Extensión: 7762 palabras.

Notas: Three-shot. Ja, ja. Cosas de la vida, me he vuelto a alargar mucho. Nada como una idea "corta" que lleva más de catorce mil palabras. En fin, nos vemos en la tercera y última —y así me tome nueve mil y pico palabras será tercera y última— parte (vale, si llevo más de diez mil palabras y no acabo quizás me lo piense un poco pero lo dudo).

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Media naranja.

II.


Si había una verdad indudable en el mundo era que todo mal se podía explicar con que Sting era un idiota, sin excepciones (vale, unas pocas, algunos detalles eran culpa de Zeref y tal), y así como no se podía exterminar todo el mal del mundo no importaba lo que se hiciera Sting sería siempre lo suficientemente idiota para... cagarla. Así, sin tapujos, cagarla bien cagada. No era su intención, por supuesto, pero pasaban los días y era el único que no podía actuar natural. No, imposible, la sutileza era todo menos su fuerte, de hecho, era su anti-fuerte, su anti-talento o alguna tontería así.

Vale, tampoco era que todos fueran la cosa más natural del mundo, es decir, Yukino llevaba como media hora con la mirada fija en Rufus, eso desde ya que no era natural lo miraras por donde lo miraras, pero podía ignorarse en pos de lo poco natural que era Sting. Quizás a causa de que además de no ser sutil solía pasar bastante tiempo con los demás, todo lo que él hacía acababa por ser bastante evidente.

Por eso indudablemente todo era culpa de Sting, era ley sagrada en Sabertooth.

Para empezar, ni siquiera trataba de actuar natural, que al menos los demás le ponían algo de empeño. En realidad no, Minerva no tardó en notar que era la única que tenía el don de la sutileza.

—Yukino, está comenzando a verte raro.

La susodicha dio un leve respingo, volteando hacia su compañera. Frunció el ceño antes de regresar la mirada a Rufus y notar que, efectivamente, la estaba viendo raro (ni modo que fuera a ser de otra forma si llevaba media hora viéndolo). Se sonrojó levemente y desvió la mirada, tratando sin resultados de actuar normal. Cuando carraspeó incómoda y fijo la vista en el piso Minerva volvió a hablar.

—Deberías dejar de hacer eso.

—¿Qué cosa? —preguntó la menor, regresando la atención a su compañera—, ¿carraspear?

—Estar tan pendiente de Rufus, va a comenzar a sospechar.

Aunque ya lo hacía, era evidente que el mago de creación ya había notado que algo raro sucedía con todos (hubiera sido tonto de su parte si fuera de otra forma). Al menos, se consoló Minerva, sospechaba que algo sucedía pero no qué y era mejor así.

Yukino mantuvo la mirada en ella unos momentos antes de regresar la atención al frente, solo que esta vez a ningún punto en particular.

—¿Usted en verdad lo cree?

—¿Que Rufus va a sospechar? —inquirió Minerva—. Sí, de hecho es bastante obvio que ya lo hace.

—No eso —reclamó la menor—, lo de que está enamorado de Orga-sama.

Minerva enarcó una ceja, confusa.

—Pensé que eso había quedado claro.

Vale, claro como el agua no, a fin de cuentas una prueba tan simple e interpretable no era confirmación de nada. Sin embargo, justamente ahí radicaba la actitud poco natural. Todos se habían pasado prácticamente toda la semana intentando ver alguna señal en Rufus que desmintiera lo dicho por Minerva y su beso indirecto, el único problema es que hallaban lo contrario, quizás porque al darle otro enfoque muchas acciones y actitudes de su compañero que antes pasaban por alto ahora cobraban otro sentido:

Orga era el único que podía despertar a Rufus sin que su vida corriera peligro.

Orga era el único que podía tocarle el cabello a Rufus sin ganarse una mirada asesina a cambio.

Orga era el único que podía gritar sin que a Rufus le pareciera fastidioso.

Era el único cuya indudable cercanía no le molestaba, que Rufus solía rechazar el contacto.

Si tenía insomnio y no podía dormir o no se sentía cómodo (o veinte mil excusas más), Rufus se iba a dormir con Orga, con nadie más.

Ni siquiera con Minerva era tan amable como lo era con Orga, y así un sinfín de motivos.

Vamos, que todo eso daba para pensar, a fin de cuentas era bastante raro. A causa de eso le surgía entonces la pregunta de por qué se venían a percatar de ello recién ahora, habiendo tenido tanto tiempo para hacerlo, no es como si esas actitudes de Rufus fueran recientes. Peor aún, ahora que estaban susceptibles a pensar mal de la situación, aunque era bastante inevitable considerando el asunto del... bueno, del beso indirecto o lo que fuera. Podía asumir que la culpa de que se percataran recién de lo extraño del asunto era también debido a eso; sin embargo, Minerva claramente se había percatado antes (si realmente, realmente tenía razón) y eso cambiaba la situación, era factible que se hubieran percatado antes pero por alguna razón no había ocurrido, había tenido que venir Minerva a hacerlo notar porque de otra forma no se enteraban nunca. De tener razón, y lo repetía porque costaba hacerse a la idea... más o menos, porque por más que lo pensara una y otra vez (y mirara a su compañero) Yukino llegaba a la misma respuesta.

En realidad la pregunta a Minerva había sido nada más una forma de respaldarse lo que iba comprendiendo poco a poco. No es que para ella fuera un problema todo eso, su inevitable escepticismo radicaba en solo una cosa: reciproco. Es decir, incluso si confirmaba lo de Rufus le quedaba algo por confirmar.

—Y —llamó, captando la atención de su compañera y tardando unos momentos en continuar—, ¿qué hay de Orga-sama?

—¿Él qué?

—¿Cree que esté enamorado también?

Minerva pareció tomarse unos minutos para pensarlo.

—Supongo que sí.

Yukino no dijo nada porque ciertamente no sabía qué decir. Desde que Minerva había expuesto el asunto no había notado cambios en el mayor de sus compañeros, al menos a simple vista, salvo una casi imperceptible tendencia a estar algo esquivo con Rufus. No estaba muy segura de qué pensar sobre eso, cómo interpretar ese detalle, mismo detalle que le hacía plantearse una y otra vez la situación. Es que, ¿y si era unilateral? Eso sería un tanto problemático, admitía que no le agradaba esa posibilidad.

—Y si no fuese así —dijo, todavía algo pensativa—, ¿qué se podría hacer?

Minerva parpadeó, algo confusa por esa pregunta.

—¿Qué se podría hacer? —repitió, no muy segura de qué quería decir eso.

—Ya sabe, qué se podría hacer para que estén juntos —aclaró Yukino.

Todas las alarmas, absolutamente todas, de Minerva se encendieron. Es decir, Yukino no insinuaba lo que ella creía que insinuaba, ¿cierto? Porque de ser así le daba la impresión de que la conversación no iba por buen camino.

—Tratas de decir —dijo, ocultando su incomodidad—, ¿intervenir?

—¡Pues claro! —asintió Yukino, decidida, horriblemente decidida—. Es decir, ellos aún no se han percatado de sus sentimientos. —¿Ellos?, ¿pero por qué hablaba en plural?, ¿no estaba acaso considerando la opción de que Orga no estuviera enamorado?, ¿no dudaba de su teoría respecto a Rufus?—, hay que hacer algo para ayudarlos.

«Hay que hacer algo». ¿Por qué demonios eso sonaba como si fuese su obligación o algo por el estilo?

Minerva carraspeó, empleando aún más esfuerzo en ocultar su creciente molestia antes de hablar.

—Conservo mis dudas —comentó, obteniendo una mirada confundida a sus palabras—. Es decir, no veo porque tendríamos que hacer nada, ni siquiera es seguro...

—¡Por eso! —La cortó Yukino, casi emocionada—. No me había percatado de todo este asunto hasta que usted lo mencionó, quizás ellos tampoco se han percatado de nada.

—Espera un momento, ¿quién ha dicho que no se han percatado?

Yukino pareció sorprendida por su acotación, pero no tardo en recuperarse.

—¿Quiere decir que Rufus-sama sí se ha percatado? —No era exactamente lo que había querido decir—. Supongo que tiene razón, él ya debe ser consciente. Aunque eso es bueno, significa que solo hay que abrirle los ojos a Orga-sama.

De acuerdo, en vista de la situación (ya dudaba que Yukino fuera entrar en razón) solo le quedaba una cosa por hacer: huir.

—Por supuesto —aceptó, más por sacarse esa conversación de encima que por otra cosa—. Aunque de momento deberías dejar de espiar a Rufus, para que no sospeche.

—¡Tiene razón! —exclamó Yukino, levantándose—. Iré por Orga-sama, espéreme aquí.

Minerva contempló como su compañera se marchaba, de seguro en busca del mago de rayos tal y como había afirmado. Cuando se hubo alejado lo suficiente ella también se levantó con rapidez, aproximándose a un miembro cualquiera del gremio.

—Si Yukino pregunta por mí —dijo, llamando la atención de la chica que pasaba frente a ella—, dile que me surgió algo de vida o muerte y tuve que irme a... a otro planeta.

Y dicho eso emprendió camino a las puertas del gremio, dejando a la maga con la que había hablado bastante confundida. Eso no implicaba que no dejó el recado, en lo absoluto, después de todo era la Señorita quien se lo había pedido, por supuesto que en cuanto vio a Yukino le dijo palabra por palabra lo que Minerva le había dicho a ella. Una lástima que pese a todo Yukino no fuera estúpida, ingenua tal vez, pero no estúpida.

—Me ha abandonado. —Se quejó.

No importaba, Minerva había empezado todo ese asunto y la iba a convencer de ayudarla así fuera lo último que hiciera. Sin embargo, no iba a quedarse de brazos cruzados ante la ausencia de su compañera, motivo por el que cometió el error (sí, error, en todas sus letras) de ir por Sting. Como este estaba con Rogue pues... Bueno, cuando Minerva volvió no era solo Yukino la que espiaba al mago de creación, eran los cuatro.

—Temo preguntar —dijo al verlos.

La menor le dirigió una mirada molesta, pero no dijo nada.

—Le juro que no estoy aquí por voluntad —dijo Rogue ante su comentario, ganando ahora él una mirada molesta de Yukino.

—Claro que sí —replicó.

—Eso, todos estamos aquí por voluntad propia —agregó Sting, apoyando a la chica.

Orga enarcó una ceja.

—Estoy segura de haber dicho varias veces que me quiero largar —comentó—, no sé cuántas, pero fueron más de diez.

—No hasta que se declare —ordenó Yukino, regresando su mirada a Rufus—. Bien, en cuanto comience a notar que se queda dormido va.

—No me voy a declarar.

—¡Sí se va a declarar!

Minerva tuvo claro en esos momentos que la no-sutileza Yukino la estaba llevando a extremos alarmantes.

—Díganme que esto es una broma —rogó, cubriendo su rostro con una de sus manos.

—Es su culpa para empezar —reclamó Yukino, cruzándose de brazos.

Lucía molesta, de seguro porque la había dejado plantada, pero eso honestamente a Minerva le importaba poco. No iba a negar, eso sí, que parte de esa situación era su responsabilidad. Que le cortaran la lengua a la próxima, demonios.

—¿Qué se supone están haciendo? —cuestionó pese a todo.

—Espiamos a Rufus —respondió Sting señalando lo obvio, pero antes de que Minerva pudiera reclamar ese hecho continuó—. No se moleste en preguntar para qué, me parece que no lo espiamos para nada en particular.

—Claro que sí —replicó Yukino.

—¿Sí? —repitió el maestro—, ¿y para qué lo espiamos?

Dado el largo, realmente largo silencio de Yukino se hizo evidente que no, no tenían un puto motivo para espiarlo.

—Pues —dijo la maga tras el (o los) minuto de silencio, dudando—... le espiamos para... para que Orga-sama se declare.

—¡Que no!

—¡Que sí!

Minerva rodó los ojos.

—Esto tiene que ser una broma —dijo—, ¿exactamente cómo espiar a alguien es el preámbulo de una declaración?

—No lo sé, pero lo es —respondió Yukino, terca.

La situación comenzaba a ser desesperante y eso que Minerva no solía molestarse con Yukino; nadie, en general.

—Claro que no, espiar a alguien solo es de algún idiota desesperado —dijo Minerva, para inmediatamente agregar considerando que sus cuatro compañeros espiaban, en teoría, a alguien—, si lo haces para declararte.

—Eso, pareces un idiota desesperado Orga —comentó Sting al oírla, sonriendo inevitablemente.

—Si me permite maestro, voy a golpearlo.

—¡No te lo permito!

Yukino no tardó en reclamar silencio porque gritando así iban a llamar la atención de Rufus, especialmente si Sting gritaba porque solía hacerlo fuerte, incluso más que Orga, quizás porque tenía la voz un tanto más aguda. Por supuesto, su reclamo tardío no impidió que Rufus alzara la vista del libro que leía para buscar la procedencia del grito con la mirada y posar entonces sus ojos en ellos. Se formó un alboroto bastante ridículo ante eso, a ojos de Minerva al menos, que duró lo que sus compañeros tardaron en... aparentar (en teoría). ¡Vamos!, que entre que Sting solo se cruzó de brazos y se puso a silbar (muy natural, por supuesto), Yukino junto las manos y aparentó mirar el resto del gremio con una sonrisa bastante sospechosa en su rostro, Rogue se apoyo en el primer mueble cercano que encontró y fingió indiferencia como quien no quiere la cosa, y Orga se llevó la mano al cabello a la vez que alzaba la mirada al techo como si hubiese algo que ver ahí, formaban un cuadro bastante poco sutil. Considerando que en el centro de los cuatro estaba ella de pie mirándolos como si tuviesen algún tipo de retazo mental, Minerva consideraba seriamente que debían parecer una escena digna de una comedia, no le extrañó para nada que Rufus parpadeara totalmente confundido al verlos. Por favor, decir que eran ridículos ya podía considerarse un eufemismo.

—¿Ocurre algo? —preguntó el mago porque con la imagen que ofrecían sus compañeros era imposible que dijera otra cosa.

—Nada —respondieron los cuatro a la vez, cada uno siguiendo en lo suyo como si nada.

Minerva alzó una ceja ante eso, lo estúpido de la situación. Acabó por suspirar (y perder la fe en la humanidad) para luego alzarse de hombros con resignación y dar la vuelta.

—¿A dónde cree que va? —reclamó inmediatamente Yukino, dejando su tonta actuación para cogerla por la espalda.

Esperen, eso sonaba raro. Para tomar la tela de su vestido y detener su avance, quería decir.

Minerva quiso gruñir con molestia pero con el pensamiento de que le gruñiría a Yukino no lo hizo, solo miró por sobre su hombro a la chica, la que albergaba un puchero en su rostro por su intento de huida. Maldita Yukino que se veía demasiado adorable así para enojarse con ella.

—Me largo —respondió sin pena ni culpa, que no tenía por qué para empezar—, ya notó que tienen la sutileza de una locomotora así que me marcho considerando la situación.

—¿Qué ha querido decir con eso? —reclamó Rogue, todavía apoyado contra el mueble—, yo soy muy sutil.

—En tu imaginación.

—Ciertamente —comentó Rufus de pie frente a ellos, a saber en qué momento se había movido. El sobresalto masivo que obtuvo de sus compañeros no ayudó a que su expresión de desconfianza disminuyera—. ¿Qué hacen?

—Eh —Sting miró hacia todos lados, sintiéndose acorralado—... nada.

Desde ya que su compañero no iba a creerse esa respuesta, así que paseó la mirada entre todos y hasta Minerva sudó frío, porque esa situación resultaba demasiado incómoda. Que nadie ahí necesitaba de las sospechas de Rufus sobre su nada natural actuar.

—¿Qué traman?

Yukino ante eso, y sabiamente, optó por coger ahora a Minerva por los hombros (todo lo que podía con la diferencia de altura) y arrastrarla ella fuera del lugar con rapidez.

—Yo y la Señorita íbamos a la cocina por nada importante, ni te preocupes —comentó al tiempo que huía junto a su compañera, la que no opuso resistencia porque ciertamente también le venía bien huir.

Antes de que Rufus dijera nada sobre eso Rogue se apartó de su pareciera tan querido mueble para apresurarse en dirección a Sting y cogerlo del cuello.

—¡Papeleo! —exclamó de la nada con la potencia de una locomotora y ciertamente con la sutileza de la misma.

Su maestro, como hiciera Minerva momentos antes, tampoco opuso resistencia porque entre el papeleo y Rufus se quedaba con el papeleo.

El susodicho los observó marchar, enarcando una ceja ante la evidente huida de sus compañeros antes de fijar la atención en Orga, el único que quedaba ahí, en ese espacio en particular del salón junto a él. Lo miró como si esperase de él algún tipo de explicación al comportamiento de los otros, algo que ciertamente a Orga no le apetecía dar. Por eso llevó la mano de su cabello a su cuello con incomodidad, inclinando levemente la cabeza como si destensara algún músculo antes de alzarse de hombros y pasar a un lado de Rufus sin detenerse siquiera a mirarlo, dispuesto a largarse como hicieron los demás.

—Ey —reclamó el mago de creación.

—Pierde el tiempo de alguien más. —Fue la única respuesta que obtuvo.

Rufus frunció el ceño, incordiado por el comentario. No lo habría esperado jamás de parte de su compañero y honestamente podía tolerar cualquier cosa excepto que Orga lo ignorara, él en particular, más que nadie. Que ser ignorado era en general desagradable pero se intensificaba si se trataba de él, considerando además que era poco común, tan poco común como la actitud de des-adaptados que estaban teniendo el resto de sus compañeros. Resultaba molesto, además le habría venido bien una explicación factible al extraño actuar de sus amigos, no costaba nada darla.

Suspiró y meditó la situación tratando de hallar una lógica inexistente, al menos a su parecer. Que nada de lo que hacían los demás en el último tiempo parecía tener sentido, en lo absoluto. Hubiera sido en verdad factible simplemente increpar a alguno con la cuestión, pero la verdad es que tampoco tenía ganas de darle demasiadas vueltas al asunto... al de sus compañeros, su inexplicable retraso mental repentino, aunque a Sting lo excusaba porque en él era común. El tema de que Orga de pronto simplemente lo hubiera ignorado toscamente ciertamente no podía dejarlo de lado por varios motivos, para empezar que le era de todo menos un asunto insignificante, no le sentaba bien ser de pronto echo a un lado; además ni siquiera era primera vez, Orga llevaba esquivo con él tanto tiempo como Yukino llevaba contagiada de la estupidez monumental de Sting.

Pensó en seguirlo por eso mismo, pero tampoco quería incordiarlo de alguna manera, más que nada por si resultaba ser el caso de que ya lo había incordiado antes y a eso se debiera el detalle de que le huyera. De cualquier forma de ser así en lo absoluto habría sido su intención, pero prefería prevenir que lamentar. Además si ya se había largado, al igual que todos, presumía que era porque en ese preciso momento por alguna razón lo quería lejos. A saber qué tramaban sus compañeros dado eso, pero no le interesaba entrar en detalles. Si Orga no lo quería cerca en ese preciso momento bien, podía esperar a que estuviera más predispuesto, le era más factible en vista de eso seguirlos a los demás que a él, hecho que tampoco iba a realizar un poco por lo mismo, si no lo querían cerca dudaba que llegasen a responderle algo. De todas formas Sting y Rogue, según había entendido, se habían largado a la oficina a ordenar los papeles así que probablemente se los toparía en algún momento, a menos claro que en realidad hubieran ido a tener sexo desenfrenado sobre el escritorio pero lo dudaba, Rogue no aceptaría hacerlo ahí, o al menos eso suponía.

De cualquier manera, todas las consideraciones anteriores lo dejaban prácticamente sin ningún plan de acción, si a sus compañeros de pronto les había nacido la necesidad de jugar todos juntitos al «club de los raritos» él por lo visto no podía hacer nada al respecto, por desagradable que fuera la situación. Así que se alzó de hombros, metafóricamente, y procedió a regresar al punto del sofá donde se hallaba sentado antes, dispuesto a seguir con su lectura. Al menos por ahora, quizás hasta que sus amigos volvieran a asomarse por ahí indicando que ya no debía preocuparse de que por alguna razón huyeran de él, podría entonces meditar qué hacer al verse en una situación un poco más favorable.

Abrió el libro en la página en la que se había quedado y procedió a concentrarse en la lectura una vez más, al menos durante algún tiempo. Como solía sucederle tarde o temprano se quedó dormido, apoyado contra el sofá y con el libro todavía en su regazo. No era extraño que ocurriera eso, de hecho era cosa de casi todos los días, sin embargo dejó de serlo en cuanto abrió los ojos.

No le costó determinar que ya era tarde, principalmente por la falta de luz natural. Frunció levemente el ceño a causa del detalle antes de tallarse los ojos unos momentos, dejando el libro a un lado.

—Buenos días —saludó Minerva sentada en el sillón del frente.

Por supuesto era solo un decir, resultaba más que evidente que la hora se acercaba más al «buenas noches» que al «buenos días», aunque como el mago venía despertándose optó por esa frase, «buenas noches» solía decirse cuando uno se iba a dormir.

Rufus apartó la mano de su rostro para fijar su mirada en su compañera, que bebía un café con aparente calma. Contempló unos momentos a la mayor y, tras la corta mirada que le dirigió, paseó sus ojos por el cuarto en una inspección silenciosa. Torció un poco más su gesto, en una clara expresión de molestia, tras contemplar bien el lugar y determinar no solo que ya era tarde, sino también los pocos miembros que quedaban ahí.

Minerva era suficientemente perceptiva para entender el motivo de esa actitud.

—¿Buscas algo? —cuestionó, dejando su café a un lado unos momentos.

—¿Qué hora es? —preguntó Rufus sin hacer caso de su pregunta, regresando su atención a su persona, todavía por lo visto algo incordiado con la situación.

—Poco más de las diez —respondió Minerva con calma—. Sting te estuvo buscando para ver lo de finanzas pero como estabas dormido y no quería despertarte, aunque no veo quién querría —comentó con doble intención—, te dejó dormir y le pidió ayuda a Rogue.

Rufus mantuvo la mirada en ella no muy seguro de cómo tomar esa información.

—¿Orga?

Minerva se alzó de hombros en respuesta, tratando de contener su sonrisa. Notaba que su compañero no estaba exactamente de buen humor y no quería dar una idea equivocada, pero había previsto la pregunta y casi le resultaba inevitable sonreír por eso.

—La última vez que lo vi estaba en la cocina.

—No me despertó. —Soltó Rufus.

Sonaba a regaño, pero al no ser contra ella Minerva simplemente lo pasó por alto.

—Evidentemente, prácticamente no se pasó por el salón.

Hubo un silencio, no demasiado largo y no demasiado tenso, quizás porque en sí no había ningún inconveniente ni con esa situación ni entre ellos dos. Por supuesto, Minerva sabía que sí había un problema, solo que más allá del contexto y por eso el silencio parecía estar más allá de la conversación, al igual que el regaño. Pensó unos instantes las palabras que había intercambiado con Yukino hace unas horas, porque ella había dicho «supongo que sí», pero comenzaba a plantearse la veracidad de esas palabras. Meditando la respuesta fidedigna a la pregunta dado los hechos recientes y lo dicho por Yukino, no sería tan raro. Quizás debió considerarlo cuando hizo su declaración sobre Rufus, el que se levantó del sillón de pronto captando su atención.

—¿A dónde vas? —preguntó.

Rufus le miró unos segundos.

—A la cocina —respondió con calma.

Minerva consideró hacer un comentario al respecto, si no lo hizo fue por el simple detalle de que Rufus lucía de mal humor. Tenía relativamente claro el motivo de eso y por tanto prefería no inmiscuirse, más siendo que el mago iba a la cocina. Si sus compañeros tenían asuntos pendientes que tratar ella mejor no se metía, no más de lo que ya lo había hecho. Volvió a coger su café y trató de concentrar sus pensamientos en otra cosa, ignorando los pasos que se alejaban por el pasillo.

Rufus, por su parte, atravesó el salón a paso moderado. No era lo suyo caminar rápido o lento y ni su estado de ánimo cambiaría eso. Además no tenía motivos ni para acelerar el paso —no estaba apresurado— ni para reducirlo. Sencillamente caminó con tranquilidad, como lo haría cualquier otro día. Debido a eso no era tan patente que estaba de mal humor, independiente de que Minerva lo hubiera notado rápidamente. Por eso mismo Yukino no reaccionó enseguida al verlo entrar, primero le sonrió como si nada para luego mutar un poco su expresión, en un gesto algo curioso.

—¿Qué pasa? —cuestionó Rufus tras una corta mirada al lugar, luego de la cual torció su expresión en señal de decepción.

—¿Todo bien? —preguntó Yukino a su vez, presintiendo que a su compañero le pasaba algo, fuera lo que fuera.

—Sí —respondió el mago con simpleza—. ¿Orga no está aquí?

—Oh. —Casi exclamó Yukino, llevando su mano a su boca como si acabara de hallar la respuesta a un enigma.

Rufus no pudo evitar desconfiar de esa reacción.

—¿Qué?

—Nada, no es nada —aclaró la menor rápidamente pero con un brillo extraño en la mirada—. ¿Qué pasaba con Orga-sama?

—Nada, solo lo estoy buscando, Minerva dijo que estaba aquí.

—Entiendo, ¿y lo busca por algo en particular?

Rufus la miró algo confuso.

—No en realidad —dijo.

Yukino le dirigió una mirada un tanto escéptica.

—¿Y para qué lo busca entonces?

A saber qué es lo que estaría pensando, pero Rufus tuvo claro que algo pasaba por la mente de su compañera.

—No me despertó —aclaró finalmente, algo incómodo de tener que hacerlo sin saber muy bien por qué, quizás por el brillo extraño en la mirada de la maga frente a él—, solo quería saber qué estaba haciendo...

—¿Tan importante para no haber ido a despertarlo? —Lo interrumpió Yukino, juntando sus manos con fuerza por sobre su pecho, como si algo en sus palabras la emocionara.

Rufus frunció el ceño.

—No —replicó.

—¿No?

—O sea —soltó un quejido, notando que la conversación empeoraba su estado de ánimo, cosa rara, Yukino no solía crisparle la paciencia nunca—, sí —aceptó, todavía más incómodo por eso—. Quería saber en qué estaba.

Recién entonces Yukino notó el motivo de que su compañero le diera una sensación tan extraña cuando ingresó al lugar: estaba molesto. Aceptó tardarse un poco y consideró dado eso que quizás no era el mejor intercambio de palabras del mundo.

—¿Está molesto? —preguntó casi con ingenuidad.

Rufus frunció el ceño todavía más, respondiendo la pregunta con el simple gesto.

—¿Por qué? —cuestionó—, ¿porque no me despertó?

—Sí, ¿está molesto con Orga-sama?

—No.

—¿No?

—No —repitió el mago, seguro—, ¿por qué estaría molesto con él?

—Porque no lo despertó —comentó Yukino con obviedad.

—Estoy molesto con la situación.

—¿Y por qué no con Orga-sama?

—¿Por qué me molestaría con él?

—¿No puede molestarse con él?

Rufus calló, incómodo. Notaba un nudo en la garganta ya que se había quedado a medio decir y era raro, sentir el «sí» atrapado en su boca. Era raro admitir en voz alta que no, no podía molestarse con él; e incómodo, no quería admitir algo como eso.

—¿Sabes dónde está o no? —inquirió con sequedad.

Yukino no respondió enseguida, más que nada porque el que calla otorga y el silencio momentáneo tras su pregunta le había dejado una respuesta más que clara. Tenía claro cómo interpretar eso, pero el detalle lo hacía un poco más incómodo. Se preguntó medio segundo si Orga lo estaría evitando porque en verdad no le gustaba y qué tan mala podría ser la situación en dicho caso, porque Rufus no era tonto y de seguro ya se había percatado de su evidente lejanía, por algo estaba ahí; y estaba molesto, eso no auguraba nada bueno.

—Se fue a dormir hace un rato, como Rogue-sama —dijo al fin.

Rufus frunció el ceño por a saber qué vez.

—¿Rogue no estaba con Sting?

Yukino parpadeó.

—¿En su oficina? —cuestionó, obteniendo una afirmativa—. No, se fue a dormir hace una media hora, Sting-sama está trabajando solo.

El corto silencio que siguió a su declaración le indicó a Yukino que Rufus estaba procesando dicha información, la idea de Sting solo en su oficina con el papeleo de seguro para el mago de creación no implicaba nada bueno. Evidentemente fue por eso que dio la vuelta.

—¿A dónde va?

—A ver que Sting no la esté cagando.

Yukino no le dijo nada, principalmente porque Rufus ya estaba molesto y de seguro esa nueva información solo lo había enojado más, y él era un tanto volátil al enojarse, la menor chispa podía implicar el exterminio de toda la vida y ella prefería no ser esa chispa. Lo dejó marchar, observando como salía de la cocina y sintiendo medio segundo lástima de su maestro, luego regresó a lo que estaba haciendo, que medio segundo bastaba.

Sting tuvo un escalofrío sin razón aparente —si supiera ya se estaría quejando de que nadie en ese maldito edificio velaba por su integridad física— en ese momento, se notó confuso unos segundos debido a eso antes de regresar su atención a los papeles e informes dispuestos sobre su escritorio y olvidar el asunto. Al menos hasta que la puerta fue abierta y por ella ingresó Rufus. Sting no tardó en notar, tras alzar la vista y observarlo unos instantes, que estaba molesto, bien o mal lo conocía lo suficiente para ser consciente de ello a simple vista aunque para cualquier otro no fuera tan evidente. Detalle bastante esperanzador de paso, porque solo era indudablemente notorio que Rufus estaba molesto cuando su enojo había llegado al punto culmine y ese era el momento de abandonar toda esperanza y ponerse a rezar. Que su compañero era del tipo cortante al enfadarse y a él le agradaba su garganta tal cual estaba, muchas gracias.

Mejor que no se notara, pensó, eso implicaba que aún no estaba tan molesto aunque tuviera ese aura, aparentemente desapercibida, de «destrozaré tu garganta con un cuchillo si empeoras mi día».

Lo peor de todo es que Sting estaba seguro de que Rufus había ido ahí con el único objetivo de terminar de enojarse, no podía haber otra razón, no siendo Sting el principal experto en realizar el susodicho «si empeoras mi día»; y dado que Sting no quería pasar al «destrozaré tu garganta» ciertamente no le agradaba del todo la idea de tener a su compañero ingresando a su oficina con aparente calma.

Rufus se iba a sentar frente a él, iba a coger los papeles que Sting había estado viendo y les encontraría alguna falla. Entonces Sting tendría que rogar por su vida.

—¿Qué tal dormiste? —preguntó al tiempo que su compañero caminaba hacia él, más que nada por decir algo antes de que el ambiente pudiera ponerse tenso.

Lamentablemente como él parecía tener la maravillosa habilidad de decir justo lo que no tenía que decir recibió una mirada fulminante a cambio de su pregunta. Casi juró tragar duro.

—Bien —espetó Rufus de forma cortante.

El maestro se encogió en su silla, incómodo, ¿y si había dormido bien por qué estaba molesto?

Rufus se sentó frente a él con esa elegancia de la que hacía gala hasta para estornudar, deteniendo su mirada en su persona por más tiempo del aceptable y de una forma exageradamente fija. Es que, demonios, ¿cómo le hacía para pasarse tanto sin parpadear?

—Y... —comenzó, no muy seguro de qué decir a continuación porque comenzaba a notar que el aire se enrarecía y era justamente lo que quería evitar—. Dormiste mucho —comentó de la nada.

Como era de esperar ese también fue un mal comentario.

—Sí —masculló el mago frente a él, frunciendo el ceño—. ¿Rogue?

Perfecto. Sting se vería en la obligación de aclarar que ya se había marchado y a partir de entonces la conversación decantaría en lo que él había estado haciendo, que a ojos de Rufus no sería nada bueno.

—Orga no te despertó —dijo como último y desesperado intento de torcer la conversación y que Rufus no se molestara por él.

Tras lo cual se tomó unos cuantos segundos para preguntarse por qué mencionar al mayor era su última alternativa, o sea, ¿que lo nombraba y ya, con eso Rufus sería feliz?, ¿que eso no era increíblemente gay? Nunca se había percatado del extraño curso de sus pensamientos hasta ahora, se iba a demostrar solo que Minerva tenía razón a ese ritmo.

—No —respondió Rufus suavizando el tono.

Que era lo otro, ¿y por qué casi parecía funcionar? Peor, Sting siempre usaba esa estrategia porque en verdad solía calmarle los ánimos a Rufus, ¡¿que eso no era anormalmente raro?!

De seguro se sumió demasiado en esos pensamientos porque en un punto Rufus volvió a fruncir el ceño, aunque extrañado más que molesto. Es que Sting se había quedado callado mirándolo pero sin verlo en verdad, claramente pensativo, a saber en qué, a juzgar por su expresión intuía que no era el tipo de pensamientos que solían agradarle, su maestro acostumbraba tener de esos, desgraciadamente.

—¿Qué?

—¿Disculpa?

—¿Qué pasa?

Sting se mantuvo en silencio, todavía un tanto perdido en sus pensamientos.

—¿Por qué estás molesto? —preguntó tras unos segundos sin quitar su expresión abstraída.

El mago frente a él parpadeó extrañado, sin esperarse esa acotación.

—¿Disculpa?

—¿No estarás molesto porque Orga no te despertó, o sí?

Rufus quiso gruñir con fastidio, más le valía a Sting no salir con las mismas cosas que Yukino.

—¿Te importa?

—Te lo he preguntado.

—Yo también he hecho una pregunta.

—La mía va primero.

—En realidad es la mía.

—Claro que no —replicó el maestro con rapidez.

Rufus le miró unos segundos mientras enarcaba una ceja.

—La primera pregunta sin respuesta fue la mía, pregunté por Rogue y cambiaste el tema.

Maldita fuera su memoria, pensó Sting, había olvidado lo imposible que resultaba ganarle una discusión a Rufus, era peor que una mujer.

—Se fue a dormir —dijo con molestia—. ¿La siguiente pregunta es mía o todavía te debo respuestas?

Rufus rodó los ojos, por lo visto catalogando de infantil esa actitud. Por supuesto Sting estaba acostumbrado a eso y le importaba, por tanto, una mierda.

—¿Cuál era tu tan importante pregunta, maestro?

—Ah claro, puedes usar tu memoria solo cuando te conviene.

—No cuando me conviene, más bien cuando no te conviene a ti.

Sting frunció el ceño y Rufus rió suavemente, divertido. En otra situación el maestro hubiera remarcado su posición como tal, pero considerando que su compañero ya no lucía molesto decidió que mejor pasaba por alto el detalle, la situación no era tan mala como parecía.

—¿Que si estabas molesto con Orga?

No hubo respuesta inmediata, Rufus simplemente se dedicó a mirarlo fijamente por lo que Sting se preguntó si tal vez estaba buscando la manera de librarse nuevamente de la pregunta, su compañero era experto en esas cosas (como un maldito abogado). Sin embargo el mago de creación acabó por hablar tras unos momentos.

—No.

Sting frunció el ceño, confuso.

—¿Y por qué estabas molesto entonces?

—Porque no me despertó.

—¿Pero no estás molesto con él?

Rufus suspiró como cansado de algo antes de hablar.

—¿Qué pasa? —reclamó—, ¿no puede molestarme el detalle sin estar molesto con Orga?

—Es... raro —comentó Sting, no muy seguro de si esa era la palabra.

—¿Por qué? —replicó Rufus—. No estoy molesto con él, no tengo motivos para estar molesto con él, no es su maldita obligación despertarme como para que me moleste —dijo, como excusándose a sí mismo—; pero no me gusta la idea de haberme pasado horas durmiendo en el sofá, ¿es eso tan difícil de entender? Simplemente no comprendo por qué no fue a despertarme siendo que siempre lo hace, no implica que esté molesto con él.

Ante tal verborrea Sting solo pudo parpadear, un tanto sorprendido por ese arrebato. No estaba muy seguro de qué decir ante eso, así que simplemente se alzó de hombros y soltó lo peor que pudo haber soltado.

—De seguro por lo que dijo Minerva —comentó con calma, y no se percató del error hasta que Rufus, que frunció el ceño extrañado por esa acotación, preguntó:

—¿Qué dijo la Señorita?

La fracción de segundo que le tomó a Sting formular la respuesta a esa pregunta fue la fracción de segundo que le tomó percatarse de que había hablado de más. Abrió la boca más por instinto que por otra cosa, aterrado ante la simple idea de seguir hablando al punto que empezó a sudar de forma exagerada, dejándose en evidencia. La expresión de Rufus se ensombreció ante eso, desconfiando de esa reacción.

—Sting —amenazó, o al menos así lo sintió el maestro—, ¿qué fue lo que dijo la Señorita?

Sting Eucliffe se preguntó, dado las circunstancias, cómo putas es que siempre hallaba la manera de llegar al «destrozaré tu garganta.» ¿Qué especie de maldición era esa?

—Nada importante —tartamudeó.

—¿No? —siseó su compañero.

Y como Sting Eucliffe le tenía más miedo al tipo frente a él que al puto de Zeref, acabó por soltar la verdad atropelladamente.

—Dijo que te gustaba y ya, nada más.

Hubo un corto silencio tras esa revelación. Rufus frunció el ceño cuando asimiló el significado de esas palabras, incómodo.

—¿Dijo que me gustaba Orga?

—Ajá —aclaró el maestro, relajándose ante el rostro de confusión de Rufus, al menos eso implicaba que su vida ya no peligraba.

—¿La Señorita le dijo a Orga que él me gustaba?

—A todos, en realidad —aclaró Sting.

—¿Y él... ustedes le creyeron?

Sting se quedo en silencio unos momentos, como pensándolo.

—No —dijo, inseguro—; o sea, conservamos nuestras dudas pero ella lo demostró así que en realidad sí, técnicamente le creímos.

Otro silencio. Rufus parpadeó. Sting se preguntó, los varios segundos que duró el silencio, si su compañero diría o preguntaría algo más o él ya podía largarse a la seguridad de su cuarto, le incomodaba seguir ahí hablando eso con Rufus. Aunque en teoría no tendrían que estar hablando de ese tema, ¿no tendrían verdad?

—Y luego de que la Señorita dijo eso —dijo finalmente el mago de creación, hablando lento como si algo en sus palabras le molestara—, fue que Orga se puso esquivo conmigo, ¿no?

Sting enarcó una ceja, algo extrañado por la pregunta, pero acabó por responder.

—Sí, me parece que sí.

Otro silencio. Sting ya empezaba a cansarse de ellos, más considerando lo pesado del ambiente. Golpeó rítmicamente el escritorio con sus dedos, impaciente de que su compañero dijera o hiciera algo, o bien él pudiera largarse, pero Rufus se había quedado estático con una expresión pensativa, casi preocupada. La situación era incómoda, demonios.

—Entonces —comenzó, inseguro y mirando a Rufus, aunque su compañero estaba perdido en sus cavilaciones—, ¿me puedo ir?

Rufus le miró vagamente, era evidente que estaba más interesado en sus pensamientos que en él.

—Claro.

Sting se levantó, y cual adolescente regañado, prácticamente huyó del cuarto a paso rápido, ya afuera se dio el trabajo de exhalar con calma. Tras eso emprendió rumbo a su dormitorio tarareando una melodía, estaba vivo, buen motivo para ser feliz, ¿no?

Recién al día siguiente se tomó la molestia de volver a pensar en la conversación y más que nada porque Yukino... cómo se dice... los reunió de nuevo a todos en su... ¿grupo de acoso? Bueno, algo así. Y evidentemente Rufus estaba raro (una semana observándolo le permitía a cualquiera determinar eso), y nadie sabía por qué, en teoría.

Aunque la que expuso el tema fue Yukino, así que en realidad era a la única que parecía importarle.

—Algo no está bien —comentó al grupo, llevándose una mano a la barbilla.

Minerva, sentada en una silla tras ella, fue la primera en responderle.

—Pues sí, no está nada bien espiar a una persona, me alegra que finalmente lo noten.

—No me refiero a eso —reclamó la menor.

—Y yo no espío a nadie —se quejo Rogue, cuyo único interés por lo visto era hacerse el desentendido.

Nadie le creía por lo que daba lo mismo.

—¿Qué haces aquí entonces? —preguntó Orga.

—¿Qué haces tú aquí?

El mayor señaló a Yukino.

—Me obligan.

—¡No te obligo! —se defendió la maga, captando levemente la atención de su compañero rubio en la distancia.

A Minerva no le pasó desapercibido el aparente desinterés del mago hacia ellos, que regresó rápidamente su atención a su lectura. Es decir, ¿ya no le llamaban la atención?

—Quizás se dio cuenta —teorizó, captando la atención de los demás.

—¿De que lo espiamos? —preguntó Orga—. Yo digo que se percató cuando llegamos.

—No eso —reclamó Minerva—, ¿y si se percató de por qué lo espiamos?

En ese momento Sting tuvo algo así como un mal presentimiento.

—No creo —dijo de pronto.

—Apoyo, ¿cómo se habría dado cuenta? —agregó Rogue, que indirectamente lo salvaba aunque sin percatarse. Ah, que lindo compañero era.

Yukino golpeó sus manos con emoción, por lo visto pasando por alto toda la conversación, antes de acotar:

—¿Y si ya sabe que lo sabes? —dijo, mirando a Orga—, ¿y si ha perdido las esperanzas?, ¿y si se cree no correspondido? —En ese punto el maestro del gremio tuvo un ataque de tos repentina al considerar su conversación de la noche anterior, la interpretación que tenía. Yukino le ignoró para posicionarse tras Orga y tratar de empujarlo—. Rápido, ve a pedirle una cita.

—No le pediré que salga conmigo.

—¡Que sí! —reclamó la maga—. Cállate y ve, no ves que está sufriendo.

Orga enarcó una ceja, fijando su atención en su compañero y notando que leía con tranquilidad y sin prestarles la más mínima atención.

—Pues yo lo veo bien.

—Tú ni lo viste enamorado y lo estaba, así que ve.

Orga suspiró y emprendió camino hacia el rubio casi inconscientemente, notándose incómodo al acercarse. Se detuvo frente al mago y cuando este alzó la mirada tragó nervioso, más considerando que sus otros compañeros seguían observándolo de lejos. ¿Por qué diablos había aceptado? Ah claro, para sacarse a Yukino de encima.

—Hola —dijo.

—Hola —correspondió Rufus, dejando el libro a un lado con indiferencia—. ¿Ocurre algo?

—No —respondió Orga, revolviéndose el cabello no muy seguro de qué decir a continuación. Volteó hacia los demás, notando que Yukino le alzaba el pulgar en señal de apoyo, aunque cuando Rufus fijó su atención en ella deshizo el gesto y se puso a silbar mirando el techo, todo muy natural. El mago de rayos regresó la atención hacia su compañero, volviendo a intercambiar miradas con este y cuestionándose nuevamente qué hacer; o sea, no le iba a pedir una cita. No, ciertamente no. Definitivamente no. No—. ¿Cómo estás?

Rufus enarcó una ceja.

—Bien —contestó, extrañado—. ¿Tú?

—Bien también. —dijo.

Y ahora qué, ¿le hablaría del clima? Y una mierda, iba a parecer una adolescente torpe a este paso.

—Por cierto —llamó Rufus, captando su atención—, quería hablar contigo.

Ah bien, quería hablar con él, absolutamente nada malo con eso, ¿que podría haber de malo con eso? Nada. Na-da. Pero como se le fuera a declarar saltaba por la ventana, le daba igual que estuviera a varios metros. Él no iba a escuchar una declaración y menos responderla porque... porque no.

Al menos no fue un «tenemos que hablar.»

—¿De? —preguntó con calma, porque tenía una imagen que mantener aunque en el fondo estuviera incómodo, muy incómodo con todo eso.

—Verás —comenzó el rubio, bajando la mirada al libro y eligiendo sus palabras—, había pensado que podríamos ir al bar que está a unas calles, ese que te gusta.

Orga enarcó una ceja, extrañado.

—¿Para?

Porque eso casi sonaba a cita.

—Para hablar —respondió su compañero, ocultando su nerviosismo.

—¿Y no podemos hablar aquí?

Rufus lo pensó, pero no iba a decirle algo como «quiero privacidad» por cómo sonaría, aunque con una mirada al grupo tras ellos —que estaba bien atento a la conversación porque Yukino acabó resultando una cotilla de mierda— bastó para dejar en claro el punto.

—No me parece —empezó, buscando la palabra adecuada—... conveniente.

—Vale —aceptó el mayor.

Se formó el silencio entre ellos, uno bastante incómodo. Orga se preguntó si debía decir algo más pero entonces Rufus volvió a tomar su libro (con más rapidez de la necesaria), indicador de que la conversación había terminado, por lo que el mayor simplemente se dio la vuelta y se largó de vuelta con los demás. Rogue alzó una ceja cuando estuvo de vuelta con ellos.

—No habías ido a pedirle una cita, ¿por qué fue él quien te citó?

—No me pidió una cita —reclamó el mayor, frunciendo el ceño—, y no fui a pedirle una cita —agregó, porque como no lo hiciera de seguro le salían con algo.

—¿Y a qué van entonces?

—A hablar.

—Oh claro, tienen que hablar —comentó Minerva, sarcástica—. Está claro que van a terminar.

Orga la miró con confusión, es decir, ¿cómo iban a terminar si no estaban juntos?

—Lo sabía —se lamentó Yukino—. Se ha percatado, ahora cree que no lo corresponden y piensa darse por vencido, quizás incluso te diga algo como «podemos ser amigos» o una tontería similar. Deberías ir y declararte.

Hasta Rogue miró a Yukino preguntándose qué tipos de historias armaba su cabeza, porque comenzaba a exagerarlo todo. El único que no lo hizo fue Sting porque se estaba percatando —recién, era bien lento el tipo— de que la había cagado. Oh mierda, se daba cuenta recién de que probablemente la idea que se había hecho Rufus con su conversación de la noche anterior no se alejaba mucho de la teoría de Yukino.

—Eso es ridículo —reclamó Orga—, ¿cómo iba a percatarse?

—Quizás porque no son nada discretos —comentó Minerva.

—¿E iba a percatarse por eso de que Orga ya se dio cuenta de que lo ama? —Rogue recibió una mirada fulminante a cambio de ese comentario—. Es decir, por esa lógica bien podría creer que los enamorados somos los cinco, o bien Yukino que es la más pendiente.

Yukino le dirigió una mirada de claro reproche ante eso. Sin embargo Minerva se vio en la obligación de admitir que el mago de sombras tenía un buen punto, independiente de las opiniones visuales de sus otros dos compañeros.

—Pues se enteró.

—¿Y cómo iba a enterarse? —reclamó Orga—, si solo lo sabemos nosotros, alguno tendría que haberle dicho.

En ese preciso instante Sting sintió otro escalofrío, Sting que había permanecido anormalmente callado todo el tiempo. Su sensación de malestar aumentó cuando notó como, lentamente, las miradas de sus compañeros se posaban en él. Incluso sudó frío antes de confesar, como un reo ante de su sentencia de muerte:

—Se me salió.


Y tal, el promtp era "Malentendidos" por algo.

Nos leemos.