Despertó en una habitación oscura, con la noción del tiempo completamente perdida. No sabía si llevaba ahí minutos u horas. O días.

Esperó a que su vista se acostumbrara a la oscuridad, pero eso no pasó; siguió viendo lo mismo: nada. Ni siquiera leves contornos que le permitieran al menos distinguir qué había a su alrededor. Solo distinguió la cama en la que se hallaba, porque estaba tumbado sobre algo extremadamente blando que se adaptaba perfectamente a la forma de su cuerpo. Parecía como si alguien hubiera hecho un molde de su parte trasera y luego le hubiera encajado a él encima; incluso la forma de sus dedos estaba impresa en lo que fuera que tenía debajo y que, esperaba, fuera un colchón común, simplemente demasiado blando.

No quiso incorporarse, porque la excesiva blandura le resultaba inquietantemente cómoda, así que tan solo se quedó allí tumbado, dejando que la comodidad enviara lejos el recuerdo del gato negro y el recuerdo de aquella extraña mujer anticuada; pero no tardó mucho en volver a sentirse inquieto cuando una voz le llegó desde el otro lado, amortiguada por lo que parecía ser una puerta. La rendija de luz roja que apareció unos metros más adelante le recordó a la misma franja que antes (¿hacía cuánto?) había visto en el pasillo.

- Ya debe de haber despertado.- dijo la que, para su horror, reconoció como la voz de aquella loca.- No, no le he dado de beber, ha tenido los labios tan juntos que ni siquiera habría podido pasar una de mis agujas, mucho menos agua.- dijo tras una pausa, respondiendo a alguien a quien Ciel no había oído.

De pronto, pasos se acercaron, y unas sombras cortaron momentáneamente la luz roja: alguien se había parado frente a la puerta. Oyó el inquietante sonido de una llave trasteando en el interior de una cerradura, y por poco no le dio tiempo a cerrar los ojos antes de que la luz roja inundara completamente la habitación.

- En dos días no ha podido desidratarse.- habló ella de nuevo.- No te preocupes.

- Claro que me preocupo.- dijo entonces otra voz.- Los humanos son demasiado frágiles, y Ciel lo es aún más. No puedo permitir que le descuides. No quiero arriesgarme.- la voz era muy grave, definitivamente de hombre.

- ¿Qué más quieres? Lo encontré y lo traje hasta aquí; no pensé que también esperarías que lo mimase tal y como lo hacen en su casa.

- Lamento decírtelo Sieglinde, pero a mí me parece que beber agua es una necesidad humana, no un capricho que alguien pueda negarse a satisfacer.- los pasos se acercaban a la cama.

- Ponte tan repipi como quieras, pero yo ya he cumplido mi parte del trato. Si quieres darle agua o cepillarle el cabello y ponerle florecillas, hazlo tú.- notó presencias a ambos lados. Ella a la izquierda y él a la derecha.

- Creo recordar que tu parte del trato incluía traerlo y mantenerlo vivo. Y para mantener vivo a alguien hace falta hidratarlo, como mínimo.

Ciel sintió la boca seca por primera vez, y se dio cuenta de cuánta sed tenía. Cómo no, se dijo, si aquella lunática ni siquiera se había molestado en humedecerle los labios.

- Vale, como digas, culpa mía. Pero ahora te toca a ti cumplir tu parte del trato; no quiero que ya-sabes-quién me calcine viva.

- Solo siete días. Después su alma es mía.

Ciel pegó un respingo que ambos notaron.

- Vaya, don Supersticioso se ha despertado.- dijo Sieglinde, cerniéndose sobre él.- ¿Qué tal has dormido?

- ¿Cuánto he dormido?- preguntó, a modo de respuesta, enfatizando la primera palabra.

El hombre y la tal "Sieglinde" intercambiaron una mirada que carecía de expresión alguna, solo complicidad absoluta. Quedó claro que se dijeron todo cuanto les quedaba decirse a través de ese intercambio.

- Dos días.- respondió él. Veía solo un alto contorno negro, muy esbelto y refinado.

Al otro lado vio la figura inconfundible de la mujer, ambos inclinados un poco hacia él.

- Tengo que volver a casa...- farfulló, levantándose despacio, aunque muy en su interior sabía que no iba a salir de allí.

- No, no puedes irte.- dijo ella entonces, poniéndole la mano en el hombro de forma delicada, pero empleando tanta fuerza que Ciel no pudo moverse ni un ápice más hacia delante.

Ciel comenzó a asustarse de verdad. Al principio creía que eran dos locos fantaseando sobre almas y esoterismo, y que con hablarles y engañarles un poco, podría salir de allí sin problemas. Pero supo que no, que todo era un asunto mucho más serio, y que no había ido a parar allí por casualidad.

Extañó al gato, porque al menos cuando huía de él como un desquiciado, estaba en la calle y podía volver a su casa en cualquier momento. Ahora estaba allí, y no sabía siquiera si era el mismo sitio al que había ido a parar la noche anterior, o era otro distinto. La luz roja le indicaba que sí, que era el mismo lugar, pero no podía estar seguro. En cierto modo, la opción de que pudiera ser el mismo sitio lo tranquilizaba, porque al menos sabría dónde estaba, y podría volver.

Si le dejaban, y era obvio que, visto lo visto, iba a pasar con ellos mucho tiempo.

- De verdad que debo irme, mi madre...- hizo ademán de seguir incorporándose, pero la aparentemente delicada mano de Sieglinde se lo impedía.

- Está preocupada, sí. Pero lo que tienes que hacer es importante, y ella lo entenderá.- le respondió con condescendencia, como si le hablara a un niño pequeño.

Aunque, en cierto modo, eso es lo que hacía.

- ¿Y qué tengo que hacer?- preguntó con cautela.

- Suficientes preguntas.- dijo el hombre, a modo de respuesta. Le dirigió una sutil mirada a Sieglinde, ella asintió y, retirando la mano del hombro de Ciel, se atusó la falda y salió por la puerta, echando un último vistazo a Ciel antes de cerrarla.

- Mire, no sé quiénes son, pero les puedo pagar si es lo que quieren. Mi padre es...

La mano de él sobre su boca le impidió seguir hablando. Sin retirarla, se sentó a un lado de la cama.

- No queremos dinero, Ciel.- el pequeño no se molestó en preguntarle cómo sabía su nombre.- Queremos otra cosa, que solo puedes darnos tú.

Ciel levantó una ceja, no sabiendo si asustarse o reírse ante lo ridículo de la situación. Si estaba soñando, su imaginación era más grande de lo que creía. Y más compleja.

- ¿Y qué es eso que os tengo que dar?- preguntó, receloso.

Santo cielo, solo quería irse de allí.

- A ti, vaya.- respondió el hombre, sin expresión en la cara.

Ahora que estaba más cerca y sus ojos se habían acostumbrado a la oscuridad, podía distinguir mejor sus rasgos. Tenía el cabello de un negro intenso, y dos mechones negros le enmarcaban el rostro. Tenía una nariz refinada y algo alargada, y unos labios finos pero algo carnosos, sin mucho color. Y ojos rojos como el destello de dos rubíes. Parecía un retrato extraordinario que, allí sentado a su lado, respiraba, igual que él.

- No sé cómo podría daros mi persona.- el niño echó el brazo hacia atrás, en un intento consolador de recular alguna parte de su cuerpo, aunque fuera el trasero.

- No te queremos a ti como tal.- aclaró el individuo.- Sino tus favores.

Al oír la palabra "favores", Ciel pegó un diminuto respingo, tanto como sus miembros entumecidos le permitieron. Ató cabos de forma automática.

- Yo no soy ninguna prostituta con la que os podáis divertir.- espetó, mirando bruscamente para otro lado.

El individuo de cabello negro y ojos rojos rió.

- Vaya, vaya, ahora resulta que el temeroso de los gatos tiene dignidad después de todo...- alzó una mano y le rozó la entrepierna, arrancándole una mirada asustada de cervatillo, justo lo que pretendía.- Pero sigo sin referirme a esa clase de "servicios"...

- ¿E-Entonces, qué?

- Tu habilidad.- dijo, como si Ciel tuviera que saber a la fuerza de qué "habilidad" hablaba.

Pero Ciel, obviamente, no tenía ni la menor idea.

- ¿Y qué habilidad, si puede saberse?

- Soy Sebastian, por cierto.- le tendió la mano, una mano grande pero delicada, de dedos largos y refinados.

- Y usted ya sabe quién soy yo, por lo que se ve.- suspiró el niño, formándose la idea de nuevo en su mente de que aquello era un sueño; para tranquilizarse un poco, por lo menos.

- Sí, bastante bien.- afirmó.- Y dime, Ciel, ¿has oído hablar del don para viajar en el tiempo?


Uy, cortito. Sí, perdón, lo sé. Ni siquiera recordaba que lo tenía escrito, ups, mea culpa.

No sé cuándo subiré el siguiente, así que, bueno :v

De todos modos, ¿cuánta gente leyó este fic? ¿Cuatro, cinco personas?

Gracias a vosotros por leer xD