Epílgo 1: el nacimiento de Vader

Menos de una hora después del duelo entre Anika y Obellaria, Darth Sidius apareció en Mustafar, aliviada que su joven aprendiz estuviera aún con vida. Orgullosa de que hubiera usado la Fuerza para no abandonar este plano existencial.
El Lado Oscuro había captado cada rincón de la mujer frente a la Sith, ya no había conflicto en ella. Aunque su estado físico era deplorable. Era algo decepcionante, pero estaría a la altura del Imperio.

"Llevenla a la Bahía médica de la nave..." Ordenó gravemente la Sith luego de colocar una mano sobre la frente de Vader, quien abrió sus ojos revelando un amarillo que Sidius simplemente encontraba magnético y maravilloso.

Su transformación estaba completa. Ya no eran necesarias promesas falsas, ni visiones mentirosas, Vader permanecería a su lado por propia voluntad, destruiría a los Jedi renegados por propia voluntad. La Sith sonrió de forma retorcida. Todo había salido de acuerdo al plan. Ahora sólo debía asegurarse de que viviera.

Iba a ser un proceso bastante doloroso para la joven aprendiz. Pero el dolor era bueno. El dolor moldeaba el carácter, el dolor bien utilizado llevaba al odio, y el odio podía usarse como combustible, para sobrevivir hasta el último instante tal como Anika había hecho.

Los robots médicos comenzaron su trabajo una vez que la rubia estuvo en la camilla de "operaciones" de la nave Insignia de la nueva Emperatriz. Palpatine tenía una mano sobre la frente de su aprendiz en todo momento, utilizando la habilidad aprendida hacía décadas para ayudar a un herido de gravedad a conservar la vida el tiempo suficiente.

Los Lores Sith no eran especialistas en sanar, en preservar la vida, más bien lo contrario. Solían perfeccionar aquellas habilidades mortíferas para acabar con la luz de otros, una costumbre adquirida debido a la temprana persecución sufrida tanto dentro de la Orden Sith como fuera de esta. Todos eran mortíferos excepto Darth Plaeguis, su maestro.

Él estaba obsesionado con alargar la vida de los seres de la galaxia, con crearla utilizando la Fuerza, retorciendo las leyes de la naturaleza a su gusto y antojo. No era que Shira Palpatine no viera atractivo el hecho de manipular y retorcer la naturaleza a voluntad, pero lo consideraba un desperdicio de recursos. Sin contar que su maestro estuvo décadas perfeccionando aquella habilidad, hasta que finalmente había tenido éxito, había creado vida. Darth Sidius no podía evitar reír al recordar el rostro lleno de horror de la esclava humana que fue su rata de laboratorio, al enterarse que había concebido sin necesidad de otra persona involucrada.

Sí. Las habilidades de Plaeguis fueron útiles. Pero el muy idiota también deseaba cambiar las costumbres milenarias de los Sith, incluso le dijo a su aprendiz acerca de sus planes de tomar otros pupilos bajo su cuidado, habiendo identificado a varios seres sensibles a la Fuerza en el Borde Exterior. Sidius no podía permitir aquello.

Tenían muchos planes en marcha juntos que no contemplaban ningún otro ser más que ellos dos y las distintas marionetas que utilizarían en el camino. Una verdadera pena tener que cortarle la garganta, hizo todo más complicado, pues Shira debió pasarse nueve largos años acumulando el poder político necesario, al mismo tiempo que mantenía un ojo en los Jedi, en sus posibles desertores, y también mantenía un ojo sobre el resultado del experimento de su maestro, que ahora se encontraba sufriendo en la camilla metálica, su cuerpo básicamente inutil. Era demasiado para una sola persona. Pero ella pudo hacerlo.

Uno de los gritos de Anika sacó a la Sith de sus cavilaciones, distintos objetos médicos en la habitación temblando debido a una leve explosión de Fuerza producida por el dolor de la joven. El rostro de Sidius se puso serio de pronto, creyendo por un momento que su aprendiz acabaría por perecer. Volvió a colocar su mano sobre los ojos de la rubia, al tiempo que le era colocada la anestesia necesaria para el procedimiento.

La joven ya no gritaba, pero su cuerpo seguía retorciendose con incomodidad, con dolor incluso, y debieron amarrar sus extremidades para mantenerla lo más quieta posible. A la mujer encapuchada le pareció ver el brillo de un par de lágrimas en las mejillas de la otra, y suspiró. Luego de un rato y de reemplazar sus pulmones con maquinaria que realizaba el mismo trabajo, y se unieron las articulaciones de las rodillas para que sus piernas volvieran a tener utilidad.

Sin embargo le llevaría meses que ambas cosas dejaran de doler. Le fue colocada una máscara a la rubia, que abarcaba la mitad de su rostro, concentrándose en sus vías respiratorias altas, y al fin la sensación de ahogo había cedido. Gracias a los cables que iban desde la maquinaria pulmonar en su pecho, hasta su máscara, pudo respirar nuevamente por su cuenta.

Podía hablar, Kenobi no daño sus cuerdas vocales. El alivio fue la sensación más fuerte en ella por unos momentos, su cabeza recuperando los recuerdos de las últimas horas... Y allí la furia volvió a cegar todo a su alrededor, pero la tuvo a raya lo suficiente. No podía descargarse con su nueva Maestra.

Los anestésicos iban limpiandose de su sistema de manera lenta y segura, haciendo que la rubia recuperara la sensibilidad en su cuerpo que hasta ese momento estaba mayormente dormido, con ello iba acompañado la conciencia del intenso dolor físico que amenazaba con ser incapacitante, pero no estaba al mismo nivel que al principio.

Obellaria sí había hecho un fino trabajo hiriendola de aquella forma tan grave.

Su respiración se oía algo extraña en la máscara, y el peso de la maquinaria en su pecho era algo a lo que tendría que acostumbrarse pronto si pretendía seguir siendo la asesina que una vez fue. Su cabello estaba sobre sus ojos y al intentar quitarlo notó que sus manos estaban amarradas. Parpadeó varias veces para aclarar su visión, y sin demasiado esfuerzo rompió los grilletes metálicos que la sostenían a la camilla, dando un paso algo torpe pero irguiendose al instante con la frente bien en alto.

"Levántate mi aprendiz. Este es un tiempo importante para ti. Es el momento en que finalmente abrazaras la profecía que te ha traído a esta Galaxia. Donde tu destino finalmente será una senda clara en la oscuridad." la sonrisa retorcida de Darth Sidius era casi imposible de mirar sin sentir asco e incomodidad.

"Mi maestra. No logré sacarle información a Kenobi..." el 'no logré matarla' estaba implícito.

"Ya habrá otra oportunidad para realizar tu venganza. Mientras tanto, joven aprendiz..."en la mente de la rubia apareció la imagen de los gemelos, enviada por la Sith a través de su lazo en la Fuerza. Pero la imagen estaba distorsionada un edificio derrumbado y en llamas superpuesto. Vader reconocía ese lugar, era un ala del Templo de Coruscant.

"¿Dónde están Leon y Luka?" la voz de Vader era grave, sus ojos de un amenazante amarillo, sus manos temblando a los costados de su cuerpo y apenas se había movido un paso de la camilla.

"Lamento ser yo quien te lo diga... Tus hijos han perecido me temo. Muertos por un ataque accidental de los clones al templo jedi donde eran mantenidos cautivos. No sobrevivieron al derrumbe." Con que allí los mantenían, en sus mismas narices. Con tantas marcas en la Fuerza abrumando sus sentidos jamás podría haberlos reconocido en ese lugar.

El dolor de una nueva pérdida azotando su alma, de forma más intensa que antes. Apenas se dio cuenta que estaba gritando, de no haber sido por la voz de su Maestra en su cabeza habría terminado de destrozar el ala médica de aquella nave.

Realmente ya no tenía nada.
Y con más certeza que antes se aferró al Lado Oscuro. Abrazando el destino que había sido impuesto frente a ella. Y que a su vez ella había elegido a plena consciencia.

Anika Skywalker había muerto en Mustafar.