Después de sorprenderme con su hallazgo, me permito el atrevimiento de seguir algo que empecé hace tiempo y que rápidamente olvidé. No prometo actualizaciones frecuentes, pero espero que os guste :).
¡Gracias por entrar! ¡Saludos!
El silencio ha sido el protagonista absoluto desde la salida del Instituto hasta la llegada a casa. Ni el posterior intento de Aspros, demasiado directo quizás, para esclarecer el origen de esta última riña, ni las intenciones más suaves de Defteros después para conseguir algo de información han surtido efecto.
La cena no ha sido distinta. Kanon ha comido con tal rapidez que Aspros duda de si realmente ha sido consciente de qué era lo poco que ha engullido antes de desaparecer dentro de su nueva habitación. Saga ha esperado un poco más antes de irse a dormir. En realidad bastante más, seguramente para dar tiempo a que Kanon se durmiera y no tener que afrontarlo despierto.
El piso de Aspros y Defteros no tiene más que dos habitaciones. Nunca pensaron que les harían falta más. Menos aún calcularon que el destino les abofetearía de esta manera tan cruel. Desesperantes fueron las prisas con las que tuvieron que arreglar el cuarto que ahora ocupan los chicos. El mismo que servía de justificación ante las visitas de sus padres, que nunca osaron indagar porqué en una habitación había una cama simple y en la otra una doble. Hacer caber otra cama fue una tarea de cálculo milimétrico, extinguiendo casi por completo la necesaria intimidad que empieza a ser imperiosa tener a los quince años que ahora viven los menores.
Saga tampoco ha mostrado ganas de hablar, pero su presencia siempre es más dócil que la que ofrece el carácter arisco de Kanon, acrecentado aún más en las últimas semanas. Finalmente Saga ha abandonado el sofá y se ha ido a dormir con la cabeza aún gacha por la vergüenza de haber coprotagonizado otra pelea de todavía desconocido motivo y anónimo instigador. Y ha sido sólo entonces cuando Aspros y Defteros se han dispuesto a poner algo de orden en la casa.
En la cocina los platos están siendo fregados por Defteros, y una vez arreglado el salón Aspros no puede resistir la necesidad que tiene de acercarse a él.
- Saldremos adelante, Defteros, te lo prometo.- Dice dejando que su espalda se apoye contra la mesada, a tan sólo un par de palmos de su gemelo.
- No deberíamos haber puesto a la venta la casa de los papás...es evidente que no están cómodos aquí. Les falta espacio...- las manos se detienen en su cometido, sosteniendo el plato enjabonado entre ellas, sin ser enjuagado aún mientras Defteros alza la mirada hacia Aspros.- ...y quizás a nosotros también...
- No podíamos ir a vivir allí de nuevo...por algo nos trasladamos aquí. Tu estudias aquí. Yo trabajo aquí...no podíamos dejarlo todo...
- No te inventes excusas, Aspros. Sabes perfectamente porqué nos vinimos a vivir aquí. Y de momento yo ya he dejado mis estudios en "stand by"...en cambio tú rehúsas de pedir reducción de jornada.
- ¡¿Y de qué piensas vivir si lo hago?! Las ayudas del gobierno son insuficientes...
- ¡Tenemos la casa en venta!
- Pero la malvenderemos, lo sabes. Ahora no está la situación para sacar provecho de su venta. Si hemos decidido hacer ésto es por pura necesidad, Defteros...y el dinero no durará siempre.
- No están cómodos con nosotros, lo noto...una cosa era venir un fin de semana, otra muy distinta es...ésto...- el plato finalmente es enjuagado, y pasa a formar parte de la colección de vajilla limpia que va creciendo en el escurridor apostado en la esquina de la mesada.
- Debemos darles tiempo...Todos necesitamos tiempo.
Otro plato pasa a ser la siguiente víctima del exhaustivo lavado que Defteros imprime en la porcelana barata, pero Aspros le detiene, obligándole a dejar el plato dentro de la balsa de agua sucia, agarrándole por los hombros hasta conseguir que se rinda y le encare.
- Con el tiempo y paciencia todo saldrá...y todo se irá poniendo en su lugar...- Una de las manos que palpan los abatidos hombros de Defteros olvida su primer destino y se atreve a alzarse hasta tomar con delicadeza los rebeldes mechones que caen a los costados de su idéntico rostro para llevarlos tras la oreja, intentando en vano que se queden tras ella.
- Aspros...- un sutil movimiento del rostro de Defteros le indica que ese gesto no es adeucado. No allí. No en ese momento.- Venga...ayúdame a terminar con ésto...
Ceder a la necesidad de robarle un beso hace días que se ha convertido en una utopía. El rechazo de Defteros es evidente, y no hace falta decir nada más. Aspros no insiste en sus intenciones. Defteros finge no haberlas leído entre líneas. No puede. Simplemente no puede retomar aún la rutina que abruptamente perdieron.
Aspros se une a la tarea de acabar de limpiar la cocina, sumiéndose en un respetuoso silencio ante la enésima negación de Defteros de permitirle un acercamiento que empieza a urgirles a ambos, y que el menor ahora se empeña en definir fuera de momento y de lugar.
- Kanon está encerrado en sí mismo...- Defteros lo dice como si éste fuera un detalle que Aspros no ha podido apreciar, cuando a Aspros no se le escapa nada.- Más que Saga...
- ¿Y te crees que no me doy cuenta?- Aspros no puede evitar sentir cierta molestia ante una afirmación que tiene más que sabida.- Intento hablar con él...sabes que lo hago...pero...
El mayor no puede seguir con la necesaria conversación compartida con Defteros. Una inesperada presencia lo impide.
Saga lo impide.
Saga y su rostro compungido y lloroso, aparecido en silencio a sus espaldas. Saga...y la urgente necesidad que le lanza a los brazos de Aspros, dónde finalmente se derrumba entre sollozos de tristeza y dolor que ya no puede retener más.
La escena encoge el corazón de Defteros aún más de lo que lo siente cada día, y la mirada que le dedica Aspros esconde una orden que Defteros comprende a la perfección. Con gestos temblorosos se seca las manos con un repasador y desaparece.
Su destino es la habitación de los pequeños, y en ella halla a Kanon hecho un ovillo con las sábanas, de cara a la pared, fingiendo dormir, pero la entrecortada respiración que le asalta alerta de la inexistencia de sueño y de una controlada tribulación. Defteros se deja caer en el borde de la cama y se recuesta en ella, obligando a Kanon a pegarse un poco más contra la pared.
- Déjame.
- No me apetece.
La azul mirada de Defteros delinea en las sombras el retraído bulto en el que se ha convertido el cuerpo de Kanon, que no puede estar más recogido sobre sí mismo, y no reprime la necesidad de llevar su mano hacia la cabeza medio escondida entre las sábanas y revolverle los cabellos con un gesto que desborda ternura.
- Déjame...- la voz de Kanon se percibe temblorosa, pese a los descomunales esfuerzos del menor para parecer desagradable y auyentar la compañía que ha decidido quedarse a su lado.
- No...
- Defteros...vete...- ya no hay dureza. Sólo un ruego. Débil y lloroso. Mentiroso.
- No...No me pienso ir.
Defteros ya no puede más. Él no es tan fuerte como Aspros finge ser. Al menos, a él no le cuesta dejar fluir su pesar. Y no le avergüenza que ahora Kanon se convierta en testigo de las silenciosas lágrimas que están bañando sus mejillas y del ligero temblor que ya ha tomado su voz. El dolor que se filtra en Defteros rápidamente se contagia en Kanon. Las leves sacudidas que visitan su pecho le delatan, y convencen a Defteros para que se acomode del todo en la cama, tumbándose de lado tras el ovillo que es Kanon, y le abraza.
- No cabes.- el pretensioso desdén de Kanon vuelve a la carga, pero Defteros es inmune a él, y Kanon lo sabe, aunque su orgullo le insta a mostrar una rebeldía que en secreto desea abandonar.
- Pues hazme lugar...
El orgullo lentamente desaparece. El ovillo que conforma el cuerpo del menor se deshace. Las piernas se extienden y el cuerpo se impulsa un poco más hacia la pared. Defteros se tumba del todo a su lado y deja que su brazo rodee por encima de las sabanas el torso de Kanon con fuerza, notando las convulsiones encerradas dentro de su pecho. Sin ocultar las propias.
El llanto de Kanon aparece tímido. Aún contenido. Pero Defteros hace rato que ya no esconde sus lágrimas, y el apoyo de su rostro húmedo contra el hombro del pequeño le invita a dejarse ir, notando aún una tenue resistencia.
Sin soltar el abrazo al que tiene sometido a Kanon, Defteros se ayuda de sus pies para despojarse de sus zapatillas. Lo ha decidido, hoy dormirá allí. Como mínimo, lo intentará.
Un sentido beso cargado de compasión y amor fraternal cae sobre el hombro del pequeño al tiempo que el abrazo que rodea su torso se intensifica por un momento.
No hace falta más. Finalmente el llanto amarrado emerge.
Y no lo hace solo. Otro dolor idéntico le acompaña sin vergüenza y sin pudor.
En la cocina Saga sigue abrazado a Aspros y a su fortaleza.
Una fortaleza que también se rinde.
Pero éso es algo que nadie más ve.
