El gato con botas.


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Editado por: Mara S.


Estaba la familia Cullen sentada en la sala, esperando a Alice. Hoy era sábado, ya había pasado tres días desde que Alice dio la idea de los cuentos.

Estos tres días estuvo leyendo parios cuentos, para hacerse una idea de lo que contaría, aunque claro, ya tenía una idea de lo que iba a contar.

Aller Bella y Edward tuvieron un día completamente solos, mientras sin los demás, sin ninguna queja, cuidaban a una traviesa Renesmee.

Ante eso, Alice ya tenía la idea de lo que iba a contar. Asique bajo rápidamente las escaleras y se sentó en un sillón individual. Bella, Edward, Jacob y Nessie estaban a su derecha. Jasper, Emmett y Rosalie a su izquierda. Mientras que su padres, Esme y Carlisle, en frente.

-Bueno, en esto días me decidí que cuento contar…

-¿Cuál será Alice?- Le pregunto Esme, curiosa.

-El gato con botas…- Emmett la interrumpió antes que pudiera seguir.

-¿El gato con botas? Jajaja, ya quiero saber quién de nosotros será el gato.

-Nadie.- Dijo Alice molesta ante la interrupción.- El gato no va ser nadie, pero los demás personajes si… Asique comencemos…


…Erase una vez un molinero que se llamaba Carlisle Cullen, estaba casado con Esme Platt. Ellos tenían tres hijos, un molino, un asno y un gato. Los hijos tenían que moler, el asno tenía que llevar el grano y acarrear la harina y el gato tenía que cazar ratones.

Todos vivían contentos, pero cuanto Carlisle y Esme murieron, los tres hijos…


-Alto, alto. ¡¿Mataste a Esme y Carlisle? Hay Alice, tienes que dejar de pasar tanto tiempo con Jasper.- Dijo Emmett riendo a carcajadas.

-¡Emmett! No me interrumpas.- Dijo Alice molesta.- Ahora, ¿Dónde me quede? Así…


Cuando el molinero y su esposa murieron, los tres hijos se repartieron la herencia.

El mayor, llamado Emmett Cullen; heredó el molino. El segundo, Jasper Cullen; el asno y el tercero; Edward Cullen; el gato, pues era lo único que quedaba.

Edward se puso muy triste y se dijo a sí mismo:

—Yo soy el que ha salido peor parado. Emmett mayor puede moler y Jasper puede montar en su asno, pero ¿qué voy a hacer yo con el gato? Si me hago un par de guantes con su piel, ya no me quedará nada.

—Escucha —empezó a decir el gato, que lo había entendido todo—, no debes matarme sólo por sacar de mi piel un par de guantes malos. Encarga que me hagan un par de botas para que pueda salir a que la gente me vea, y pronto obtendrás ayuda.

El hijo del molinero se asombró de que el gato hablara de aquella manera, pero como justo en ese momento pasaba por allí el zapatero, lo llamó y le dijo que entrara y le tomara medidas al gato para confeccionarle un par de botas. Cuando estuvieron listas el gato se las calzó, tomó un saco y llenó el fondo de grano, pero en la boca le puso una cuerda para poder cerrarlo, y luego se lo echó a la espalda y salió por la puerta andando sobre dos patas como si fuera una persona.

Por aquellos tiempos reinaba en el país un rey, Charlie Swan; al que le gustaba mucho comer perdices, pero había tal miseria que era imposible conseguir ninguna. El bosque entero estaba lleno de ellas, pero eran tan huidizas que ningún cazador podía capturarlas. Eso lo sabía el gato y se propuso que él haría mejor las cosas. Cuando llegó al bosque abrió el saco, esparció por dentro el grano y la cuerda la colocó sobre la hierba, metiendo el cabo en un seto. Allí se escondió él mismo y se puso a rondar y a acechar. Pronto llegaron corriendo las perdices, encontraron el grano y se fueron metiendo en el saco una detrás de otra. Cuando ya había una buena cantidad dentro el gato tiró de la cuerda, cerró el saco corriendo hacia allí y les retorció el pescuezo. Luego se echó el saco a la espalda y se fue derecho al palacio del rey.

La guardia gritó:

—¡Alto! ¿Adónde vas?

—A ver al rey Charlie—respondió sin más el gato.

—¿Estás loco? ¡Un gato a ver al rey!

—Dejen que vaya —dijo otro—, que el rey a menudo se aburre y quizás el gato lo complazca con sus gruñidos y ronroneos.

Cuando el gato llegó ante el rey, le hizo una reverencia y dijo:

—Mi señor, el conde Masen —dijo inventando otro apellido— presenta sus respetos a su señor el rey y le envía aquí unas perdices que acaba de cazar con lazo.

Charlie Swan, el rey, se maravilló de aquellas gordísimas perdices. No cabía en sí de alegría y ordenó que metieran en el saco del gato todo el oro de su tesoro que éste pudiera cargar.

—Llévaselo a tu señor y dale además muchísimas gracias por su regalo.

El pobre hijo del molinero, sin embargo, estaba en casa sentado junto a la ventana con la cabeza apoyada en la mano, pensando que ahora se había gastado lo último que le quedaba en las botas del gato y dudando que éste fuera capaz de darle algo de importancia a cambio.

Tambien pesando, que le había llegado la noticia que sus hermanos se casaban, con lady Rosalie y lady Alice. Suertudos, susurro.

Entonces entró el gato, se descargó de la espalda el saco, lo desató y esparció el oro delante del molinero.

—Aquí tienes algo a cambio de las botas, y el rey te envía sus saludos y te da muchas gracias.

Edward se puso muy contento por aquella riqueza, sin comprender todavía muy bien cómo había ido a parar allí. Pero el gato se lo contó todo mientras se quitaba las botas y luego le dijo:

—Ahora ya tienes suficiente dinero, sí, pero esto no termina aquí. Mañana me pondré otra vez mis botas y te harás aún más rico. Al rey le he dicho también que tú eras un conde.

Al día siguiente, tal como había dicho, el gato, bien calzado, salió otra vez de caza y le llevó al rey buenas piezas.

Así ocurrió todos los días, y todos los días el gato llevaba oro a casa y el rey llegó a apreciarlo tanto que podía entrar y salir y andar por palacio a su antojo.

Una vez estaba el gato en la cocina del rey calentándose junto al fogón, cuando llegó el cochero maldiciendo:

—¡Que se vayan al diablo el rey Charlie y la princesa Isabella! ¡Quería ir a la taberna a beber y a jugar a las cartas, y ahora resulta que tengo que llevarles de paseo al lago!

Cuando el gato oyó esto, se fue furtivamente a casa y le dijo a su amo:

—Si quieres convertirte en conde y ser rico, sal conmigo y vente al lago y báñate.

Edward, sorprendido, no supo qué contestar, pero siguió al gato. Fue con él, se desnudó por completo y se tiró al agua. El gato, por su parte, tomó la ropa, se la llevó de allí y la escondió. Apenas terminó de hacerlo, llegó el rey y el gato empezó a lamentarse con gran pesar:

—¡Ay, clementísimo rey! ¡Mi señor se estaba bañando aquí en el lago y ha venido un ladrón que le ha robado la ropa que tenía en la orilla, y ahora el señor conde está en el agua y no puede salir, y como siga mucho tiempo ahí, se resfriará y morirá!

Al oír aquello, el rey dio la voz de alto y uno de sus siervos tuvo que regresar a toda prisa a buscar ropas del rey. El señor conde se puso las lujosísimas ropas del rey y, como ya de por sí el rey le tenía afecto por las perdices que creía haber recibido de él, tuvo que sentarse a su lado en la carroza. La princesa Isabella tampoco se enfadó por ello, pues el conde era joven y bello y le gustaba bastante.

El gato, por su parte, se había adelantado y llegó a un gran prado donde había más de cien personas recogiendo heno.

—Eh, ¿de quién es este prado? —preguntó el gato.

—Del gran mago.

—Escuchen: el rey pasará pronto por aquí. Cuando pregunte de quién es este prado, contesten que del conde Masen. Si no lo hacen, morirán todos.

A continuación el gato siguió su camino y llegó a un trigal tan grande que nadie podía abarcarlo con la vista. Allí había más de doscientas personas segando.

—Eh, gente, ¿de quién es este grano?

—Del mago.

—Escuchen: el rey va a pasar ahora por aquí. Cuando pregunte de quién es este grano, contesten que del conde Masen. Si no lo hacen, morirán todos.

Finalmente el gato llegó a un magnífico bosque. Allí había más de trescientas personas talando los grandes robles y haciendo leña.

—Eh, gente, ¿de quién es este bosque?

—Del mago.

—Escuchen: el rey va a pasar ahora por aquí. Cuando pregunte de quién es este bosque, contesten que del conde Masen. Si no lo hacen así, morirán todos.

El gato continuó aún más adelante y toda la gente lo siguió con la mirada, y como tenía un aspecto tan asombroso y andaba por ahí con botas como si fuera una persona, todos se asustaban de él.

Pronto llegó al palacio del mago, entró con descaro y se presentó ante él. El mago, Aro Vulturi, lo miró con desprecio y le preguntó qué quería. El gato hizo una reverencia y dijo:

—He oído decir que puedes transformarte a tu antojo en cualquier animal. Si es en un perro, un zorro o también un lobo, puedo creérmelo, pero en un elefante me parece totalmente imposible, y por eso he venido, para convencerme por mí mismo.

El mago dijo orgulloso:

—Eso para mí es una minucia.

Y en un instante se transformó en un elefante.

—Eso es mucho, pero ¿puedes transformarte también en un león?

—Eso tampoco es nada para mí —dijo Aro, que se convirtió en un león delante del gato.

El gato se hizo el sorprendido y exclamó:

—¡Es increíble, inaudito! ¡Eso no me lo hubiera imaginado yo ni en sueños! Pero aún más que todo eso sería si pudieras transformarte también en un animal tan pequeño como un ratón. Seguro que tú puedes hacer más cosas que cualquier otro mago del mundo, pero eso sí que será imposible para ti.

El mago, al oír aquellas dulces palabras, se puso muy amable y dijo:

—Oh, sí, querido gatito, eso también puedo hacerlo.

Y, dicho y hecho, se puso a dar saltos por la habitación convertido en ratón. El gato lo persiguió, lo atrapó de un salto y se lo comió.


-Jajaja, ¡¿Se comió a Aro? Pero va a tener que ir con algún médico, le va a agarrar indigestión.- Interrumpió nuevamente Emmett, riendo a carcajadas… Y esta vez, nadie pudo detener la risa.

-Ya, ya. Déjeme seguir.- Dijo aun riendo Alice-…


El rey, por su parte, seguía paseando con el conde Masen y la princesa Isabella y llegó al gran prado.

—¿De quién es este heno? —preguntó el rey Charlie.

—¡Del señor conde Masen! —exclamaron todos, tal como el gato les había ordenado.

—Ahí tienes un buen pedazo de tierra, señor conde Masen —dijo.

Después llegaron al gran trigal.

—Eh, gente, ¿de quién es este grano?

—Del señor conde Masen.

—¡Vaya, señor conde, grandes y bonitas tierras tienes!

A continuación llegaron al bosque.

—Eh, gente, ¿de quién es este bosque?

—Del señor conde Masen.

El rey se quedó aún más asombrado y dijo:

—Tienes que ser un hombre rico, señor conde. Yo no creo que tenga un bosque tan magnífico como éste.

Al fin llegaron al palacio. El gato estaba arriba, en la escalera, y cuando la carroza se detuvo bajó corriendo de un salto, abrió las puertas y dijo:

—Señor rey, ha llegado al palacio de mi señor, el señor conde, a quien este honor le hará feliz para todos los días de su vida.

El rey Charlie se apeó y se maravilló del magnífico edificio, que era casi más grande y más hermoso que su propio palacio. El conde, por su parte, condujo a la princesa Isabella escaleras arriba hacia el salón, que deslumbraba por completo de oro y piedras preciosas.

Entonces la princesa le fue prometida en matrimonio al conde, y cuando el rey murió se convirtió en rey. Y el gato con botas, por su parte, en primer ministro.


-Fin.- Dijo Alice sonriendo.

- ¿Y yo?- Dijo Renesmee triste.

- Ah pues a ti, te concedieron después de casarse.- Dijo con una sonrisa traviesa.

-El conde Masen, no te sabia esa hermano.- Dijo riendo Emmett.

-Y la princesa Isabella.- Dijo Jasper acompañando a Em con sus risas.

-Ya, ya. Es tarde y Renesmee tiene que ir a dormir.- Dijo Bella.

-Oh, yo creo que están ansiosos de otra cosa.

-Cállate Emmett.- Contesto Edward.

Bella y Edward, con Jacob y Nessie, se despidieron de los demás y se fueron a la cabaña de ellos. Jacob se despidió de ellos y transformándose, se perdió por el bosque.

Luego de que Edward acostara a Nessie fue con su esposa a su habitación.

-Asique… Princesa Isabella.- Dijo Edward riendo.

- Oh, cállate.- Respondió refunfuñando Bella.- Señor conde Masen.


Espero que les guste!

Se que paresera algo tonto, pero es para reir un rato, los cap no seran taaan largo, lo intentare alargar, pero es segun como se cuenta la historia.

Ademas, podremos rememorar esos cuentos q no contaban cuando eramos niños, solo que cambiaremos un poco los personajes... y otras cosas, aunque sean minimas.

Mara S.