Colmillos afilándose


Prompt #8. Tear you apart. Tabla She gets revenge.


-El deber conyugal-


I want to hold you close

Soft breath, beating heart

As I whisper in your ear

I want to fucking tear you apart

She wants revenge


No hay felicitaciones especiales para las otras. Tal vez las mira a ambas, sonríe con suavidad. Puede que en el pasado, ellas hayan sido importantes. Puede que aún lo sean, en cierta forma. Pero no son para que él juegue o en todo caso, ya no. Los hombres como él se cansan rápido, aunque él ni siquiera sea un hombre y rápido, para los que son como él, sean siglos, probablemente.

Está más interesado en ella. En sujetarle el mentón a ella, descorrerle el maquillaje a ella, juguetear con sus pesadas cadenas de oro, abrirle los botones y lazos de sus cargados vestidos, llenar de helada saliva sus senos, rozando con sus gruesas agujas de colmillos la piel empalidecida de ella, hasta que ella no lo resiste y rompe a llorar, estremeciéndose bajo el cuerpo de él.

Sheila, ¿qué te sucede?

Él suena, desde luego, más divertido que preocupado pero acaricia sus mejillas, la obliga a mirarlo directamente.

—Yo…yo…

No puede decir la verdad. No quiero que hagas esto, no quiero que esto suceda, no puedo concebir un mundo en el cual lo disfruto. No es lo que él quiere escuchar. O en todo caso, no produce un escenario que a ella le convenga. Así que debe fingir. Algo para lo cual parece estar hecha, sin duda más que para esos actos que él la obliga a perpetrar.

—Yo…te he…echado de menos, esposo. Y temo…que te vayas…

—Oh…¡Sheila!

Él la besa de nuevo o más bien, la acorrala.

—Te has vuelto tan expresiva en tus sentimientos y tan sumisa a mis deseos, que te he traído un regalo.

"¡Horn! –se voltea él, hacia el linde de la puerta en el que las criadas resentidas esperan, con los colmillos particularmente afilados, y el rojo de las pupilas más encendido en odio que de costumbre, cuando solo son tres, dos contra una, burlándose y soñando. La mujer rubia asiente, como saliendo de una ensoñación y rebusca en los muebles, regresando hacia la cama con la espada dorada y plateada, de mango enjoyado.

Ella tensa los labios, intentando parecer entusiasmada cuando él toma entre manos el arma, sin sacarla de su funda pero incluyéndola en ese lecho (supuestamente matrimonial, que tiene más de tortuoso que de marital, de cualquier modo), intentando no mostrar el temor que le encoge las entrañas, más bien.

Mitsu, Mahiru, Guren, Yu, enumera para sus adentros, como si cualquiera de esos nombres pudiera salvarla, llevarla a otra parte.

—Si supieras todo lo que he vivido junto a esta fiel espada mía, estarías arrodillada, besarías sus piedras incrustadas en el oro e incluso el filo. La abrazarías con todo tu calor. Y me rogarías que te mostrara su poder.

Ella está a punto de obedecer lo que no es una orden siquiera. Pero esto es algo que han hecho antes. Una de esas escenas desvanecidas por terribles. Para él no deja de ser un juego. Y si ella quiere vivir (y debe vivir, para ir al cielo con Yu, por muy paradójico que pueda sonar), debe concederle su divertimiento, de ser posible anteponerse a sus intenciones como si las sombras de recuerdos fuesen gratas. Así que se tiende en la cama, con las rodillas separadas y mira al espejo mientras que él le levanta el vestido sobre el vientre y baja sus bragas.

(Blanco, rojo y cenizas de su cabello apagado, el café ágata de sus ojos que reflejan la preocupación, a pesar del maquillaje corrido que le da un aire de ansiedad por consumación.)

Es una pena que no sea uno de esos días del mes en los que sangra sin necesidad de que le hagan daño. Esos en los que él la mira con particular deleite y llama ramo de húmedas rosas rojas a lo que hay entre sus piernas, que ante su toque parece no obedecerla jamás a ella, que desearía no experimentar cosquilleos a la fuerza deliciosos, calor e intensidad contra la frialdad de los dedos y la lengua hambrienta de él.

Dichos días, además, son sumamente escasos. Sus nervios los corrompen, tal vez, o es que queda seca tras las visitas invasivas de él y las extracciones. Puedes drenarte de sangre como de lágrimas y de deseos de maternidad, evidentemente. Pero ella se aferra a la vaga idea de que sanará de alguna manera. Que alguien la buscará o que acaso ella encontrará a esa valiosa persona (Mitsu, Mika, Mika, Yu, Guren, Yu, Mahiru, Mika, Mahiru, no, Mika, sí…Mika…) y que volará de allí hacia un lugar en el que las cosas son diferentes y de todos modos asustan. Pero no duelen tanto, ¿no? Y no tiene que forzar una sonrisa mientras que acercan el metal a su humedad y presionan para que se introduzca en la carne, arrancándole jadeos animales, a la par de las gotas rojas que manchan las sábanas.

¿No es así? ¡¿No será así?! ¿No la liberarán?

Él hace ruidos extraños, como siseos conciliadores a un caballo mientras que entierra el mango adornado, cortante, frío, largo, en lo profundo de ella. Acaricia sus muslos, el vientre agitado por su respiración contenida entre los sollozos que ella trata de frenar, apretándose la boca.

Es suficiente desgarre interno, a juicio de él, indiscutiblemente. O acaso por piedad, es comprensivo, como un padre o el esposo amoroso que dice ser. Aparta la espada, húmeda en ella, en lo mejor y en lo peor, la sangre y la otra humedad que ella preferiría, fuese solo sangre, porque incluso eso es más digno.

Ella afloja el cuerpo, cierra los ojos, aunque él esté comenzando, más que terminando. Con la herida hecha y fluyendo, es como un ramo de húmedas rosas artesanales, bromea él, la elogia, besa sus muslos, va hacia arriba, bebe. Ella pierde la conciencia (bastante a propósito), bañada en sudor más frío que el cuerpo de él tras tanto contacto con el de ella, antes de que alguien más pueda notarlo.


Prompt #9. Save your soul. Tabla She gets revenge.


-La hermana mayor-


Save your soul before it's too late

'Cause nothing's gonna change my mind

And nothing's gonna change your ways

She wants revenge


Ella abre los ojos con brusquedad ante la mención de su nombre, que le devuelve el pulso aceleradamente. Clava la mirada en la dirección escandalosa de la cual vino la información, esperando captarla de nuevo. En la puerta hace nada cerrada está parada una joven de largos cabellos grisáceos, cargando varias bolsas de comida. Esos cabellos son más brillantes que los de ella (que están opacos, cómo no, por los rabiosos cuidados de las muchachas, por la comida y la falta de sol, de caricias que no duelan, de propósitos que afectan hasta el cuero cabelludo), igualmente largos hasta la cintura pero sueltos en la espontaneidad de un gesto de soberanía, más que de dejadez como en el caso de ella.

—Me voy solo un momento. ¡Solo un momento, unas horas, nada más! Vuelvo muchísimo antes de lo que debería, de lo que dije, además. ¿Y qué me encuentro?

Ella escucha un gemido tortuoso y vuelve a ver, ante sí, la imagen de la que formaba parte hasta hace unos momentos que podrían ser tanto minutos como horas. En un televisor, frente a ella, adentro de un mueble de madera pulida, con los monstruos moviéndose sobre un cuerpo que conoce bien porque le pertenece.

Crecido, sin embargo. No es el que tiene ahora, más joven, más suave. Solo un poco más inocente o acaso teñido de una corrupción menos brutal.

La otra vuelve a repetir su nombre pero es como si un bocinazo ahogara la voz segura y demandante del regaño.

—¿Qué te he dicho sobre ver obscenidades?

Los recuerdos vienen como recortes: incompletos, partidos, desgarrados. Esa escena ya la vivió antes y fue sublime en su esencia, sin duda. Pero es lejana.

—No mientras yo te cuide. Dañarás tu mente —explicó la muchacha, adolescente como ella misma en la realidad de la cinta, tomando el mando del televisor y apagando la pantalla en la que aparece su mundo anterior, su yo anterior. O acaso futuro—. Algún día harás todo lo que quieras con un buen muchacho que te respetará mucho. Ya me encargaré yo de encontrártelo si no tienes suerte. Así podré compartir un poco de mi felicidad infinita con ya-sabes-quién —le guiñó un ojo su hermana mayor (o no tanto pero es la creación de sentido de ese guión quemado tiempo atrás, que le llega en cenizas), poniendo a un lado el mando de la tele y retrocediendo para cerrar la puerta de un golpe, moviendo la cintura con una cadencia natural.

—No podrás cuidarme siempre —se atreve a decir ella, ejerciendo el hábito de una voz, dejando fluir sus pensamientos por la boca, sin miedo por primera vez en años. No es lo que quiso decir, sin embargo. Y no es lo dicho originalmente. Pero a ella se le escapa eso. No puedes cuidarme ahora, no logras cuidarme nunca. ¿Alguna vez fue tu intención siquiera? Es lo que desearía gritar, derrumbándose en el piso pero perdió el derecho y la costumbre a esa clase de palabras un largo tiempo atrás, tal vez antes de nacer, como ella misma o…Sheila.

Lo sé. Pero déjame pensar que puedo. Ese es mi propósito en la vida. Probablemente lo era desde antes de que me lo dieran —explica la chica, Mahiru, no puede llamarse de otro modo: Mahiru es explosiones en el cielo, amenazando la luna con su oscuridad, Mahiru es un perfume envolvente que sueltan flores venenosas durante la noche, Mahiru es una noción de poder que le cuesta imaginar en una instancia tan patética. Mahiru, la brujita, Mahiru, más linda que ella. Mahiru, la hermana mayor—. Me pongo triste al darme cuenta de que no te he servido adecuadamente. No te evité eso que has visto. Pero tampoco hay maneras de detenerlo. Hasta que no sepas tu nombre, no podrás recordar el mío. El contrato está congelado. Y esas sanguijuelas lo saben.

La muchacha va con las bolsas hasta la cocina, coloca sobre la mesa los alimentos que comienza a extraer del plástico y del papel: cebollas, tomates, hierbas para limpiar con agua. Desenvaina un cuchillo largo y grueso sin pestañear y sobre una tabla de madera empieza a picar ruidosamente.

—No esperaba que regresaras —admitió la más joven, poniéndose de pie para ayudarla pero clavando la mirada en las verduras como si estas pudieran darle más respuestas.

—Si, yo tampoco. Pero tenía que ver por última vez a mi hermana menor. Sobre todo para mostrarle que soy mucho más elegante que una vampira lesbiana y putona que ni sabe maquillarse, con lo que lleva muerta —comentó, rabiosa, mordiéndose los labios y haciendo un gesto de ira.

—Esto no es real, ¿cierto?

Le duele el estómago de imaginarlo aunque jamás hubiera esperado que algo que la aliviara tanto pudiera ser efectivo.

Pasó una vez. No tan así. Pero casi así —admitió Mahiru, sacándose el cabello de los ojos, evitando mirarla—. Ve decidiendo qué quieres comer hoy. Puede ser pasta tipo italiana, arroz salteado con vegetales o carne humana. ¿A qué te has acostumbrado últimamente?

—Yo…

—No. Necesito que recuerdes tu nombre. Yo lo dije cuando llegué pero eso no pudiste escucharlo. Está bloqueado.

Ella quiere romper a llorar pero sabe que eso desencadena bofetadas. Se queda mirando a Mahiru como si fuese su última fuente de agua en el desierto. Seca.

—No has practicado los kanjis que te dejé, ¿eh? Entre ellos estaba tu nombre.

Hay páginas en blanco frente al televisor, en el sofá. Vergüenza.

—No importa, igual también lo hubieran filtrado, aunque por una vez me escucharas.

"¿Sabes lo que más me indigna? —le increpó, lamiéndose los labios y clavando el cuchillo en la tabla de madera—. Me tomé muchas molestias para que estuvieras segura y bien. Llega este hijo de puta, más viejo y menos inteligente que el peor en nuestra familia y te convierte en su putita de clóset. Anda haciéndote porquerías de todo tipo y yo lo contemplo desde cada ángulo hasta que no puedo más. Entonces te abro esta puerta y corro a buscarte, sola, destituida, tan violada como tú.

"No puedo encargarme de él. No tan rápido, por lo menos. Tampoco sin comprometerte.

Mahiru cortó hábilmente los vegetales, puso una sartén en el fuego con aceite y pronto se llenó el ambiente con aroma a comida preparada. Algo que no se apreciaba desde su última visita, semanas antes. En el recuerdo.

Lo mejor sería tu nombre y luego el mío pero si no lo consigues…nuestra familia me es repugnante. Pero yo creo en lo que dicen sobre el honor que no tienen. Es mejor morir que comprometerlo…y por mí misma sé que es preferible fallecer intentando escapar que pasar el resto de tu vida sufriendo, oprimida, porque se fuercen sobre ti todas las elecciones que otros hicieron por tu persona, pensándote demasiado tonta y débil mientras que te dicen todo lo contrario.

Su reflexión fue contundente. Ella miró a Mahiru admirada hasta que un olor a quemado le llenó las fosas nasales.

—¡Oh, no! ¡Es la primera vez que algo así me pasa! –exclamó su hermana mayor, sacando la sartén del fuego, con aire preocupado. Los vegetales se habían reducido a un montón negro, pegado a la superficie metálica. El labio inferior de Mahiru tembló y ella repitió su nombre para señalarle que el agua caliente sobre la hornalla eléctrica también rebalsaba.

Irritada, la adolescente apagó cada intento de plato devenido en accidente y suspiró con pesadez. Parecía tener cientos de años bajo el disfraz.

—Suficiente. Saldremos a cenar. Shinya nos invita con su tarjeta —anunció, volteándose con los brazos cruzados y un aire de atractiva complicidad—. ¿Te acuerdas de Shinya, cierto? En una época yo me olvidaba de él más seguido que tú.

Ella asintió, no muy segura, mientras que Mahiru le tomaba las manos, rompiendo el contacto solo para sacarse el delantal de cocina por la cabeza.

(Tigres blancos, calidez, oscuridad, sonrisas quebradas como las propias, más allá de los muñecos. No, pero .)

—Saldremos hoy. Escaparemos, ¿me entiendes?

Ella volvió a asentir, mirando sobre su hombro, apretando la mano de la chica. Frente a la puerta le nació voltearse hacia el televisor, al escuchar un jadeo. Allí, en la pantalla, continuaban los vampiros, preguntándose si la protagonista de la cinta seguía viva; intentando reanimarla, pinchaban su piel, ponderaban el usar agua fría o morderla más, incluso.


Prompt #10. All wound up. Tabla She gets revenge.


-La oportunidad-


I can't believe you're standing here

If he knew he would probably die

Even if you never told a soul

Girl, you know it doesn't make it right

She wants revenge


Han vuelto a darle las drogas pero el haber regresado a la dudosa por terrible vigilia no amedrentó sus planes tramados durante el sueño revelador.

Ella mantiene los ojos cerrados, se deja inyectar y toma las amargas píldoras, los jarabes excesivamente dulces, las gotas vomitivas, sin torcer los labios como si fueran delicadezas finas, iguales a las que las mujeres le ofrecen en recompensa (obligadas ante las órdenes de su Amo) por su buen comportamiento.

Y está cansada. Pero no tanto como aparenta. Ha descubierto que eso aliviana los cuidados, seguimientos, cautelas. Horn y Chess son torpes. Solo hay que darles margen para que tropiecen entre sí o con la situación en sí misma.

—Se durmió de repente.

—El Amo Crowley estaba tan alterado por su desvanecimiento que iba a faltar a su junta con Ferid Báthory para quedarse con ella, ¿puedes creerlo?

—A estas alturas creo cualquier cosa, Horn.

—No creí que viviríamos tanto. ¿No fue él quien nos habló primero de los peligros de los humanos, de lo terribles que eran y de cómo era indispensable no darles cabida alguna?

—De eso hace siglos, Horn. Los vampiros nos cansamos de las posturas. No es como si él fuera a tener la misma un milenio.

—¿Y por qué no, si es una buena? A ti no te gusta el sol, como a mí. A ningún vampiro que se precie de serlo. Maldito sea. Pero aquí estamos, cepillándole el cabello en plena tarde a esta pequeña puta para enseñarle al Amo Crowley cuánto lo amamos, consideramos y extrañamos...

Tironean demasiado de sus hebras pero ella procura no llorar ni quejarse. Después de lo de anoche, no es tan complicado. Al cerrar los ojos, hace cálculos sobre sus expectativas.

—Se queja tanto del señor Crowley. Llora y quiere apartarlo, como si no nos diéramos cuenta. Y él lo soporta, hasta cuando ella se arranca sus joyas…como si no le gustaran sus caricias ni se retorciera de gozo al ser mordida. Probablemente solo le falta la plenitud de beber la sangre del Amo Crowley, Dios no lo quiera.

Eso le llega ya casi de lejos, con los cabellos en los que anidaban capullos de mariposas, cayendo sueltos a unos lados, para disponer de ellos mejor.

—¿Has visto su vestido nuevo?

—¿Otro? Creo que aún no.

—Lo mandó a diseñar. Ella lleva menos de un año aquí y parece que todos los días en que la ve fueran…una ocasión especial. Hay que colmarte de regalos, como a nuestro Salvador porque naciste el mismo día que Él y tú sí que existes. ¡Asco! Tiene más joyas que tú y yo juntas. Más vestidos también y mira este, el que quiere que use hoy…

…no puede evitar entreabrir los ojos. ¿Será la prenda que ha visto en un maniquí hace nada? Si, seguramente debe serlo. Solo llevan a ese cuarto lo que será de ella. Ya ha aprendido a no prestar atención. Nada de lo que le ponen parece adecuado y es incómodo. Demasiado abierto, pesado, frío, sobrecargado. Colores furiosos a tono con el maquillaje fuerte.

—Oh, le pedí uno así hace tiempo. Pero él insistió con que era tirar el dinero en vanidad.

—¡Exacto! ¿Y no fuimos nosotras las que cuidamos su fortuna, siguiendo sus consejos de no derrochar?

—Hasta buscamos contadores humanos.

—¡Yo tuve que convertir a un par de malandras, que es casi prostitución! Y todo para que esta pequeña vaca tenga mi oro alrededor de su cuello y se cubra con sedas y terciopelos.

—…si me lo preguntas, Horn, esta ropa es más adecuada para una vampira. Nuestros cuerpos ya no cambian. Si ella engorda, se le va a romper el talle.

—Teniendo en cuenta cómo va de ajustado el corsé, también si respira.

—Es más efectivo que una cadena. ¿A dónde va a ir con esto puesto? Se le perforarían los pulmones si corriera.

—…por eso mismo.

—Oh…¿la lleva a alguna parte?

—¡A la ópera!

—Horn, yo quiero ir al teatro desde hace tanto. No hemos tenido nada de tiempo para divertirnos desde que empezó la guerra y terminó el mundo de los humanos.

—Pues a ella sí que la va a llevar. Y nosotras aquí, para limpiar su orinal y prepararle la cama para cuando vuelva.

Chess tiene un ataque de llanto histérico como la caracteriza y se arroja al suelo, para vivirlo como de costumbre, entre pataletas. La otra, Horn, sacude los hombros de ella (no Sheila), le clava la mirada furiosa y le arranca el chal que la protegía del frío, obligándola a ponerse de pie.

Empieza el ritual que se da varias veces al día. No puede exigir el derecho de que la dejen vestirse. Eso podría devenir en que ella planeara algo contra ellas, contra él, contra toda su raza en sí. O contra sí misma, que sería como planear contra él, ya que la vida de ella es su capricho.

La desvisten. La otra vampira deja su berrinche especialmente para ello, ante la oportunidad de olisquear las heridas todavía frescas.

Es posible que ellas dos conozcan el cuerpo de ella mejor que ella misma. Pues solo lo ha visto desde espejos que están lejos de sí misma, mientras que su piel se convierte en el campo de una batalla perdida.

Horn es brusca. Le arranca la ropa interior y las medias como si quisiera hacerle jirones los órganos. Chess, por otro lado, la observa con un hilo de saliva que baja por su boca, igual que si ella fuese un bocadillo.

—¿Crees que él lo notaría si yo…?

—¡Si! Ni lo pienses. Te echará a la calle en pleno día de sol.

—¡Ufgh! Qué aburrido es ser una maldita mucama.

—Y que lo digas.

Ella mantiene los ojos cerrados, la respiración pausada y profunda, ajena a las protestas de ellas, a sus caricias bruscas, al pesado vestido, las joyas brillantes que cubren sus dedos, el oro y la plata relucientes en su cuello, las hebillas con perlas en su cabello. Apenas hace alguna que otra mueca cuando ellas fingen realizar mal su trabajo para arrancarle sangre o simplemente humillarla.

(Chess le da un golpe en el pubis con las uñas afiladas al subirle el portaligas, Horn le clava accidentalmente el prendedor en la redondez de un seno, empapándose los dedos con rojo que luego ofrece a Chess con una sonrisa maternal.)

Cuando vuelve a abrir los ojos, frente a uno de los espejos, le cuesta reconocerse. A las propias sirvientas les pasa lo mismo.

—Dios. Imagina que lo bien que me quedaría ese vestido.

—O a mí.

—A cualquier vampira.

—Es una tontería. Todos saben quién es ella. Y olerán su…

—No. Mira, me dijo que arrojara este perfume sobre su cuello y piel descubierta.

—¡Es intenso!

Ella cierra los ojos de nuevo para permitirles esas dádivas con su cuerpo. Se estremece por el contacto con el líquido frío, también por el cosquilleo de la esencia en sus fosas nasales.

—…bueno, con algo de maquillaje, casi no podría saberse.

—Si no la conocieran, en efecto. Es la comidilla de toda la Capital.

—Mientras mantenga la boca cerrada y no sonría mucho…

—¿Como de costumbre?

—Supongo. Pero, ¿crees que no los dejen entrar?

—Es nuestro amo, Crowley Eusford, Chess. Claro que lo dejarán. Pero tal vez escuche uno que otro comentario.

—¿Y si fuera muy ácido?

—Nuestro amo desenvainaría su espada y se batiría a duelo.

—¿Y si…cobrara el peso de su ofensa?

—No hay nadie más fuerte que él. Pero si se unieran y lo lastimaran…pues nos enfrentaríamos contra la casa del atacante y su descendencia.

—Cuando no me aburra, tendré miedo. Qué noche nos espera, Horn, qué noche.

Horn hace una mueca de resignación y toman el maquillaje, las pinturas, los labiales y las sombras oscuras, rojas, verdes, púrpuras, para trazar un patrón de furia en el rostro de ella. Al terminar, le faltarían los colmillos para ser una más, la tercera parte del juego.

(Sus colmillos que no están, afilándose.)

—Estoy exhausta.

—Iba a rogarle que nos dejara ir pero como en el cuento de Cenicienta, levantar las cenizas me ha dejado exhausta.

—¿Crees que podría conseguir boletos?

—Es su palco privado, Chess, ¿cómo podría no hacerlo?

—¿Y no nos ha invitado?

—¡No empecemos de nuevo! Me duele la cabeza.

—Malditos sueños cambiados…

—Por ella…

—Además…

Ella mantiene los ojos cerrados, como una muñeca. Apenas respira. Las dos vampiras siguen protestando, se tiran en un diván, abrazadas, consolándose, pronto una sobre la otra, llorando sus destinos.

Espera. Ya casi.

De pura envidia la imitan, cerrando los ojos, inconformes. No respiran pesado, claro. No respiran siquiera. Pero en seguida se quedan tan quietas y calladas, que ella sabe que son presas del sueño.

Es el momento y no otro. Tal vez no se repita. Y ni tiempo hay de cambiarse las prendas o tomar algo, lo que sea. Aparte de valor.

(Ella solía ser muy valiente, ¿no? Ella solía estar armada y ser gallarda, mucho tiempo atrás, ¿no? No debería ser tan difícil pero tiembla antes de cruzar el umbral hacia el jardín.)


Prompt #11. Take the world. Tabla She gets revenge.


-El escape-


Your pulse it races with mine and I swear that there's no other girl

Your body shakes, it's like tonight we can take the world

Your pulse it races with mine and I swear we can take the world

She wants revenge


Un paso, dos pasos, tres pasos. El pequeño jardín que estuvo plantando podrá hacerle reproches. ¿Cuidarán de él en su ausencia? Las flores nocturnas devorarán las azaleas y rosas que pidió, sin duda. Pero ella tiene que pensar en sí misma, no en el mundo de cosas frágiles y casi completamente falsas que está dejando.

—¿Sheila?

Chess se restriega los ojos. No puede verla pero se asoma, estremeciéndose. Aún es de día.

—¡Horn, dejaste la puerta abierta! ¡Se ha escapado! ¡¿Qué hacemos?! ¿Deberíamos llamar al Amo?

Horn Skuld aparece detrás de ella, igualmente cansada, suspirando. Puede verlas desde su lugar, se esconde, aguantando el llanto de terror, detrás de unos fragantes arbustos de ruda y mirra.

—Por Dios, Chess, estás gritando. ¿Qué merece la pena?

—¡Sheila se fue! El señor Crowley vendrá a buscarla y no la encontrará.

Horn Skuld jadea y sonríe. Rodea la cintura de Chess Belle con un abrazo lleno de un ritmo secreto que habla de su despreocupación.

—¿Y?

—Horn, hoy han doblado la vigilancia por el peligro del Serafín. Imagina que anda por la calle y que algún neonato hambriento se la lleva por delante…o un guardia. Han puesto a esos chicos nuevos que no saben nada. La van a matar. Ni que decirlo si la encuentran otros humanos…

Chess mira a Horn con algo que brilla en su interior: la comprensión. Ambas guardan silencio un instante y rompen a reír, estruendosamente.

—¿Cuándo fue la última vez que nos tomamos un buen Bloody Mary?

—Creo que gobernaba la Vaca Victoria en Inglaterra, ahora que lo mencionas.

Las dos muchachas desaparecen en el interior oscuro de la mansión, cerrando la puerta con brutal indiferencia. Ella puede suspirar de alivio, reanudando su marcha.

Entonces corre y es absurdo porque esos tacones de aguja están hechos para lucir sus piernas, hacerla parecer más alta y acaso elegante cuando vaya del brazo de un hombre que la supera actualmente en fuerza. Son, o sea, más una invitación a caerse que otra cosa pero ella trata de ir rápido, levantándose los pliegues del vestido para no enredarse, hasta que los pulmones le queman de tanto respirar agitada contra el corsé que le aprisiona las costillas. Y solo ha bajado algunas escaleras.

Hacia la oscuridad, el centro de la ciudad, para después salir por la puerta principal. Podría acaso rogar, negociar con su sangre (lo cual es prostitución, si funciona, pero no funcionará y seguramente la maten o cuando menos, lo intenten. Si él no pudo, ¿otros sí podrán?), tratar de asesinar hasta que la asesinen o condenen a muerte, a una celda oscura en la que ya no la ultrajen con esos juegos que la confunden y aterrorizan, como si no tuviera suficiente con esa memoria desgarrada y esa inseguridad que le hace plantearse si volver con ellos o no.

Pero no. No.

Calma, calma. Sería la voz de su corazón si pudiera hablar. Derramaría sobre sus hombros temblorosos palabras convincentes. Se mentiría a sí misma con tanta destreza que creería sus propios embustes.

¿No lo hizo una vez?

De la terraza y el jardín bajo el sol no puede escapar, por eso va a la ciudad, por las calles desiertas porque ya ni en las ciudades humanas se ve tanta gente y menos todavía en las vampíricas, donde dicha gente es ganado (o trofeos crueles, como ella, que ya no cree ni por asomo que pueda ser como ellos, más que potencialmente) y quienes la consumen son uno por cada diez o veinte que no pueden unirse y destruirlos, por miedo, respeto o puro síndrome de Estocolmo, que es lo que la lleva a ella a plantearse numerosas veces si es un error el escape.

(No lo es, no lo es, así como no lo es el golpeteo en su pecho que marca, aceleradamente, su respiración.)

Las calles son empinadas. La luz del atardecer se cuela desde una lejanía de rampas y vidrios oscurecidos. Ella escucha el agua que corre bajo la ciudad subterránea, siente las miradas de los guardias, también de los humanos que la observan de reojo, con timidez.

(Una noble. Parece una vampira noble. Con el perfume, tal vez…)

Ella piensa que nunca ha tenido tanta lucidez con sus pensamientos. Es como si hubiera podido unir por una única vez todo lo que necesita saber del patrón completo, inasible hasta la fecha. Pero ese mero retazo de certezas es suficiente para mantenerla encaminada en su desesperación.

Mantén el mentón alzado, camina derecha. Que no parezca que huyes, sino que te apresuras para llegar antes a donde sea.

(¿Es su voz? ¿Su propia voz? Qué débil y amada es.)

Las puertas de la ciudad están próximas. Lo sabe. Ha huido antes, tal vez. O le han contado sobre una huida.

Está cerca, más cerca. No hay tanta gente, vampiros, ganado, lo que sea, como esperaba. Y luego de que aprende cómo fingir más, ya casi no la miran. Debe haber algo más en sus mentes. Algo más preocupante que una vampira con cara de puta, corriendo por las calles húmedas y oscuras de una ciudad llena de amenazas.

Ya casi, ya casi. A punto de desmayarse: mareo por los fármacos, zumbidos en sus oídos, dolor en los pies por los tacones, las costillas apretadas por el corsé.

— ¡¿Dónde crees que vas, vaca?! –otra voz que no conoce pero que es demasiado parecida a las que ha tenido el (dis)gusto de memorizar en su vida cotidiana.

Tenazas no, manos fugaces que se cierran en sus brazos, rompiendo sus vasos sanguíneos, a una mínima de quebrarle los huesos, sin que ella pueda hacer más que abandonarse mientras que la empujan al suelo y le clavan los dientes, abriéndole el vestido para tener mejor acceso al calor de su cuerpo.

Tiempo atrás casi termina así y se deja ir a ello sollozando esperanzada, retorciéndose como la criatura emocionada en la que han terminado por convertirla.


Prompt #12. Someone must get hurt. Tabla She gets revenge.


- La ofensa -


Please don't touch me, I've come too far to let you bring me down

He's thinks that I'm easy but try as you might you can't have me now

These tedious dances we run through but I've memorized them now

I quietly melt down and consent to you if only just to bawl

She wants revenge.


Voces, movimientos bruscos, luz y sombras. Un juego de dejarse caer, escuchando los rasgones de la seda del vestido abriéndose ante la violencia de unas manos pequeñas, como de mujer, enguantadas, igual que las de los militares que tanto mejor conocería si recordara más.

(La memoria se quiebra muy fácil y la suya está completamente abusada.)

El suelo frío como la piel de él, de ellos, bajo la tela de esos uniformes que son siempre tan iguales, como queriendo contrastar con otros en los que duele pensar. El desconocido no es del todo así. Pero ella se entrega fácilmente a la posibilidad de un final para sus penurias. Al menos, este otro hombre que no es tal cosa, tal vez le otorgue el don de la muerte. Su llanto se congela cuando le sube los jirones de vestido, apretándose contra ella, probando las humedades de sus pasiones: el tenor de sus lágrimas calientes, la hendidura entre sus piernas que ya no conocerá el parto, los pechos alguna vez tan vírgenes como el resto de su artesanía, ahora arruinados por Guren (Crowley) para siempre.

—¡Detente! Aléjate de ella.

Luz sobre las sombras. Rojo. De ella. Esa voz hecha de campanadas a medianoche.

(Vale la pena parpadear varias veces hasta que es una vista casi nítida en su lejanía ajena.)

El dolor se mueve. El de su cuello. La boca pegada a su yugular la deja, con un rastro carmesí que le mancha los ojos y las mejillas.

—¿Qué te importa, Mika? Está en los límites de la ciudad, es ganado, lárgate, lo tenemos permitido.

Suena agudo pero perezoso. Busca volver a hundirse en ella, finiquitarla. Ella escucha a alguien llorar. Una mujer, mientras que la lluvia cae. Tarda en darse cuenta de que el llanto y el gemido son suyos. Que la humedad es la de sus lágrimas. Que el sol es el cabello de Mitsu, Mika.

Mitsu es un sol de días festivos, vacaciones, una escapada al mar. Mika tiene los rayos lechosos de una mañana lluviosa, ideal para quedarse en la cama con alguna excusa.

Mitsu era vengativa. Hubiera usado…¿Qué? Algo filoso, algo azul o verde, algo prestado (heredado) y algo ahora perdido pero nada nuevo. Mika, por otro lado, Mika también dorado y resplandeciente, con más olor a cobre rojo y cenizas.

—¡Me apuñalaste, Mika, joder!

El otro la suelta y ella se siente aún muerta, casi libre pero no por la salida deseada, sino por la otra, la mentada y fracasada para su calma, merecedora de esa escena perdida.

—¡No me hagas repetirlo, Lacus! Déjala.

—Esta vez tengo que adherir.

Tres manchas descoloridas frente a ella, observándola con rostros difíciles de situar. Una se pone de pie observando a las otras con furia contagiosa.

—¡René, de qué hablas!

—Mírala, Lacus. ¿Qué ves?

Un momento. En el que él deja de apretarse las heridas y la observa con total desdén. Siente las líneas de su cara tensarse con desprecio.

Ganado, te digo. Huele raro pero eso es lo que es. ¿Mika te pegó su romanticismo, René? ¿Desde cuándo?

Los dos restantes, Mika entre ellos, a quien ella reconoce hasta con los ojos cerrados, la miran brevemente. No puede adivinar lo que pasa por sus cabezas.

—¿Has visto mucho ganado últimamente con ropa de diseñador?

El asesino vuelve a mirarla. Ahora es con una curiosidad que duele. No piensa en ella al evaluar, cotejar y sopesar. Está recordando a alguien más.

—Ahora que lo mencionas…

—Es la vaca sagrada de Crowley Eusford.

Ella querría llamar al asesino, pedirle que termine. Alarga el brazo manchado con rojo hacia él.

(Un charco crece a un lado de ella. Sentiría algo de alivio si no fuese una imagen conocida. El fluir se detiene tarde o temprano y cuando ella piensa que por fin es el fin, hay oscuridad y un nuevo recuento de minutos, horas, días crueles. No.)

Sin embargo, Mika es lo otro. Es una esperanza más absurda pero bella. Es por Mika que se acuerda, con vergüenza, que está casi desnuda, con las piernas abiertas. En la bruma de la pérdida de sangre, él se saca la capa del uniforme y la arroja, pesada, sobre su cuerpo ajeno, que comienza a volverse frío.

—¡¿Qué vamos a hacer?! ¡Ella ni siquiera sabe bien! ¡Está horrible, como uno de esos drogadictos de la calle! ¡Por eso no la reconocí! Parece que un tren la hubiera arrollado.

—Si, el expreso Eusford. Y nosotros no haremos nada, Lacus. —apunta uno de ellos, aún más femenino que el atacante, si bien los tres tienen figuras delgadas y delicadas—. vas a devolverle su juguete mordido a un Progenitor. Un placer haberte conocido.

—¡René, no puedes decirlo en serio! ¡Somos amigos, casi hermanos, hijo de puta!

—Después dices que Mika suena como un jodido humano.

—¡Es distinto! Nos debemos más respeto y camaradería que ellos…

—Cuando tú necesitas algo es así. La última vez que tuve que regenerarme te pedí tu ración y la mezquinaste.

—¡Estaba muy hambriento y herido también!

Es casi una conversación entre dos. Mika la quema con su juicio silencioso y ella acaba por cerrar los ojos, decidiendo que de todos modos Mika y ella son los únicos que existen y que la vida no se le escapa aunque así desearía que fuera. Junta sus fuerzas. Puede necesitarlas. Ojalá las necesite. Esto es un guiño de los dioses, un regalo incluso de Mahiru desde lo profundo del Infierno que se conecta con el corazón de Crowley, Guren, quien sea.

Como sea.

No puede desperdiciarse.

No debe. No hay más alternativas.

—¡Ella quería morir! ¡Y que yo la mordiera! La toqué allá abajo y se retorció con gozo.

—Basta de vulgaridad, Lacus Welt, o me enfadaré.

—¡Mika! ¡Mi hermano! ¿No te he dejado en paz como prometí? Y nos abandonaste por casi un año, cuando trajeron a esta bruja a vivir aquí. No faltan quienes dicen que es la causa de nuestras desgracias. Si nos encargáramos de ella…

—Mika y yo no haremos nada. La responsabilidad es tuya.

—…de hecho, ya no podemos escaparnos de esto. Como mínimo hay que escoltar a Lacus.

¿Eso es para ganar tiempo? Dulce Mika, amado Yu. Ella entreabre los ojos, busca los de él, que ahora la evitan, también lejanos como el calor.

Maldición. Nuestro turno ya casi terminaba.

—¿Crees que Crowley Eusford me disculpe? Es decir, no hay ofensa. Ella me buscó, esa prostituta quería que yo la mordiera, me pidió que acabara con su sufrimiento, incluso quiso negociar con cosas obscenas aunque yo solo la iba a matar, obviamente. Él entenderá, ¿no?

—Si, seguro que te dará la razón y luego les arrancará la cabeza a ambos. Como dije, un placer conocerte.

—¡No hay tiempo para tus bromas turbias, René! ¡Tienen que ayudarme! …podemos tomarla y…

—Nada de eso. Conociendo a Crowley, se aparecerá de un momento a otro con su sonrisa de lo sé todo y el que intente engañarlo terminará con agujeros en todos lados.

—¡Mierda! No voy a morir por comida que ni estaba en buen estado…

—Haberlo pensado antes.

Mika se mantiene firme entre los dos. Lacus, el asesino, se torna hacia él, finalmente, sujetándolo con fuerza en su desesperación. Negocia como un humano.

—¡Tú la conoces! ¿O no? Esa vez…con el ganado de la armada humana, ¿no? Hasta…te fuiste con uno de ellos y luego no supimos de ti…

—Solo a mi hermano, Yu. Me lo llevé de allí. Nuestra Reina ya dio informe de ello cuando me reintegraron.

—¡Es agua pasada, lo sé, lo acepto, a nadie le importa, Mika! Solo por esta vez…llévala con Crowley. ¿Qué puede pasar? ¡Dile que la encontraste así! Solo mírala, toda drogada y desvanecida. No recordará nada, ni nuestros nombres.

—Crowley es un Progenitor, Lacus. Podría olerla y seguir tu rastro hasta saber que fueron tus dientes los que la mordieron. Solo conseguirás que castiguen a Mika también.

—¡Cállate, René, estoy hablando con él!

—Vas a meternos en problemas a los tres. Acepta tu culpa. Ya viviste bastante, ¿no? Doscientos años en época de guerra es suficiente como para madurar un poco.

Jódete. No dirías eso si fueran a cortarte la cabeza por una probadita a una prostituta adicta.

—No suelo beberme prostitutas adictas. Soy cuidadoso con lo que me como.

—La llevaré —anuncia Mika de repente, interrumpiendo lo que sin duda iba a terminar con Lacus, el asesino, entrándose a sobrenaturales golpes con René, el cínico.

Las lágrimas le corren por las mejillas a ella. Pierde la consciencia casi feliz, como a punto de llegar a algún lugar que podría, trabajosamente pero de alguna manera, llamarse casa.