Disclaimer: Canción de Hielo y Fuego no me pertenece. Es propiedad de George R.R. Martin

Insinuaciones Sexuales.


Fuego & Nieve.

Pareja:

(Ygriette/Jon)

De cuando en cuando se permitía pensar en lo que sucedería luego de que se dejase raptar. Posiblemente sería entonces una mujer más que compartiría el calor de un hombre al que probablemente jamás lograría amar. Para ella, una salvaje la idea de un empalagoso amor resultaba incluso hasta vergonzoso. Ella no era una dama débil y sureña, por tanto sólo le quedaba o aguardar a que algún pobre diablo se arriesgase a intentar raptarla con el miedo latente de que ella pelearía y por tanto si no lograba someterla lo castraría o bien, resignarse a la soledad y a la compañía intermitente de algún amante ocasional.

Pensaba en trivialidades tales cómo el hambre o el frío que sentía, cuando lo vió por primera vez, tan guapo él con sus ropajes negros y su bonita y noble cara rodeada de rizos oscuros.

Ygriette jamás quisó lucir cómo alguna sureña enamorada, y posiblemente el amor no se dió de inmediato, pero tan pronto le vió supo que o bien, se mataban o alguno terminaría raptando al otro.

Y no estaba segura de que aquel niño cuervo se atreviese, así que le tocaría a ella la tarea difícil de secuestrarlo y hacerlo su hombre.

No estaba segura de que las cosas funcionasen así, pero qué más daba.

Fueron azares del destino y de la voluntad poco convencional de los antiguos dioses, pero logró ella su cometido. Aunque bien, no fue fácil llevarselo a la cama, valió la pena. Y ahí, rodeándolo con sus delgados brazos supo que era el deseo combinado con algo que no comprendía del todo, y tampoco le interesaba comprenderlo de todo. Sólo sabía que le gustaba, que era tan cálido cómo el aliento de Jon Nieve perdido en su cuello, y tan bonito cómo su voz. La voz de aquel fiero guerrero, distorcionada en sutiles gemidos ahogados tan dulces cómo sus labios. Estaba seguro de que aquel noble guardia oscuro era tan doncella cómo esas sureñas de los vulgares cantares de Mance, pero aquello lejos de parecerle ridículo, le enternecía de alguna forma.

Sus mejillas pálidas sonrojadas, su rizos oscuros pegados a aquel rostro tan bello que el imbécil de Orell despreciaba, y su cuerpo fibroso y caliente, desafiando incluso el apellido de aquel joven bastardo tan puro cómo la nieve. Y ella era el fuego que se encargaría de consumirla, pero no sólo de eso, sino también de evaporarla. De sublevar el espíritu de aquel joven cuervo entre placeres que rídiculamente mantenía cómo prohibido.

Y cuando hubo de culminar aquella antigüa danza en la que ella veía y sentía maravillada cómo los dioses quisieron que un hombre amase a una mujer y visceversa.

¿Era aquello amor? Se preguntó la besada por el fuego tras pasarse la noche viéndolo dormir en sus brazos. No lo sabía. No le interesaba saberlo, ni comprenderlo.

Lo único que deseaba, que anhelaba ferviente era seguir teniéndolo contra los pechos, envuelto entre sus delgados brazos fruncido contra ella.

Era lo único.

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