Capítulo beteado por Mónica León, Beta Élite Fanfiction.

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Capítulo 1

Actualidad...

¿Por qué sentía que haciendo ese viaje estaba traicionando la confianza de su hermano? Jasper nunca le había prohibido nada, pero ella se sentía como si estuviera desobedeciendo, como una niña escapando de su padre.

En realidad era una adulta que tomaba sus propias decisiones y realmente no estaba viajando a escondidas, simplemente no le había dado tiempo de comunicarse con su hermano. Había salido tan rápido que ni equipaje llevaba.

Aún sabiendo todo eso, se sentía intranquila por el viaje y no entendía el porqué. Tenía cierto recelo y no lograba descifrar de dónde provenía. Decidió dejar de comportarse como una mujer insegura y volver a ser la mujer que intimidaba a hombres y mujeres por igual.

Cerró los ojos y masajeó su sien, tratando de acomodarse en el asiento de primera clase. Los nervios estaban apoderándose de ella. Por esta vez le daba la razón a Jasper; no era bueno usar vestidos entallados de color negro y tacones altos todos los días. Uo nunca sabía qué se podría presentar.

Era la primera vez que viajaba sola, fue una decisión apresurada, ella lo sabía, pero cuando casi el teléfono de las manos a su asistente, Julia, para que le pudiese pasar la llamada, se enteró del problema que había en Milán. No lo pensó dos veces y decidió a ir arreglarlo personalmente y no hacer lo que Jasper siempre le ordenaba: resolver todo a través de una máquina.

Su celular estaba apagado. No soportaba que su hermano no parase de llamar.

—Trate de descansar, señorita Olivia. —Si no fuera porque esa mujer bajita, de cabello negro y buen gusto, era paciente con ella, ya la hubiese decapitado desde hace casi dos años.

—Tranquila, Susan. —Cerró sus ojos controlando su paciencia. La chica que iba a su lado era su acompañante y psicóloga desde que ella había regresado a la vida. Fue de mucha ayuda cuando se sentía perdida, era su brújula.

Cuando ella se levantaba sin saber quién era y por qué vivía, Susan le ubicaba y le decía que recordaría, cuando ella claramente sabía que no sería así.

—Le he dicho que deje de actuar con culpa, Jasper lo va a entender. —La fulminó con la mirada.

—Te juro, mujer, que si no te estimara aunque sea un poco, ya te hubiese echado de mi lado desde hace meses. —Susan solo negó con la cabeza—. Cierra la boca por lo que queda del camino, o de lo contrario te lanzaré por el aire. —Le dio la espalda y fue lo último que dijo en todo el vuelo.

No sabía cómo reaccionarían los empresarios en Milán al ver la presencia de una mujer al mando de las decisiones, pero los hombres no le intimidaban. Odiaba el machismo, y más a los hombres que creían que por ser mujer debía de dedicarse a la casa y al cuidado de los hijos.

Su vida había cambiado, un gran remordimiento no le dejaba en paz. Ella nunca sería feliz sabiendo la culpa que cargaba sobre sus hombros. El vacío que tenía en su pecho no se quitaba por nada, ellos le faltaban, de eso estaba segura, aunque no recordara sus rostros.

Era insegura y fría, incluso llegó a dudar que Jasper fuera su hermano. Si no fuese que un día le robó un cabello para una prueba de ADN y este dio positivo, seguiría dudándolo.

—¿Llamaste a la empresa para que nos mandaran chofer? —preguntó, mientras caminaban por el aeropuerto de Milán.

—Así es, señorita Whitlock. Todo está arreglado tal y como usted lo pidió. —La mujer se limitó a asentir.

Cuando salieron al bullicio de la gran ciudad, una lujosa camioneta les esperaba. Inmediatamente subieron y las llevaron al edificio de las grandes empresas de cosméticos donde se reunirían.

Ella ya había venido de vacaciones a la ciudad, Jasper la había llevado de viaje por el mundo con sus papeles falsos.

Cuando llegaron a la empresa, ella mostró su cara de superioridad. Junto con Susan y dos gorilas más, entraron a "Cosmetics", la empresa donde su hermano y ella eran los dueños. Miles de miradas le fueron dirigidas. Algunas de lujuria, mientras que otras, sin que ella se diese cuenta, fueron de confusión y sorpresa.

Dos días habían pasado desde que Isabella se había ido de México. Dos días sin saber de ella y Jasper solo daba vueltas en su oficina. No era posible que no hubiese sospechado de los planes de su hermana. Por más que llamaba a su celular, este le marcaba fuera de servicio.

—¿Nada? —preguntó Jacob, desesperado. Horas tratando de comunicarse con ella, pero todas en vano.

—Me estás poniendo nervioso, Jacob. Si sigues así te sacaré de mi oficina —amenazó, más molesto de lo normal, a su primo.

—Lo siento, Jasper, pero me es imposible no estarlo. Me preocupo mucho por ella, no puedo ni imaginar qué pasaría si alguno de los Cullen llega a Milán.

—Esa mujer ya se había tardado en darnos problemas. —Su primo se sentó en la pequeña mesa de reuniones y se aflojó la corbata como signo de estrés—. Es tan necia, eso no ha cambiado ni con el accidente. —Jasper no contestó, su primo conocía muy bien a Isabella, era como su hermano.

Dos leves toques en la puerta y ambos hombres pusieron cara profesional. En el negocio y trabajo la vida personal no se debe mezclar.

—Adelante —contestó Jasper sentándose en su escritorio. Jacob no se movió de su lugar.

La secretaria de Isabella entró nerviosa. Ella reconocía su error y sabía que había hecho muy mal en decirle las cosas a la hermana de Jasper.

—Buenos días, Julia. —Malhumorado le hizo una seña a la esbelta mujer para que tomara asiento frente a él.

—Señor... yo. —Trató de hablar pero su jefe la calló.

—No es necesario que te defiendas. —Puso ambas manos encima de su escritorio—. Es de humanos equivocarse. —Trató de calmar los nervios de la mujer—. Pero lo que tú hiciste no es de humanos, linda. —El corazón de la secretaria latía a mil por hora.

Esa mañana, al mismo que tiempo que su jefa entró a su oficina, recibió una llamada telefónica. No era para ella, pero aun así le ordenó a la mujer que se la pasara a su despacho. Al principio Julia se negó, pero Olivia le amenazó con dejarla sin trabajo.

—Sin embargo has sido muy leal a esta empresa y solo por esa razón no te despido ahora mismo —declaró Jasper. Los ojos de la secretaria se llenaron de lágrimas—. ¿Cómo fue que Olivia se enteró de todo? —Jacob puso atención. Quería saber cómo Isabella se las había arreglado esta vez para ponerlos en aprietos.

—Ella llegaba en ese momento a la oficina, señor. —Su voz se escuchaba temblorosa—. Cuando la llamada entró, Liliana se equivocó de extensión y la pasó a la de la señorita Whitlock —dijo, jugando con sus manos—, cuando ella se dio cuenta que no se la pasaba, me gritó y dijo que si no le hacía caso me quedaría sin trabajo. —Ambos hombres negaron. Esa mujer llegaba a ser tan fría que parecía no tener corazón.

—¿Sabes de qué trataba el problema? —intervino Jacob.

—Solo escuché que comentó que algo salió mal en las nuevas fotos de primavera-verano. Al parecer fue un error incorregible del departamento de marketing. —La mujer cruzó sus piernas, los nervios no la dejaban—. Ella decidió irse en ese momento a resolver personalmente el asunto. —Miró hacia sus manos—. Lo lamento, no pude hacer nada, señor Jasper, sé que no le gusta que su hermana trate de forma personal los problemas de la empresa y que ese tipo de llamadas no las debe de tomar ella, pero...

—Está bien, Julia, sé muy bien que soportas demasiado a la grosera de mi hermana. —La mujer asintió, su jefa era un demonio, un ser sin corazón y a ella le tocaba soportarla todos los días—. Despreocúpate, regresa a tu trabajo. Cualquier, no dudes en avisarme. —Sin más, la mujer abandonó la oficina. Sus piernas parecían de gelatina, necesitaba aire.

—Esta mujer se está ganando muchos enemigos —opinó Jacob.

—Y todo por nuestra mentira. Si ella supiera la verdad, sería feliz. Volvería a ser Isabella Swan. —Ambos se miraron.

La llamada está lista, señor. —El altavoz del teléfono interrumpió su pequeña conversación.

—Gracias, Margarita, no me pases más llamadas hasta que yo te lo ordene. —Su llamada fue transferida. Los nervios embargaron a ambos hombres. Las noticias no podían haber sido buenas—. Jasper Swan —contestó autoritario.

Emmett Cullen —contestaron al otro lado, y el corazón de ambos hombres se detuvo por segundos.

—¡No, mamá! —gritó la pequeña Katy en uno de sus berrinches—. Yo no tengo frío, no quiero ese feísimo suéter. —Movió sus manitas en modo de negación de tal manera que hizo reír a la mujer—. Si me lo pones, le llamo a papá y le digo que nos venimos de viaje sin él. —Su madre negó y abrió los ojos fingiendo miedo.

Si no le avisó a su esposo la decisión de viajar, fue porque le quería dar una sorpresa. Alice sabía de antemano que cuando se trataba de este tipo de reuniones, Charlie Swan lo mandaba a él para arreglarlos. En cuanto su hermano Emmett le comentó que se reuniría todo el consejo de socios, no lo pensó dos veces y viajó de Madrid a Milán.

La pequeña traía puesta su pijama rosa de franela debido al frío que hacía en la ciudad, aunque en la elegante suite la calefacción era muy agradable y mantenía la habitación cálida.

Alice sabía que su hija tenía razón, pero ella era muy sobreprotectora y no le gustaba que su hija se enfermase.

—Chica lista. —Dejó el suéter a un lado—. Sé que no se lo dirás a tu padre, pero tienes razón, no hace frío. —Alice regresó a su cuarto con su pequeña en su espalda—. ¿Te divertiste? —preguntó lanzándola juguetonamente a la cama de la suite donde se hospedaron.

—Mucho, mami, el parque es hermoso y Kiba se portó mejor que yo. —Su madre se acostó a su lado y la acercó más a ella.

—Eso sí, comiste mucho helado. Ojalá no te enfermes. —Besó su frente.

—No lo haré, soy muy fuerte. Como la mujer de mis sueños. —Alice se sintió intranquila al ver que muchas veces su hija hablaba sobre una mujer imaginaria, pero era niña y seguro se trataba de alguna de sus ocurrencias.

—¿Ella es fuerte? —preguntó, pero escuchó que tocaban a la puerta, supuso que era su hermano. Seguro apenas se iba a la reunión en la empresa—. Me cuentas después, mi amor. Tu tío Edward acaba de llegar. —La mujer se levantó de la cama—. Recuerda no hablarle mucho, ya sabes lo gruñón que es. —Alice no podía alejar a Katy de Edward, sabía de antemano que el hombre no toleraba a la niña, pero aún guardaba la esperanza de que los sentimientos hacia ella pudieran cambiar algún día.

—Ya lo sé, mami. —La niña la siguió. Estaba feliz de que su tío llegara. A pesar de que ella sentía el rechazo del hombre, luchaba porque algún día la quisiera—. Algún día me va a querer, mami, ya lo verás —afirmó la pequeña, haciendo que a su madre se le humedecieran los ojos, por lo que solo la abrazó—. Tío Edward no es malo, en el fondo él me adora. —Su madre la tomó en brazos y le besó la mejilla.

—Lo sé cariño, solo es cabeza dura. —Los ojos de la niña brillaban de excitación al saber que vería a su tío favorito—. Te dejaré en la cocina —dijo su madre, sentándola en una silla del lugar—. No te vayas a bajar porque solo traes calcetines y el piso está frío. —La pequeña asintió—. Voy a abrirle al gruñón. —Desapareció y dejó a su hija, quien traviesa jaló un tarro de galletas y comenzó a comerlas.

Por su parte, Edward Cullen esperaba molesto en el pasillo del hotel.

No le gustaba mucho viajar hacia Milán, esas reuniones le daban dolor de cabeza, en especial encontrarse con Jasper Swan. El odio que este le tenía no era sano aunque era comprensible. Él había destruido la vida de Isabella Swan, la mujer que en realidad amaba, aunque muy tarde se dio cuenta. Hoy seguro lo vería, el error millonario que se había cometido al imprimir miles de anuncios publicitarios en todo el mundo lo haría rabiar. Los Swan y los Whitlock eran los socios mayoritarios de las tres empresas de cosméticos más famosas del mundo, aunque a estos últimos jamás los había conocido.

—¡Vaya! —Besó a su hermana que por fin había abierto la puerta—. Pensé que no abrirías nunca, hermanita. —Entró a la suite, quitándose el saco.

—Estaba en la cama con Katy. —Se dirigió hacia las escaleras—. Subiré por Kiba. —La cara de Edward se descompuso aún más—. No lo dejaré solo o hará un desastre. Ve a la cocina, ya bajo.

Edward asintió. Odiaba a los perros, pero en especial al perro gordo de su sobrina. Aunque él mismo lo negara, amaba a Katy, pero no toleraba tenerla cerca. Ella le traía recuerdos a su mente que no le hacían nada bien, y prefería fingir que la odiaba para mantenerla lejos. Pero eso no funcionaba, al contrario, la niña se empeñaba en caerle bien a su tío gruñón.

—¡Tío Edward! —saludó la pequeña al ver a aquel hombre de mal genio, al menos con ella. Su boca estaba llena de galletas. Corriendo se bajó de la silla y llegó al lado de su tío.

—Hola —contestó él, ignorando el beso que planeaba darle su sobrina. La niña ya estaba acostumbrada.

—Fuimos al parque hoy —contó, parándose frente al ogro viviente. Este volvió a ignorarle—, y le di de mi helado a Kiba—continuó con entusiasmo para llamar la atención de su tío. Tenía fe que algún día le iba a querer tanto como ella le quería a él.

—Eso es asqueroso. —La niña se subió en la silla del comedor para intentar estar a la altura de su tío—. No sé por qué tu madre deja que hagas ese tipo de cochinadas.

Alice escuchaba todo detrás de la puerta de la cocina, no quiso meterse como siempre lo hacía y terminar peleando con su hermano, su hija era muy inteligente y no le daba mucha importancia a los comentarios de su hermano.

—Lo hace porque me quiere, tío. —Metió la mano en el frasco de galletas con chispas de chocolate y le tendió una al ogro—. Come una galleta, ¡son riquísimas! —Al igual que la niña, Edward amaba las galletas con chocolate, eran su debilidad más grande.

—Odio las galletas. —El hombre se sentó en uno de los bancos, quedando así frente a su sobrina.

—Eres un mentiroso, Cullen —habló divertida su hermana, entrando a la cocina con el hermoso perro en brazos—, tú amas esas galletas. —Katy sonrió y el hombre rodó los ojos—. Anda y come una. —De mala gana le quitó la galleta a su sobrina y dio la primera mordida.

¡Kiba! —gritó la pequeña cuando éste lamió el pedazo de galleta que estaba en mano del tío.

—¡Quita a ese perro gordo de aquí! —Tiró la galleta al piso y se levantó molesto del banco—. Es antihigiénico tener un perro cerca de mi... —Su hermana abrió los ojos, horrorizada—. De tu hija. Le causará enfermedades —regañó molesto. La pequeña jugaba con su perro, el cual estaba en sus brazos.

Kiba no es malo, tío. —Besó a su perro.

—Cuando estés hospitalizada por una alergia no dirás lo mismo. —Se dirigió hacia la salida.

—¿Te estas preocupando por mí, tío Edward? —preguntó la niña emocionada. Edward volteó a mirarla y casi sonríe, esa pequeña era inteligente.

—Por ti no, niña. —Alice solo miraba la interacción de ambas personas, quería carcajearse delante de ambos, eran un par de necios. Edward no cedería, al menos no ese día. Volvió a darle la espalda—. Por tu madre... y mejor me voy o llegaré tarde a la junta. —Caminó a la puerta y antes de salir oyó un grito de su adorada sobrina:

—¡Tú sí me quieres, tío! —Y ahora sí, sin que lo vieran, sonrió en el pasillo.

—No te quiero. Te amo, pequeña —dijo en un susurro silencioso.

Todos se encontraban sentados en la gran mesa de juntas. Los grandes ventanales mostraban la bulliciosa ciudad. Esperaban solo al representante de los Whitlock y a Edward Cullen para poder comenzar con la reunión y darle fin al gran problema.

Eran cinco socios los que siempre estaban presentes, por esta vez serían seis, y aunque no lo quisieran aceptar, los nervios no los dejaban tranquilos.

Emmett Cullen, Carlisle Cullen, Edward Cullen, Victoria Norton y Jasper Swan, estos dos últimos, representantes de los Swan, y como siempre, Olivia Whitlock, solucionando todos los problemas detrás de la máquina, pero ahora sería la excepción y todos esperaban conocerla por primera vez. Sabían que en cualquier momento llegaría la socia mayoritaria, y dos representantes aún no se encontraban.

Hablaban con ánimos subidos de tono sobre el error que se cometió. Solo se encontraban Victoria, Carlisle y Emmett.

—Buenas tardes. —Las miradas fueron dirigidas a la entrada de aquella oficina en cuanto las puertas fueron abiertas. Una mujer bajita de cabello negro y un hermoso traje sastre color melón, los miraba a todos con asombro.

—¿Olivia? —preguntó Emmett, y todos esperaban atentos la respuesta.

—No, señor. —Al momento de dar su respuesta, unos tacones retumbaron y las miradas se fueron a aquella mujer, misteriosa hasta hace unos minutos.

Jadeos de dolor y asombro se dejaron escuchar.

Emmett entendió el porqué de la llamada de Jasper. Tenía miedo y no fue capaz de hablar con la verdad, lo único que hizo fue colgar.

Carlisle no lo podía creer. Todo el tiempo le mintieron a la familia. Isabella había despertado y lo peor, era la dueña de la mayor cantidad de acciones de la empresa.

«¿Cómo era posible que estuviese relacionada con los Whitlock?», pensó aquel hombre.

—Yo soy Olivia, querido —dijo la castaña en tono autoritario, entrando y sentándose en la silla que le correspondía. Vestía su habitual vestido negro y sus labios, recién retocados—, y si no les molesta, debemos comenzar esta reunión. Mi tiempo vale oro y no pienso desperdiciarlo solo porque a ustedes se les antoje. —Susan le ayudó a sacar su computador y colocó un maletín sobre el escritorio. Nadie hablaba, solo se miraban entre sí y nuevamente a Isabella.

Carlisle y Emmett sabían claramente quién era esa mujer, sabían que no estaban equivocados, que los Swan se estaban burlando de ellos. Miles de emociones embargaban a ambos hombres. Pero más a Emmett. Se sintió decepcionado y herido, todo su sacrificio este tiempo no había valido nada. Victoria no entendía nada, ya que no estaba al tanto de la mentira frente a sus ojos, solo estaba nerviosa por la energía negativa que esa mujer traspasaba. De esa reunión nada bueno saldría.

Mientras Olivia se instalaba para comenzar la reunión, Susan salió de la oficina y de inmediato le avisó a Jasper lo que estaba pasando. Les explicó detalle a detalle lo que pasaba, ya que Jacob también estaba ahí.

Ninguno de ellos imaginó que el consejo original se reuniría, es más, no vieron venir el problema y todo se les salió de las manos.

¿Por qué la dejaste, Susan? —Jasper estaba preocupado y enojado. La bomba había explotado y ya no tenía caso seguir escondiendo todo. No valía la pena que él viajara a Milán, dejaría que su hermana se ocupara del problema y si se tenía que enterar de todo, él ya nada podía hacer más que prepararse para los reproches.

—No pensé que ellos estarían aquí, Jasper —la mujer hablaba en voz baja—, pero al parecer el problema se les salió de las manos y por eso ellos personalmente vinieron a arreglar esto.

Escucha bien, lo que importa es que no la dejes sola, entra ya a esa reunión y no permitas que le llamen por su nombre o que le hagan preguntas sobre su vida privada. —Ella colgó y regresó a la junta.

A Olivia no le gustó que Susan saliera sin avisarle, solo fueron minutos, pero no por eso debía menospreciar su autoridad. Ante todo era su jefa. La castaña sintió las malas vibras de los presentes, pero no se dejó intimidar. Nadie hablaba, ella solo acomodaba su computadora y la iniciaba. Todos la observaban.

Y aunque ellos no se dieran cuenta, ella también los observaba. Estudió a la mujer pelirroja y de cabello largo y ondulado, unos hermosos ojos azules, y por lo que lograba ver, traía puesta una blusa de satín blanca con un saco negro, aunque se viera profesional, demostraba estar muerta de nervios.

Los hombres vestían los trajes comunes que usan los grandes empresarios y por si fuera poco, negros. Ambos la miraban asombrados. Supuso que nadie se esperaba a una mujer en representación de los Whitlock.

Puso atención a la pantalla que tenía frente a ella, y ya que nadie hablaba, ella decidió hacerlo.

—Buenas tardes, soy Olivia Whitlock, representante y dueña de las acciones de la misma familia —explicó, mirándolos a todos y cruzándose de piernas. De pronto entró su acompañante y ella volteó a mirarle—. La próxima vez que salgas avísame, por algo soy tu jefa —espetó molesta, y la pobre Susan solo asintió y se sentó a su lado—. Disculpen —se dirigió al resto—, ¿podemos empezar la reunión?—habló lo más amable posible.

—Lo lamento, pero todavía no podemos, señorita —respondió la mujer.

—Y... ¿tú eres? —Entrecerró los ojos mirándola despectivamente.

—Victoria Norton, representante de las acciones de los Swan. —Isabella sintió curiosidad al oír ese apellido. No conocía quiénes eran sus socios, le hubiese gustado que hubiera uno de ellos ahí.

—¿Por qué no podemos empezar? —Se recostó en el asiento.

—Porque faltan socios. —La castaña elevó una ceja—. Faltan Jasper y Edward. —Isabella sintió como si un balde de agua fría le cayera encima. Había una mujer en representación de los Swan, no entendía por qué esperaban a su hermano si ya ella se encontraba ahí en representación de los Whitlock. Eso la hizo enfurecer.

—Jasper no vendrá —expresó segura—, en cuanto a Edward escupió el nombre con desdén—, no me importa. Cada quién sabe sus responsabilidades. Solo les digo que si no llega en dos minutos, tiene perdido voz y voto en esta reunión. —Emmett no lo soporto más al ver el carácter agrio de la mujer.

—¿A qué estamos jugando, Isabella? —inquirió molesto, dispuesto a desenmascararla.

—¿Perdón? —preguntó la susodicha. El hombre se levantó y ella lo imitó.

—Si crees que nos vas a humillar, estás equivocada. —Susan sintió ahogarse, esto no era bueno.

—Me ha llamado Isabella —citó la mujer cerrando de golpe su computadora—, primero: mi nombre es Olivia, señor, y no sé quién rayos sea esa Isabella; segundo: no vengo a humillar a nadie, vengo a buscar culpables en esto y los encontraré. Limítese a respetarme. Como socia mayoritaria se lo exijo.

Nadie habló, estaba claro que ella estaba muy molesta. Odiaba que la contradijeran, seguro ese hombre tenía un trauma con ese nombre. Emmett no podía creer la actitud de la mujer. Pero tenía razón, la vida personal y el trabajo no se mezclan. Eso se arreglaría saliendo de la junta.

—Si no les molesta, caballeros... —comenzó, mirando a ambos hombres quienes ya se encontraban sentados en la sillas—, dama —señaló a Victoria, quien parecía colegiala regañada—, vamos a comenzar la junta.

Fueron cerca de dos horas de discusiones, solo por un anuncio publicitario que causaba confusión con otra marca de cosméticos. Olivia quería y debía encontrar un culpable. No era posible que por gente insolente ellos perdieran el derecho de la marca, sumándole a esto una demanda millonaria.

—Quiero nombres, señores, quiero soluciones y las quiero mañana. —Nadie dijo nada. Emmett siempre trató con ella por correos electrónicos, siempre había sido engañado y nunca se dio cuenta, pero esto no se iba a quedar así. No quería ni imaginarse cómo se pondría Edward al saber la verdad.

Antes de que reaccionaran, ella ya había salido de ese lugar.

Caminaba apresurada hacia su coche, el insoportable dolor de cabeza no la dejaba en paz. Al escuchar el nombre de Isabella, miles de voces se dispersaron por su mente y juraba que escuchaba ese mismo nombre en diferentes voces. Necesitaba analgésicos y calmantes. Una farmacia era lo mejor.

—Voy a pedir que traigan el coche, Olivia. —Su psicóloga estaba nerviosa, más de lo que alguna vez la hubiese visto, se supone que los psicólogos controlan sus mentes; sin embargo Olivia no sabía qué la tenía así.

—Apresúrate, que no aguanto la cabeza. —Con ambas manos apretó su cráneo.

Mientras tanto, Edward seguía atorado en un gran tráfico, un accidente automovilístico le impedía avanzar. No tuvo más solución que bajarse y caminar, solo dos cuadras le faltaban. De algo estaba seguro, ya estaba llegando tarde a la reunión. Solo el saber que vería a Jasper le hacía revolver el estómago.

Iba llegando a la empresa cuando creyó tener una visión. Se catalogó de loco en ese momento, era imposible lo que estaba mirando. Ella seguía dormida.

Isabella caminaba de un lado al otro esperando a los gorilas y a Susan. Ya habían pasado dos minutos y el dolor empeoraba. Cerró sus ojos y suspiró. Tenía que calmarse. Cuando de pronto una voz que se le hizo conocida la hizo detenerse.

—¿Isabella Swan? —Era la segunda vez en el día que le llamaban así. Volteó y vio a un guapo hombre de ojos verdes mirarla incrédulo—. ¡Dios! Eres tú. —Por primera vez sintió miedo, dos veces en el mismo día no era casualidad. Quizás tenía a una gemela perdida y algo malo había hecho. Quizás la quería matar, pensó.

—Usted está equivocado. —Sin importarle lo que el hombre pensara, se dio la vuelta y caminó sin rumbo fijo—. Mi nombre es Olivia... quizás su Isabella Swan está muerta —hablaba mientras caminaba. Su corazón latía desenfrenado y miraba para ver si llegaba su camioneta, pero nada. Al contrario, los pasos del hombre se oían detrás de ella.

—Eres tú. —La tomó del brazo obligándole a mirarle. Sus miradas se encontraron. Verde contra café. Nerviosismo y el dolor de cabeza más intenso atacó a Isabella. Un pequeño recuerdo se coló en su mente como una imagen borrosa. Eran precisamente esos ojos verdes. En algún otro lado los había visto—. Mis labios rojos… —susurró el hombre. Y antes de que siquiera lo pensara, él la besaba. Ella se quedó estática, aunque una extraña sensación le recorrió el cuerpo. Pero no iba a portarse como una cualquiera con un desconocido, así que como pudo se separó de él y le dio una bofetada.

De pronto vio llegar su carro, Susan le abrió la puerta y ella se metió. Salieron del lugar a una gran velocidad, y dentro de este, Isabella lloraba como una niña pequeña y sin saber porqué, siendo consolada por su psicóloga.


Aquí vamos. Bienvenidas a las chicas que comienzan a leer y a las que aún permanecen: ¡Gracias!

Mónica, gracias por apoyarme corazón. Por sus comentarios, gracias. Nos leemos en unos días.

¿Review?

Saludos, Lizz.