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19 años después
La campana de la puerta anunció la entrada de un nuevo cliente.
―Entonces, ¿puedo elegir lo que yo quiera? ―la niña de pelo castaño y rizado preguntó indecisa a su padre.
―Lo que tú quieras ―el padre, un hombre alto y pelirrojo, con una frondosa barba como signo distintivo, sonreía. De su mano llevaba hasta hace un momento a un niño, también pelirrojo, que ya se dedicaba a hojear los estantes de la tienda ―. ¡Hugo, quien rompe, paga! ¡Y no quiero pagar más de la cuenta!
―La verdad, papá, preferiría un libro ―objetó la joven Rose Weasley.
―Ya tienes muchos libros, Rose. Una habitación estanterías llenas. Y tu madre ya te está comprando uno, aparte de todos los libros para este año. Este es un regalo por tu ingreso en el colegio. Así que dime, ¿qué quieres?
Rose dio un paseo por la tienda mientras se decidía qué coger. Ron, por su parte, se acercó al mostrador, donde su hermano rellenaba un pergamino.
―Hola, George.
―Hola, Ron. ¿Eligiendo un regalo para Rose? ―George no levantó la mirada del pergamino. Estaba con la cabeza apoyada en una mano. Por lo visto, aquello era lo más aburrido del mundo.
―Sí, por su ingreso en el colegio. ¿Qué haces?
―Inventario. Se supone que es tarea de Verity, pero está enferma.
Verity llevaba enferma una semana, y todos le habían dicho a George que contratase a un ayudante, pero el joven Weasley se negaba… y las tareas ya le desbordaban.
―Papá, papá, quiero esto ―Hugo había llegado corriendo, zarandeando una varita de pega que pronto se transformó en una gallina de goma.
Ron, por su parte, alzó a su hijo pequeño y lo sentó en el mostrador, justo sobre el pergamino de George, quien lo tuvo que apartar a duras penas.
―Ay, hijo mío ―se quejó mientras sonreía ―. Por supuesto que no. Ya te he dicho que hemos venido para comprarle algo a tu hermana, el año que viene tendrás tu oportunidad.
Hugo Weasley hizo un mohín.
―De hecho, tendrás que pagarlo. Ya ha sido usado, así que… ―confesó George.
Ron se le quedó mirando.
―¿Es una broma? ¿No tienes algún hechizo que impida que se transformen? ¿A cuántos padres has timado ya?
―Sólo a los muy idiotas. Y ahora, págame. Diez sickles.
Ron se quejó por lo bajo, pero soltó el dinero. Al instante, Hermione, su mujer, entró por la puerta, cargada de paquetes envueltos.
―Ron, ¿por qué tardáis tanto? Esto pesa mucho, ¿sabes? En fin, ¿te quedas con Hugo en Florean? Sólo nos queda la varita.
―Claro, en cuanto Rose vuelva de…
―Ya está, quiero esto.
Llevaba en la mano dos cosas, una poción de amor y un Puff Pigmeo de color rojo. Ron sonrió.
―Eres demasiado joven para esto ―y le quitó la poción ―. Nos llevamos el Puff.
―Serán ocho galeones ―dijo George.
―Eres un ladronzuelo ―confesó Ron mientras soltaba el dinero.
Al rato, los cuatro Weasley se encontraban reunidos en la heladería de Fortescue, degustando cada uno un helado. Estaban rodeados de paquetes. Rose daba de comer a su Puff, después de haber obtenido ya su varita.
―Rose, cariño, ¿te llevas a tu hermano a la tienda de artículos de quidditch?
La joven asintió y se llevó a su hermano.
―¿Qué te ocurre? ―quiso saber Ron.
―Hoy me he acordado de Harry. ¿En el Ministerio no sabéis de él?
Ron rió, pero de tal forma que casi se atraganta con un trozo de chocolate.
―Los aurores no nos dedicamos al seguimiento de personas inocentes, Hermione. Y aunque lo hiciésemos… Harry es listo, seguramente se aplicaría un hechizo indetectable.
―Ya… Me lo imagino. Es sólo que… ya han pasado más de diecinueve años. ¿No crees que debería sentir algo de nostalgia? En fin, nos abandonó a todos.
―Perdió a Ginny, Hermione. Perdió a la persona a la que amaba. Ese fue el golpe más duro que pudo recibir. Y no podemos olvidar que se lo ocultamos hasta el último momento.
Hermione no dijo nada más. Apuraron los helados y recogieron todo, con dirección a la tienda de artículos de quidditch para ir a por sus hijos.
A la mañana siguiente, tras despedirse de su hija, Ron caminaba por uno de los pasillos del Ministerio de Magia, ataviado con su túnica de trabajo de auror.
―Ron, menos mal que ya estás aquí. Ha ocurrido algo.
―¿Qué pasa, Lewis? ―quiso saber Ron.
―Una notificación de la sección de desaparecidos.
Ron se estremeció de arriba abajo. ¿Desaparecidos? No recordaba a nadie que hubiese desaparecido durante la guerra, pero una parte de su mente pensaba en Ginny. Su cuerpo jamás había aparecido.
―¿Y qué dice?
―Dice que tu hermana ha sido encontrada, con vida.
Caminaba a grandes zancadas por el pasillo de San Mungo. Habían llevado a Ginny a la sala Janus Thickey. Ya de por sí aquello le decía una cosa, que Ginny había sufrido daños mentales.
Tras entrar en la sala, comprobó que su familia y Hermione ya habían llegado. Su mujer le abrazó.
―¿Cómo está?
Miró hacia la cama. Lo que vio le estremeció, pero también le dejó destrozado. Ginny estaba muy desmejorada, casi en los huesos. Estaba blanca y tenía el pelo entrecano.
―Los sanadores dicen que podrá recuperar la memoria, pero que necesitará estímulos ―comentó su madre.
―¿Estímulos?
Todos pensaron en lo mismo, pero nadie dijo nada. El mejor estímulo era una persona que no estaba en ese momento.
Por la noche, Ron y Hermione estaban en la habitación de su casa, deshaciendo la cama para poder irse a dormir.
―Creo que deberíamos buscarle. Creo que Ginny podría recordarlo todo si ve a Harry y…
―Hermione, tomó una decisión. Debemos respetarla.
―Ron, ella es tu hermana. Y él tu mejor amigo. ¿Por qué te comportas así?
Ron tiró una de las almohadas fuertemente.
―Porque él se fue, ¿vale? Se marchó y nos dejó a todos. Ni siquiera se quedó al funeral de Ginny, simplemente cogió y desapareció. Se fue, fin de la historia.
Se quedó callado un momento mientras se pasaba las manos por la cara.
―A mí tampoco me gustó que se fuese. Pero quiero que vuelva. Y quiero que Ginny termine de volver con nosotros. Y sólo se podrá hacer si Harry regresa.
―Se aseguró de que no le encontrásemos. Se aplicó un hechizo indetectable. Yo lo vi. Esté donde esté… No podremos saberlo ―ninguno dijo nada. Ron cogió la almohada y se dispuso a irse ―. Necesito pensar, dormiré en el sofá.
