Bueno, pues he aquí la segunda parte de esta pequeña historia sobre los años perdidos entre Hogwarts y Hallowen de 1981, en fin espero que os guste. Gracias a Si callo, reviento por su paciencia y beteo.

Y a todos lo que leis y me premiais con un comentario. Nos vemos en otra historia. Besis


Aquellos maravillosos años

Parte II

Debería intentar no reírse, debería guardar las formas, comportarse como el joven serio que es, pero es que es tan divertido. Sirius da tres pasos al frente, y se cruza con James que da otros tres en su dirección, alzan la vista se observan un segundo y siguen de frente otros tres pasos más. Sirius llega al fondo de la sala y se pasa la mano por el pelo, James se quita las gafas y las limpia con un pañuelo, giran sobre sí mismos y repiten el mismo camino el uno contra el otro.

Es 30 de agosto de 1980 y Lily Potter —antes Evans— está en la habitación de al lado a punto de dar a luz al pequeño Harry, hijo de James, ahijado de Sirius. Una bendición para esa pequeña familia que forman junto con Peter y él mismo; es el segundo mayor acontecimiento vivido por los Merodeadores después de que Sirius y James ganaran la última copa de Quidditch para Gryffindor en aquel apasionante partido contra Ravenclaw, o eso es lo que Sirius repite una y otra vez, realmente Remus piensa que el nacimiento del primer hijo de sus amigos es lo más importante que les ha ocurrido nunca, aunque procura no decirlo delante del animago.

—Me están poniendo nervioso. —Peter, sentado a su lado se remueve inquieto en la silla.

—Déjalos, es su primera vez. —Peter sonríe y Remus se alegra, porque hace mucho que no lo ve sonreír—. Oye, Peter ¿todo está bien, verdad?

—Claro… —responde nervioso—. ¿Por qué lo preguntas?

—Por nada, solo quería saber que lo estabas. —Los dos fijan de nuevo en la pareja que ahora se ha detenido justo frente a ellos.

—Oye Cornamenta¿cuándo vamos a ver a nuestro Harry?

—Es mi hijo, por lo que es mi Harry.

—Tuyo, mío¡qué más da! Lo tuyo es mío, y lo mío es tuyo.

—¿Eso también incluye a Lunático?

—Jimmy… el lobo no se toca.

—Deberías preguntarle a él primero. —Sirius le enseña los colmillos, apunto de morder, aunque sea una broma, aunque solo quieran sacarse esa tensión con bromas.

—El lobo no se toca —repite con mayor seriedad.

—Ya veremos… —James silba antes de mirar hacia Remus y guiñarle un ojo—. Oye Lunático¿te hace uno rápido?

—Si tu mujer no estuviera dando a luz en el cuarto de al lado, me lo pensaría.

—¡Ay, Canuto! Me parece que no le das al lobito lo que necesita —canturrea James.

—Señor Potter, puede pasar. —La enfermera asoma la cabeza por la puerta y recula asustada cuando James y Sirius se lanzan sobre ella—. ¿Quién de los dos es el señor Potter?

—Yo —exclama Sirius.

—¡Canuto! —se queja James—. Yo soy el señor Potter, él es solo el imbécil de mi amigo.

—Bien, el señor Potter puede pasar, el imbécil deberá espera fuera. —La enfermera sonríe y James le da una pequeña palmadita en la espalda a Sirius antes de entrar en la habitación.

—¡Hay que joderse! —protesta—. No va la muy...

—Sirius —le regaña Remus.

—Pero Lupin, quiero ver a mi Harry —protesta sentándose a su lado, haciendo pucheros, como si Remus pudiera entrar en aquella habitación y coger de la oreja a aquella horrible enfermera y reprenderla por su actitud con Sirius. Si la luna estuviera un poco más cerca, si Sirius le siguiera mirando de esa manera: Remus entraría.

—Sólo tenemos que esperar un poco más —le dice tomando su mano entre las suyas.

—Pero yo no quiero esperar, es mi ahijado, quiero verle. —Remus sonríe y aprieta un poco más su mano—. Y que sepas que esta noche, hablaremos tú y yo de eso del rápido con James.

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Es la tercera vez en los últimos dos meses que Peter no se presenta a la cena que celebran en casa de los Potter, Remus está preocupado porque Peter nunca se pierde esas cenas, le encanta el pastel de calabaza que Lily prepara y pasar la sobremesa junto a James alabando los avances del pequeño Harry, que con seis meses es la alegría de la casa.

Esa noche Lily está más preocupada de lo habitual, desde que supo que estaba embarazada ha tenido que dejar las misiones de la orden, ya no participa tan activamente, y sabe que sin ella a su lado James es un poco más salvaje, un poco más kamikaze; el hecho de que su compañero de misiones sea Sirius, no ayuda mucho.

Harry está dormido en su habitación, mientras que abajo en la cocina, Lily destroza —que no pica— unas verduras para saltearlas, Remus observa como sus dedos se crispan entorno al mango del cuchillo, como sus nudillos se decolaran debido a la fuerza que imprime en sus movimientos, se acerca a ella y posando su mano sobre la de Lily detiene sus movimientos.

—Estarán bien.

—Lo sé —Lily alza la vista y observa el jardín trasero de su casa—. Dumbledore quiere que nos mudemos, dice que aquí no estamos seguros.

—Es una buena idea.

—Me gusta la casa, es nuestra. No quiero mudarme. —Remus se pega a ella un poco más y besa su pelo.

—¿Intentando ligar con mi mujer, Lupin? —Los dos giran para encontrarse a James con la cara manchada de tierra, y salgo de sangre reseca junto al labio.

—James… —Lily deja el chuchillo y las verduras y corre a abrazarse con su marido —¿Estás bien¿Qué ha pasado?

—Una pequeña emboscada, nada del otro mundo. ¿Dónde está Sirius? —.El rostro de Remus se vuelve más pálido, más frágil, más débil.

—No… —susurra.

—¡Mierda! —masculla—. Le dije que se apareciera aquí. ¡Puto chucho! —James mira a Remus y se le parte el alma, ese maldito gilipollas, ese mal nacido que es su mejor amigo le prometió que no se quedaría atrás, que no haría ninguna locura—. Estará bien, seguro que ha pasado por casa a darse una ducha.

—Sí… —Remus gira rápidamente mirando a través de la ventana ¿Dónde estás Sirius?

Lily revuelve la comida de su plato con el tenedor, James retuerce bajo el mantel la servilleta entre sus dedos, Remus solo es capaz de mirar la puerta del comedor esperando que se abra y que Sirius entre en dos zancadas, se plante a su lado y le bese hasta dejarle sin aliento. Harry se despierta en mitad de la noche y comienza a llorar.

—Voy yo —Lily se levanta, porque siente que si se queda un minuto más ahí abajo empezara a chillar y a gritar que Sirius Black es un maldito inconsciente y que no tiene perdón de dios hacerle pasar esos momentos angustiosos cuando lo más seguro es que se haya quedado dormido en el sofá de casa. Por favor Merlín, que se haya quedado dormido.

—¿Dónde vas? —pregunta Remus.

—A buscarlo —James azota la servilleta sobre la mesa—. No debí dejarlo atrás, debí quedarme con él y obligarle a volver.

—Sabes que no te hubiera hecho caso —Remus se levanta—. Además quien irá a buscarlo soy yo.

—¿A quién vas a ir a buscar lobito? —Sirius se apoya contra el marco de la puerta, con una mano ensangrentada en el costado, la túnica desgarrada, y los pantalones hechos jirones.

—¡Sirius! —James y Remus corren hacia él, justo a tiempo de agarrarle para que no caiga al suelo.

—Creo que no es el mejor momento para un trío —alcanza a decir en brazos de Remus antes de perder el conocimiento.

Huele a linimento, a antiséptico y a una mezcla entre lavanda y jazmín que le marea, tiene la boca reseca, paladea un par de veces intentando que la saliva pase por su garganta, pero es inútil. Le pesan los parpados, y le duele todo el cuerpo, cuando abre los ojos la luz le ciega por unos instantes, tiene que cerrarlos y abrirlos un par de veces más hasta acostumbrarse a la claridad de la habitación. Alza un poco la cabeza para reconocer enseguida la habitación de un hospital: San Mungo. Gruñe molesto, porque solo hay una cosa que Sirius odie más que los hospitales, y es su madre, así que Sirius detesta estar allí —mucho—, intenta incorporarse pero se da cuenta de que hay un peso descansando sobre su brazo, gira el rostro, y observa recostado sobre la cama, la mano fuertemente agarrada a la suya, sonríe mientras levanta la otra mano y acaricia el cabello castaño. Remus se revuelve y alza la cabeza, abre los ojos y tarda menos de un segundo en enfocar el rostro de Sirius.

—Sirius… —murmura con voz ronca—. Sirius… —Las lágrimas comienzan a correr por sus mejillas.

—¡Joder, si que tengo que estar feo! —bromea.

—¿Estás bien?

—Si me besas prometo que estaré mejor —Remus se incorpora y le besa.

—¡Dios! Creí que iba perderte.

—¡Ay, pequeño lobito mío! No tendrás tanta suerte —alza la mano y acaricia su mejilla—, me vas a tener pegado a ti, el resto de tus días.

—Promételo.

—Palabra de merodeador.

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Sirius sonríe tanto que sabe que al anochecer le dolerá la mandíbula, pero es que es sábado 30 de Agosto y Harry celebra su primer cumpleaños, Remus está sentado a su lado devorando un trozo de tarta de chocolate y James intenta convencer a Lily para que bailen al ritmo de la música que suena en la radio.

—Iusssssssss —Harry de rodillas frente a él se tambalea e intenta ponerse de pie.

—¡Campeón! —Sirius le coge en brazos y lo sienta sobre sus rodillas—. Pero mira Remus¿no es el niño más grande y más guapo de todo el mundo mágico?

—¡Por dios, Canuto! Pareces su padre.

—Oh, no… soy algo mejor. Soy su padrino, así me ahorro los cambios de pañales, y las noches en vela —sonríe mientras revuelve el cabello del pequeño—. Es perfecto.

—Alguna noche podrías quedaros con él —canturrea James detrás de él—. Ya sabes, para que Lily y yo…

—¡James! —exclama roja de vergüenza.

—Cariño, iba a decir que para que podamos ir al cine —se inclina sobre el oído de Sirius— o para no salir de la cama en todo el día —toma al pequeño Harry en sus brazos y les sonríe.

—James, que hay niños delante —Remus tapó los oídos de Sirius y todos se carcajean.

—Ya te daré yo a ti niño pequeño… —el animago clava sus ojos en él y se relame—. Te estás portando como un chico muy, pero que muy malo —arrastra las palabras, saboreándolas mientras se pasa la lengua entre los dientes rozando la punta de sus colmillos con ella.

A Remus se le erizan el pelo de todo el cuerpo, incluso siente con anticipación todo lo que Sirius quiere y va a hacerle. ¡Oh, sí Canuto, he sido un chico muy malo! El animago se levanta y camina hacia James, entablan una trivial conversación acerca de que será mejor para Harry si aprender animagia antes o después de Hogwarts.

—¿Te lo puedes creer? —pregunta Lily sentándose a su lado—. Animago antes de los once…

—Con Sirius como maestro, no me extrañaría.

—¿Por qué no ha venido Peter esta vez?

—No lo sé —responde apesadumbrado—. Hace varios días que trato de localizarlo pero…

—Quizás se ha echado novia.

—Quizás…

—Nos vamos la semana que viene —sirve una taza de te helado para cada uno— Dumbledore cree que no podemos esperar más —cuando le tiende su taza Remus se da cuenta de que le tiembla la mano, por eso la coge entre las suyas—. No quiero irme, pero tengo tanto miedo.

—Todo saldrá bien. —Se miran un segundo, el necesario para que Lily se serene, porque si es Remus quien habla, quien te mira de esa manera es imposible no hacerlo.

—James y yo queremos que Sirius sea el guardián del encantamiento Fidelio.

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Muy pocas veces es Remus el primero en dormirse cuando se meten en la cama, siempre se lleva un libro a la cama y, si Sirius no le salta encima a la primera de cambio, incluso puede leer una o dos páginas enteras; pero esa noche Sirius se mete en la cama mucho antes de que él termine de lavarse los dientes, se acurruca en su lado de la cama con las sabanas cubriéndolo por completo, cuando sale del baño y lo ve así resguardado, refugiado no puede evitar que la ternura inunde lo poros de su piel, por eso se mete entre las sábanas olvidando el libro sobre la mesilla, se acurruca contra él y lo abraza por la cintura, pegando su pecho a la espalda.

—Quieren que sea el guardián.

—Eso es porque confían en ti.

—Pero yo… si algo les pasara, si me cogen.

—Nadie va a cogerte.

—No puedo hacerlo, Remus. No puedo —Sirius tiembla entre sus brazos, y sabe que está apunto de llorar, sorbe sus propias lágrimas, se las traga incluso antes de que salgan de sus ojos—, es demasiada responsabilidad.

—Sirius… —susurra contra su oído, mientras le gira para ponerlo boca arriba sobre la cama.

—Si les pasa algo siendo yo el guardián… —aprieta los labios y tuerce el rostro.

—Habla con James entonces, él entenderá.

—No quiero decepcionarlo.

—Oh, Sirius… —Remus le besa las mejillas, la punta de la nariz y los labios.

—¡Coño, Lupin! —gruñe—. Que no soy una nena…—Remus se ríe sobre sus labios—. Sí tú riete, lobo marica… pero si mañana me salen tetas, será por tu culpa.

—¡Por dios, Sirius!

—¿Estarás conmigo cuando se lo diga?

—Sí.

—Vale, esperare a que se acerque la luna llena, ya sabes para que me defiendas —extiende una mano hasta la nuca de Remus y sus dedos caracolean con los mechones de pelo, presiona sobre ella y une sus rostros.

—Te quiero —susurra contra sus labios.

—Eso ya lo sé. —La mano desciende por encima de la camisa del pijama—. Demasiada ropa —alza la cabeza y tortura una de esas cicatrices tan apetecibles que le nace un poco más abajo del cuello.

—¡Oh, dios…! —murmura cuando siente los dientes de Sirius presionando ahí, justo ahí.

Se incorporan en la cama y comienzan a desnudarse, en realidad es Remus quien se quita la ropa primero para después comenzar con la de Sirius, porque él está demasiado ocupado atendiendo esa cicatriz, pasando su lengua por encima de ella, mordisqueándola después para luego chuparla y sorberla. Remus gime y aúlla, está tan caliente que casi juraría que puede explotar en ese mismo instante. Las manos grandes y ásperas de Sirius recorren, serpentean por su espalda desnuda hasta colarse por debajo del pantalón y apretar las nalgas con fuerza.

Los pantalones acaban a los pies de la cama y es Remus quien a horcajadas sobre Sirius deja que le llene por completo, gruñendo cuando sus pechos entran en contacto, cuando siente los dientes clavándose en su hombro y tiene que echar hacia atrás la cabeza porque eso es demasiado, porque el placer se torna infinito y aquello no ha hecho más que comenzar. Sirius le impide levantarse, le obliga a moverse en círculos presionándolo contra él, de manera que su estimulación es doble, haciendo que su mirada se vuelva vidriosa por el placer, siente el aliento de Sirius contra su oído, jadeando, respirando entrecortadamente.

—Así, Remus… muévete así —le dice una y otra vez, y si no fuera porque es imposible juraría que se está derritiendo, que el placer le consume como una vela tras una velada romántica— ¡Joder, Lupin…! —gruñe clavando sus dedos en sus nalgas hundiéndose aún más si cabe en él.

—Mmmm… —está a punto de llegar al orgasmo y el aire se queda en sus pulmones, y las palabras se pierden entre gruñidos y gemidos lastimeros, justo en el momento en el que toda la habitación le da vueltas, cuando siente que no podrá aguantar más, Sirius vuelve a hablarle al oído.

—Te quiero.

Explota de una manera que no recuerda, como si aquellas fueran las palabras mágicas que le permitieran liberarse, siente que se marea, que casi podría haber perdido el sentido, pero el jadeo ronco de Sirius contra su oído se lo impide, le siente en su interior derramándose, colmándolo. Apoya la frente contra la de Sirius intentando regular la respiración.

—Creo que acabamos de comprobar que realmente será difícil que te conviertas en una mujer.

—Afortunadamente.

—James entenderá, es tu mejor amigo, te quiere y lo comprenderá.

—¿Crees que hago bien?

—Si no estás seguro, si de verdad sientes que podrías ponerles en peligro, sí, haces bien.

—¡Ay, Lunático! Que bueno eres con las palabras.

—¿Solo con las palabras? —pregunta encarnando una ceja.

—Mmm… creo que tenías otras virtudes, pero no sé… me falla la memoria, quizás deberías recordármelo.

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Al final es Peter quien se yergue como guardián del secreto de los Potter, se le nota feliz por la confianza depositada en él, e incluso aparece más en las reuniones de los Merodeadores. Se reúnen una vez a la semana en las Tres Escobas, toman cerveza de mantequilla y pastelitos de la tienda de Miri que Sirius cuela en el bar, hablaban del trabajo, de la guerra que se cierne sobre ellos, rabian contra las emboscadas, los ataques que los mortífagos llevan a cabo por todo el país y cuestionan lealtades aquí y allá.

—Te digo que ese MacGrow no es de fiar —repite James por tercera vez con la jarra de cerveza pegada a los labios—. En las reuniones siempre anota todo lo que decimos.

—Eso es porque es el secretario —Remus fuma un cigarrillo a medias con Sirius, lo pega a sus labios y da una larga calada—, tiene que hacer anotaciones.

—Que no, que no es de fiar.

—Te estás volviendo un paranoico, Potter —se queja Sirius—, no nos dejas disfrutar de la vida.

—Eso es porque no es la vida de tu mujer y la de tu hijo las que están en peligro —se queja.

-Claro, Potter, tienes toda la razón, a mi no me importa en absoluto la seguridad de tu mujer y mi ahijado.

—No, no te importa. Porque sino habrías aceptado ser el guardián.

—¿Se le propusiste a él? —pregunta Peter decepcionado.

—Si, pero… Peter, nosotros confiamos en ti. ¿Lo sabes verdad?

—Sí… —responde con la voz un poco más apagada, un poco más agazapado en su asiento. Un poco más triste, un poco más el Peter de hace unos meses.

—Te di mis razones, creía que lo habías entendido.

—Tu única razón es que eres incapaz de asumir responsabilidades —James le mira con gesto severo—. Míranos, todos las tenemos, yo tengo una familia, Remus y Peter sus trabajos¿y tú? Sigues viviendo como si estuviéramos en la escuela ¿Y sabes que, Sirius? Ya no lo estamos.

Los dedos de Sirius se crispan entorno a la jarra de cerveza, se tensa y con el semblante serio mira una vez más hacia a James, tira la silla cuando se pone de pie de repente, y se desaparece, allí frente a ellos.

—¡Mierda! —refunfuña James—. ¡Joder! — azota la jarra de cerveza lo más lejos que puede.

—James, tranquilo —Remus intenta serenarlo.

—Es que me he pasado, joder… yo no quería…

—Lo sé.

—Pero entiéndeme, todo esto de tener que escondernos, de estar en alerta constante…

—Se le pasará. Siempre se le pasa —Remus se pone en pie—. Es incapaz de enfadarse contigo más de un par de minutos.

—Dile que lo siento, que no quería… lo siento —James se quita las gafas, y pasa los dedos por el puente de la nariz.

—Lo haré. Nos vemos la semana que viene.

—La he cagado Colagusano¿verdad?

Pero Peter no le contesta, esta vez está demasiado triste y dolido para hacerlo.

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Remus se pasea intranquilo por el salón, hace dos horas que Sirius dejó Las Tres Escobas y no ha puesto un pie en la casa, la cena se enfría sobre la mesa, y él se siente morir porque sabe que para Sirius no hay palabras que más daño le hagan que las de James, incluso lleva mejor cuando es él quien le reprende o regaña. Enciende la chimenea y se sienta en la butaca envuelto en una manta verde observando el crepitar de las llamas; la puerta se abre: Sirius está en casa.

—¿Dónde has estado?

—Por ahí —se deja caer en el sofá, aún con las botas puestas, y la cazadora de cuero y el pelo mojados por la débil llovizna del exterior.

—Sabes que James no piensa eso.

—Sí, lo piensa. Todos lo hacéis.

—Sirius —se levanta y hace un gesto con la mano para que le deje un hueco entre sus piernas, el animago se quita la chaqueta, y lanza las botas al suelo para después dejar que Remus se acurruque contra él—, es parte de tu encanto ser así, un poco inmaduro, un poco irresponsable.

—Pero yo… He cambiado, Remus, de verdad.

—Lo sé.

—Debería haber aceptado, James me lo pidió, era mi deber.

—No estabas seguro, no podías hacerlo sin estar seguro de ello.

—Pero…

—James me ha dicho que le disculpes, está demasiado tenso, no es fácil para él tienes que comprenderlo.

—Lo sé, y yo no hago nada para facilitarle las cosas.

—Bueno, el sábado cuando vayamos a cenar a su casa, arregláis las cosas, ya sabes un "ey, Jimmy" y un "ven aquí gilipollas" y todo arreglado, cosas de esas que los machos como vosotros soléis hacer.

—Te voy a dar yo a ti macho…

Sirius se las arregla para darse la vuelta y aplastarlo contra el sofá, besándolo con fuerza colando su lengua en la boca con total impunidad, sus manos se abren paso bajo la camisa mientras Remus jadea, tuerce la cabeza dejando expuestas una vez más esas cicatrices por las que Sirius siente tanta devoción; pero Remus solo le deja jugar con ellas un rato, pronto siente el calor arremolinándose bajo su piel, lucha contra él pero es demasiado, no puede contenerse. Devuelve los besos con rudeza, araña la piel de la espalda de Sirius, que jadea completamente excitado; gira el rostro y mira hacia el centro del salón, sonriendo entre los besos con los que Remus le devora. Sobre la mesilla de café hay un calendario, la luna llegará en solo cuatro días.

Es 31 de Octubre de 1981.