Cap. 1
1962
Base de la CIA, Langley, Virginia.
-Moira, ¿estás drogada? –preguntó Katrina sin levantar la mirada de la pistola que limpiaba cuidadosamente. Sin embargo, a Moira no le hizo gracia.
-¡Te estoy diciendo lo que pasó! ¡Shaw estaba hablando con Hendry y aquel hombre provocó un tornado, el otro apareció y desapareció de la nada, era rojo y tenía cola!
Katrina suspiró. Claro que era eso lo que ocurrió; cuando Moira llegó a la base, histérica y contando aquello, supo que era verdad. Después de todo, si ella había tenido a Joelle, ¿por qué no iba a haber más mutantes? Sería una tontería. Pero también debía disimular. Dos años sin accidentes podían irse al garete tan sólo porque mostrase un excesivo interés sobre los mutantes. No quería que descubriesen su identidad, no ahora que de nuevo tenía algo parecido a un hogar.
Estaba Moira, por supuesto. Eran las únicas mujeres agentes en la CIA, y por ello, Moira era tremendamente sobreprotectora con ella, llegando a veces a comportarse casi como una madre. Al principio Katrina era tan fría con ella como podía serlo, pero finalmente se rindió tras pasar unas Navidades con ella y con Hank. Hank, el pobre Hank, se había convertido lentamente en una especie de hermano. Seguía tan socialmente torpe como cuando la conoció, y el hecho de que vivieran juntos tampoco facilitaba las cosas. Sin embargo, se apreciaban sinceramente, y el joven científico era un muy buen remedio para su rencor y su ira acumulados. Cuando la veía especialmente triste o enfadada, pedía permiso a sus superiores y se la llevaba un par de días de acampada al campo, volviendo muchísimo más relajados. Hank era un sol en todos lo sentidos.
Y sin embargo, lo que más le dolía a Katrina era tener que ocultarles su condición, su verdadero ser. Nunca habían visto el tatuaje de las rosas, permanentemente tapado. Con el paso de los años había determinado que poseía un control sobre los elementos, es decir, tierra, agua, fuego y aire. A Hank le hubiera encantado poder estudiarlos, pero, ¿y si sintiera miedo de ella? ¿Y si Moira la rechazaba por ser lo que era? No podían entenderla, no eran como ella. Y sin embargo, Katrina les quería.
-¿Y qué apareció también, un unicornio?
-No, una mujer rubia que se transformaba en diamante. Emma Frost, ¿te suena?
Katrina dejó caer la pistola mientras trataba de volver a respirar. Emma Frost, la asesina de su hermana, ¿estaba en América? Le había perdido la pista cuando fue a Rusia, pero nunca había dejado de buscar. Se coló en la CIA precisamente por aquello; si esa asesina volvía a estar en el radar, iba a cazarla. Iba a matarla.
-Katrina… ¿Estás bien?
-¿Qué quieres que haga?
-Acompañarme a Inglaterra –suplicó Moira- Hay un nuevo profesor, un genetista, Charles Xavier… Si alguien sabe sobre esos seres, tiene que ser él.
-¿Seres? –preguntó Katrina, alzando ligeramente la voz. Había sonado fatal- ¿Seres?
-¿Qué te pasa? –Moira frunció el ceño- Estás rara. Venga, tenemos que estar en el aeropuerto en dos horas.
-¡Hank! –gritó Katrina, cerrando la puerta a patadas mientras trataba de meter la maleta en la casa- ¡Hank!
Hank salió de la cocina, con un vasto de precipitados en la mano y un destornillador sobre la oreja.
-¿Qué? –preguntó, asustado- ¿Qué pasa? ¿Te ayudo con la maleta?
-No –gruñó Katrina, arrastrándola hacia el salón. Empezó a coger ropa del montón de la plancha y a meterla dentro sin cuidado- Sólo quería decirte que me voy unos cuantos días con Moira.
-¿Tenéis una misión? Acabas de volver de Seattle y Moira ha pasado una semana en Las Vegas–protestó el joven. Katrina negó con la cabeza.
-Esto es importante. Puede que el coronel Hendry, ya sabes, el de la OTAN, esté colaborando con los soviéticos a espaldas de nuestro gobierno. Como sea verdad se va a armar una buena. Pásame esa chaqueta, ¿quieres?
-¿Y por qué siempre te toca a ti? –Hank frunció el ceño y Katrina bufó.
-Pues porque tengo lo que muchos agentes no tienen –al ver que Hank no lo pillaba, puso los ojos en blanco- Tetas, Hank.
-Ah –el pobre enrojeció- Bueno, ten cuidado.
-Por supuesto –Katrina se estiró para darle un beso en la mejilla, cerró la maleta tal como estaba y fue caminando hacia la puerta- ¿Dejarás de crecer alguna vez? ¡Acuérdate de hacer la compra, no quiero que mueras de inanición! ¡Y por el amor de Dios, no vuelvas a echar los residuos del vaso de precipitados por el fregadero!
-Yo también te quiero, Kat –bromeó Hank antes de que Katrina cerrase la puerta. Agarró bien la maleta y salió disparada hacia el aeropuerto.
Oxford, Inglaterra.
-¿Me has arrastrado por medio planeta para ver a un licenciado… borracho?
-Vale, no se me ocurrió que pudieran estar de fiesta –protestó Moira, abriéndose paso a codazos entre el gentío. Era una muchedumbre de recién licenciados entre los que estaba el hombre que buscaban… Bebiendo whisky de lo que parecía el vaso de precipitados más grande que habían visto jamás, mientras el resto le animaba. La vida universitaria.
Consiguieron llegar a un claro junto a la barra, y Katrina empujó a su amiga para que hablase con él.
-Ve tú, yo voy a pedir algo.
Moira salió disparada a abordar al nuevo profesor, muy obedientemente, mientras Katrina pedía un coñac. El camarero la miró raro, Katrina era a todas luces demasiado joven para beber, pero le mostró la placa de la CIA y el hombre no hizo más preguntas. Se sentó en la barra, mirando a Moira hablando con Charles Xavier.
-Es un ligón –dijo una muy ofendida voz a su derecha. Katrina alzó una ceja al ver a una chica rubia fulminando con la mirada a Moira y a Charles, y también se sorprendió al ver sus ojos de distinto color.
-¿Ah, sí?
-Sí, coquetea descaradamente con todas, yo misma la primera –la joven suspiró, dándole otro trago al martini- Aunque no se cómo, siempre sabía lo que quería beber. Y me dijo que era una mutante, por mis ojos, ¿sabes? Y luego apareció su hermana, que también tiene heterocromía, y quiere ser camarera…
La joven estaba evidentemente borracha, pero aquello tenía sentido. Para los genetistas, como Charles Xavier, todos los aspectos del físico son distintas mutaciones. Precisamente por eso estaban allí; si alguien sabía sobre las mutaciones, era ese hombre. Le vio haciendo un gesto raro, posando los dedos discretamente sobre su sien, y algo le llamó la atención… Siempre sabía lo que quería beber la chica borracha que tenía al lado…
¿Podía ser que…?
-¡Oh, vamos! –protestó una voz. Katrina se giró y vio a otra chica, también rubia, discutiendo con el camarero- ¡Ella está bebiendo y es más joven que yo!
-Es de la CIA –dijo el camarero, meneando la cabeza- Lo siento, Raven, pero como tu hermano se entere de que te he dejado beber…
-¡Mi hermano está ahí sentado, borracho y ligando!
Katrina soltó una risita. Así que esa era Raven Xavier. No se parecía mucho a su hermano, tal vez los mismos ojos azules, pero ese era todo el parecido. Parecía ser de esas personas que no toleraban que les pasasen por encima, a juzgar por la mirada que le dirigía al camarero.
-Eh –intervino. Los dos se quedaron mirándola- Venga, ponle algo a la chica. Yo invito.
El camarero frunció el ceño, pero obedeció. Raven sonrió y le ofreció la mano.
-¡Gracias! Raven Xavier, un placer. Eres americana, ¿no?
-Katrina Holmes. ¿Tanto se nota? –bromeó Katrina mientras Raven cogía su bloody mary y bebía con gusto.
-Por fin, hacía que no probaba uno de estos… -suspiró- A veces mi hermano se pasa de protector. Sé que lo hace con buena intención, pero molesta. Menos mal que no sabe la de cosas que se aprenden en el instituto, él siempre fue de los niños buenos. Yo era la mala –bromeó. Katrina miró al muy borracho profesor Xavier.
-Quién lo diría.
Aparentemente, Moira y Charles se habían puesto de acuerdo. Se acercaron a la barra junto a ellas y Moira empezó las presentaciones.
-Esta es mi amiga, la agente Holmes… -Charles soltó una risita al oír el apellido, pero estrechó la mano de Katrina con una sonrisa. Era un hombre guapo, la verdad; debía tener veintitantos, y con esos ojos del color del cielo, Katrina entendía la fama de ligón que le atribuía la chica rubia de la barra.
-Esta es mi hermana, Raven.
-¿Charles? –preguntó Raven, frunciendo el ceño y mirando a unos y a otros- ¿Qué pasa?
-Querías visitar la vieja casa, ¿no, Raven? –Charles movió cómicamente las cejas y Katrina bufó, realmente estaba borracho- Pues bien, vamos a hacer las maletas.
Cogió su chaqueta, se la colgó casualmente al hombro y salió del bar, chocando contra la puerta en el intento. Katrina suspiró.
-Será mejor que alguien vaya a por él antes de que le atropelle un coche.
Miami, Florida.
Emma cerró los ojos al percibir la fuerte vibración mental que la alcanzó. Sólo conocía a una persona que, sin ser telépata, podía llamar a uno de estos mentalmente. Por supuesto, la pequeña Leanne Martin. Gracias a ella había localizado a su hermana, Joelle, claro que ella no lo sabía. Ahora habían perdido a Joelle, pensó con fastidio, y aquel poder había desaparecido. Leanne era fuerte, pero no podía hacer lo que su hermana. Tal vez debería decirle a Sebastian que intentaran reclutarla…
Frunció el ceño, quitándose las gafas de sol y sentándose en el sofá de aquel elegante yate. ¿En qué estaba pensando? Leanne la reconocería, su fallo fue largarse de aquel pueblo sin borrarle la memoria a la niña. Tenía prisa, pero no era excusa para no hacer las cosas bien.
Concentrándose, fijó su poder en otro punto. Ah, Erik Lehnsherr... El odio que Katrina le profería a Emma sólo tenía comparación con el que mantenía Erik contra Sebastian… Curioso, que ella y Sebastian se hubieran creado enemigos tan similares… Porque claro, Sebastian estaba convencido de que Erik estaba en Alemania, en algún pueblucho, sobreviviendo como podía, si es que no estaba muerto. Pero Emma sabía que estaba vivo, y que les estaba buscando.
Otra vibración mental, mucho más débil y mundana que las anteriores, hizo que sonriera. Se levantó y se acercó con andares contoneantes hacia Sebastian, que miraba tranquilamente el mar mientras cavilaba rápidamente en alemán.
-Nuestro invitado se acerca –dijo Emma, esforzándose porque su voz sonase cantarina. Sebastian sonrió, poniéndose las gafas de sol.
-¡Riptide! –llamó, antes de dirigirse a Emma- Ya sabes lo que tienes que hacer, preciosa.
Emma sonrió.
