso coger la copa de nuevo y mojarse los labios. Me pone de los nervios.
-¿Es porque me quieres ayudar de verdad? ¿Estabas aburrido, necesitabas otra chacha que te hiciera los baños...?-insisto molesto en obtener la respuesta que sus labios me niegan.
A pesar de la suave oscuridad que nos envuelve, consigo darme cuenta de que sus ojos me retan a que yo mismo dé con la respuesta. Se está divirtiendo de lo lindo a mi costa.
-Puede que sea una mezcla de todo lo que has dicho...-al fin se decide a aclararme las ideas y veo como abandona su arrogante postura para hablarme más relajadamente.-...y, claro, por encima de todo está poderte manejar a mi antojo. Tener poder sobre ti. Darte una orden y que tú tengas que cumplirla obedientemente.-una sonrisa franca se pinta en su cara.
Claro. Bufo al aire recordándome lo idiota que soy. Es Inglaterra, por Dios. Mi humillación es lo que más le satisface. La falsa cortesía ha acabado y ahora es cuando verdaderamente siento que me he convertido en el sirviente de Arthur. Soy una posesión suya, y eso me enfurece tanto que podría partir la mesa en dos de pura rabia.
Respiro. No me voy a dejar intimidar por esos ojos. Cojo la copa y doy un largo trago de vino hasta apurarlo entero.
-¿Tienes algo más que decir?-inquiero intentando aparentar impasibilidad.
-Pues, la verdad es que sí. A partir de mañana te convertirás en mi más fiel sirviente. Todas las mañanas te levantarás a las seis.
-¡¿A las seis?!-le interrumpo agarrándome a la mesa como un poseso y noto como mi mandíbula se desencaja de su sitio.-No puedes hacerme eso-
-Puedo.-la aparente molestia de su cara por haber sido interrumpido se borra de nuevo para dejar paso a la habitual sonrisa arrogante marca Arthur.-Como decía, mantendrás la casa limpia y reluciente, prepararás las comidas, cuidarás los jardines y también te encargarás de que todos y cada uno de los caballos de la cuadra estén en perfecto estado. Además, a las cinco en punto de la tarde, me tendrás preparado el té en la terraza del jardín, y cuando digo en punto, es en punto. Ah, y ten en cuenta que si rompes, manchas, o estropeas algo de esta casa, te lo descontaré del precio que pagué por ti.
No. No puede ser. Yo sabía que esto iba a ser difícil pero joder, es que ni en mis peores pesadillas me hubiera imaginado que algo como esto fuera a pasarme.
-¿Algo más?-pregunto con retintín e intento calmarme. Le odio, ¡le odio!
Sonríe con maldad y me asusta lo que pueda decirme.
-Hay una norma, sólo una, y es la única que te voy a pedir que cumplas a rajatabla.-su rostro de repente se torna serio y frío. Trago saliva.-Me deberás fidelidad y obediencia absoluta. Puede que esto ya quedara implícito en todo lo que te he dicho pero aún así quiero recalcarlo. Si te digo que me limpies las botas, lo harás sin rechistar. Si te ordeno que me prepares un té a las tres de la madrugada, lo harás. Y si te pido que te arrodilles ante mí y te disculpes por tu osadía, lo harás. Da igual lo que yo te mande, no importa qué te pida. No dudarás en complacerme. ¿Entendido?
El autoritario discurso que suelta me deja descolocado. Antes de que pueda replicar vuelve a abrir la boca.
Ah,-sonríe divertido como si acabara de acordarse de algo gracioso-y en todo momento te dirigirás a mí como "amo". Eso es todo.
-¡¿Qué?!-salto de la silla dispuesto a decirle cuatro cosas bien dichas a ese cabrón cuando nuevamente me interrumpen, esta vez, unos golpecitos en la puerta del comedor y el mayordomo detrás de ésta.
-Adelante.-Arthur da su visto bueno y me vuelvo a sentar. En cuanto Robert se vaya pondré en su sitio a Inglaterra.
-Señor Kirkland, todos los sirvientes se han ido ya.
-Estupendo. Puedes marcharte tú también, Robert. Felices vacaciones.-le desea.
El canoso mayordomo le hace una reverencia y en ese momento reparo en la maleta que cuelga de su mano. Cierra la puerta y se va.
Miro a Inglaterra con confusión y me topo de nuevo con su sonrisa ladina.
-Por cierto, casi me olvidaba de decirte que les he dado un mes de vacaciones a todos mis sirvientes. ¿Sabes? Aunque tú no lo creas yo también tengo mi corazoncito y hacía tiempo que mis pobres criados se merecían un descanso como Dios manda, por lo que... estaremos sólos en la mansión durante toda tu estancia.
El silencio nos envuelve. No sé que decir. ¿Nadie en la casa más que él y yo? Nadie que denuncie las injusticias a las que me pueda someter, nadie que le moleste a la hora de humillarme, nadie con quien poder relacionarme en todo este mes... nadie.
-Eres...
Diabólico.
Al final consigo guardarme el insulto para mis adentros. No conseguiría nada, de todas formas. Reacciono cuando él se levanta y casi al mismo tiempo yo hago lo mismo. Bosteza fingidamente y se mueve acortando la distancia que nos separa.
-Es muy tarde ya y creo que no debería trasnochar.-cuando llega a mi lado él se para y siento mi cuerpo tensarse ante su cercanía. Sus labios rozan mi oreja y siento su voz burlona clara y fuerte-Por cierto, ya son las doce. Si no quieres recoger todo esto mañana deberías hacerlo ahora mismo, ya sabes, para adelantar trabajo.
Aunque no le vea, sé que está sonriendo. Aprieto los dientes hasta que noto la puerta cerrarse tras de mí y es entonces cuando por fin suelto todo el aire que llevo dentro, destensando a la vez los músculos de mi cuerpo. ¿De verdad se podía odiar tanto a alguien? Como me gustaría ir a su habitación en la noche y estrangularle hasta que la vida lo abandonara.
"No." Yo mismo me reprocho mis pensamientos, seguro de que una persona como Arthur sería capaz de pensar aquellas cosas, pero no yo. Yo no estoy a su nivel. Por eso, intento calmarme y me llevo la mano a la frente, viéndome incapaz de sobrevivir a este maldito mes. La pesadilla ha comenzado.
No quiero echarme flores, pero me encanta como ha quedado este capítulo xD Vale, me gusta mucho escribir a Arthur así pero no sé si me he pasado con el pobre Antonio (en serio, pobre, pobre). Quería describir una mansión que sería terrorífica y de cuento si no fuera por el buen estado en el que se mantiene, por eso imaginad cualquier mansión encantada en sus mejores días y ahí tendréis la mansión de Arthur en este fic xD
En fin, lo sé. ¿Un mayordomo llamado Robert y no Sebastian? ¿Qué clase de broma es esta? xD
Ahora en serio, aquí acaba el capítulo. Espero que os haya gustado y hayáis disfrutado leyéndolo tanto como yo escribiéndolo.
Los reviews se agradecen xD
¡Besos!
PD: Arthur es tan sexy *o*
