Había acariciado la curva de su vientre con manos fuertes, y le había dedicado una sonrisa extraña, leve, cómplice, llena de un dulce secretismo. Dalla sentía el miedo y la alegría mezclarse en su interior.
Debía mostrar fortaleza, tanta como su hermana Val denotaba. Tomó de la muñeca a su rey y susurró algo por la comisura de la boca. Quería echarse a reír, fundir sus labios en un beso, sus cuerpos en uno solo, pero se sentía torpe y pesada a pesar de que la barriga no le emergía todavía.
La hermosa y valiente siempre había sido Val. Ella merecía ser reina, los favores y atenciones del rey, ella lo merecía todo. entonces ¿Por qué Dalla estaba en aquella situación? ¿Por qué compartía la tienda real con aquel hombre que la había secuestrado y la desnudó con manos que eran desesperadas y gentiles al mismo tiempo?
-Eres mi reina –Musitó Mance Rayder a su lado, con una sonrisa de orgullo al enterarse de que en sus entrañas yacía su primer heredero. Y Dalla lo creyó cuando él volvió a desnudarla ansioso, inquieto y deseoso. Ella lo creyó cuando todo el pueblo libre festejó a la criatura que llevaba dentro.
