Disclaimer: El universo de Harry Potter pertenece a J.K Rowling.
Jugando ajedrez.
Doy un giro sobre mi propio cuerpo. Veo imágenes rápidas pasar, extrañas criaturas me rodean y el lugar en donde me encuentro es atacado por luces azules, oscuras, tenebrosas. Giro otra vez. Escucho voces susurrando palabras que no alcanzo a interpretar, gritos que no reconozco, pisadas. Me siento aturdida pero no puedo parar de dar un giro tras otro. Observo las ropas que traigo puestas: soy un ángel, siento las plumas de mis alas acariciar mi espalda y creo que puedo volar, por eso estoy girando, debo alzar el vuelo, agito mis manos esperando acelerar el proceso. Giros, risas lejanas, aleteos, náuseas, el mundo rebotando por mis ojos sin querer detenerse.
Y despacio, pícaramente, el olor a whisky de fuego se cuela por mis fosas nasales quemando mi garganta hasta meterse en el fondo de mi ser y desenterrar mi memoria. Es allí cuando descubro que puedo detenerme y lo hago. Alzo mi cabeza y atravieso el lugar con mis ojos saltones, parezco embriagada y tal vez lo estoy porque no me encuentro en un extraño lugar rodeada por unas criaturas igual de extrañas sino en la fiesta de disfraces que Ginny tardó en organizar todo un año y al que ningún miembro de la comunidad mágica dejó de asistir. Lo único en lo que no erré es en que verdaderamente soy un ángel, pues es el disfraz que la menor de los Weasley me "sugirió" usar con su fuerte y tenebroso rugido.
El sofoco me obliga a salir por una bocanada de aire fresco y, justo cuando traspaso el umbral hacia el mirador del salón, me arrojan un "¡no quiero volver a ver tu estúpida y rubia melena, idiota!" tras lo que una enojada Padma Patil ―o Yasmin*, si vamos al caso― se escurre en la noche.
Me quedo mirando el punto por donde esta salió algo confundida hasta que siento una presencia además de la mía, mi curiosidad me hace girar y me encuentro con un ladrón de bancos muggle cuyo gorro negro solo deja ver sus ojos y unos cuantos mechones rubios que se escapan por la parte de su cuello. Sonrío aliviada de que no se tratase de mí y Draco también lo hace con malicia al comprender el malentendido.
—Tranquila Lunática, el odio de esa águila solo me pertenece a mí— me cuenta amargado, y siento que su siseo no es del todo normal.
Me acerco a la barra del balcón donde él se encuentra apoyado en los codos e imito el gesto solo que dando la espalda a la pista de baile y observando el frío Londres que posa metros más abajo. Podría iniciar una pequeña charla para conseguir su confianza ―aprovechando que no tiene activado su humor repele-personas― pero una pregunta me pica la garganta queriendo salir y la discreción nunca ha sido mi fuerte, por lo que directamente pregunto:
— ¿La extrañas?
Él me mira desconfiado, parece haber despertado de su embotamiento y sospecho que se hará el desentendido y no me va a contestar si, a pesar de la escandalosa estafa que le propinó Astoria Greengrass a las riquezas Malfoy, le apena su ausencia. No obstante, Draco solo trastabilla un poco y luego el alcohol en sus venas vuelve a secuestrar su sentido común. Porque sí, está ebrio, ambos lo estamos, TODOS lo estamos pues Ginny se empecinó en lograr que Harry la pasara bien en aquella fecha de la que tan malos recuerdos tiene y para ello agotó las provisiones de licor del Reino Unido siendo esto lo que, al parecer, ha ahogado la desconfianza de Draco sin la que sus labios me están pudiendo narrar la historia que Rita Skeeter solo pudo cazar a medias.
Fin de la guerra. Expiación a su familia ―o parte de ella―. Nuevas oportunidades con un amor que, si bien no parecía verdadero, prometía ser eterno. Juramento inquebrantable con olor a amapolas, cerveza de mantequilla y césped recién cortado. Galeones como para pudrirse en ellos, huida al extranjero y un corazón ―y ego, pienso― roto. Luego frustración, odio y reclusión en sí mismo pero también amistad y consejo en busca de un recomenzar. Su problema es que seguía el consejo de "sal con otras chicas" muchísimas veces y al mismo tiempo quedando al final con la nada escurriendo entre sus dedos.
En cuanto termina de hablar, el trozo de pista de baile que se ve desde donde estamos muestra a unas pocas parejas bailando las melodías tristes que finalizan las fiestas, aunque aun así parece seguir habiendo bastante gente dentro.
Sus ojos cansados miran con aspereza el lugar donde Harry baila con Hermione y Ron y yo le pregunto por qué no se va de la fiesta a la que en primer lugar no quería asistir.
—No quiero pasar así al frente de San Potter— escupe con un desprecio desganado.
—Puedes desaparecerte —sonrío.
Y él me mira despertando de nuevo de su borrachera, desahoga su desprecio en sus ojos, luego desata la desconfianza que comienza a rugir en su rostro gritándome que me aleje para finalmente soltar una melancolía, o extrañeza, o cansancio en su blanquecino rostro y desaparecer ―al igual que el escenario en el que me encuentro―.
Paso a encontrarme en la salida de mi oficina en el Ministerio de Magia rumbo a mi merecido almuerzo ―sin reparar, o tal vez ignorando, los cambios de escenario que se han producido― y sin más me topo con mi compañero de trabajo, Rolf Scamender. Siento un hormigueo en la punta de mi estómago y me da la leve impresión de ya haberme encontrado en esta situación más de una vez por lo que sin escuchar al botánico, leo desde el pozo de mi mente que me invitará a almorzar. En el momento en que lo hace, miro a Rolf y pienso que él es tan bueno en su trabajo que es imposible que lo sea con cualquier otra cosa, mucho menos una relación. Estoy con esta idea balanceándose en la punta de mi lengua cuando distingo mi nombre de entre el bullicio de Londres.
Busco la voz que me llama hasta encontrarla en la garganta del que siento que estoy encontrando en todas partes, Draco Malfoy, el cual se me acerca y me apresura a entrar al restaurante muggle abandonando a mi resignado colega. No puedo dejar de notar que el rubio lleva el ceño fruncido y me arrastra con una fuerza que probablemente no sabe estar ejecutando, por lo que en un parpadeo me encuentro, para mi sorpresa, cenando con el que tantas veces se burló de mí en Hogwarts como si fuese el mejor de mis amigos, pero lo más sorprendente es que este cambio no me asusta y parece que ni siquiera lo noto, como si en este mundo siempre hubiese sido así. Es por eso que incluso mis respuestas entusiastas y las pequeñas sonrisas que robo de los labios de Draco ―aunque él las intente disimular― me parecen una rutina.
Mientras transcurre el almuerzo, me doy cuenta de que Draco, de cierta forma, quiere hacer parecer que todo es un accidente, que ambos estamos allí juntos por extrañas coincidencias de las que no puede escapar y que de ningún modo nos reunimos en este lugar todos los días por lo que incluso intenta no mirarme pero, a pesar de ello, habla todo el tiempo y parece feliz de encontrar a alguien con la suficiente paciencia como para quedarse escuchando todas sus historias, aun siendo falsas la mayoría de ellas.
Y es en cierto momento, cuando gira sus rostro afilado en un ángulo que le permite verme de reojo y entreabre sus labios preguntándose si le presto atención en un gesto que olvida disimular, que una sospecha comienza a torturar mi materia gris, pero la guardo para más tarde porque hemos vaciado los platos y en un parpadeo me hallo en otro lugar.
Me sorprendo estando en mi casa, sentada en un sillón y aparentemente discutiendo con, de nuevo, Malfoy.
Me asusto. Antes creía que todo esto era un sueño, pero cuando me vi sentada frente a Draco en aquel establecimiento muggle sentí que verdaderamente lo estaba viviendo. ¿O será que lo he soñado en repetidas ocasiones? Porque es innegable que los escenarios en general me son familiares e incluso puedo encontrar en todo lo que me está sucediendo retazos que me saben a realidad. Además, la manera en que intervengo en el sueño… Muerdo mi labio inferior intentando reprimir las diversas teorías que atropellan mi mente pero no puedo dejar de pensar en una que suena totalmente lógica: desde que existe el Consejo de Magos se han detectado diversas anomalías dentro del propio gobierno que constituyen el tejido de una conspiración que, si bien aún no ha explotado, recientes eventos han venido mostrando la inminencia del gran golpe. Desapariciones, cambios inesperados en las normas del mundo mágico, atentados, destituciones, dineros desviados, sustitución de los guardias de Azkaban ―sin dejar muy claro dónde han quedado los anteriores―. El Ministerio, por supuesto, ha ignorado aquello como en su tiempo lo hizo con el advenimiento del Señor Oscuro con la diferencia de que no hay a quién denunciar porque ellos son a la vez juez y verdugo. Qué bien han sabido mover sus fichas, qué tontos hemos sido los magos y brujas al seguirles el juego, inocentes, alienados. Hemos sido ―y seguimos siendo― sus peones, fichas de ajedrez que se mueven bajo la orden de una voz que no es de nadie, pero nos rige a todos. Es que ahora que lo descubro nuestra estupidez parece ridícula. Una palabra susurrada por allí, luego aquel joven de rostro alegre no solo jamás se enlistó para auror, sino que jamás existió. Todo se conecta…obviamente fueron más discretos que Voldemort y han atacado de manera más inteligente, sistemática.
El beso del dementor, dicen que se roba tu alma y te deja en un estado vegetativo en donde no eres consciente de nada pero, ¿y si sí eres consciente? ¿Acaso puede imaginarse a un dementor desatando sus jugos gástricos para descomponer el alimento que se le da? ¿No es más razonable, o por lo menos posible, que el alma pueda circular dentro de estas criaturas como un fantasma que no pertenece a este mundo y al que, sin embargo, se encuentra atado? Siendo así tu mente podría seguir intacta, aunque en otro lugar, y podría manifestarse con estas visiones intentando "despertar" su cuerpo que se hallaría en lo que un nacido de muggles denominaría un "coma mágico".
Me concentro en lo que hago, tal vez lo que veo son solo juegos de mi cabeza, pero aun así podrían darme pistas de cómo volver.
— ¡…no existen! Hasta tú misma aceptaste que los pargles podrían ser una invención de El quisquilloso. Entonces, ¿por qué creer en las demás?
Es lo que alcanzo a rescatar del discurso de Draco. ¿Cuánto me habré perdido? Aun sin saberlo, puedo responder plenamente a su interrogante al ser el mismo que he escuchado toda mi vida.
— Hasta que no se descubran no podremos saber si verdaderamente existen o no. Mientras esto, su existencia es tan posible como la nuestra— sentencio, y solo alcanzo a vislumbrar una leve concesión en su agudo rostro cuando mi mente ya me está llevando a otro destino.
*La princesa de Aladino.
