Uno.

Enero de 2002.

—¡Parkinson!

El grito se oyó por toda la planta, así que a Pansy no le sorprendió ver un montón de caras vueltas en su dirección cuando se puso de pie.

¿Ahora qué? Era la tercera vez en lo que iba del mes que el Jefe de Sociales la mandaba llamar. ¿Acaso no se le daba gusto con nada?

—¿Sí, señor?

—¡A mi oficina, ahora!

—¿Por fin habrán conseguido que la echen?

—No debería estar aquí, para empezar.

Los rumores acompañaron a Pansy conforme se acercaba a la puerta de su jefe, ¿es que acaso iba a ser lo mismo todo el tiempo?

Dejando de lado esas reflexiones, llamó a la puerta indicada.

—¡Pasa, Parkinson!

—¿Qué necesita, señor Burgess?

Pansy veía al hombre delgado y de escaso pelo gris que, acomodándose los anteojos, le dedicó una mueca de fastidio.

—¡Volvieron a llegarme vociferadores por tu última respuesta! —espetó el hombre.

Pansy procuró no hacer el menor gesto. Ya lo había visto venir.

—¿Me quieres explicar qué pasó con lo que discutimos el mes pasado? No puedo creer que volvieras a lo mismo, sabiendo cómo reacciona el público.

—Señor, con el debido respeto, recuerde que le recomendé…

—¡Sí, sí, la carta de la editorial! Le insistiré a Barnabas pero, de todas formas, esa respuesta tuya…

—¿Qué esperaba que le dijera a la pobre chica?

El señor Burgess agitó la cabeza, con aire resignado, en tanto Pansy contenía un suspiro de alivio. Aunque gruñera tanto, sabía que el hombre no estaba a favor de que alguna mujer lo pasara mal. Se rumoraba que se debía a que había tenido cuatro hermanas y que su esposa era una mujer de armas tomar, pero nadie lo había confirmado.

—No digo que no des una opinión sincera, Parkinson, ya lo sabes. Es solo que tus respuestas, así como las das, no son del gusto de todos. Deberías… emplear otra fraseología.

—¿Qué?

—¡Que las digas de otra manera, por Merlín! No sé por qué debo repetírtelo.

Pansy asintió en silencio.

—Si Barnabas no ha solicitado que te despida, es porque las ventas no disminuyen y hay más cartas a tu favor que vociferadores en contra.

—¿Y aún así, debo «cambiar mi fraseología»?

—¡No tientes a tu suerte, Parkinson! Ahora, sobre el especial del próximo mes…

—¿Sí?

Aquello era algo que Pansy había estado esperando. Había hecho la propuesta con sumo cuidado, tras destrozar cuatro borradores; aun así, temía que ni siquiera le dieran una oportunidad.

—Tienes que prometer que todo será como lo has puesto por escrito y con el mismo formato anónimo de la señorita Pinkheart. No queremos demandas de ningún tipo, porque entonces sí que Barnabas pedirá tu cabeza y yo no podré hacer nada. Cada escrito será revisado antes de la publicación, así cualquier cosa que creamos pertinente, será cambiada o retirada. ¿Entendido?

No le gustaba lo último, que sonaba a una muy obvia censura, pero Pansy no estaba para remilgos. Asintió apresuradamente y se puso de pie de un salto.

—Tengo el borrador del primer artículo —aseguró, dando media vuelta.

—En ese caso, termínalo y pásaselo a Higgs. Ella nos apoyará con las revisiones.

Asintiendo, Pansy dejó la oficina y apenas pudo contener la carcajada al notar que el resto de sus compañeros la veían boquiabierta. Seguramente los muy hipócritas esperaban verla hecha un mar de lágrimas por su despido, y no radiante de felicidad porque seguía teniendo su trabajo.

—Lily, ¿vienes conmigo un momento? —llamó.

La aludida era una joven mujer rubia y pequeña, con una cara de facciones delicadas y una figura en apariencia frágil, que no dudó en ponerse de pie, con bloc y pluma en mano, para enseguida ir tras ella a paso veloz. Fue hasta llegar a su escritorio que Pansy le señaló la única silla disponible.

—¿Qué pasó? —quiso saber Higgs, tomando asiento y arqueando una ceja.

—Lo de siempre. Burgess recibió vociferadores, me pidió que diera mis respuestas de otra forma y todo eso. No entiendo cómo hay gente que se toma tan en serio lo que escribo, más cuando no es de su incumbencia.

—¿Lo dices por los vociferadores?

—Exactamente. Oye, por cierto, Burgess aprobó el especial del siguiente mes.

—Sí, me lo comentó. Lo dudó mucho, de hecho, pero al final se rindió cuando dije que sería la prueba de fuego para saber si estabas lista para otras encomiendas. Creo que eso le hizo pensar que, si resulta bien, puede finalmente quitarte a la señorita Pinkheart sin despedirte.

—¿No es un encanto de hombre? —Pansy sonrió, porque de verdad, creía en que había algo de ternura en ese aire protector de su jefe—. Como sea, Burgess dijo que tú revisarías lo que escribiera antes de publicarse, así que espera un segundo, te paso el primer borrador.

—Lo tenías todo planeado, ¿no?

—Llevo con esta idea desde hace un tiempo. Solo tendría que actualizar fechas y revisar si hubo cambios en el estatus actual, pero… Te aseguro que esto le robará unos cuantos lectores a Corazón de Bruja y eso, el mes que viene, les va a doler.

La rubia sonrió con aire pícaro.

—Eres un demonio, Pansy —aseguró.

La nombrada sonrió a su vez, muy satisfecha de sí misma, en tanto sacaba de un cajón un rollo de pergamino y se lo entregaba a la otra.

—Lo sé, Lily, lo sé.