Prólogo
Highlands, 1746
Hinata tenía nueve años el día en que casi mató al futuro jefe del clan Namikaze.
Estaba en lo alto de un robusto roble, comprobando la resistencia de cada rama para ver si aguantaba su peso, cuando lo divisó montado en su peludo pony. Acomodó la espalda en un bien usado hueco del tronco y observó a través de la cortina verde menta de las hojas, con el corazón casi detenido. Sí, era él. Era imposible confundir el majestuoso porte de Naruto Namikaze ni el mechón de pelo rubio que le caía sobre la frente. Llevaba una manta de tartan anaranjado con negro cruzada sobre su camisa color azafrán. El broche de plata en que estaba grabada la figura de un dragón, el blasón de los Namikaze, le atrajo la atención a sus hombros, que parecían ensancharse un poco más cada día. Su corta falda dejaba ver sus largas piernas bronceadas abrazadas a los flancos del pony.
Hinata apoyó el mentón en la mano y suspiró, contentándose con observarlo dirigir su pony por el sendero rocoso con una elegancia y pericia propia de un joven mayor de quince años, que eran los que él tenía. Aunque lo veía pasar por ese sendero todos los días, jamás se cansaba de mirarlo, jamás se cansaba de soñar con que algún día él miraría hacia arriba y la vería. -«¿Quién está ahí? », preguntaría, deteniendo a su pony. «¿Podría ser un ángel caído del cielo?» «Sólo soy yo, milord», respondería ella. «La hermosa lady Hinata». Entonces él enseñaría sus blancos diente en una tierna sonrisa, y ella descendería al suelo flotando (en sus sueños siempre tenía un bonito par de alas de gasa). Entonces, con una sola mano él la levantaría del suelo y la subiría a su pony, y cabalgarían por la aldea, ante las orgullosas sonrisas de su mamá y su papá, las caras boquiabiertas de los aldeanos, y las envidiosas miradas de sus dos hermanas mayores.
—¡Mirad! Ahí está Hinata, arriba de ese árbol. ¡Y luego dicen que los cerdos no vuelan!
Chillonas carcajadas sacaron a Hinata de su ensoñación. Miró hacia abajo, vio el círculo de niños riendo y empezó a erizársele la piel con un muy conocido miedo. Tal vez si no se daba por aludida de sus burlas, se marcharían.
—No sé para qué pierdes el tiempo ahí arriba, cuando todas las bellotas están en el suelo —gritó Toneri, el fornido hijo del herrero, palmoteándose la rodilla, muerto de risa.
—Ay, Toneri, calla —rió Fuka, la hermana de doce años de Hinata, cogiéndose de su brazo y agitando sus rizos castaño rojizos—. Si dejas en paz a esa pobre cría te dejaré robarme un beso después.
La hermana de once años, Shion, de cabellos más dorados que rojizos, se cogió del otro brazo de Toneri torciendo el morro coquetamente.
—Guárdate tus labios para ti, muchacha. Ya me ha prometido sus besos a mí.
—No os preocupéis, muchachas –dijo Toneri, apretándolas hasta hacerlas chillar—. Tengo besos para todas. Aunque me costaría más besos de los que tengo para bajar a esa hermana vuestra.
—¡Vete, Toneri y déjame en paz! —gritó Hinata, sin poder contenerse.
—¿Y qué harás si no me voy? ¿Tirarte sobre mí?
Todos se destornillaron de risa, aunque Fuka y Shion medio se taparon la boca para disimularla.
—Habéis oído a la dama, dejadla en paz -dijo una voz desconocida, por encima de las risas.
La voz de Naruto Namikaze era más suave y profunda de lo que había imaginado Hinata. ¡Y la llamó dama! Pero la maravilla ante eso dio pronto paso a la humillación, al comprender que él lo había oído todo. Mirando a través de las ramas, lo único que veía de su defensor era la coronilla de su cabeza y las brillantes puntas de sus botas.
Toneri se giró hacia el intruso.
—¿Y quién diablos eres tú para...?— La voz se le perdió en un graznido, se puso rojo, luego blanco, y fue a hincar una rodilla al pie del hijo de su jefe—. N-no s-sabía que era usted, m-milord —tartamudeó—·. P-perdóneme.
Naruto le cogió la camisa y lo puso de pie. Toneri era mucho más corpulento que Naruto, lo sobrepasaba en bastantes kilos, pero tuvo que estirar el cuello para mirarlo a los ojos.
—No soy tu señor todavía, pero lo seré algún día —le dijo Naruto—. Y debo advertirte que jamás olvido una injusticia hecha a uno de los míos.
Hinata se mordió el labio para que dejara de temblarle, sorprendida de que los insultos de los muchachos no la hicieran llorar y en cambio la amabilidad de él sí.
Toneri tragó saliva.
—Sí, milord. No olvidaré esa advertencia.
—Procura no olvidarla.
Aunque Toneri se llevó mansamente a los demás del claro, Hinata captó la mirada furiosa que dirigió a la copa del árbol, lo que significaba que después la haría pagar su humillación.
Enterró las melladas uñas en la corteza del árbol, comprendiendo que habían hecho exactamente lo que les había pedido; la habían dejado en paz.
Y sola con él.
Apoyó la mejilla en el tronco, rogando a Dios que la hiciera desaparecer dentro de él, como un tímido trasgo del bosque. Pero una flemática voz le aplastó la esperanza.
—Se marcharon. Ya puedes bajar.
Ella cerró los ojos, temiendo el desprecio que le oscurecería la cara si ella aceptaba su invitación.
—Estoy muy cómoda aquí—Dijo.
Él suspiró.
—No todos los días tengo el privilegio de rescatar a una doncella en apuros. Habría pensado que querrías darme las gracias.
—Gracias. ¿Ahora podría marcharse y dejarme sola?
Desafiarlo fue su primer error.
—No me iré. Ésta es mi tierra y por lo tanto ese árbol es mío. Si no bajas, subiré a por ti.
Puso la bota en el hueco más bajo del tronco y se cogió de una rama. Imaginándose con qué rapidez treparía él con esas largas y ágiles piernas, Hinata cometió su segundo error. Empezó a trepar más alto; pero en su prisa se olvidó de comprobar la firmeza de cada rama antes de poner su peso en ella. Se oyó un chillido, luego un crac, y empezó a descender como plomo. Su último pensamiento consciente fue: «Dios mío, que caiga de cabeza y me rompa el cuello». Pero nuevamente las débiles ramas la traicionaron, obstaculizando la caída.
Sólo alcanzó a ver por un instante misericordiosamente breve la horrorizada cara de Naruto antes de caer encima de él, arrojándolo de espaldas. Tardó un momento en recuperar el aliento. Cuando abrió los ojos, Naruto estaba tendido en el suelo debajo de ella, con la cara a sólo un centímetro de la de ella.
Tenía los ojos cerrados, y sus pestañas parecían pequeños abanicos oscuros sobre las curvas masculinas de sus mejillas bronceadas por el sol. Hinata estaba tan cerca que incluso le vio un asomo de la barba que muy pronto le oscurecería las mandíbulas.
—¿Milord? —susurró.
Él no se quejó ni se movió.
—¡Ay, Dios, lo he matado! —gimió ella.
Ojalá la caída la hubiera matado a ella también. Entonces los aldeanos los encontrarían a los dos ahí, el cuerpo de ella cubriéndolo protector, unidos en la muerte como no lo estarían jamás en vida. Sin poder resistirse al conmovedor patetismo de la imagen, hundió la cara en su esternón y ahogó un sollozo.
—¿Te has lastimado, muchacha?—oyó decir, en un tenue susurro.
Lentamente levantó la cabeza. Naruto tenía los ojos abiertos, pero no con la mirada fija de la muerte, como había temido. Eran unos ojos celestes, del color de zafiros destellando sobre un tesoro escondido.
Él le quitó suavemente una hoja del pelo, y ella se bajó de encima de él.
—Sólo me he lastimado el orgullo —le dijo—. ¿Y tú? ¿Te has hecho daño?
—Yo diría que no —repuso él, levantándose de un salto y limpiándose de hojas y polvo el trasero—. Tendría que caerme encima algo más que una niña para herirme.
¿Una niña? Hinata casi sintió que se le erizaban las trenzas.
Él se quitó una ramita del pelo, mirándola por debajo de ese rebelde mechón que le caía sobre la frente.
—Te he visto en el castillo, ¿verdad? Vives en la casa principal del pueblo. Eres la hija del administrador de mi padre.
—Una de las hijas —dijo ella secamente.
No quería que él llegara a sospechar que ella vivía para esos días en que su padre la llevaba al castillo cuando él iba a hacer su trabajo, simplemente porque entonces tenía la ocasión de verlo bajando la escalera o jugando al ajedrez con el jefe del clan, o acercándosele por detrás a su madre para darle un beso en la mejilla. Para ella, el castillo Hokage siempre había sido un castillo de ensueño, un lugar de encantamiento donde se podían hacer realidad incluso los deseos más extravagantes.
—Tienes una hermanita bebé, ¿verdad? Y otra en camino. He visto a tus dos hermanas mayores. Son unas frescas, ¿verdad? Siempre batiendo las pestañas y meneando las caderas que todavía no tienen.— Una sonrisa desconcertada le suavizó la cara al verle la túnica arrugada y las descoloridas calzas hasta la rodilla que había hurtado de la ropa para lavar de su padre—. Tú no eres como ellas, ¿verdad?
Hinata se cruzó de brazos.
—No. Yo soy gorda.
Él la miró de arriba abajo, en franca evaluación.
—Tienes un poco de carne extra en los huesos, pero eso no le sienta mal a una niña de tu edad.
¡Una niña! La fastidió más que la llamara niña que el que estuviera de acuerdo en que era gorda. ¿Cómo pudo ocurrírsele que amaba a ese muchacho arrogante? Vamos, lo odiaba. Se irguió en toda su estatura (de un metro veinte) .
—Supongo que porque vives en un grandioso castillo y montas un bonito pony te crees un hombre grande.
—Todavía tengo que crecer un poco más. Como tú. —Se enrolló una de sus trenzas negras azuladas en la mano para acercarla y le susurró—. Pero mi padre me considera lo bastante hombre para acompañar a nuestro castillo a un huésped muy estimado esta misma noche.
Hinata se soltó la trenza de su mano y se la echó atrás por encima del hombro, pensando aterrada que él le iba a pellizcar la nariz o darle una palmadita en la cabeza, como si ella fuera un cachorro baboso.
—¿Y quien será ese huésped?
Él se irguió, se cruzó de brazos y sonrió muy engreído.
—Ah, ese es un secreto que jamás le confiaría a una niñita.
Niño antipático, horrendo.
—Entonces será mejor que me vaya, ¿verdad? para que puedas atender a tus deberes de «hombre».
Echó a andar colina arriba, contentísima de que él se hubiera desconcertado por su abandono.
—Si quieres, puedo darte una pista —le gritó él.
Ella decidió no halagarlo con una respuesta. Se limitó a detenerse y esperó en pétreo silencio.
—¡Es un verdadero héroe! —exclamó Naruto—. Un príncipe entre los hombres.
Puesto que ella había pensado lo mismo de él sólo hacía unos minutos, no se impresionó demasiado. Reanudó la marcha.
—Si ese muchacho vuelve a molestarte, me lo harás saber, ¿verdad?
Hinata cerró los ojos para combatir una oleada de anhelo. Sólo hacía un rato lo habría dado todo por el privilegio de decir que él era su defensor. Pero recogiendo los trocitos rotos de su orgullo, se giró fríamente a mirarlo.
—¿Eso es una petición o una orden?
Al verlo ponerse en jarras, comprendió que había vuelto a cometer el error de desafiarlo.
—Considéralo una orden, muchacha. Después de todo, algún día seré tu amo y señor, como también de él.
Hinata levantó la nariz.
—Ahí es donde te equivocas, Naruto Namikaze, porque ningún hombre será jamás mi amo y señor.
Acto seguido, giró sobre sus talones y echó a andar hacia la aldea con paso firme, sin ver la sonrisa que se dibujó en la boca de él al decir en voz baja:
—Yo en tu lugar no estaría tan segura de eso, muchacha.
Continuará...
NOTAS: Como pudieron ver en ésta historia Hinata tiene problemas con los demás por ser gordita en su infancia. Pero cuando crece las cosas cambian, aunque ella obviamente se sigue viendo gorda.
La historia me pareció muy entretenida, espero que la disfruten y ya que ando con poca inspiración espero que pronto vuelva para seguir con las mías.
Actualizaré en cuanto pueda. Puede que sea diariamente o día por medio.
Espero la disfruten tanto como yo!
Nos leemos!!
