CAPÍTULO II:
SEIS MESES ATRÁS

POV: Agente Bilger

12 de Abril de 2006; Emplazamiento desconocido, Alaska

La fría luz del sol del mediodía reflejada en la deslumbrante nieve, me obligaba a entornar los ojos mientras estábamos en la pista. A la inquieta espera de que llegara el helicóptero. Ethan, el técnico en seguridad que nos habían destinado para esta misión, resoplaba de frío tiritando a nuestro lado. Mientras me preguntaba si los equipos de reparaciones ya habían arreglado las comunicaciones.

—¡Pues sí que está tardando! —exclamó James a mi lado, contagiándose de los nervios de Ethan. Sabíamos por el sistema de control aéreo que uno de los helicópteros autorizados se dirigía a la base. Pero la radio se había frito debido al pulso electromagnético del accidente, por lo que desconocíamos quién era nuestro visitante. Segundos después oíamos el paleteo rítmico de la aspas del helicóptero de salvamento, a medida que su silueta se hacía cada más clara.

—¡Informadme de la situación! —ordenó Thompson en cuanto el helicóptero tocó suelo y se acercó a nosotros. Resultaba imposible saber si estaba contento por vernos con vida o cabreado por haberle despertado a altas horas de la madrugada para viajar a la fría tundra de Alaska. Siempre tenía el mismo gesto cínico petrificado en el rostro.

—La situación esta perfectamente controlada —exclamamos James y yo al unísono, sin poder evitarlo, mientras entrábamos en las instalaciones.

—No lo parecía cuando se cortaron las comunicaciones, hace seis horas —corrigió Thompson—. En la última comunicación se escuchaba una operaria gritando "¡Dios mío, dios mío! ¡Vamos a morir!"

—Esa era yo. El de los gritos era yo, Señor —aclaró Ethan, desviando la mirada al suelo—. Perdí los nervios debido a las alarmas de radiación.

—¿Alarmas? ¿Ha habido una fuga del material radiactivo? —preguntó Thompson nervioso.

—No, las medidas que elaboró Ethan contra posibles escapes, han funcionado perfectamente —expliqué raudamente, observando el gesto agrio que adquirió el rostro de Thompson. No era un secreto dentro de la agencia que nos llevábamos mal. Teníamos muy diferentes maneras de ver los mismos problemas y muy diferentes maneras de solucionarlos.

—Incluso con los cambios de última hora que tuve que realizar —apuntó Ethan, casi para si mismo.

—¿Cambios, qué cambios? —preguntó Thompson, harto ya de que le ocultáramos toda la información.

—¿Te acuerdas de Theodore Sprague? —pregunté en respuesta a Thompson, mientras entrábamos en la sala de conferencias.

—¿El hombre-cucaracha? —respondió Thompson extrañado—. ¿Qué es lo que ocurre con él?

—Digamos que nos hemos llevado una sorpresa —comentó ácidamente James a mi lado.

POV: Tracy Chobham

12 de Abril de 2006; 22:00 Horas; Galería Deveaux, NYC, Nueva York

Llevaba quince minutos intentando mezclarme con el resto de la gente de la fiesta, sin éxito alguno. De nada servía el vestido, ni el maquillaje, ni los intentos de iniciar una conversación.

Me sentía como un pulpo en un garaje en medio de tantos críticos de arte y esnobs. Contemplando las pinturas de la reciente exposición de un artista llamado Isaac Méndez.

«No sé cómo me he dejado convencer» pensaba irritada, recordando la propuesta de Simone para que acudiera a la fiesta. Me temía que fuera una encerrona para intentar endilgarme a alguno de los amigos artistas de Méndez.

—Espero que estés disfrutando de la fiesta —oí una voz familiar detrás de mí, mientras contemplaba una de las obras expuestas. El rostro atento de Charles Deveaux estaba esperándome cuando me giré al reconocerle.

—Por mucho que lo intente, no le veo el arte a esto —exclamé con una sonrisa al ver una cara conocida en la fiesta. Señalándole la pintura que estaba contemplando, la silueta de un ave alcanzada por un rayo—. No sé cómo Linderman se gasta dinero en esto —añadí al ver quién había reservado el lienzo.

—Te sorprendería saber cuánto vale en realidad —respondió acercándose para observar aquella macabra obra. Tenía más cosas en común con el señor Deveaux que con cualquiera de los presentes en la fiesta. Para empezar, ambos teníamos poderes especiales y ambos debíamos de sobrellevar los efectos secundarios de tenerlos.

—Me alegro de verle tan en forma —intenté comentar sin que se me acongojase la voz.

—No tienes que andar con indirectas Tracy, me muero —exclamó Charles desviando la mirada para observar mis oscuros ojos—. Yo ya he visto mi funeral, no le tengo miedo a la muerte.

—Ojalá pudiera evitarse —exclamé amargamente, sosteniendo la mirada unos eternos segundos.

—¿Y tú? ¿Qué tal andas? —preguntó desviando de nuevo la mirada hacia otra funesta pintura, en esta ocasión era un hombre muerto, un cadáver, en una cámara de gas—. ¿No habrás vuelto a tener una recaída?

—No, el Doctor Strauss dice que estoy mejorando mucho. Incluso me ha bajado la medicación —exclamé animadamente, mientras contemplaba por encima el siguiente cuadro de la exposición. Un patio de juegos abandonado, con un columpio roto y oxidado—. ¿Y Simone, ha mostrado señales…?

—¿…de manifestarse? —concluyó él la pregunta antes de que pudiera terminarla. Y seguidamente negó con la cabeza severamente—. No, eso se nota enseguida. El cambio siempre te desbarata todo.

—No sé yo… —dije por lo bajo, mientras observaba una pintura en la que aparecía un templo azteca con un eclipse solar de fondo. Últimamente Simone se había mostrado distante con la mayoría de sus conocidos, incluida a mí. Pero ese comportamiento extraño había comenzado desde que había conocido a Isaac Méndez, tal vez sólo eran tonterías de enamorados.

—Tú fuiste un caso aparte, Tracy —exclamó indulgentemente Charles señalando con la mirada a su hija que venía sorteando a los invitados—. Tienes tu don desde que naciste, no sabes lo que es vivir sin él.

«No tengo nada en común, con nadie» pensé, recapacitando sobre las duras palabras del señor Deveaux. Mi don siempre había estado conmigo, desde que era pequeñita. Desde antes incluso que tuviera memoria de mis actos. Pero Deveaux, Gramble, Petrelli, Linderman y los demás habían sido una vez gente normal y corriente. Al igual que todos los de aquella fiesta.

—¡Te encuentras aquí! ¡Te he estado buscando desde hace un cuarto de hora! —exclamó Simone, cuando se aproximó a nosotros.

—Disculpa a un pobre viejo. Pero le estaba preguntando a Tracy por sus estudios de derecho —apuntó rápidamente Charles, haciéndome un guiño sutil.

—Sí, así era —respondí cómplicemente.

—Ven Tracy, quiero presentarte a alguien para que le conozcas —añadió Simone sin darme un respiro, ni poder inventarme una excusa. Cogiéndome del brazo, casi secuestrada, para llevarme ante lo que me temía.

«Ojalá pudiera evitarlo» pensé irritada, por tener que mantener la falsa normalidad de mi vida. Cuando lo que deseaba era esfumarme de esa fiesta.

POV: Agente Bilger

12 de Abril de 2006; 18:00 Horas, Emplazamiento desconocido, Alaska

—…así pues el ADN del sujeto investigado no mostraba anomalías durante las cinco primeras sesiones efectuadas en nuestro banco de pruebas. Estaba respondiendo favorablemente a la exposición de isótopos de Cesio-137 y Uranio-238 con una tasa de supervivencia celular del 100% y sin presentar… —exponía Ethan agitadamente, mientras Thompson observaba la presentación de diapositivas con los datos obtenidos en las pruebas que le habíamos realizado a Sprague.

—Ya es suficiente, enciende la luz. Enciende la luz y apaga ese maldito trasto —exigió Thompson cuando vio vacilar a Ethan—. Explicádmelo en cristiano. ¿Vale? —profirió en cuanto la luz halógena iluminó la salita.

—Hace un año, cuando descubrimos a Sprague, pensamos que era inmune a la radiación —dijo James recostándose cómodamente en la butaca de orejas.

—Y lo es. Tal y como la pruebas… —comenzó a decir nerviosamente Ethan, pero la mirada ceñuda de Thompson le frenó sus ganas de continuar hablando.

—Creíamos que era resistente a la radiación, igual que las cucarachas —continuó James como si Ethan no le hubiera interrumpido—. Pero en realidad se parece más bien a una central nuclear, una parte de él neutraliza la radiación y la otra la genera.

—¿Generaba radiación nuclear? —preguntó Thompson sin dar crédito a lo que estaba oyendo.

—Sus mitocondrias generan Hidrogeno, Deuterio y Tritio a partir de elementos más pesados —apunté yo observando atentamente el rostro de Thompson. Le conocía lo bastante bien como para saber qué estaba pensando hacer con Sprague. Tendría que convencerle cuanto antes de que teníamos la situación totalmente controlada, y que no había que llegar a tomar medidas extremas—. Es un reactor de fisión viviente. Genera muchísimo calor y energía.

—Creemos que ha sido una reacción a las pruebas que le hemos practicado —señaló Ethan intentando mostrarse lo más profesional posible. Pero se notaba mucho que lo suyo era el trabajo de investigación, y no el trato con sus superiores—. Una nueva, y totalmente inesperada, faceta de su poder. Pero, pensamos que con práctica puede encontrar el equilibrio entre…

—¿Práctica? —preguntó sobrecogido Thompson—. ¿Sigue vivo Sprague?

—Está todo bajo control. Le sedamos hace ocho horas en una cámara estanca —dije yo manteniendo el tipo ante la severa mirada que me lanzaba Thompson.

—Las alarmas de radiación se activaron cuando empezó a generarla y pensamos que era una fuga del banco de pruebas —explicó James pacientemente—. Pero cuando se produjo la explosión todo el sistema de contención se vino abajo debido al PEM.

—¿Explosión? ¿Ha habido una explosión? —preguntó Thompson con una extraña sombra cruzando su rostro. Una expresión que no había visto nunca antes en él.

—Sprague hizo 'boom' en uno de los pasillos del pabellón, donde quedó confinado —explicó James con la atenta mirada de Thompson observándole—. Por suerte no ha habido heridos, ni siquiera él mismo.

—Fue más bien un mini-boom, podía haber sido mucho peor —explicó Ethan a un aturdido Thompson que apenas le hacía ni caso. Pero yo me alarmé al oír ese comentario—. Liberó tan sólo la energía correspondiente a treinta kilos de dinamita.

—Un hombre-bomba —susurró Thompson a voz en cuello, con la mirada pérdida. Cómo si estuviera recordando o pensando en algo insistentemente—. ¿Cuánta potencia puede generar Sprague? —preguntó Thompson desviando la mirada apresuradamente hacia Ethan. El cual se sorprendió al darse cuenta de que todos le mirábamos inquisitivamente.

—Pues… pues… podría generar mucho más —respondió Ethan tartamudeando.

—¿Cuánto más? —pregunté sorprendido, mirando de reojo a James. Ethan no había mencionado nada de esto a ningún de nosotros dos con anterioridad.

—No sé exactamente. Veinte, treinta, puede que cuarenta… tal vez cómo máximo cincuenta… kilotones —respondió Ethan finalmente—. Antes de que su cuerpo se colapsara debido al sobreesfuerzo.

—¡Dios mío! —exclamó James tragando saliva. No habíamos sido conscientes del verdadero problema que teníamos en nuestras manos. Toda la estación podía haber desaparecido volatilizada en un cráter de una milla, si no hubiésemos tenido tanta suerte.

—¿Sprague está completamente ileso? —preguntó Thompson ansiosamente. Sin calmarse cuando le contesté con un leve cabeceo afirmativo—. Quiero hablar con él en cuanto sea posible.

POV: Tracy Chobham

13 de Abril de 2006; 01:00 Horas; Apartamento de Tracy, Manhattan, NYC, Nueva York

—¡Al fin! —exclamé triunfalmente echándome en el sofá de mi apartamento, totalmente agotada. Había tenido que soportar durante más de dos horas a un pesado de marca mayor. El editor jefe de la publicación La 9ª Maravilla, la editorial en la que Isaac Méndez publicaba sus trabajos.

Sin contar con que tenía las manos largas y era un absoluto hortera. Pero finalmente le había podido dar esquinazo cuando estábamos contemplando una de las obras de su empleado. Un lienzo horrendo de una explosión de gran magnitud en medio de la quinta avenida.

Me levanté en contra de mi gusto, para desvestirme y quitarme el maquillaje. Antes de que me quedara totalmente amodorrada en el sofá, echando un vistazo de refilón a las fotografías que había colgado durante la tarde en las paredes. Algunas cajas de la mudanza aún seguían cerradas y apiladas ordenadamente en un rincón del espacioso apartamento. Así como gran parte de mi vestuario sin colocar en los armarios. Pero las cosas básicas estaban donde debían de estar.

Me paré en seco, cuando me dirigía al frigorífico para picar algo antes de ir a dormir, al contemplar una de las fotografías en la que aparecían mis padres a la derecha del Dr. Henry Strauss. Era una foto de grupo, junto al resto del equipo científico, todos con sus batas blancas de laboratorio. Y lancé una apresurada mirada al reloj de pared que había colgado en la cocina, un reloj con forma de gato que movía constantemente los ojos de izquierda a derecha con cada segundo.

«¡Me he olvidado completamente!» pensé dirigiéndome al armario del cuarto de baño, y rebuscando entre las compresas, la crema desmaquillante y la pasta de dientes sin ordenar. Sacando finalmente un tarro de píldoras blancas y verdes a nombre del Dr. Strauss.

—Una cada doce… dieciséis horas —exclamé para mí misma mientras me tragaba la pastilla y me bebía un vaso de agua seguidamente. Volviendo tranquilamente a la cocina después de haber cumplido con la rutina de mi medicación. Dispuesta a comerme lo que quedaba de tarta de queso en la nevera, cuando me percaté de que había un mensaje en el contestador. Cortando una porción generosa y relamiendo un poco el cuchillo que había utilizado, pulsé el botón para escuchar la grabación de la máquina.

—Eh… Esto, espero no equivocarme esta vez… —se oía la voz un hombre con un acento extraño en el aparato—. Señorita Chobham, me llamó Chandra Suresh. Estoy seguro de que usted no me conoce…

«Y yo también estoy segura» pensé divertida degustando el postre.

—… soy genetista y profesor universitario en la ciudad Madrás, en la India —continuó sonando el mensaje grabado. Y aquello hizo que me quedara paralizada de golpe, al oír una palabra en concreto: Genetista—. Quería hablar con usted tranquilamente, acerca de algo que he encontrado en su ADN. Algo muy especial. Puede visitarme en… —siguió mientras mi corazón se aceleraba debido a la adrenalina bombeada.

«¡Lo han descubierto!» pensé atemorizada a medida que notaba que la tarta de queso se me indigestaba.

POV: Agente Bilger

12 de Abril de 2006; 23:30 Horas, Emplazamiento desconocido, Alaska

—Lamento no poder darle la mano, agente Thompson —se disculpó con una tímida sonrisa Theodore, cuando Thompson entró en la sala que habíamos preparado para el confinamiento de Sprague. Estaba recién afeitado y se había cambiado la ropa carbonizada y quitado el hollín—. Los agentes Walker y Bilger me han explicado lo que me ocurrió. El accidente que he provocado.

Thompson acababa de examinar lo que quedó del pasillo en el que explotó Sprague, un amasijo de tubos de acero fundidos y hormigón carbonizado desprendido. Y por su expresión parecía extrañamente contento, contemplando a Theodore detrás del cristal blindado antirradiación.

—No te preocupes, Ted. ¿Te puedo llamar Ted? —preguntó Thompson amistosamente, y contemplando agradecido cuando éste le asintió de manera conforme.

«¡¿Está intentando parecer un buen tipo?!» me pregunté al ver el extraño interés que tenía Thompson.

—Por ahora lo mejor es que te mantengas calmado, Ted —exclamé echando un vistazo a los indicadores de radiación que marcaban OK.

—Explícame qué es lo que te ocurrió. Tu versión de los hechos —le pidió Thompson, sentándose en la silla que abandonaba James.

—Eh… habíamos terminado de hacer las pruebas y me dirigía junto a los operarios a mi habitación cuando noté algo extraño —empezó a explicar Ted mientras James me susurraba que iba a investigar cómo estaban de avanzadas las reparaciones en las comunicaciones, y para hablar con Ethan. —. Era como si surgiera un zumbido de mi interior, y algo se prendiese. Cómo si empezaran a arderme las entrañas por dentro, con un dolor agudo atravesándome entero. Después saltaron las alarmas y todo el mundo se puso a correr pero yo no pude debido al dolor —continuó Sprague relatando la historia cabizbajamente, bajo la atenta mirada de Thompson—. Y cuando pensé que no podía soportar más, entonces ese dolor salió de mí… —añadió en jadeo, y alzando la mirada hacia mí—… y después caí inconsciente. Casi no me puedo creer que no haya heridos —finalizó aliviado por la ausencia de víctimas, sin darse cuenta de que él era la primera.

«¡Le va ha descuartizar!» pensé aciagamente, al escuchar a Thompson asegurarle de que encontraríamos una manera de solucionar su problema. Me temía que ocurriese algo así, Thompson era de los que tenían la opinión de que muerto el perro se acabó la rabia. Y yo empezaba a tener remordimientos por haber convencido a Sprague para que colaborase con nosotros.

—Sabes, por un momento me lo he creído y todo —exclamé mientras salíamos por la puerta—. Pero después me he acordado de la clase de persona que eres.

—Quiero un plan de transporte para Sprague, para dentro de tres horas —respondió Thompson avanzando hacia la sala de conferencias, conmigo pisándole los talones—. Quiero llevármelo a Primatech para empaquetarlo y etiquetarlo.

—¡Espera! ¿Vas a dejarlo suelto y sin recuerdos? —le espeté agarrándole del hombro para frenarle. Thompson miró de reojo la mano que había posado, y con un gesto hosco me indicó que le soltara. Esa era peor idea que la de hacerle una vivisección y examinar sus restos, Theodore podía ser un peligro si no se le controlaba.

—¿Tienes alguna idea mejor? —me preguntó cínicamente mientras entrábamos en la salita y yo echaba un breve ojeada al oscuro rincón del fondo, recogiendo el maletín que había dejado encima de la mesa—. Estaré encantado de oírla.

—Sí, encerrar a Theodore en las oficinas de Hartsdale. Dónde le podemos tener controlado —exclamé sacando uno de los portafolios que había en mi maletín—. Y cancelar todo el Proyecto Orígenes, antes de que destrocemos las vidas de más personas —añadí tendiéndole una fotocopia de un expediente, y observando el rostro descompuesto de Thompson al leer el nombre que había en la portada.

—Willis. Ya veo, al final has encontrado este expediente y te has enterado —exclamó Thompson soltándolo encima de la mesa—. Por cierto. ¿Cómo has conseguido la información?

—Eso no importa —le respondí altivamente. Ethan se había jugado algo más que su empleo sacándome de los archivos de La Compañía, el expediente—. El asunto es que hemos cometido un error con Sprague y el proyecto debe cancelarse, igual que hace veinte años.

—El Proyecto NUNCA se canceló, Bilger —me contradijo Thompson echando un vistazo a los informes médicos del expediente—. Tan sólo quedó congelado. Y en cuanto a Sprague, recuerda que fue voluntario para someterse a las pruebas. Además, si no fuera por tu… pequeño error, nunca habríamos reabierto el proyecto —añadió ácidamente señalando con el dedo índice el expediente médico y dirigiéndose seguidamente a la salida después de recoger su abrigo.

—Me pregunto si Arthur Petrelli conoce la existencia de este expediente —dije recogiéndolo y sacudiéndolo levemente contra la mesa—. Por que no creo que le gustase saber acerca del verdadero origen del "nuevo" Proyecto Orígenes.

—No intentes amenazarme, Bilger. No sabes nada sobre los planes para este proyecto —respondió Thompson serenamente—. No tienes ni idea de lo que hay en juego con Theodore Sprague, ni con el resto. Y no pienso dejar que estropees todo porque te haya dado un arrebato de remordimientos —añadió cerrando la puerta sonoramente y dejándome a solas en la habitación. Instantes después sonó el teléfono móvil de mi bolsillo sobresaltándome al ver el origen de la llamada. La Clínica Hermes, donde estaba ingresada Amanda.

—Sí, soy Jacob Bilger… Sí, doctor… ¿Está seguro de las pruebas? —añadí aturdido al oír las palabras del Doctor de Amanda—. ¿Aún no se lo ha dicho a ella? Bien… No, lo haré yo —exclamé como pude intentando mantenerme sereno por lo que me había contado, aunque estaba tan sobrecogido que apenas me salía la voz.

—James, las comunicaciones han vuelto. Así que aprovecha para llamar a Molly antes de que nos marchemos —me dirigí a la vacía habitación después de desconectar la llamada, y recuperar el habla—. Aquí no hay nada más que podamos hacer a favor de Ted —añadí dirigiendo una aguda mirada hacia la oscura esquina en la que reaparecía James, al descamuflarse.

—Molly y tú sois los únicos que me encontráis cuando me escondo —pronunció James con una sonrisa al ver que le había pillado como otras tantas veces—. ¿Puedo saber cómo demonios lo supiste?

«Me lo has dicho tú mismo» pensé al verle agitando la cabeza y mirándome mordazmente. James podía camuflarse con el entorno de la misma manera que un camaleón en la selva, quedándose quieto y desapareciendo a plena vista. Eso si lograba calmarse y quedarse parado alguna vez.

Yo sólo había visto una forma vaga en la esquina por el rabillo del ojo, cuando habíamos entrado Thompson y yo. Pero había logrado tirarme un buen farol fingiendo que sabía su situación. Cuando podía haber estado perfectamente hablando con una habitación vacía de verdad.

—Si te lo dijera, no podría volver a hacerlo. Un mago nunca revela sus trucos —exclamé sobriamente.

—¿Qué era todo el rollo ese del Proyecto Orígenes? —preguntó mientras se aproximaba hacia mí.

—Algo que es mejor que olvides —exclamé guardando el expediente en el maletín.

—Oye, ya no soy el ladronzuelo de dieciséis años que sacaste de las calles de Melbourne —se quejó recordándome lo mucho que había cambiado en los veinticinco años que llevaba trabajando en La Compañía, de lo mucho que había mejorado—. Recuerda, confía en tu compañero…

—…tu vida —concluí yo por él la frase—. Eso es lo que estoy haciendo por ti, apartándote de esto. Ahora es mejor que volvamos a la civilización —añadí recordando la conversación telefónica con el Doctor de Amanda. Y rumiando una palabra, con puro odio, de todas las que había dicho: Metástasis.

POV: Tracy Chobham

13 de Abril de 2006; 12:17 Horas; Apartamento de Chandra Suresh, Brooklyn, NYC, Nueva York

—¿El Señor Chandra Suresh? Disculpe, pero creo me tiene que dar una exp… —comencé a decir cuando la puerta del apartamento 613 se abrió y observé a un Hindú de unos sesenta y tantos años, con perilla y cabello canosos bastante calvo que me miraba con curiosidad.

—¿Tracy Chobham, no? —preguntó dejándome con la palabra en la boca, cuando mostró signos de reconocerme.

—¿Usted me conoce? —pregunté a su vez estupefacta, y éste cabeceó afirmativamente—. Anoche usted me llamó dejando un mensaje en mi contestador. Un mensaje muy extraño.

—Pase, pase, por favor. Perdone, si no fui muy claro por teléfono —respondió humildemente mientras me daba paso para entrar en su residencia.

«¡El problema es que lo fue demasiado!» pensé, acordándome de las insinuaciones que había dejado grabadas en el contestador.

—¿Cómo obtuvo mi número de teléfono? —pregunté inmediatamente cuando cerró la puerta tras de mí.

—De su anterior casero, usted se lo dio por si surgía algún problema —contestó ofreciéndome asiento, mientras contemplaba por encima el apartamento de Suresh. Al igual que yo con mi nuevo apartamento, estaba instalando sus cosas y había muchas cajas sin desembalar, así como montañas de libros por colocar en las estanterías. Una tetera comenzó a silbar en la cocina, al empezar a hervir—. ¿Le apetecería un té?

—Sí, gracias —respondí afablemente, mientras continuaba examinando con la miraba aquel sitio—. Usted dijo en el mensaje que encontró algo en mi ADN. ¿Podría saber cómo obtuvo esa información, si me lo permite?

—La obtuve del Proyecto Genoma Humano, de cuando usted dio hace tres años una muestra de manera voluntaria —respondió sirviendo pausadamente el té, tras apartar el periódico que había encima de la mesa y mirándome con expectación.

—Pensaba que esos datos no son de dominio público. ¿Cómo obtuvo mi nombre y mi dirección? —inquirí molesta, al recordar la donación que había realizado cuando tenia dieciocho años. En aquel momento no me había parecido mala idea colaborar con la ciencia de manera anónima. Pero no había sido todo lo anónima que hubiese querido que fuera.

—En la India he estado realizando una tesis, los últimos quince años, sobre una anomalía genética responsable de una enfermedad hereditaria —respondió Suresh.

—¿Una enfermedad? —pregunté tragando un poco de saliva al notar que estaba muy cerca de la realidad en sus investigaciones.

—Sí, verá, gracias a mi tesis pude acceder al mapa genético de todos los que presentaban estas anomalías —explicó Suresh sentándose cómodamente y dando un sorbo a la bebida—. Y con ciertos contactos, he conseguido sus datos personales.

—¿Qué clase de enfermedad? Por que verá, yo estoy sana… —comencé a decir mientras contemplaba una sonrisa que se dibujaba en el rostro de Suresh.

—Me he expresado mal, no es en realidad una enfermedad. Aunque para poder obtener los datos del PGH he tenido que fingir que lo es —se explicó Suresh, dejando la taza sobre la mesita y acomodando la espalda en el sillón—. ¿Conoce la teoría de la evolución de Darwin? —esperó a que le hiciera una señal afirmativa con la cabeza para continuar hablando—. Yo sostengo una teoría derivada de la de Darwin. Una teoría que afirma que nuestra especie está cambiando, evolucionando.

—¿Evolucionando? —pregunté con un hilo de voz. Suresh cabeceó afirmativamente.

—Creo que, tanto usted como el resto de los individuos que he investigado en mi tesis, todos los que presentan esas anomalías, forman parte del siguiente eslabón evolutivo —continuó explicando Suresh.

—¿Cómo se supone que va esta anormalidad genética a afectarme? —pregunté a Suresh intentando saber hasta qué punto conocía la verdad.

—No lo sé. La mayoría de las anomalías son cánceres o enfermedades que tienen como intención eliminar una especie —comenzó a explicar Suresh lúgubremente, y yo me removía inquieta al oír aquellas palabras—. Pero otras son mejorías sobre los individuos que no las poseen.

—¿Mejorías?

—Hablo de logros extraordinarios, de dones que rallan lo irreal. Como la telekinesia, el teletransporte, la invisibilidad, la levitación…

—¡Dios! ¡Por un momento le he estado a punto de creer! —exclamé fingiendo como podía un ataque de incredulidad y levantándome del asiento. Tenía que escapar de ahí inmediatamente, Suresh sabía demasiado—. ¡Es usted un charlatán!

—Por favor, sólo necesito su colaboración. No estoy diciendo que usted tenga uno de esos dones —exclamó haciendo que me parase en seco al escucharle decir eso.

—No le entiendo —pregunté al ver que Suresh sólo tenía especulaciones y ningún dato empírico.

—Verá, mi investigación se asemeja a un inmenso crucigrama —exclamó cogiendo el New York Times y mostrándome el rompecabezas—. Necesito encontrar a un individuo que presente estos rasgos para obtener nuevas pistas, Un paciente cero, un paciente inicial. Igual que cada palabra resuelta da las letras para otras nuevas —añadió señalando los cruces entre las palabras.

—Pero yo no tengo ninguno de esos "increíbles" dones, señor Suresh —mentí descaradamente ante su atónito rostro—. No le sirvo para su investigación.

—Al revés, me vendría bien que me ayudara a quitarla de mi investigación —suplicó Suresh dejando el periódico encima de la mesita—. Sería una pista falsa menos.

—No tengo tiempo para sus fantasías, Doctor Suresh —sentencié ofendida dirigiéndome hacia la puerta—. Búsquese a otro Paciente Cero —añadí antes de cerrarla.

«No pienso ayudarle a resolver su puzzle» pensé mientras recapacitaba sobre este problema. Necesitaba hablar con la única persona que podría apoyarme.

Daniel Linderman.

POV: Jacob Bilger

13 de Abril de 2006; 13:00 Horas; Clínica privada Hermes, Manhattan, NYC, Nueva York

«Daniel Linderman, tiene que ser cosa suya» pensaba mientras leía el expediente medico que había sustraído de la base de Alaska, aguardando en la sala de visitas de la clínica. Sabía que el documento que tenía en mis manos iba a provocar un gran revuelo entre los miembros de la junta directiva de La Compañía. Las viejas rencillas entre los Fundadores se encenderían y los rencores olvidados volverían a renacer como heridas reabiertas.

Pero si no lo mostraba a todos ellos las cosas podían ir a peor. Theodore Sprague era el vivo ejemplo de lo que el proyecto Orígenes suponía, una espada de doble filo que podía volverse contra nosotros. Sabía que al menos Arthur Petrelli compartía la misma opinión que yo, ya que se había mostrado cauto con el anterior proyecto que había precedido a Orígenes. Todos sabíamos que estábamos acumulando más y más esqueletos en el armario, con cada nuevo "éxito" obtenido.

Y observando el logotipo de la clínica perteneciente a La Compañía, dos serpientes enroscadas alrededor de una vara imitando a la hélice doble del ADN, me acordaba de un esqueleto de mi armario particular. Una chiquilla adolescente a la que había arrebatado su juventud metiéndola en todo este lío, cuando podía haber disfrutado de una vida plena.

—Ya puede pasar, señor Bilger —me anunció una enfermera, indicándome que entrara en la habitación de Amanda. Guardando el expediente medico en mi maletín, me dirigí a la habitación de mi esposa con mi desolación. Cuando crucé el marco de la puerta me dio un vuelco el corazón, al verla darse la vuelta para observarme. No sabía cómo decir la mala noticia, no sabía decirle esa incómoda verdad que llevábamos evadiendo el último mes: Amanda se moría de cáncer, y no había nada que pudiera hacer.

Mostraba un aspecto tan radiante cómo el día que la conocí, con su cabello rubio y liso ligeramente encanecido. Y los ojos color de oliva un poco hundidos debido a las noches de insomnio y a la estancia en la clínica. Su rostro mostraba pequeñas arrugas y manchas que otros hubieran visto como estragos de la edad. Pero para mí ella suponía todo mi ser, toda mi vida. Aunque esa belleza serena y madura quedaba empañada por la tristeza de sus facciones, por mucho que intentara ocultar su dolor.

—Supongo que eres portador de malas noticias, Jacob —exclamó ella con su voz melodiosa sutilmente apagada. Aún me dolía más saber que pronto no volvería a escuchar mi nombre brotar de sus labios.

—¿Por qué dices eso? —pregunté intentando parecer calmado.

—Hoy debía de haber tenido una sesión de quimioterapia a primera hora. Pero pasan las horas y apareces tú —pronunció cruzándose de brazos vacilantemente, y volviendo la vista a la espaciosa ventana que daba al patio interior de la clínica—. No va haber más. ¿Verdad? —preguntó Amanda con la voz acongojada segundos después, mirándome con desaliento de nuevo. Y yo tragaba saliva para reunir fuerzas y decirle la verdad, algo a lo que yo no estaba acostumbrado a hacer.

—El Jefe de Oncología me ha explicado que el tumor… —me paré creyéndome incapaz de decírselo, cuando logré continuar sin saber de dónde sacaba las fuerzas—… que el tumor se ha extendido, demasiado para poder tratarlo o extraerlo.

Amanda volvió a desviar el rostro al soleado patio, con la mirada pérdida, al oír esas palabras. Y yo di unos pasos vacilantes acercándome a ella para intentar reconfortarla.

—Amanda…

—No, no quiero oírlo —exclamó ella girándose apresuradamente y dando un paso atrás, alerta. Mientras que yo intentaba encontrar una explicación a su comportamiento—. No quiero que me lo cuentes. No, ahora yo soy la que no quiere saberlo.

—¿No quieres saber el qué? —pregunté sorprendido por sus palabras.

—Para quién trabajas en realidad. No, no quiero saberlo. Ni quiero tu falsa compasión. Ni los médicos que tú pagas, ni… —repetía constantemente casi para si misma. Y yo me quedaba petrificado al oír sus frenéticas palabras, observando cómo su respiración se aceleraba—. No quiero ninguna de tus mentiras, Jacob…

—Amanda, cálmate… —comencé a decir mientras daba un paso más hacia ella, pero volvió a retroceder para mantener la distancia. Como un animal enjaulado y apaleado que no reconocía a una mano amiga.

«¿Tiene miedo de mí?» recapacité, observándola detenidamente. Ya habíamos tenido muchas discusiones por mi trabajo, por mi verdadero trabajo. En más de una ocasión Amanda había insinuado saber detalles, algunos de los cuales podrían poner en peligro nuestro matrimonio, y también nuestras vidas. Pero era la primera vez que Amanda hablaba tan francamente acerca de la mentira que creía haber interpretado perfectamente.

—… Ni tampoco quiero que me digas la verdad —terminó ella calmándose finalmente—. No, ahora no. No quiero que me la cuentes ahora que voy a morir.

—Te quiero —exclamé sinceramente, desde lo más profundo de mi alma—. ¿Acaso crees que también te miento cuando te lo digo? —añadí al verla titubear, sin poder replicarme. Antes de que le diagnosticaran el tumor a Amanda, habíamos estado a punto de separarnos. Y ahora comprendía el por qué. No confiaba en mí, había sobrepasado todos los límites engañándola. Ocultándole todo lo que hacía para La Compañía, durante demasiado tiempo.

—La mayoría de las mujeres se enojan cuando ven carmín en las camisas de sus maridos tras volver de viaje. O cuando huelen el perfume de otra mujer en su ropa —exclamó Amanda volviendo la mirada, con los brazos cruzados, de nuevo a la soleada terraza—. Pero, ¿qué debo pensar yo, cuando me encuentro manchas de sangre y el olor de la pólvora? —se preguntó retóricamente en susurros, sin mirarme—. Ningún agente de bolsa que gana lo que tú, puede tener un seguro que costee esta clínica. Y no sé qué clase de médico viola el juramento Hipocrático revelándote mi estado, antes que a mí —añadió con más fuerza en sus palabras y el entrecejo fruncido.

—Esta clínica también les… —intenté explicarle, pero me frenó alzando la mano, para pedirme silencio.

—No quiero saberlo —exclamó ella con la barbilla temblándole de pavor—. No quiero saber el porqué de tus pesadillas nocturnas. Ni el porqué de tu extraño humor cuando volvías de algún viaje de negocios. Ni cómo te has hecho realmente las cicatrices que tienes. Ni el porqué de las llamadas a altas horas de la madrugada —añadió mirándome con sus verdes ojos encendidos de coraje—. Sólo quiero creer que eres un buen hombre. El mismo en el que siempre he podido confiar. El mismo con el que me casé —concluyó ella dejándose abrazar por mí esta vez, con la voz ahogada sobre mi hombro.

«Yo también quiero creerlo» deseé, intentando apartar a un lado todos mis pecados, las vidas destrozadas por mis decisiones. Pero no podía hacerlo teniendo tan cerca el recordatorio de una de esas víctimas en mi maletín. Quería estar cerca de Amanda hasta el final, pero antes tendría que hacer algo al respecto.

POV: Tracy Chobham

13 de Abril de 2006; 19:30 Horas; Plaza Kirby, Manhattan, NYC, Nueva York

«¡No me lo creo!» pensaba observando la fachada del edificio Kirby, sentada al lado de la fuente conmemorativa. El guardia de seguridad no me dejaba paso y aseguraba que el señor Linderman no se hallaba en el edificio. Y que si quería hablar con él, llamara antes a su secretaria pidiéndole cita.

Estaba encolerizada por el desprecio que me había mostrado y la falta de modales. De nada había servido que le dijese que era un asunto de gran importancia y que le conocía personalmente. Tampoco había razonado cuando le contesté que nos habíamos visto en persona hacía tres días, en la consulta del Doctor Henry Strauss. Me había tratado como una loca, algo que realmente me irritaba.

—No, no me lo creo —mascullé, molesta por haber sido escoltada fuera del edificio por dos guardias de seguridad, que me superaban en casi dos pies de altura. Linderman me había mencionado que estaría en La Ciudad hasta el domingo, cuando tendría que viajar a Atlantic City para finalizar unos negocios pendientes. Y que también les diera saludos a mis padres de parte suya.

«Todo se va a ir al traste» pensé, recordando la conversación que había tenido con Chandra Suresh. Y recordando también la conversación que había tenido con Daniel Linderman y Arthur Petrelli cuando tenía trece años. Cuando me explicaron la importancia de que guardara este gran secreto oculto que compartíamos todos nosotros.

Suresh me había encontrado. Y no sólo eso, aseguraba haber encontrado a otros como nosotros. Temía que ocurriese lo peor, que saliese a la luz lo que era en realidad. Observando a la gente mientras paseaban ignorante y tranquilamente por la plaza, supe que todo cambiaria. Que en cuanto Suresh encontrase la manera de localizarnos, de señalarnos, nos darían caza como animales. No nos considerarían humanos, yo al menos no lo era, un vacío legal que resultaría letal. Se movilizarían fanáticos a favor y en contra de nosotros. Y finalmente tomarían represalias por todo el caos provocado debido a nuestra sola existencia.

«No, no lo voy a permitir» recapacité mientras observaba atentamente la fachada de cincuenta y dos plantas que destacaba con el sol menguante de la tarde. No iba a permitir que el inconsciente de Suresh desatara un pandemonio. Y una idea apresurada se iba formando en mi cabeza, a medida que recordaba la breve estancia que había tenido en el edificio Kirby cuando tenía trece años. Cuando fui escoltada por un haitiano de mirada sombría al despacho de Daniel Linderman. Una idea improvisada, peligrosa y… ¿Por qué no decirlo? Un poco alocada.

POV: Jacob Bilger

13 de Abril de 2006; 20:45 Horas; Edificio Kirby, Manhattan, NYC, Nueva York

—Bob quiere verte en su despacho —me anunció James, asomándose por la puerta del mío—. Dice que es urgente —añadió al ver que no me levantaba del asiento, y que seguía trabajando en la terminal.

—Ahora mismo voy, en cuanto termine de imprimir esto —respondí hoscamente, observando cómo James se marchaba finalmente. Llevaba una hora recopilando todos los expedientes y evaluaciones de los sujetos adscritos al Proyecto Orígenes. Y tenía bastantes pruebas para presentarlas ante Arthur, esta misma noche en su residencia de Hyde Park, para que acabara cancelándolo de una vez por todas. La lista de nombres era bien larga: F. Acerra, C. Andrews, S. Barker, D. Berman, B. Bevington, G. Byrds, D. Buzzetti, C. Chaw, R. Collete, N. Datre, B. Davis, M. Dawson, S. Deveaux, R. Finder, H. Gitelman, T. Gordon, L. Gramble, G. Gray, B. Grossman, D. L. Hawkins, J. Landers, J. McKencie, M. Parkman, N. Petrelli, S. Petrelli, L. Pinkham, S. Redhouse, F. Ridley, M. Sanders, T. Sprague, D. Stone, Z. Taylor, N. Ventris, D. Velasquez, M. Walker…

«Molly también» pensé afligido, al fijarme en ese nombre de entre los muchos que había recopilado. A James no le gustaría saber la verdad sobre el proyecto, lo que le esperaba a su pequeña. Pero muy pronto se acabaría todo, para él y para el resto de las víctimas.

Metí la lista completa de nombres y el expediente médico en el maletín. Así como la pistola cargada y con el seguro puesto enfundada debajo de mi chaqueta. Preguntándome qué era lo que quería Bishop de mí, que no podía esperar hasta mañana, me dirigí a su despacho con paso diligente.

—Siéntate, Jake —invitó Bishop cuando entré—. Me acabo de enterar de lo de Amanda y quería darte mi más sincero pésame —añadió él cuando tomé asiento—. Y decirte que tienes todo mi apoyo, como siempre.

—Gracias —respondí un poco molesto. Amanda aún no había muerto, aunque Bishop hablaba como si ya estuviera enterrada definitivamente—. Es un alivio saberlo.

—Tal vez deberías de tomarte unas vacaciones, Jake. Para pasar más tiempo con Amanda —expresó segundos después mientras me dirigía una mirada gélida e inflexible, con sus acerados ojos azules—. Sobretodo después de lo de ayer.

—¿Qué es…? —intenté preguntar sorprendido por aquellas palabras.

—Me refiero a lo que ha sucedido en Alaska, la explosión —aclaró Bishop, todavía con esa extraña mirada en el rostro—. Al informe le faltan muchos detalles. Pero, por lo visto, Sprague está controlado.

—Le aseguro que el informe está bien detallado —le respondí firmemente—. Y estoy perfectamente.

—Deberías de reconsiderar lo de las vacaciones, lo digo en serio —insistió Bishop, dando un par de golpecitos con una pluma de oro en la mesa de la oficina—. Te daría tiempo para reflexionar, para no cometer errores de juicio.

«¡No puede ser!» pensé al comprender el verdadero significado de su oferta. Lo que quería insinuar de manera disimulada, para no descubrirse. La pregunta era: ¿Hasta dónde estaba metido Bishop, en todo este asunto?

—Sabes lo que hablé con Thompson. ¿No es cierto? —pregunté intentando mostrarme tranquilo—. Diste luz verde al proyecto Orígenes hace diez años. Y sabías lo que era en realidad —le acusé poniendo las cartas sobre la mesa.

—Si quieres tacharme del malo de la película, adelante —exclamó haciendo un leve gesto de encogimiento de hombros, después de oír mi acusación impasiblemente—. Es cierto que lo sabía. También es cierto que me lo callé ante los otros fundadores, por lo que soy cómplice.

—Pero no eres el que está detrás de los hilos. ¿Cierto? —pregunté sintiendo cómo una bilis agria y ácida me surgía del estómago al ver su hipocresía—. Ese es Linderman.

—Antes de ponerte a acusar a nadie. Te recuerdo que gracias al Proyecto Orígenes hemos avanzado muchísimo en estos últimos diez años —replicó Bishop manteniendo una cínica sonrisa en su faz—. ¿Qué importan los detalles?

—Sí importan —exclamé, con los músculos en tensión, preparado para cualquier cosa.

—Vale, ¿quieres nombres? ¿Quieres culpables? —preguntó sosteniendo la mirada conmigo—. No los vas a tener, Jake. Y lo sabes. Ninguno de los fundadores admitirá su culpabilidad y mucho menos Linderman —añadió Bishop.

—Pero tú sí sabes los nombres, ¿verdad? —le contradije con el maletín fuertemente sujeto en la mano izquierda—. ¿Nakamura también está metido en esto?

—No… sabría decirte, Jake. No está del todo claro, de quién fue la idea —exclamó dubitativamente Bishop segundos después—. Si te he revelado mi complicidad no es sino para ayudarte.

—¿Ayudarme? —pregunté quedamente, arrugando el entrecejo.

—Yo puedo llegar al fondo del asunto, sin remover la mierda —explicó Bishop condescendientemente—. Puedo aplazar el proyecto… de manera indefinida, presionándoles.

—Extorsionándoles, querrás decir. Y para ello necesitas lo que yo tengo —añadí llegando al quid de la cuestión. Necesitaba la documentación que Ethan me había proporcionado en Alaska. La información que había sustraído de la matriz del ordenador central cuando el sistema se reinició, debido al apagón de Ted—. Lo siento, pero no te lo voy a dar.

—Ya veo, es un asunto personal, quieres expiar tu culpa —comprendió Bishop recostándose sobre el respaldo, y cabeceando ligeramente—. ¡Dios, eres un estúpido sentimental! No lo haces por lo del proyecto, lo haces por…

—No. La respuesta es no —le corté, levantándome del asiento. Bishop no tenía el derecho de juzgarme por mis errores.

—Jake, te pido que te lo pienses —dijo Bishop cuando estaba a un paso de la puerta—. Por lo menos hasta mañana.

Salí del despacho con las palabras de Bishop retumbándome en la cabeza. Sin dar crédito de lo que estaba ocurriendo dentro de la junta directiva, de todas esas traiciones encubiertas. Y preguntándome cómo podía salir de ese embrollo, de una maldita vez. De repente me pareció ver una figura borrosa aparecer en el pasillo, por el rabillo del ojo. Pero cuando me giré para verla detenidamente había desaparecido. Meneé la cabeza intentando centrarme y encontrar un sentido para ese extraño suceso.

«¿James?» pensé en un primer momento.

Tal vez estuviera escuchando la conversación tras la puerta y ahora se hallara en el pasillo, plantado delante de mí sin poder verlo. Pero no era lo único extraño que estaba ocurriendo, varios guardas corrían agitadamente con los walkie-talkies en ristre y recibiendo órdenes.

—¡Jacob! —escuché la voz James a mi espalda, sentado delante de una de las mesas del pasillo junto a Ethan, lo que me dejó aún más confuso.

—¿Qué está ocurriendo? —pregunté al ver que James también tenía un walkie-talkie y observaba atentamente la pantalla del ordenador que manipulaba Ethan.

—Tenemos un intruso en el edificio —exclamó rápidamente James—. No, id a las plantas quince, veinticinco y diecisiete —ordenó apretando el botón de la radio de onda corta—. Es muy esquivo, el condenado —añadió para mí, cuando me instalé a su lado para ver las cámaras de seguridad, en la pantalla del ordenador de la oficina.

—Condenada, es una mujer. ¡La pille! —corrigió triunfalmente Ethan al congelar una imagen de la planta treinta y dos. En la que aparecía una imagen un tanto borrosa del asaltante.

—Creemos que atraviesa objetos. La hemos visto en varios pisos consecutivamente —pronunció James después de mandar a los equipos para que estrecharan el cerco en torno a la intrusa, después de darle su descripción.

—¡Mierda! —exclamamos, Ethan y yo, al verla desaparecer delante de la cámara de uno de los pasillos del piso cincuenta y uno para reaparecer enfrente de la cámara del vestíbulo con un guardia agarrado por la cintura a tres metros de altura.

—¡Se teletransporta! —dijo James al percatarse de ese detalle. De nada servía todo el equipo de seguridad movilizado para acordonarla.

POV: Tracy Chobham

13 de Abril de 2006; 21:02 Horas; Edificio Kirby, Manhattan, NYC, Nueva York

«Casi podría ser divertido» pensaba mientras esquivaba a los agentes de seguridad, que se afanaban por atraparme. Un par de minutos antes había entrado al vestíbulo desierto del edificio Kirby, con paso firme. Observando descaradamente el rostro del guardia que me había echado antes. Dirigiéndome a una de las paredes como dispuesta a atravesarla.

Habría pagado por ver la cara que se le había quedado al guardia al verme desaparecer en ese instante. Pero ahora la cosa se estaba calentando, por que algunos de los miembros de la seguridad no habían dudado en sacar sus pistolas y apuntarme con ganas.

Pero de nada les iba a servir, por que era más rápida que sus reflejos. Ese era mi extraordinario don, como lo había descrito Chandra Suresh. Para mí la distancia y el trayecto no tenían el mismo sentido que para el resto de la gente. Podía desplazarme a cualquier lugar que estuviera observando, o en el que hubiera estado, de manera instantánea. Fluctuando cuánticamente entre los átomos y doblando el espacio a mi antojo. Lo hacía desde que era una niña pequeña, aunque pensaba que estaría un poco oxidada por la falta de práctica.

Procuraba moverme entre los pisos inferiores, para despistarles. Sabía que sólo tenía un intento para llegar hasta Linderman. O acabaría muy, pero que muy mal. Y procuraba ir reconociendo los pasillos del edificio, a medida que iba entrando por las diversas puertas, doblando las esquinas con los guardas pisándome los talones y pulsando los botones de los ascensores y montacargas. Mientras desaparecía y volvía a reaparecer delante de sus narices, una y otra vez.

«Piso cincuenta y uno» recordé finalmente, al ver las diversas estancias. Y desplazándome en el preciso instante en que uno de los matones quería hacerme un placaje. Ya me encontraba en el pasillo que conducía al despacho de Daniel Linderman, con tres guardias que se pusieron alerta en cuanto me vieron. Salí corriendo para ponerme a cubierto, cuando se movilizaron con sus pistolas desenfundadas.

—Espero que no vomiten —susurré divertida, mientras recuperaba un poco el aliento. Oyendo cómo se acercaban hasta el recodo en el que estaba agazapada. Oteándoles brevemente y desplazándome inmediatamente justo tras la espalda del último guarda que corría para agarrarle fugazmente de la cintura. Y reaparecer seguidamente en el techo del vestíbulo del primer piso soltándole rudamente, mientras gritaba asustado.

Antes de que acabara tocando suelo, ya estaba tras la espalda de los dos guardias que había dejado en el piso cincuenta y uno. Todavía sorprendidos por el extraño alarido cacofónico de su compañero, le di un gancho de izquierda a uno mientras le cogía del hombro a su compañero. Desplazándole seguidamente a las escaleras de servicio y volviendo a reaparecer para rematar al restante con una patada en la entrepierna, cuando se volvió a dar la vuelta, sorprendido.

«Tal vez me he pasado» pensé, observando cómo se doblaba de dolor el pobre segurata. No me preocupaban los demás agentes, los refuerzos tardarían en llegar unos minutos debido a que todos los ascensores estaban en parada de emergencia. Y había activado la alarma antiincendios en tres pisos diferentes.

Observé fugazmente la puerta del despacho, e instantáneamente estaba al otro lado de ella contemplando el rostro aturdido de Daniel Linderman. Con su barba y cabellos encanecidos, así como con su rostro solemne. El cual se había levantado de improviso, alerta ante mi repentina aparición.

—¿Tracy? —preguntó estupefacto, al reconocerme. También reconocí a Ángela Petrelli sentada en una silla enfrente del escritorio, igualmente pasmada por mi presencia—. ¿Tú has provocado todo este alboroto?

—Sí, lo siento, Señor. Pero tenía algo muy importante que decirle. Algo que no podía esperar… —exclamé rápidamente con la respiración agitada debido al trasiego de tantos desplazamientos quánticos consecutivos. Pero me interrumpió la entrada del guardia al que había dejado en el pasillo, el cual venía con los ojos congestionados y una expresión de absoluta ira impresa en el rostro.

—Stanley, baja el arma. Ha sido una falsa alarma, la conozco —exclamó Linderman con una sonrisa en cuanto alzó la pistola. Este obedeció de mala gana después de tomar aire y ver a su jefe ileso, volviendo otra vez al pasillo cojeando un poco, y maldiciéndome por lo bajo—. Menudo susto nos has dado, Tracy —añadió Linderman cuando se cerró la puerta.

—Creo que os dejaré a solas —exclamó Ángela levantándose del asiento y dándome la mano para despedirse—. Ha sido un placer volver a verte, Tracy —añadió más para sí misma, con una sonrisa discreta en su rostro, mientras yo observaba su talante y gracia natural que poseía—. Me ocuparé de ese asunto, Daniel. No te preocupes por los detalles —añadió dirigiéndose a Linderman, después de que le correspondiera a su adiós.

—A ver, ¿qué es eso tan importante que tenías que contarme? —preguntó Linderman sentándose de refilón en la mesa del despacho, mientras que yo lo hacía en el asiento que había abandonado Ángela.

—Estamos en peligro, todos nosotros. Tiene nuestro ADN. Un tipo nos ha descubierto, no sé cómo, pero lo sabe. Tiene una lista de sospechosos. Lo sabe todo… tiene muchas sospechas… Sospechas sobre lo que somos… lo que podemos hacer, sobre nuestros… genes. Estamos en peligro, todos nosotros… —respondí atropelladamente, medio mezclando las palabras las unas con las otras.

—Tranquilízate, Tracy —exclamó Linderman, pidiéndome silencio con un gesto de la mano—. Empieza por el principio —añadió al ver que me costaba hilar mis propios pensamientos.

—Un genetista me llamó anoche. Un genetista de la india llamado Suresh y me dijo… —empecé a decir, más calmadamente después de respirar profundamente un par de veces.

—…que tu ADN es especial —concluyó Linderman dejándome con la palabra en la boca.

—¿Cómo lo sabe? —pregunté desconcertada.

—Sabemos mucho sobre Suresh, y no eres la única que ha recibido una llamada similar —contestó Linderman, levantándose del escritorio.

«¡Claro, los otros!» recapacité, preocupándome por lo que acababa de decir. Eso significaba que Suresh había acertado con alguien más que yo.

—¿Le has dicho algo de tu secreto? —preguntó Linderman seguidamente, ofreciéndome una de las pastitas de té que había en una mesita supletoria.

—No, por supuesto que no —exclamé tajantemente, rechazando también aquel gesto de cortesía—. Ustedes me explicaron que no me revelara ante nadie que no fuera de La Compañía.

—Eso está bien —susurró escuetamente volviendo a dejar la bandeja en la mesa—. ¿Qué es lo que sabe de ti exactamente?

—Tiene mi perfil de ADN y mi número de teléfono, nada más. Pero señor, no lo entiende. Las investigaciones de Suresh están tras nuestra pista —añadí con un tono de urgencia—. Sólo le falta encontrar a alguien con quien comenzar, uno sólo de nosotros.

—Sí, lo sabemos. De hecho nuestras investigaciones han ido tras la pista de Suresh, más que al revés —exclamó Linderman tras tomar una de las pastitas de té—. ¿De verdad que no quieres una? Las he horneado yo mismo —añadió, volviendo a señalarlas.

—No, gracias. ¿Qué quiere decir con que habéis ido tras su pista? —pregunté molesta por la actitud tan serena de Linderman. Este no se molestó en contestarme directamente y en vez de explicármelo, avanzó hacia la pequeña librería que tenía en el despacho. Sacando un libro similar a un álbum de fotos y tendiéndomelo para que lo contemplara.

—¿Te suena familiar? —pronunció señalando una de las instantáneas que contenía el volumen. Era una foto de un cuadro en el que aparecían dos hombres. Uno alto, delgado, joven y con gafas negras. El otro era mucho más mayor, casi calvo y el poco pelo que tenía estaba encanecido, era demasiado parecido a…

—Suresh —exclamé fijándome en las dos figuras. Una a cada lado de la pintura, dándose la mano rodeados de esferas de reloj rotas, con sus agujas retorcidas como serpientes—. Al otro no le reconozco, pero este es Suresh —volví a repetir, señalándole en el álbum—. Esto me suena, lo he visto antes. No sé donde…

—No creo que conozcas al pintor que lo hizo… —dijo Linderman recogiendo el volumen en sus manos.

—Isaac Méndez —espeté cuando recordé su estilo tan personal, y observé que Linderman no parecía sorprendido por mi acierto—. Pero esto no tiene sentido. ¿Qué hace Suresh en una de sus pinturas?

Linderman me miró con benevolencia mientras dejaba el libro sobre el escritorio, y me recordó a la vez que había estado antes en ese mismo despacho. Hace ocho años, cuando intentó curarme de mi enfermedad y no lo consiguió. Y tanto él como Arthur Petrelli me explicaron el porqué debía ingresar en la clínica, y no intentar escapar más hasta que acabara mi tratamiento.

—Méndez es cómo nosotros, Tracy. Él también es muy especial —explicó Linderman, tomándome la mano entre las suyas—. Puede ver el futuro y puede plasmarlo en sus pinturas —añadió dejándome boquiabierta.

—Pero… pero… ¿Cómo lo sabe usted? —acabé preguntando entre balbuceos.

—Llevo siguiendo el trabajo de Isaac, desde hace unos cuantos años. Al igual que el de Chandra Suresh en la India, durante los últimos treinta años. Sabíamos que vendría a los Estados Unidos, tarde o temprano —añadió Linderman sacando un libro de su biblioteca, para volvérmelo a tender. En esta ocasión no era un álbum de fotos, sino un extraño libro titulado Activating Evolution. Escrito sorprendentemente por el mismo Doctor Suresh que me había invadido mi vida—. Aunque ambos tienen en común una cosa más: no tienen ni idea de lo importante que es realmente su trabajo.

—¿Por qué no le ha explicado a Méndez lo que puede hacer? —pregunté tomando de nuevo el álbum y viendo aquellas fotografías polaroid de otro modo muy distinto. Viendo en cada una de ellas un destino, un propósito que realizar—. Igual que lo hicieron todos ustedes conmigo, hace ocho años.

—Tracy, tú fuiste… —comenzó a decir Linderman.

—…un caso aparte —finalicé molesta, observando duramente los ojos azules y cansados del Señor Linderman—. Lo he oído demasiadas veces en mi vida.

—Es mejor para Méndez dejarle trabajar con su don, sin que sepa que lo tiene. Así nosotros nos encargamos de salvar el mundo, mientras él puede llevar una vida de hedonismo con el dinero que le proporciono —exclamó Linderman, mientras notaba un extraño cosquilleo en las manos. Sabía lo que estaba haciendo, intentando por enésima vez curar del todo mi dolencia—. ¿Acaso quieres quitarle esa vida, diciéndole la verdad?

—¿Y Suresh, qué hay de él? —pregunté, cuando el señor Linderman me soltó las manos un poco molesto por su fracaso. Y desviando el tema de conversación.

—Suresh sólo intenta ayudar. Mostrar al mundo un rayo de esperanza, una cura para este enfermo mundo que tenemos —exclamó enfáticamente, dándome la espalda para volver a dejar el álbum en el armario—. Nosotros hemos estado ayudándole económicamente. Con varias becas encubiertas y vigilando de cerca sus avances en la investigación.

—Así que, ¿eso es lo que vais a hacer? ¿Vigilarle? —pregunté irritada, levantándome del asiento.

—Y si se ofrece la ocasión, le ficharemos en La Compañía —dijo mirándome pidiendo indulgencia—. Te lo aseguro Tracy, tenemos controlada la situación.

—No sé yo… —exclamé desconfiadamente por lo bajo.

—Te acompaño a la salida, ¿vale? —se ofreció. Abriéndome cortésmente la puerta de su despacho, cuando respondí conforme—. Por cierto, Tracy. La próxima vez pide una cita a mi secretaria, por lo que más quieras.

POV: Jacob Bilger

13 de Abril de 2006; 22:15 Horas; Casa de los Bilger, Manhattan, NYC, Nueva York

«¿Qué demonios voy a hacer?» pensaba mientras me aflojaba la corbata al entrar por la puerta. Bishop tenía razón en que no iba a conseguir nada destapando la verdad. Sospechaba que Charles Deveaux o Kaito Nakamura podrían estar también detrás de la operación. Al fin y al cabo, Nakamura fue el jefe del departamento de Nueva York en los años setenta y ochenta, y Deveaux lo había sido cuando el proyecto Orígenes comenzó hace una década. Pero ambos negarían su culpabilidad en cuanto Petrelli les pidiese explicaciones.

—Bishop… Tal vez Deveaux y Nakamura —mascullé dejando el maletín bien oculto en un hueco secreto de la chimenea—. ¿Y quién más? —añadí refunfuñándome conmigo mismo, mientras cogía el tarro del azúcar de la encimera de la cocina, para prepararme un café bien cargado. Desenfundado seguidamente la pistola de la cartuchera antes de dirigirme a mi habitación, a la habitación de Amanda y mía. Y observando el desorden que había dejado en la casa, sin su presencia. Amanda seguramente me diría que soy un guarro si viera cómo he dejado la entrada de nuestra habitación. Aunque esa idea sólo hizo que se me revolviera el estómago de rabia.

«¿Contra quién me estoy enfrentando exactamente?» debía de descubrirlo antes de dar un paso en falso. Apagando a continuación la luz de la habitación, con la puerta entreabierta y sentándome a oscuras en la cama sin abrir. Deslizando lentamente la corredera de la M1911 y preparándome para actuar.

No había sobrevivido en este trabajo, si no fuera capaz de ver más allá de las apariencias. Y tampoco es que se hubiesen esmerado mucho en disimular cuando me siguieron hasta mi casa, desde que salí de las oficinas de la plaza Kirby, en un Sedan Negro. Fuera quien fuese el que habían enviado a por mí, no lo iba a tener fácil. Esperé pacientemente, con el único sonido de mis latidos y el tic-tac del reloj de la mesita como compañía, mientras los minutos transcurrían de una manera lenta y exasperante.

Hasta que oí el sonido que esperaba para actuar. El crujido del azúcar que rechinaba en las suelas de unos zapatos, el mismo azúcar que había dejado esparcido en la entrada de mi habitación para delatarle.

En cuanto se oyeron los chirridos, el dueño de dichos zapatos se giró rápidamente, advirtiendo la trampa tendida. Pero yo ya estaba corriendo para abrir la puerta entreabierta de mi habitación y atraparle para obtener las respuestas a mis preguntas. Casi escurriéndome con el azúcar que había dejado desparramado, y logrando hacer un placaje al intruso.

Un golpe seco sonó sobre el entarimado y a continuación el rodar de algo que era de metal. El arma del asaltante había saltado de sus manos debido al empujón, y nos encontrábamos peleando en un cuerpo a cuerpo sobre el suelo de pasillo. El condenado se retorcía de lado a lado, como un pez fuera del agua, intentando que perdiera el equilibrio y le acabara soltando. Con su mano izquierda firmemente agarrada a mi muñeca derecha, intentando apartar desesperadamente la pistola semiautomática de la reyerta. Mientras que yo a su vez le tenía fuertemente sujeto del otro brazo, para que no intentara estrangularme.

Un patadón por debajo del diafragma hizo que expirara todo el aire y aflojara un poco la fuerza de mi agarre. Y la, ahora libre, mano del intruso se abalanzó sobre mi rostro, en vez de cuello desprotegido. Aquello me sorprendió, y me hizo ver las cosas terriblemente claras. Al reconocer aquella mano oscura que se cernía sobre mi frente. Apartando cómo podía la cabeza de su mano, alzándola un poco más.

Para a continuación, acercarla rápidamente sobre su nariz. El haitiano se soltó de la contienda emitiendo un quejido gutural cuando el cabezazo que le propiné le dejó fuera de combate. Y yo me incorporé lo más rápido posible para encender la luz del pasillo, y apuntarle con la pistola directamente entre una ceja y la otra.

—No dispare, por favor. —logró articular el haitiano arrodillado con la nariz sangrando, cuando se percató de que le había cortado las salidas al interponerme en el pasillo. Pero yo seguía con la pistola firmemente sujeta, dispuesto a meterle una bala en la sesera si se le ocurría moverse un paso más. —No parece sorprendido de que hable, como los demás. —añadió el haitiano, con una voz nasal y grave, echando la cabeza un poco hacia atrás y tapándose la hemorragia.

—Siempre he creído… —comencé a decir pausadamente, mientras veía que el haitiano observaba la pistola TASER que había traído para neutralizarme y que estaba tendida a mis pies—… que un Colt del calibre 45, obra milagros —añadí satíricamente, agitando un poco la semiautomática—. ¿Quién te ha ordenado que vinieras? ¿Thompson, Linderman, Bishop? —pregunté viendo el miedo del haitiano impreso en su rostro. Contra mí de nada valía su poder para anular las aptitudes de otros y antes de que diese dos pasos para borrarme los recuerdos ya le habría volado la tapa de los sesos—. No pienses que porque seas una pieza clave para La Compañía, no te voy a matar —añadí al verle dudar sin hablar.

—Me ha mandado Petrelli —exclamó incómodo el haitiano, segundos después.

—¿Arthur? —pregunté, sin dar crédito a lo que estaba oyendo.

«¡No puede ser que Arthur Petrelli esté metido en esto también!» pensé estupefacto, observando el rostro del haitiano que de repente había adquirido su habitual entereza.

—Ángela Petrelli. Sólo sigo órdenes suyas —corrigió observando la expresión que tenía por respuesta. Así que ella también estaba metida en esta traición—. Linderman y ella harán cualquier cosa para que esos documentos no salgan a la luz, señor Bilger. Y si usted se los muestra al señor Petrelli, aténgase a las consecuencias.

«¡Esto es lo peor que podía suceder!» recapacité. El complot era más grande de lo que me había imaginado, no sólo era un par de cabezas de la junta directiva. Si Ángela Petrelli estaba metida, probablemente había arrastrado consigo a más cómplices que Linderman y Bishop.

—Y ella le ha mandado para que olvide el asunto. ¿No? —pensé mientras daba una patada al TASER y lo apartaba al fondo del pasillo. El sistema perfecto para ocultar secretos, un haitiano succiona-recuerdos que todo el mundo tenía por mudo.

—Le debo mucho a Ángela Petrelli. No lo haga más difícil, por favor. Baje el arma y déme los documentos. —añadió el haitiano serenamente con la mirada fija en el cañón de la pistola.

—¿Estás de guasa? —pregunté sórdidamente, no iba ceder al chantaje teniendo una baza a mi favor.

—Hay algo que no le he dicho, señor Bilger —exclamó el haitiano incorporándose del todo—. No soy el único que le debe lealtad a Ángela Petrelli —añadió haciendo un guiño extraño con la mirada.

Un segundo después noté algo que impactaba en mi espalda y los músculos de todo el cuerpo se me agarrotaron espasmódicamente debido a las descargas del TASER. Soltando precipitadamente el arma debido al terrible dolor, y el entumecimiento.

—No lo hagas más difícil, Jacob —oí la voz de alguien de quien nunca me había esperado una traición: mi compañero James Walker—. Es mejor que hagamos esto por las buenas, que por las malas —añadió acercando su rostro a mi semiinconsciente cuerpo y fijándome en sus azules ojos que me miraban pidiendo perdón—. Dinos todo lo que queremos saber.

«¡James, lo hago por Molly y por ti!» quería decirle aunque no me salían las palabras. Estaba terriblemente orgulloso e irritado por haberle enseñado tan bien el oficio a James, en estos veinticinco años. Tenía claro que Ángela era la que realmente estaba al mando de toda la operación. Tal vez Linderman creía ser el jefe, pero sólo era un puro espejismo.

Ángela Petrelli sí haría cualquier cosa para impedir que el Proyecto Orígenes se cancelara.

POV: Tracy Chobham

14 de Abril de 2006; 2:13 Horas; Estudio de Isaac Méndez, Manhattan, NYC, Nueva York

«¡Simone me va a matar!» pensaba mientras llamaba insistentemente a la puerta del loft de Méndez. Desde que Daniel Linderman me había mostrado el álbum con la colección de Isaac al completo, una idea se me había quedado fija en la mente. Algo que había visto por encima la última vez que había estado en este apartamento de Reed Street. Algo que me provocaba un insomnio incurable. Una sensación extraña que había tenido al contemplar uno de los cuadros que estaba pintando el artista vidente hace un mes. Cuando había ido en busca de Simone para acudir a una fiesta de cumpleaños, e Isaac se había quedado pintando el cuadro que me estaba rayando.

«¡Dios, ve el futuro!» pensé aturullada, al recordar las palabras que había dicho Méndez al despedirse de nosotras esa tarde. "Tu amiga me ha dado una inspiración". Temía que ese tipo de inspiración fuese algo más del tipo anormal, que se tratara de un auspicio sobre mí.

—¿Tracy, eres tú? ¿Sabes qué hora es? —preguntó Simone, ciñéndose la fina bata de algodón azul y mirándome estupefacta.

—Simone, ya sé que esto te va a sonar muy extraño. Pero… —comencé a decir hasta que vi cómo se acercaba Isaac Méndez vestido solamente con el pantalón del pijama.

«¡Ahora entiendo lo que le ve al pintor, Simone!» no pude evitar pensar, al desviar la mirada un poco desconcertada.

—¿Qué ocurre? —preguntó Méndez, acercándose a la puerta.

—…necesito ver el torso… quiero decir, el cuadro —me corregí a tiempo, observando la expresión de Simone que no dejaba de mostrar más y más desconcierto—. El que pintó Isaac, el día del cumpleaños de Lois Gramble.

—¿Has venido en coche a las dos de la madrugada desde tu casa para ver un cuadro? —preguntó perpleja en susurros Simone, mientras que Isaac parecía un poco molesto y se alejó al interior del apartamento.

—Sí —respondí escuetamente. No había venido en coche precisamente, pero no le iba a explicar que podía teletransportarme en un instante hasta mi casa de nuevo.

—Tracy, no es el mejor momento. Isaac está un poco afectado por lo que ocurrió en la galería anoche —susurró Simone y restregándose un poco los ojos debido al cansancio.

—¿Qué es lo que ocurrió? —pregunté angustiada, al notar que la expresión de Simone revelaba miedo.

Miedo por Isaac.

—Una chica murió atropellada por un autobús a la salida de la galería… —susurró Simone, aunque se paró al oír un golpe de dentro del apartamento, como el crujir de la madera al romperse.

—¡Dios mío! —exclamé atropelladamente alzando la voz sin quererlo.

—… Isaac cree que es culpa suya… Tracy es mejor que te vayas… —añadió atribulada Simone, parecía cómo si tuviera miedo. Por un segundo llegué a pensar que Isaac había cometido un acto verdaderamente vergonzoso. Pero Simone continuó hablando—. Isaac tiene la absurda idea de que pintó su muerte, la muerte de la chica —aclaró Simone al ver mi rostro preocupado.

—¡ESTO ES LO QUE QUIERES! ¿VERDAD? —nos sobresaltó la voz en grito de Isaac, que venía con algo en sus manos, una palanca de acero—. Para esto es para lo que has venido, ¿no? —añadió acercándose violentamente, con la palanca y mirándome rudamente. No esperaba que Méndez fuese un tipo violento, pero en su rostro había expresión de rabia e ira que no dejaba lugar a dudas—. ¡Toma! —dijo alzando la otra mano y tendiéndome el cuadro que acababa de sacar de una caja.

—No puedes dárselo, Linderman… —comenzó a decir Simone al ver que yo tomaba el cuadro.

—¡A la mierda con Linderman! ¡Tiene cientos! ¿Qué más da uno menos? —replicó Isaac tempestuosamente, dirigiendo una dura mirada a Simone y dejando caer ruidosamente la palanca al suelo—. Siento no poder darte el resto —añadió sin hacer caso de las replicas de Simone.

—¿El resto? —pregunté absorta al contemplar la pintura terminada, al descubrir qué era la extraña sensación que había tenido cuando la comenzó a esbozar.

—Este es el quinto de una serie de cuadros —exclamó Isaac, sosteniendo la mirada conmigo durante un par de segundos. Y me dio la impresión de que Isaac sabía, o sospechaba, la verdad sobre las extrañas pinturas que realizaba. Tal vez quería que impidiese esa profecía, o tal vez quería exculparse de su anterior fallo. De la chica que no había podido salvar—. Espero que te sirva de algo, Tracy.

—Esto… me tengo que ir —exclamé observando la expresión de reproche de Simone, antes de que cerrara la puerta. Ella seguramente pensaba que estaba alimentando un delirio de Isaac, con mi extraña petición, pero no sabía lo que había en juego. Salí al pasillo del apartamento con la tenue luz de servicio bañando el cuadro. Pero la visión del futuro que había plasmado seguía siendo tan oscura cómo la noche que se cernía sobre la ciudad.

«¿Así es cómo voy a morir?» me pregunté contemplando la imagen de una mujer de cabellos oscuros y rostro inanimado sepultada bajo un alud de escombros. Debía encontrar el resto de pinturas, de algún modo, del modo en el que fuera. Tal vez estuviesen resguardadas por La Compañía, sólo había una forma de averiguarlo.

Había llegado la hora de no seguir las normas.

Había llegado la hora de no ser una chica buena.

Continuará…

NOTA DEL AUTOR:

Se supone que el poder de James Walker es la congelación, o al menos así lo comunicaron los guionistas de la NBC. Pero si os dedicáis a reconstruir la escena del crimen mentalmente os daréis cuenta de que Sylar en primer lugar debió de congelarle con la cuchara en la mano antes de abrirle la tapa de los sesos, por lo que el poder de criogénesis debía haberlo adquirido antes, ¿no? Además se me ocurrió que de un padre que tiene la facultad de esconderse (camuflaje) saldría una hija con la habilidad de encontrarle (la clarividencia). Es decir, que sus poderes estuviesen emparentados.