Disclaimer: los personajes son de Stephenie Meyer, solo los tomé prestados.
Bad Things
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Capítulo 2
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Siete meses…
Para muchos el siete es el número de la suerte, para mí hasta hace poco era un período demasiado largo. Ahora… ni siquiera me paro a pensarlo.
Desde que había abandonado aquella que alguna vez consideré mi casa, nunca había permanecido tanto tiempo en un mismo lugar. Nunca había sentido la necesidad de atarme a un sitio, de bautizarlo como mi nuevo hogar.
Pero todo había cambiado.
Y Edward había contribuido a ello.
Antes de estar con él ya me sentía inusualmente a gusto en Forks pero no puedo negar que influyó en mi decisión de ampliar a "indefinido" el tiempo que me quedaría aquí.
Las cosas seguían más o menos como siempre: trabajando en el bar, manteniendo mi pequeña habitación en el motel, pasando el tiempo libre entre Edward y Angela. Lo que había cambiado era que el buen tiempo nos permitía disfrutar un poco más al aire libre, aunque la lluvia seguía siendo nuestra eterna compañera.
Teníamos una tarde tranquila en el bar. Esa noche había un campeonato de bolos en Sunset Lanes, la bolera local, y muchos ya habían empezado la tarde allí para ir calentando motores. De ahí nuestra escasez de clientela, solo los veteranos habían acudido a por su ración de cerveza diaria y ya estaban empezando a marcharse.
Edward atravesó la puerta con esa sonrisa arrebatadora pintada en los labios, vino hacia mi posición en la barra y me dio un piquito en los labios como saludo.
—Hola.
—Hola, ¿preparado para los bolos? —contesté con una sonrisilla estúpida mientras señalaba su bolsa de deportes.
—Sí, los chicos ya están allí desde hace horas pero no he podido salir antes del trabajo.
—¿Y crees que tendrás un equipo competente con el que jugar o habrán sucumbido a las cervezas extragrandes? —pregunté, siendo consciente de que uno de los mayores reclamos de la bolera, a parte del juego, eran esas cervezas de litro.
—Espero que la competencia esté igual de perjudicada o peor —dijo sonriendo abiertamente y, colocando los antebrazos cruzados en la barra, se acercó más a mí—. Y tú… ¿cierras pronto hoy?
—Sí, no queda mucha gente, así que creo que hoy podremos cerrar un par de horas antes, ya que todos estaréis en la bolera —le contesté, aproximándome a él imitando su postura.
—Se te ve cansada —me colocó un mechón detrás de la oreja acariciándome con suavidad la mejilla al hacerlo—. No te voy a decir que vengas a vernos porque será un desastre total y seguro que mañana Emmett cuelga en Facebook los videos de los "mejores momentos" —puso los ojos en blanco—. Pero si quieres puedes esperarme en casa. No creo que lleguemos más tarde de la una, sabes que no tenemos a dónde ir.
—¿A casa de Emmett? —pregunté juguetona, todas las fiestas acababan allí.
—No lo creo. Desde la última vez Rosalie le prohibió las celebraciones en una buena temporada.
—Me lo imagino. Que los amigos de tu novio destrocen la moqueta del salón no te deja muchas ganas de fiesta.
—Garrett se llevó un buen tirón de orejas, creo que la próxima vez controlará mejor la bebida.
Nos sonreímos tontamente durante un segundo y volvió a darme un ligero beso en los labios. Era una de esas veces en las que si viese a otra persona haciendo exactamente lo mismo, pensaría que era una empalagosa y miraría hacia otro lado con los ojos muy abiertos y una mueca en la cara. Pero no podía evitar adorar cada instante de esos momentos.
—Entonces… —susurró muy cerca de mis labios— ¿me esperas en la cama? —Había vuelto a poner esa sonrisa ladeada, y aunque ya tenía pensado de antemano ir a su casa, cualquier duda que pudiera siquiera albergar habría desaparecido con un enorme ¡puf! en el aire.
—Allí estaré. Ahora ve y machácalos. —Le di un nuevo beso y se fue dejándome como siempre una bonita vista de su trasero.
A estas alturas él ya sabía lo mucho que me gustaba esa parte de su anatomía y de vez en cuando se metía conmigo por ello.
Cuando me volteé, Angela me avisó de que iba al almacén a colocar unos pedidos que habían llegado un poco antes. Eso me dejaba con Daniel y su amigo Isaiah, el que no tardó ni cinco minutos en salir por la puerta del bar. Le puse una nueva cerveza a Daniel, que me sonrió en agradecimiento.
Estaba empezando a recoger cuando comenzó a hablarme, como si se tratase de algo casual.
—Se os ve bien juntos —dijo sin alzar la vista de la botella, jugueteando con la etiqueta.
—Sí, nos va bien. No puedo quejarme —le sonreí un poco, aunque él no lo vio. Simplemente asintió con lentitud como remarcando un pensamiento con cada movimiento.
La actitud de Daniel siempre había sido rara cuando se trataba de Edward y nunca había querido explicarme el motivo de la clara aversión que sentía por él.
Como seguía en silencio, lo tomé como una invitación a seguir con mi trabajo, así que estaba girándome hacia unos vasos sucios cuando soltó.
—Ten cuidado.
Esta vez estaba mirándome a los ojos, pero yo ya estaba empezando a cansarme de acertijos y medias verdades.
—Daniel, vas a tener que ser más claro. —Me puse enfrente de él en la barra—. Sé que tienes algo en contra de Edward, y está bien. Pero no puedes tirar la piedra y esconder la mano. Si quieres decirme algo dímelo.
Claramente había sorprendido al anciano, que me miró considerando cada una de mis palabras.
—No quería influenciarte —dijo quedamente— y todavía sigo sin querer hacerlo.
—Ya soy adulta, y creo que sabes perfectamente que tengo mi opinión formada respecto a Edward.
—Sí, pero…
—Pero nada —le interrumpí—. Quieres protegerme, lo sé, y esto te a va dejar más tranquilo y con el deber cumplido.
—No sé si será un deber —le sonreí abiertamente y puse mi mano sobre la que él tenía poyada en la barra.
—Suéltalo —le dije bajito— no te preocupes por lo demás.
Y me lo contó. No era nada que no me hubiese esperado. Casi desde que empezamos nuestra relación había sido consciente de que Edward había sido un mujeriego. Habíamos sido francos en ese aspecto desde el principio. Y quizás fuese por eso que nunca tuve motivos para desconfiar de él.
Cuando acabó su relato parecía agotado, pero aliviado al mismo tiempo, como si se hubiese sacado un peso de encima. Le aseguré que estaba todo bien y le insté a que terminase la cerveza antes de que echáramos el cierre. Pero me confesó que no le apetecía, la había pedido para hacer tiempo y darse valor.
Así que pagó y se dirigió a la calle, no sin que antes saliese de la barra para darle un abrazo y susurrarle un "gracias". El pobre había pasado un mal rato preocupándose por mí, lo mínimo era agradecérselo.
Como si hubiese sonado una campana, poco después Angela regresó el almacén.
—Os vi tan centrados hablando que preferí esperar para no molestar —dijo, colocando los vasos secos.
—Sí, era mejor, gracias. —Se limitó a asentir. Ella nunca preguntaba, sabía que si era algo que necesitaba saber se lo diría. Era una chica de confianza, más que eso, era mi amiga, así que no dudé—. Me contó el porqué de sus reservas hacia Edward.
—¿De verdad lo hizo? —Desde un principio había quedado claro que Angela sabía qué le pasaba a Daniel, pero habíamos llegado al acuerdo tácito de que prefería saberlo por boca de él cuando estuviese preparado.
—Sí, y entiendo su preocupación. Pero Edward ya no tiene dieciocho años.
—Y ya te dije que no es para nada como era antes. Lo quieras ver o no has influido en él y para bien. Está más centrado.
—Supongo entonces que conoces toda la historia.
—Solo sé lo que se rumoreó y comentó por el pueblo. Pero ya sabes que no hay fuente más fiable que los propios protagonistas —dijo con un guiño.
Esa era Angela. Te daba su opinión si realmente se la pedías, pero prefería mantenerse al margen y dejarte a ti sacar tus propias conclusiones.
Entre las dos acabamos de recoger y cerramos el bar. El trayecto a casa de Edward apenas duró unos minutos, y pronto estaba terminando una cena frugal y metiéndome en la mullida cama.
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No sabía si había dormido unas horas o solo unos minutos cuando me despertó un movimiento del colchón.
—Siento despertarte —susurró, recorriéndome la nuca con la nariz para terminar con un dulce beso tras mi oreja.
—No, no es verdad —contesté aún adormilada.
Claramente ese bulto que sentía en mi espalda no era de arrepentimiento.
—Te echaba de menos.
Pasó su mano por mi cintura apretándose más contra mí y acariciándome el vientre con la mano, suavemente, en círculos.
—Eso sí me lo creo —dije ya más despejada, girándome para besarle—. Yo también te eché de menos.
Nos besamos y nos acariciamos, pero tuve que detenerlo cuando las cosas empezaban a ponerse interesantes.
—Entonces, ¿ganasteis?
—¿A quién le importa un estúpido campeonato de pueblo? —inquirió, besándome el cuello y recorriéndome con las manos.
—¿A ti hace unas horas? —contesté, riendo por las cosquillas que me estaba haciendo con la barba.
—He cambiado de opinión —continuó torturándome con su barba—. Los bolos están sobrevalorados. Ahora. Lo. Que. Quiero —dijo alternando besos, mordiscos y lametones—. Es follar con mi chica —y para dar énfasis embistió entre mis piernas.
Y se me fue el santo al cielo, no recordaba de qué quería que hablásemos, solo sé que bajé las manos hasta sus caderas y empecé a empujar los bóxer hacia abajo, ayudada ya al final por mis pies. Milagrosamente él me había sacado las bragas y el contacto piel con piel me hizo soltar un jadeo.
Entró en mí suavemente, mirándome a los ojos, acompasando su respiración a la mía. Convirtiendo todo aquello en algo más que sexo.
Las embestidas fueron haciéndose más fuertes y rápidas, perdiendo un poco el control a medida que nos aproximábamos al orgasmo, terminando en un tembloroso enredo de piernas y brazos.
Sentirle envuelto a mi alrededor al bajar de esa nube era una de las mejores sensaciones que había experimentado nunca. Era un contacto que iba más allá de lo meramente físico. Y hasta yo misma era consciente de lo cursis que eran mis pensamientos, pero era como esos momentos en la barra del bar: inevitable no disfrutar de cada segundo.
Me besó la nariz mientras salía de mi interior para posicionarse a mi lado, rodeándome con los brazos.
—¿Ves cómo los bolos no importan? —Besó el lóbulo de la oreja, haciéndome sonreír.
—¿Qué bolos? Los bolos no existen —contesté siguiéndole la broma.
Dio un ligero apretón en su abrazo y comenzó a relatarme lo absurdo de la competición. Por lo visto Garrett había aprendido que la moqueta de Rose era sagrada, pero no lo había asociado con el canalón de la pista de bolos. Así que se vieron en la obligación de hacer un descanso para que alguien limpiase la vomitona. Compadecía al que se hubiese encargado de ello. Aunque la dirección sabía a lo que se atenía, cervezas de ese tamaño no suelen dar buenos resultados después de unas horas de bravuconería y previo antes de la "contienda".
—Al final acabamos segundos. Aún no tengo muy claro cómo pasó.
—¿Te refieres a después del espectáculo de Garrett y Emmett?
Sí, Emmett también había hecho de las suyas.
—A eso mismo —ambos sonreímos—. Cada uno consiguió un vale para dos personas: Un desayuno completo en The coffee Shop. ¿Conoces a alguien a quien le apetezcan unas tortitas gigantes?
No me emocionaba ver esa cabeza de ciervo disecado en mitad del comedor, pero sin duda ese desayuno valía la pena.
—Allí estaré.
Hablamos un poco más de los bolos antes de que me preguntase por mi noche.
—¿Siguió todo tranquilo hasta el cierre?
—Sí, sin problema. Daniel fue el último en irse.
Edward musitó en asentimiento. No parecía tener algo en contra Daniel, pero sí que era reservado si se le mencionaba.
—Me contó lo de Kathy.
Hubo un momento de silencio y luego suspiró largamente.
—Lo hizo, ¿eh?
—Sí, pero me gustaría oír tu versión —dije, apartándole el pelo que le caía sobre los ojos—. Siempre hay más de una interpretación del mismo hecho.
Se giró para besarme la palma de la mano que aún tenía en su mejilla y se acomodó mejor antes de mirarme intensamente.
—¿Debo empezar por el principio?
—Sí, estaría bien. Si estás de acuerdo.
—Vamos allá —carraspeó un poco antes de continuar—. Katherine es la hija menor de Daniel. Sabes que tiene cinco hijas, ¿cierto? —Asentí a la pregunta—. Bien pues es igual de protector con cada una de ellas. Uno pensaría que un hombre con tantas hijas repartiría ese instinto entre todas, pero no, en su caso se magnificó con cada nuevo nacimiento.
Sonreí al visualizar a aquel hombre mayor protegiendo "sus tesoros", como él cariñosamente las llamaba. Tener un padre así era un privilegio, por muchos quebraderos de cabeza que pudiera causarte en tu vida amorosa.
—Cuando cumplí los diecisiete —continuó— fue el primer verano que me quedé aquí con el tío Paul. Era una especie de castigo por haber bajado las notas. Estaba empezando la fase en la que estudiar parecía una pérdida de tiempo y en la que la vida social, y sobre todo las chicas, ocupaban el noventa y nueve por ciento de mis pensamientos. Por eso mis padres pensaron que un verano alejado de las distracciones de Port Angeles —dónde estaban todos mis amigos— me haría centrarme.
—¿Y resultó? —pregunté, metida en la historia.
—Bueno… digamos que me distraje igualmente con las chicas, pero sí que me centré. El tío Paul era encargado en el aserradero y me llevaba con él toda la jornada laboral. Creo que lo había hablado con su jefe, comentándole que necesitaba que me enderezasen, y al parecer el hombre quedó encantado con la idea. Así que me pasé todo el verano trabajando y aprendiendo. Fue ese primer verano cuando me enamoré de este oficio, cuando decidí qué quería estudiar. Ahí la parte de enderezarme —me dedicó una sonrisa pícara—. Lo de las chicas, o debería decir "la chica" fue más complicado.
Tomó aire y me miró con algo que parecía ecos lejanos de miedo o arrepentimiento.
—Ha pasado mucho tiempo —dije acariciándole el brazo—. No hace una diferencia para nosotros. Si no quieres seguir…
—No —me interrumpió—. Sí quiero seguir. Solo… es difícil reordenar todas las ideas y recordar los sentimientos de aquel momento. Es como si con esa edad… no sé, como si las cosas se sintieran diferentes.
—¿Más intensas?
—En cierta manera, aunque no por ello mejores —replicó, besándome suavemente.
—Estabas hablando de "la chica" —apunté antes de que nos perdiésemos por completo en los labios del otro.
—Sí. —Hizo una pequeña pausa y cuando se centró volvió a hablar—. Tenía libres los fines de semana. Al principio iba con mi tío de pesca. Solo tenía trato con algún otro compañero del aserradero, todos hombres de mediana edad, así que no trabé demasiada amistad con ellos. Un sábado, un grupo de mi edad se colocó río arriba de donde estábamos pescando y una chica se acercó a preguntarle a mi tío si molestaban. Él le dijo que no, mientras siguieran donde estaban para que no hubiese accidentes con el anzuelo. La chica me dedicó una sonrisa increíble antes de darle las gracias a mi tío y volver con los demás —su mirada se volvió soñadora y deseé poder meterme dentro de su cabeza para ver a esa chica por primera vez, ver empezar el amor adolescente—. Como podrás suponer ella era Katherine. Tenía un par de años más que yo, era preciosa y, para sorpresa de mis revolucionadas hormonas adolescentes, me hacía caso y yo no podía creérmelo. Aquella tarde los oí reírse y chapotear en el agua y estaba deseando estar allí arriba y no sujetando una estúpida caña de pescar. No miraba hacia allí por pura fuerza de voluntad, no quería que pensaran que estaba metiéndome en sus cosas. Era un poco teatral con esa edad —me aclaró con una sonrisa—. Justo cuando mi tío me estaba instando a que me acercara a ellos, Kathy vino a invitarme a pasar el resto de la tarde con el grupo. Me integré rápidamente. Emmett, Garrett y Rose estaban allí. ¡Ah! Y Angela también —dijo apretando mi mano— pero, al igual que ahora, ella era muy reservada. Empecé a ir con ellos y no solo el fin de semana, algunas veces al salir del trabajo íbamos al Tillicum Park o a tomar algo a Sully's Drive In. Tardamos unas dos semanas en comenzar a salir, y todo fue porque no me decidía a dar el paso. Me daba una vergüenza horrible y pensaba que podía rechazarme, a pesar de que todo el mundo me decía que estaba cantado.
—No puedo imaginarte tímido —le interrumpí.
—A ti no te gusto tímido —contestó juguetón.
—Eso es cierto —se abalanzó sobre mí, acariciándome la cadera sensualmente. Le hablé a duras penas—. El tímido Edward acaba de pedirle a Kathy que sea su novia.
—Suena más cursi de lo que fue —no pude evitar alzar una ceja incrédula—. De verdad, no me puse en ridículo. Fue algo más… balbuceante, entre dientes —se quedó pensativo un momento—, quizá más patético —y ambos nos echamos a reír.
—Está bien, continúa.
—En aquel momento no me di cuenta, pero mirándolo ahora veo que era un calzonazos. Cuando ella me decía que hiciera algo lo hacía sin pararme a pensarlo. Pero me imagino que cualquier adolescente haría lo mismo por esa chica que nunca creyó poder alcanzar.
—¿Un poco melodramático?
—Sip. El Edward del pasado lo era, ahora solo quedan ecos.
—Quiero saber que pasa luego.
—¿Seguro que no prefieres hacer un descanso para otras actividades? —preguntó con voz sugerente, cerniéndose sobre mí de nuevo.
—¡Seguro! —dije entre carcajadas—. Adelante, Don Insaciable.
—Evidentemente ella fue mi primera vez. Estábamos juntos todo el tiempo que el trabajo y nuestras familias nos permitían. Daniel al principio me miraba con sospecha, pero acabó por aceptarme. Lástima que no durase —susurró—. Cuando llegó septiembre quería llorar, tenía que volver a Port Angeles y mi tío les había dicho a mis padres que dudaba que hubiese aprendido nada. Les contó lo que denominó como mi "enamoramiento con Kathy". Mis padres no me permitieron volver a Forks en todo el invierno, decían que tenía que ganarme estudiando el poder volver en verano, y yo ocupaba los días entre libros y escribiéndole cartas. Por suerte eso no lo vetaron. Y me siento afortunado de que después las haya quemado, así no quedan pruebas de mi patetismo por escrito —lo miré sorprendida—. Ya llegaremos a eso, no te preocupes —dijo para calmarme—. Ese año tuve unas de mis mejores notas académicas. Había cumplido el trato y volvería a Forks. Pero antes envié todas mis solicitudes para la universidad y realmente estaba entusiasmado con empezar el otoño siguiente. Quería ser ingeniero. Cuando llegué no todo fueron besos y abrazos como había esperado. Kathy me miraba con reproche y aunque seguía estando conmigo estaba distante, caprichosa. Y a la mínima que podía me echaba en cara no haber ido a verla, aquello me dolía y no lo entendía porque ella sabía que no era mi culpa. Ese verano iba de vacaciones, no tenía que ir a trabajar, aunque sí que iba unas cuantas veces a la semana para seguir aprendiendo algo que consideraba que sería útil en los siguientes años en la universidad. Eso también era motivo de disputa. Kathy había decidido no continuar sus estudios al terminar el instituto y había empezado a trabajar aquel otoño en el Thriftway. Sus turnos rotaban y las semanas que tenía libre de mañana no quería que fuese ningún día al aserradero, pero me planté y le dije que no. Solo iba dos o tres veces por semana, podía verla el resto de los días. Pero se empeñaba en decir que no era suficiente y que debería estar con ella ese tiempo. Aun así cuando estábamos solos volvía a ser la Kathy dulce y encantadora del verano pasado y de las cartas que me habían impulsado durante el curso.
Tuve que morderme los labios para no decirle que aquella chica había sido una caprichosa. No quería interrumpirle.
—En agosto me llegó la carta de la universidad, mis padres me la habían reenviado. Me habían aceptado. Cuando fui a contárselo corriendo y totalmente entusiasmado, Kathy me miró con horror, increpándome por no quedarme allí ya que había terminado el instituto.
—¿Te dijo que no fueras a la universidad? —No pude evitar preguntar.
—Quería que me quedase en Forks y formar una familia. A los dieciocho años.
—¡Vaya!
—Sí. Creo que fue cuando realmente empecé a dejar ir la relación. La quería, pero no quería dejar mis sueños por ella. Hasta aquel momento pensaba que las dos partes de mi vida serían compatibles: podría ir a la universidad y venir a visitar a Kathy o ella vendría al campus. Pero me dejó muy claro que eso no podría funcionar. Quizá por eso cuando todo se rompió no me puse a berrear como habría hecho el muchacho del año anterior. Cuando intenté hablar con ella para solucionarlo me acusó de engañarla con otra, que curiosamente era su mejor amiga. No sirvió de nada defenderme. Me gané una bofetada y muy mala fama en el pueblo.
—¿Pero todo el mundo las creyó?
—No todo el mundo. Los chicos y Rosalie sabían que algo no cuadraba. Pero después no tuve mucha credibilidad.
—¿Por qué?
—Pues digamos que cuando volví de la universidad le di la razón a las habladurías. Kathy se había mudado aquel invierno y, la verdad, no he vuelvo a verla. Así que cuando volví y ya antes en la facultad, me… ¿desaté?, no estoy seguro de que sea la palabra, pero me dejé llevar. Eso sí, tenía que ser con chicas de paso, nunca estaba con alguien que se fuese a quedar más de un par de semanas.
—¿Hasta que llegué yo? —inquirí, con falsa inocencia.
—Hasta que llegaste tú —reiteró, besándome profundamente.
—Te quiero —le dije, acariciando sus manos que me sujetaban las mejillas.
—Yo también.
—Entonces —retomé la conversación—, lo dejaste pasar.
—Por muy malo que haya sido el final, para mí fue mi primer amor. El qué dirán nunca me ha importado y no ha afectado a mi carrera ni a mi trabajo, así que lo dejé estar e intenté quedarme con los buenos recuerdos.
Podía ver que había madurado, había intentado aprender de aquellos malos momentos y eso le había ayudado a crecer y ver las cosas de otro modo.
Nos acomodamos una vez más abrazados, entre caricias y pequeños besos que ya no tenían una segunda intención.
—¿Qué te dijo Daniel? —susurró poco después.
—Que no quería que me rompieses el corazón.
—No lo haré.
—Lo sé.
Nos besamos una vez más y caímos dormidos en los brazos del otro.
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Gracias a DraBSwan por ser mi prelectora y a todas aquellas que me habéis animado a continuar la historia.
Espero que os haya gustado.
Ebrume.
