Hola!! ^^ Bien, acá vengo con el segundo capítulo. Lamento mucho la tardanza.

Millones de gracias a todos por leer, y a VeroSev por comentar. ^^


Harry cerró la puerta suavemente y paseó la mirada por el despacho. Todo estaba en el mismo sitio, exactamente igual a como lo recordaba. Un escritorio de madera tomando parte del centro de la habitación; unos sillones algo deslucidos pero muy cómodos, según él mismo había podido comprobar, ubicados cerca de la chimenea; y varias estanterías repletas de frascos con objetos bastante desagradables. En un extremo también se encontraba la puerta que llevaba hacia la habitación privada de Severus. Harry la miró durante un segundo con cierta melancolía... aunque la cama de Severus había sido apenas uno de los miles de sitios donde se habían fundido uno con el otro. Donde mirara le llegaban recuerdos de sus apasionadas sesiones. Cada uno tenía distintos rasgos, texturas, sensaciones, que hacían cobrar un significado particular al momento. Se acordó con una leve sonrisa las veces que Severus había comparado el hacer el amor con marcar un territorio. Luego recordó abruptamente la situación en la que se encontraba, y se obligó a dejar de fantasear.

Buscó al hombre con la mirada, para encontrarlo sentado en uno de los sillones, observándolo seria y atentamente. Harry estuvo muy tentado de sentarse a su lado, pero aún no quería hostigar a Severus sin conocer sus intenciones, por lo que caminó lentamente hasta colocarse frente a él.

- ¿Cómo... estás? - preguntó algo vacilante.

- Bien... como siempre - contestó con llaneza, encogiéndose de hombros - Aunque estaría mejor si no tuviera que ser puesto bajo la lupa de esos estúpidos aurores - expresó despectivamente - Y... ¿qué hay de ti? - preguntó suavizándose.

- Lo mismo, ya sabes... estudiando mucho - respondió ligeramente incómodo - Aunque ahora pareciera que todo el Ministerio está dado vuelta con lo que sucedió... - comentó, deseando cambiar de tema.

- Sí. Yo sinceramente... no puedo creerlo. Jamás, desde que soy profesor, Hogwarts se ha visto involucrado en algo así - dijo pensativo - Es extraño. Además... ¡Filch! Vamos que hay personas más interesantes a las que asesinar - dijo con toda naturalidad.

- ¡Severus! - exclamó Harry con reproche.

- Bueno, lo siento - se disculpó, aunque no lució lamentado en absoluto - Es que es cierto. Aunque... debo admitir que el que lo mató nos ha hecho un gran favor a todos nosotros. Estaba harto de escuchar sus quejidos... ¡Peeves, no te escaparás de mí esta vez, demonio! - exclamó imitando la voz burda del celador.

Harry no puedo evitar reir escandalosamente.

- Severus, no deberíamos estar riéndonos de esto. Él está mue...

- Bueno, el que se ríe a lengua suelta no soy yo - interrumpió guiñándole un ojo. Harry se sintió ligeramente perturbado ante el gesto, e incluso podría jurar que se le había acalorado el rostro.

Pero bueno, la verdad es que no me hace nada de gracia - siguió Severus con seriedad - Se me vendrá la noche con esto, te lo puedo asegurar... No sé como me zafaré - suspiró tomándose las sienes.

- ¿De qué hablas? - preguntó inquietándose por él, y olvidando sus propias maquinaciones.

- Bueno, ellos... me odian. Harán todo lo que esté a su alcance por verme tras las rejas - dijo amargamente.

- ¿De dónde sacaste eso, Severus? Sólo vendrán a hacerte un interrogatorio de rutina porque eres uno de los profesores de aquí, nada más. No debes preocuparte - dijo intentando reconfortarlo, sin comprender del todo su aflicción.

El profesor negó con la cabeza.

- Tú no conoces bien a la mayoría - suspiró - Ellos piensan que sigo siendo un maldito mortífago. Y muchos se volvieron locos de la rabia cuando supieron que me había quedado prácticamente absuelto de todos los cargos. He sido el único de los mortífagos con más cargos en su contra en quedar absolutamente libre, y...

- Pero tú eres bueno - aseguró Harry mirándolo a los ojos.

Severus hizo una pausa al notar la mirada conmovida.

- Lástima que ellos crean lo contrario. Sabes, Harry... las cosas no son como casi todos piensan. Sé que tu sueño es ser auror, y te da mucha ilusión entrenarte cada día para ello, pero... - vaciló - El Ministerio siempre ha tenido muchas zonas corruptas, y me temo que el Departamento de Aurores es uno de los peores. La gente de las calles, el "pueblo"... ellos aman a los aurores. Son los héroes de la sociedad, magos valientes y honrados que van en busca de los "malvados" - explicó - Y no dudo que varios pueden presumir de aquello, pero la mayoría es... corrupta. No se les caen las pestañas por hacer trampas si eso significa un puñado de galeones extra a fin de mes, o la simpatía de un importante directivo. Varios de esos malditos harán lo que sea, legal o no legal, por verme en Azkaban de por vida. Me consideran un infame, un maldito que hizo miles de piruetas y se terminó librando de la condena que se merecía...

- Severus... - dijo Harry en voz baja - Respeto tu opinión, pero yo no creo que sea tan así. Y si lo fuera... te puedo asegurar que no permitiré que te apresen por algo de lo que eres inocente. No te encerraron hace unos años, cuando te sobraban motivos reales para conseguir la cadena perpetua, así que no lo harán ahora. Sólo confía en ti mismo. No creas que hay tanta impunidad, yo conozco a varios aurores y dudo que la mayoría haga lo que tú dices.

- No sé... no me convenceré hasta que vea la expresión de los que vengan a interrogarme - gruñó el profesor por lo bajo - Pero... ¿cómo es eso de que no permitirás que me apresen, en cualquier caso? - preguntó observándolo curioso - Eres sólo un estudiante para auror.

- Sí, claro... pero también soy Harry Potter, ¿recuerdas? - se mofó - Aún hay muchos que me siguen lamiendo los pies por eso... y si lo puedo usar en mi ventaja por tu bien, no dudaré en hacerlo.

- Oh, bien... - murmuró Severus - Harry Potter va a protegerme. Creo... que ya no tengo miedo - dijo tomándole el pelo.

- Por supuesto... muy común en mí querer defender a los pobres inocentes - comentó Harry con una gran sonrisa y sus intensos ojos fijos en él.

Severus se reclinó contra su respaldo y contempló el rostro del que fue su amante. Estaba impresionado de la conversación suelta que habían podido desarrollar evitando el tema incómodo de su extraña separación. No se quejaba para nada, por supuesto... Encontrar a Harry al pie de su puerta había sido la sorpresa más maravillosa que se pudo haber imaginado. Y él que pensaba que sería insoportable ir a Hogwarts y someterse a todos los malditos procedimientos del Ministerio... Harry le había dado sentido a todo el asunto, de cierta forma.

Cuando se apartó de él, Severus creyó que nunca más lo volvería a ver, salvo que se lo cruzara por el Callejón Diagon o algo parecido. Sin embargo, ahí estaba. Sentado en un sillón demasiado roñoso para un espécimen tan vistoso como él, sus ojos más preciosos que nunca...

¿Qué pasa? - preguntó el chico extrañado, luciendo un leve rubor - Me estás mirando... raro.

- Es tu culpa - declaró sonriendo con seducción - Quizás seas demasiado agradable para la vista de cualquier ser humano.

Harry casi se atragantó con su propia saliva. La bestia que habitaba en su estómago se despertó de su siesta y ronroneó a causa del reconfortante halago, y el cuerpo entero se sumergió en una hoguera interior. La voz de Severus parecía emanar calor cuando utilizaba ese tono de voz tan sugerente. Como no pensaba quedarse atrás, le sonrió insinuante a pesar de no poder ocultar su notable sonrojo.

- Bien, y eso... ¿qué significa exactamente? - cuestionó con fingida ingenuidad.

- Bueno... - vaciló sensualmente. Sus ojos negros lo acechaban con intensidad - Significa que... te he extrañado mucho - prosiguió en el mismo tono, al tiempo que se levantaba de su sillón sin quitarle la mirada de encima.

La sonrisa de Harry se borró por completo, e irguió la cabeza para mirarlo a los ojos con expresión seria. ¿Qué es lo que estaba escuchando? Severus no podía estar diciéndole aquello como si nada hubiera pasado, como si jamás se hubieran separado ni hubieran tenido esa ilógica discusión antes de verse por última vez. Nada tenía sentido.

Sin embargo... Algo se había removido en su interior al escuchar esas palabras. Severus ni siquiera había utilizado el juego de seducción para decirle lo atractivo que estaba o algo similar, sino para contarle que lo había echado de menos.

Harry se puso de pie, quedando sólo a dos o tres centímetros del rostro de Severus. Su mirada se tiñó de deseo mientras observaba alternativamente los ojos negros y los apetecibles labios apenas abiertos.

- Y eso... ¿eso que significa? - murmuró lentamente.

Severus se mordió los labios suavemente. La cercanía con el cuerpo de Harry y su aliento caliente sobre la boca lo excitaba a sobremanera.

- Significa que... no ha pasado ni un sólo día en los anteriores meses... - musitó pausadamente - ...en que no deseara besarte o... tenerte en mi cama, o... llevarte a un lugar nunca visto y... hacerte el amor miles de veces, hasta que... hasta que no seamos físicamente capaces de continuar.

El joven tragó saliva sintiéndose arder de placer. Veía una lujuria salvaje en los ojos negros, una muy similar a la que él mismo notaba recorriéndole de pies a cabeza. Y necesitaba con urgencia volcar su deseo en un acto concreto.

Tomó la nuca de Severus con una sola mano y lo atrajo hacia sí hasta unir sus labios con rudeza. Sin deseos de hacer tiempo, abrió la boca con desesperación para rozar su lengua con la de Severus en una rápida danza de humedad y pasión. El profesor lo apretó contra su pecho con fuerza, para luego capturarlo entre su cuerpo y la pared. Harry gimió bajito dentro del beso y deslizó sus manos hasta aferrarse de su fornida espalda, y así matar hasta la última gota de aire entre ellos dos.

Severus besó el cuello suave y joven con entusiasmo, quizás con demasiado, pensó Harry apreciando los efusivos mordiscos. Dios, más tarde se excitaría con sólo verse las marcas en el espejo. A él personalmente le gustaba dejar a Severus con algún que otro moretón en el cuello, pero más le gustaba llevar grabado en su cuerpo un vestigio tan vivo de la pasión del hombre. Sobre todo si se encontraba en algún sitio de su anatomía oculto a los ojos del resto.

En ese momento, Severus ya le había desabrochado los primeros botones de la túnica y se dedicaba a chupetear la zona de su clavícula. Harry estaba disfrutando enormemente el momento, Dios sabía que realmente lo estaba haciendo, pero había algo que no le cerraba, algo que no le permitía entregarse sin más al deseo y al frenesí. No tuvo ni tiempo para comenzar a meditar sobre aquello; apenas cuando estaba considerando ponerse a pensar y anular cualquier posibilidad de tener una maravillosa sesión de sexo con Severus, pudo advertir unos golpes impacientes en la puerta.

- ¡Señor Snape! ¡Señor Snape!

El aludido abandonó el delicioso pecho de Harry y se irguió completamente con una expresión entre frustrada y molesta. El joven casi se rió al verlo, pero no deseaba enfrentarse a la mirada asesina de Severus, así que abstuvo. Prácticamente se había olvidado de los aurores, Filch y el hecho de que se suponía que debía estar haciendo su trabajo.

Aún jadeante, miró a Severus con una pregunta muda en sus ojos. Pero el profesor ni siquiera tenía pensado vacilar. Tomó de un brazo al joven y lo arrastró sin mucha delicadeza, atravesando con rapidez su propio dormitorio, hasta meterlo en una especie de cuarto donde guardaba todas sus túnicas.

- Severus, ¿qué demonios...?

- Quédate aquí - le indicó cortante.

- Pero... - dudó Harry mirando a su alrededor. La pequeñísima habitación tendría como mucho un metro y medio al cuadrado de superficie, apenas suficiente para contener las múltiples prendas colgadas en perchas, y a ellos dos mismos. De hecho, se encontraban a una ínfima distancia uno de otro nuevamente.

- Debes quedarte aquí - le repitió mirándolo profundamente.

- Pero Severus, no puedo, yo debo ir a...

- Adiós. Luego vengo - le dijo rápidamente, antes de quitarle la varita, salir y trabar la puerta.

- ¡Severus! - exclamó Harry.

No podía creerlo. Lo había dejado encerrado, sin varita mágica, y no lo liberaría hasta que terminara la entrevista, lo cual representaba una hora y media, como mínimo. Se dejó caer en el suelo y apoyó la espalda contra la pared con un suspiro. ¿Después qué excusa le daría a Ron, o a su entrenador, si es que llegaba a sus oídos que se había "desaparecido" luego de decir que iba a revisar las mazmorras?

Iba a tener problemas. No le hubiese importado si estuviera encerrado en ese pequeño espacio con Severus, bien apretujados; pero no, estaba completamente solo y aburrido. Cerró los ojos, descubriendo que se encontraba algo cansado. Pensar que había estado a punto de hacer el amor con él, de volver todo atrás con un simple acto que no le costaba nada y que, por otra parte, deseaba mucho. ¿Hubiera sido eso lo correcto? Desde que tenía a Severus como amante nunca se lo había preguntado. Es decir, era tan feliz... y no iba a realizarse esa clase de preguntas cuando se encontraba tan bien consigo mismo. Pero ahora ya no estaba tan dichoso; desde hacía tres meses se sentía algo desbarajustado, como si lo hubieran aturdido y él no se hubiera podido recuperar del todo nunca.

Todo era tan complicado... Quería estar con Severus, follar con él hasta el desmayo, dormir juntos a la noche, tener incluso una agradable charla de cama, tomar un té... Pero otra parte de sí mismo se sentía incómodo con la cercanía del hombre; ultrajado, traicionado, estúpido e insignificante. Porque Severus ni siquiera lo había "abandonado" de la forma correcta, de la manera que él se merecía. No se habían conocido la noche anterior, ¿acaso no tenía derecho a una ruptura con más explicaciones, con más tiempo? Se había deshecho de él en un abrir y cerrar de ojos. No era justo. Entonces, ¿cómo haría ahora para entregarse sin inhibiciones? Medio cegado por la pasión, había estado a punto de hacerlo hacía un rato; pero probablemente se hubiera sentido peor si se hubiera concretado el acto. Así que quizás... no debía lamentarse tanto. Recordó de pronto un popular refrán, "no hay mal que por bien no venga", y sintiendo algo de frío tomó una túnica de Severus para cubrirse.

Cuando Harry había perdido la noción de la hora y dormitaba acurrucado en un rincón, sintió un ruido metálico en la puerta que lo sacó de su ensueño. Se quitó la túnica que había enredado alrededor suyo y se puso de pie ansioso. Severus enseguida apareció al otro lado con expresión cautelosa.

- Bueno... ya se han ido - informó refiriéndose a los aurores.

- No deberías haberme encerrado, Severus - protestó con disgusto mientras lo empujaba sin mucho cuidado para abrirse paso a través de la abertura - Por si no te habías dado cuenta, no vine aquí sólo para hacerte una visita. Vine por cuestiones laborales, y...

- ¿Laborales? - repitió el hombre sonriendo con cierta burla, mientras seguía los airados pasos del joven - ¿Desde cuándo has dejado de ser un simple estudiante?

- Desde que la cantidad de aurores disponibles no alcanza para cubrir las necesidades de un caso - respondió irritado - Y deja la broma, no me causa gracia - dijo llegando al despacho de Severus.

- No te pongas así - pidió él colocando una mano en su hombro. Harry se detuvo y lo miró, sintiendo nacer un estremecimiento bajo la mano tibia que corrió por toda su columna vertebral.

Mira, lo siento, es que ellos no podían verte - explicó.

Harry frunció el entrecejo. Realmente no era tan idiota como para no comprender el punto. Pero había otras opciones más idóneas que encerrarlo en un cuarto frío de un metro cuadrado.

- Podrías al menos haber tenido la decencia de dejarme en tu habitación - replicó deshaciéndose de su contacto - Por cierto... ¿tú colocaste por casualidad un hechizo silenciador en la puerta? - preguntó observándolo pensativo - Porque luego de encerrarme no sentí el sonido de tus pasos...

- Ehm... Sí - afirmó con cierto titubeo que no le pasó inadvertido.

- ¿Y por qué hiciste eso? - cuestionó perspicaz - Tu... tu tenías que cuidar que los aurores no me escucharan a mí, no al revés.

- Bueno, yo... no lo sé - dijo Severus algo nervioso.

- ¿Hay algún motivo por el que no querías que escuchara tu entrevista? - preguntó Harry con marcado recelo - ¿Acaso tienes algo que ocultarme, Severus?

- Por supuesto que no tengo nada que ocultar, mucho menos a ti - dijo bastante indignado - Y no tenía idea de que desconfiaras tanto de mí.

- No desconfío de ti - aseguró - Pero se me hace extraño.

- Quizás me avergonzaba que me escucharas en esa situación - reconoció enfadado - ¿Satisfecho?

Harry lo observó perplejo, y luego bajó la mirada apenado. No era justo que hiciera sentir mal a Severus con su recelo, menos cuando estaba con la presión de ser vigilado por lo aurores.

- Lo siento. Yo... sólo estaba enfadado por haberme encerrado, dije cualquier cosa - se disculpó en voz baja.

Severus respiró con alivio, su enfado esfumándose rápidamente.

- Harry... ¿estarás esta noche en tu casa? - preguntó suavemente.

- ¿Por qué? - respondió el joven mirándolo con esperanza.

- Porque tenemos que... hablar.

Harry sintió cosquillas de ansiedad en el fondo del estómago. La perspectiva de tener a Severus en su casa, esa noche, era absolutamente seductora. Realmente deseaba pasar un buen rato con él. Antes lo hacía con mucha frecuencia, y ahora mismo añoraba con intensidad un momento así.

- De acuerdo, puedes venir... estoy libre.

- Muy bien - respondió el profesor frotándose las manos con una pequeña sonrisa - Entonces ahí estaré. No iré muy tarde, así estoy un buen rato y no te hago acostarte luego de medianoche.

- Está bien - aceptó Harry sonrojado de placer - Yo ahora me tengo que ir...

- Lo sé. Cualquier cosa dile a tus compañeros que estuviste un rato entrevistándome, y luego hablaste con Dobby, o algo así. Lamento haberte encerrado.... No pensé.

- No te preocupes, ya está bien. Bueno... adiós - dijo tomando el picaporte de la puerta.

- Adiós Harry. Hasta esta noche - lo despidió con su mejor sonrisa.

El joven le devolvió el gesto y emprendió carrera una vez fuera en el pasillo. Severus lo observó durante un momento y luego cerró la puerta lentamente. Harry nunca cambiaría. Siempre tendría esa dulce sonrisa de despedida y ese andar atolondrado.

Regresó lentamente a su sillón mientras dejaba de pensar en Harry y su sonrisa iba desapareciendo. Aquellos idiotas del Ministerio... habían entrado a su despacho con actitud sobradora, como si estuvieran en su propia casa, como si realmente creyeran que tenían a Severus Snape en sus manos. Luego había percibido el desprecio, intenso como una chimenea ardiendo; en sus ojos, en el gesto de sus labios, en todos lados. A él no le afectaba demasiado, no era la primera vez que sentía sobre sí el odio de todo un pueblo. Ellos lo habían interrogado, con la estúpida actitud de subestimarlo, de pensar que caería fácilmente a sus sutiles amenazas. Y Severus les había dado una lección, les había dejado entrever que no era un imbécil cualquiera. Había sido mortífago por casi veinte años, ¿acaso pensaron que podían hacerlo caer en una trampa con sus insignificantes juegos de palabras? Sin embargo, estaba levemente preocupado. Los hombres le habían dicho, antes de marcharse, que podrían volver a entrevistarlo de nuevo en los próximos días. Severus sabía que la investigación recién comenzaba, así que todavía no atraparían a nadie. Y lo peor es que ni los fantasmas habían visto nada raro. Salvo Peeves, claro, que se había ocupado de gritar a los cuatro vientos que él sí sabía quien era el asesino. Dos aurores comenzaron a correrlo, pidiendo a gritos que se los contara, y cuando al fin el poltergeist se detuvo, exclamó con su voz socarrona que si querían saberlo tendrían que averiguarlo ellos mismos. No perdió oportunidad de reírse escandalosamente para luego estamparles una torta a cada uno en medio de la cara.

Severus se divirtió bastante con el espectáculo. Odiaba a casi todos los aurores, y no los detestaba aún más sólo porque Harry se convertiría en uno algún día. Pero bien, el asunto es que de todo el profesorado, él era el único ex-mortífago, uno que por cierto no había recibido su merecido en Azkaban. Todos los prejuicios y sospechas irían contra él.

No debía darle tanta importancia, por supuesto. Tenía el apoyo de Dumbledore, lo cual no era poca cosa. Y también el apoyo de Harry.

Severus sonrió para sí mismo con burla. Harry no podría ayudarlo si realmente estaba en aprietos con el Departamento de Aurores, por más que fuera el salvador del mundo mágico. Aunque estaba prácticamente seguro de que el mocoso revolucionaría el Ministerio entero si sólo intentaran atraparlo.

Harry regresó a su hogar al atardecer, consumido como si de una colilla de cigarrillo se tratara. Se dejó caer en el primer sofá que se le cruzó por enfrente con un suspiro, y enseguida agitó débilmente la varita a fin de prepararse un té. Aquel día había sido sencillamente mareante, casi tanto como una vuelta en esas ruletas rusas que traquetean entre bajos y altos escalofriantes. El primer barranco al que Harry se había enfrentado había sido Severus. Volver a encontrarse con él, besarlo, el simple hecho de mirar sus ojos negros, había provocado un torrente emociones atravesando todo su cuerpo, algo que oscilaba entre la apasionada ternura, y la violencia de sentimientos tan desiguales en roce. Luego la despedida, y por lo tanto, la incertidumbre; porque saber que el hombre iba a visitarlo esa noche no era determinante en ningún aspecto. No aún, al menos. Cuando se conectó nuevamente a las responsabilidades que referían al Ministerio, continuó en un frenesí todavía peor. Ron lo mató a preguntas y a gritos de "¿En qué maldito lugar te hallabas? ¡Estaba preocupado!", a lo que intentó responder del modo más convincente posible que había estado hablando con Snape (sólo porque la obligación misma se lo exigía); y que luego se cruzó con Dobby y el elfo no lo dejó en paz por un buen rato (Harry tomó nota mental de hablar con él al día siguiente para cubrir un tanto su mentira). Todo eso sin contar con el largo tiempo que le había llevado observar de forma completamente minuciosa la mazmorra entera. Cuando creyó que sus compañeros le habían creído aunque sea un poco, se permitió sentirse aliviado de que, por algún mandato o piedad divina, su entrenador no se había enterado del asunto, ni lo haría. Más tarde, volvieron al Ministerio para encontrarse con Hawthorn y poner en común los datos interesantes con que se hubieran topado. No habían encontrado nada esencialmente útil; sólo unos cuantos manojos de pelo de la Señora Norris (que poco y nada servía, pues ya había sido llevada al Departamento de Control y Regulación de Criaturas Mágicas para su análisis), una de las escobas que utilizaba Filch con el mango de madera prácticamente partido en dos, y una de esas grandes y planas bandejas de metal para servir comida extrañamente doblada. Hawthorn no subestimó absolutamente nada, según él las cosas pequeñas encerraban cosas grandes, aunque tampoco se privó de gritarles un poco y mantenerlos a trabajo intenso durante el resto del día. En algunos momentos asistieron activamente a los aurores a cargo del caso, otras estuvieron solos. Harry no se había detenido más que para tomar agua y café; así que ahora su estómago se encargaba de reclamarle la poca falta de atención.

Sin embargo, tenía cosas más importantes que hacer; como por ejemplo, bañarse, vestirse apropiadamente y preparar la cena para recibir a Severus. Quizás luego podía darse el lujo de comer algo para no lucir como desesperado frente al profesor.

Tiempo después, ya habiendo alistado la cena, Harry salió rápidamente del baño, desnudo y apenas seco. No sabía con exactitud a qué hora llegaría su invitado, pero no debía faltar mucho. Abrió el cajón de la ropa interior y se puso uno de los últimos canzoncillos que se había comprado. No podía estar desarreglado en ningún aspecto, mucho menos en ese. No sabía en qué iba a terminar esa velada, pero debía estar preparado si la medianoche los descubría a él y a Severus en la cama. El resto consistió en calzarse una camisa y unos pantalones de jean oscuros, oprimiéndose favorablemente en torno a sus piernas.

Faltaban menos de diez minutos para las ocho cuando sintió el timbre. Se pasó las manos por el cabello en un intento vano de arreglárselo, y luego bajó las escaleras precipitadamente. Su corazón estaba latiendo con aguda ansiedad cuando al fin abrió la puerta.

- Severus... - musitó con una sonrisa.

Los ojos verdes le brillaron mientras veía al hombre corresponderle el saludo. Lo dejó pasar al interior al tiempo que curioseaba de pies a cabeza su apariencia. Severus vestía con una simple camisa azul, un pantalón de vestir y un abrigo que ahora mismo colgaba en un perchero próximo a la entrada. Se veía muy bien, pensó sin quitarle la vista de encima. A diferencia de él mismo, Severus era de contextura ancha, y todos sus huesos se ceñían perfectamente a la forma de la camisa; ofreciendo el beneficio de incluso poder notar algunos de los músculos de su espalda sin demasiado esfuerzo.

- ¿Estabas haciendo algo en especial? - preguntó, sacándolo de su reflexión.

- Ehm, no. En realidad no tuve mucho tiempo para hacer nada - contó mientras iban a sentarse en los sillones de una pequeña sala - Llegué aquí pasadas las seis.

- Oh, ¿estás cansado? - inquirió Severus frunciendo el ceño.

- No, no. Estoy en perfectas condiciones. Dormí un rato, de hecho. ¿Cómo fue tu tarde?

- Hmm, bastante molesta, la verdad. Pero... no quiero hablar de eso ahora. Hay cosas más importantes, ¿cierto? - opinó observándolo fijamente.

La mirada de Harry se perdió en los ojos, el cuello, las manos grandes que sabían tan certeramente cómo tocar... y tragó saliva mientras percibía con mucha atención la vetas del piso de madera. De su parte también había demasiadas cosas sin decir, pero no sentía el valor para hacérselas saber.

- Harry, ya te lo he dicho en mi despacho. Tú sabes que yo... Sabes que no eres cualquier cosa para mí.

- ¿Estás seguro? - preguntó con un súbito resentimiento - Porque hace un tiempo no dudaste en tratarme como cualquier cosa y sacarme de tu vida casi a patadas.

- Todo era más complicado antes - justificó - Y yo... sigo siendo el mismo complicado de siempre, eso ya lo sabes - le sonrió intentando alivianar la tensión entre los dos, pero el semblante del joven se mantuvo absolutamente serio.

- Nos vemos después de unos meses y sigues con tus excusas - replicó con una sonrisa decepcionada - No sé para qué viniste... esto no va a ningún lado.

- Sí va a un lado. Harry, quiero volver a estar contigo - declaró con toda seguridad.

- ¿Volver a estar conmigo? - interrogó sonriendo escépticamente - No puedes volver con alguien que nunca estuvo a tu lado.

Severus cerró un momento los ojos con enfado.

- Sí estuvimos. ¿Es que acaso hace falta tener el título de novios, de pareja, para que tú estés feliz? - exclamó.

- No, de hecho, me encontraba muy contento cuando éramos "lo que antes éramos"... - lo desafió con la mirada encendida de rabia - Hasta que tú lo arruinaste todo con tus tonterías, claro.

- ¡De acuerdo! ¡Pero ahora estoy aquí intentando repararlo y tú no me dejas!

- Quizás ya no sea tiempo para nosotros.

- Eso es una idiotez. Si la pasión o cualquier otro sentimiento que hubo entre los dos aún está, si aunque sea sólo quedaran cenizas, todo podría volver a ser cómo antes... - dijo mirándolo con un ruego mudo y la esperanza brillando en sus ojos - Harry, nada ha cambiado en mí... Al contrario, todo lo que sentía se ha potenciado en tu ausencia...

- Mira, si estás caliente y quieres un lugar para meterla, puedes ir buscándote otro culo y a mí dejarme en paz - exclamó con un gran bufido airado mientras se ponía de pie con violencia.

Severus tuvo que usar todas sus fuerzas para controlarse y respirar profundo varias veces y así no responder como deseaba hacerlo. ¿Cómo podía arruinar un dicho suyo que intentaba ser dulce con ese comentario grosero? ¿Es que acaso ese estúpido no comprendía nada de lo que él decía? No podía creer que se hubiera fijado en aquel inmaduro.

Harry había abandonado la sala e ido a la cocina. El profesor caminó silenciosamente hasta allí y se detuvo en el umbral. No se iba a dar por vencido todavía. Lo vio frente al horno luchando con un sartén que emanaba olor a quemado.

- ¡Maldición! - exclamó el joven destilando furia - ¡Me has hecho quemar todo!

Snape suspiró. Lo había visto enojado pocas veces, y todas ellas correspondían a su época de estudiante, cuando se profesaban un odio de los mil demonios. En ese tiempo él solía responder a la furia de Harry con un comentario despectivo, una bajada de puntos o un castigo bastante desagradable. Ahora no tenía la posibilidad de hacer nada de eso, y no tenía idea de cómo podía sanar esa situación.

Antes de ver la preciosa camisa de Harry manchada, levantó la varita y todos los alimentos quemados desaparecieron de la vista. El chico dio vuelta los ojos. En la desesperación no se le había ocurrido lo sensato que era el uso de una varita.

- Mira - dijo un poco más calmado, pero de forma firme - Será mejor que te vayas. Todo se ha echado a perder aquí... incluso la cena.

- De la misma manera que podemos cocinar otra cosa, pues aún es temprano, también podemos arreglar el resto de las cosas... ¿no crees? - inquirió cálidamente.

Harry lo miró a los ojos. Se sentía tan malditamente dolido. Severus quería volver a su rutina con él, pero... había algo que había cambiado en sí mismo. Ya no lo hacía feliz la perspectiva de regresar a lo de antes, aunque seguía muriendo por el cuerpo, la voz y la compañia de ese hombre.

- Yo... - vaciló - Estoy muy cansado hoy. Filch sigue muerto y su asesino suelto, yo... No tengo tiempo para pensar en estas cosas ahora - se excusó mirando el suelo.

- Hoy iba a ser nuestra noche, Harry - le reprochó casi con ternura - ¿Cómo que "estás cansado"? Creí que esto te importaba... Aunque sea un poco. Claro que las cosas no van a funcionar si sólo yo empujo el carro.

Harry suspiró cerrando fuertemente los ojos que comenzaban a humedecerse. Sólo quería que todo terminara esa noche, no tenía fuerzas para soportar más. Para él casi todo estaba perdido, porque se le había ido lo más importante de todo. La confianza en Severus. Deseaba creerle, pero sinceramente no sabía que pensar. Todo formaba parte de un torbellino confuso de palabras, promesas y alguna que otra cosa que no lograba desentrañar. Mientras se concentraba en no derramar las lágrimas reprimidas, sintió dos brazos en cada hombro y luego su rostro fue suavemente hundido en el pecho de Severus.

El profesor lo había abrazado por la nuca, mientras que con una segunda mano reconfortaba su espalda. Creía saber algo de los sentimientos que pudieran estar atravesando a Harry, aunque tampoco estaba completamente seguro; y de cualquier manera nunca había sido un buen consolador. Lo único que había logrado dilucidar más claramente era el dolor en esas facciones bonitas, y quizás también un desesperado desamparo. Por eso había querido apretarlo entre sus brazos, apretarlo tanto que la tristeza decidiera evaporarse por completo, hacerle sentir que iba a protegerlo, que no estaba solo.

Harry soltó algunas lágrimas, amparado y oculto en la ropa de Severus, y luego se separó apenas para mirarlo con ojos brillantes. En un segundo, había tomado esa boca entre sus labios para besarlo con exquisita dulzura. Severus respondió moviéndose también con delicadeza, saboreando sus labios apenas húmedos por las gotas derramadas. Una vez más quedaba demostrado la enorme atracción que Harry ejercía sobre él. El corazón y el cuerpo entero le palpitaban de ansiedad y pasión, sólo a partir de esa ligera caricia.


Bueno, espero que les haya gustado. Diganme lo que opinan, me interesa mucho ^^

Besos.

P.D.: Creo que si nadie comenta aquí seguiré subiendo la historia sólo a SlasHeaven ._.